![]()
Ağaca balta vurmuşlar ‘sapı bendendir’ demiş.
Cuando el hacha llegó al bosque, los árboles dijeron: el mango es uno de los nuestros.
(Proverbio turco)
Raoul Peck, el cineasta haitiano, comienza su película – Der Junge Karl Marx (2017) [El joven Marx] – en los bosques de Prusia. Unos campesinos recogen madera caída. Parece que están hambrientos y con frío. Se oyen caballos a la distancia. Los guardias y los aristócratas están cerca. Han venido a reclamar el derecho a todo lo que hay en el bosque. Los campesinos corren. Pero no tienen energía. Caen. Los látigos y las lanzas de los aristócratas y de los guardias los golpean. Algunos campesinos mueren. Ni siquiera la madera caída les es permitida.
El joven Karl Marx en Colonia en 1842, está impresionado con la violencia contra los campesinos alemanes. Los campesinos, escribe, saben su castigo. Están siendo golpeados, incluso asesinados. Pero lo que no saben es su crimen. ¿Por qué crimen están siendo castigados?
Peck es inteligente al comenzar su película con este dilema, ya que es la pregunta que toda persona sensible debería hacer hoy. ¿Cuál es el crimen por el cual los pobres del mundo están siendo castigados? La pobreza y la guerra producen refugiados de los bombardeos y del hambre, pero se les niega la movilidad, se les niega toda salida de su infortunio. Saben el castigo que enfrentan: la indignidad, el hambre y la muerte. Esto lo saben. Lo que no saben es su crimen. ¿Qué han hecho para merecer esto?
El escritor dominicano estadounidense Junot Díaz visitó Haití después del devastador terremoto de 2010. En un ensayo memorable llamado «Apocalipsis», Junot Díaz hizo notar que Haití nos advierte sobre una nueva etapa «zombi» del capitalismo, en la cual naciones enteras son transformadas a través de alquimia económica en muertos-vivientes. En los viejos tiempos, un zombi era una figura cuya vida y cujo trabajo habían sido capturados por medios mágicos. Se esperaba que los antiguos zombis trabajaran todo el día sin parar. El nuevo zombi no puede esperar trabajo de ningún tipo, solo espera morir.
Y al nuevo zombi no se le permite proveerse de comida, abrigo o medicinas. El nuevo zombi, realmente, solo tiene que esperar morir. Este es el castigo. ¿Pero, cuál es el crimen?
Parte 1: Estructura
La División Internacional de la Humanidad
Aadmi tha, bari mushqil se insaan hua.
Éramos personas. Con gran dificultad nos convertimos en seres humanos.
—Akbar Illahabadi
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump amenaza con aniquilar a Corea del Norte, Irán y Venezuela. Este es el nuevo Eje del Mal, un concepto que su predecesor, George W. Bush usó en 2002, pero que entonces no incluía Venezuela. Sí incluía Irak, que los Estados Unidos bombardeó en 2003 como parte de su invasión ilegal del país. Desde entonces Estados Unidos también ha destruido Libia y otros países que incluyen Haití, ahora sustancialmente bajo ocupación de EE. UU. y la ONU. Como un dragón herido, Estados Unidos sacude su cola por el planeta y lanza fuego a las personas, destruyendo países, venciendo a sus enemigos. Sus heridas no son fatales, sino estratégicas. Estados Unidos aún posee las fuerzas armadas más poderosas del mundo, capaces de destruir cualquier país mediante bombardeos aéreos y el uso de armas de destrucción masiva. Pero usa su poder en formas que no siempre favorecen sus ambiciones. Porque Estados Unidos si bien es el país más poderoso del mundo, no es divino, comete errores que deben ser cuidadosamente rastreados por aquellos que prefieren la humanidad a la sumisión.
Hay hierro en el alma del imperialismo. Utiliza su inmenso poder militar contra seres humanos y luego – convenientemente – ignora el costo humano del sufrimiento subsiguiente. Nunca ha asumido responsabilidad alguna por el uso de armas nucleares en Japón en 1945, ni por el espantoso bombardeo de Corea en la década de 1950, ni el masivo bombardeo de Vietnam en las décadas de 1960 y 1970, ni tampoco por la interminable guerra en Afganistán o por la destrucción de Iraq y Libia. El hierro está tan bien alojado en su alma que apenas hay preocupación cuando Estados Unidos arroja una bomba masiva sobre Afganistán. Las autoridades locales – empujadas por el gobierno de los EUA y el gobierno afgano – se negaron a permitir que los periodistas ingresaran al lugar, alegando motivos de seguridad. Cuando las personas alrededor del lugar donde cayó la bomba hablaron, sus palabras fueron escalofriantes. La tierra parecía un bote en medio de una tormenta, dijo Mohammed Shahzad. Se sentía como si el cielo estuviera cayendo sobre nuestras cabezas. El alcalde de Achin, Naveed Shinwari reflexionó: «No hay duda de que ISIS fue brutal y cometió atrocidades contra nuestro pueblo. Pero no entiendo porque lanzaron esa bomba. Aterrorizó a nuestra gente. Mis parientes pensaron que el fin del mundo había llegado».
Se siente como si fuera la era de la aniquilación, cuando el mundo parece estar al borde del caos climático inducido por el capitalismo y también de la guerra nuclear.
Por lo tanto, es apropiado hacer una pausa y registrar las graves palabras de aquellos que ya han experimentado la aniquilación – los supervivientes del uso de Estados Unidos de armas de destrucción masiva contra Japón. Torako Hironaka, que sobrevivió a la bomba atómica arrojada por los EE. UU. sobre Hiroshima hizo una lista en su diario de lo que recordaba:
- Algunas ropas de trabajo quemadas.
- Una mujer desnuda.
- Chicas desnudas llorando «estúpida América».
- Un campo de sandías.
- Que, con los gatos muertos, cerdos y personas, era el infierno en la tierra.
En su Diario de Hiroshima (1955), escrito después del ataque nuclear, el Dr. Michihiko Hachiya escribió:
Aquellos que pudieron, caminaron silenciosamente hacia los suburbios en las colinas lejanas, con sus espíritus rotos y su iniciativa perdida. Cuando les preguntaron de dónde venían, apuntaron hacia la ciudad y dijeron, «de allá», cuando les preguntaron hacia donde iban dijeron «hacia allá». Estaban tan quebrantados y confundidos que se movían y se comportaban como autómatas. Sus reacciones pasmaron a los forasteros, que reportaron con asombro el espectáculo de largas filas de personas, manteniéndose impasibles en un camino angosto y accidentado, cuando muy cerca había un camino suave y fácil en la misma dirección. Los forasteros no podían entender que estaban siendo testigos del éxodo de personas que caminaban en el reino de los sueños.
Las palabras de los hibakusha, los sobrevivientes del ataque nuclear, son esenciales para nuestros tiempos, cuando parece que la aniquilación está en el horizonte. Son advertencias contra la complacencia. Ofrecen la calidez de la supervivencia humana contra la dureza del hierro y del odio.
Los eventos naturales catastróficos – huracanes y niveles del mar más elevados – capturan nuestra imaginación mientras las islas del Caribe son arrasadas por el viento y las inundaciones y las islas del Mar del Sur desaparecen en los océanos. El agua ahoga la tierra como el capital ahoga los sueños de supervivencia humana. Los datos de las agencias internacionales nos muestran que el empleo formal es un sueño imposible para millones de nuestros hermanos en el planeta. Sin embargo, siempre hay trabajo con los militares. Las guerras continúan sin fin. Futuros despiadados se presentan ante los jóvenes. Su confianza en la humanidad es frágil.
Hay una división internacional de la humanidad. Es como si una muralla separara nuestra humanidad; los que viven en zonas de gran guerra y tragedia están separados de aquellos que viven con la ilusión de la paz en los países que producen las condiciones para la guerra, pero niegan que tienen que ver con ello.
¿Cómo entender un mundo de desempleo y aniquilación, de pobreza, catástrofe climática y guerra? ¿Qué conceptos tenemos para aprehender estas complejas realidades? Los modos de pensamiento que vienen del positivismo estadounidense (teoría de juegos, análisis de regresiones, modelos multinivel, estadística inferencial), no son capaces de ofrecer una teoría general de nuestra condición. Inmersos en el sentido común y en una comprensión ingenua del papel de las élites en nuestro mundo, esas aproximaciones solo explican este o aquel aspecto de nuestro mundo.
Pero, ¿pueden explicar la relación entre la crisis endémica producida por la globalización, el fracaso del neoliberalismo para manejar esta crisis y el surgimiento del neofascismo como su consenso actual? ¿Tienen los conceptos – como imperialismo – que son esenciales para una investigación del mundo real en el que vivimos y no el mundo ilusorio soñado por los primeros principios de las ciencias sociales burguesas? ¿Podemos entender por qué la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) quiere bombardear este país o porque el Fondo Monetario Internacional (FMI) quiere sacar su tajada de aquel otro país? ¿Tienen una explicación de porqué los países del mundo gastan más dinero en arsenales para la represión que en la producción de bienes sociales, por qué en nuestras calles hay más policías que trabajadoras sociales y artistas?
Globalización
![]()
¿Dónde se cobra el ingreso per cápita? A más de un muerto de hambre le gustaría saberlo.
—Eduardo Galeano
El concepto utilizado para explicar el marchitamiento de la vida social en todo el planeta es el neoliberalismo. El neoliberalismo es esencialmente una plataforma de políticas diseñada por agencias multinacionales como el FMI y el Banco Mundial, así como por los intelectuales alrededor de estas instituciones. Estos intelectuales han absorbido la lógica burguesa de que es el ingenio corporativo lo que hace la historia más que el trabajo social de los seres humanos. Son las corporaciones, dicen, las que crean empleos, entonces para que una economía vibre, hay que satisfacer las necesidades de las corporaciones. Se ve al capital como el motor de la historia: corporaciones y empresarios. No se considera el trabajo social – las y los trabajadores que diseñan nuestro futuro y cuyo arduo trabajo produce los bienes que mejoran nuestro presente.
Los académicos que critican la arremetida de políticas neoliberales, recurren a los proyectos de la primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher y del presidente estadounidense, Ronald Reagan, para explicar cómo el neoliberalismo cambió el mundo. Como si ellos hubieran sido hechiceros, conjurando políticas públicas de la nada e imponiendo su agenda a través de las instituciones del planeta. Ellos lideraron la privatización de los bienes comunes protegidos y la canibalización de los recursos sociales. Este es de hecho el caso. ¿Pero, por qué? ¿Por qué avanzaron hacia la privatización y la canibalización?
Una aproximación idealista a la historia humana no es adecuada. El neoliberalismo no surgió de la nada. Fue implantado por esos gobiernos para resolver problemas prácticos producidos por los cambios estructurales en el modo de producción global. El capitalismo siempre ha buscado un mercado global, ansioso por liberarse de los límites establecidos por los gobiernos nacionales, ansioso por encontrar nuevos recursos y nuevas técnicas para producir bienes a menor costo y encontrar nuevos mercados para vender esos productos a precios más altos. Pero las grandes ambiciones globales del capitalismo fueron constreñidas por limitaciones tecnológicas, como la imposibilidad de acceder a información en tiempo real de todo el planeta, y por los movimientos de la clase trabajadora que exigían que los estados nación restringieran al capital para beneficiar al trabajo. Pero para mediados de la década de 1970, ciertas barreras tecnológicas habían sido superadas y el poder de la clase trabajadora se había agotado relativamente. Ahora, el capital podía montar en sus naves y observar el planeta desde arriba, mirándolo desde sus satélites, acaparando información en sus computadoras y buscando los trabajadores más baratos y los mercados más deseables. Esa posición cuasi divina del capital inaugura la era de la globalización.
Una verdadera era mágica comenzó para el capital. Los avances tecnológicos llegaron rápidamente mientras una ola de trabajadores marchaba en fila india hacia fábricas globales y se desarrollaba el nuevo régimen de propiedad intelectual para proteger los logros del capital pese a las objeciones políticas de los estados, debilitados en todo el mundo. Cualquier poder que las y los trabajadores y campesinos tenían sobre el Estado fue entregado enteramente a los capitalistas. Ahora, se puede decir verdaderamente que el Estado funciona como un comité para administrar los asuntos comunes de la burguesía.
Las condiciones políticas para la globalización fueron establecidas por las crisis de deuda externa inducidas en los países del Tercer Mundo por el sistema financiero occidental. Un agudo incremento de las tasas de interés en Estados Unidos en 1979, el shock Volcker (llamado así en referencia a Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos) sacudió las economías del Tercer Mundo. Lo que Volcker hizo con su política monetaria fue exportar la inflación de las costas de los Estados Unidos al resto del mundo. Las altas tasas de interés implicaron que la tasa de oferta interbancaria de Londres, conocida como tasa LIBOR se dispare. Sin culpa, los estados del Tercer Mundo se hallaron de pronto catastróficamente endeudados con bancos comerciales y gobiernos occidentales. La situación de los 15 países más gravemente endeudados (basada en una evaluación del Banco Mundial) es ilustrativa. En 1970 estos países tenían una deuda externa total de 17,9 mil millones de dólares (9,8% de su Producto Interno Bruto, PIB). Para 1987, en el punto más alto de la crisis de la deuda, la cifra subió a 402.200 millones (47,5% de su PIB). Los pagos del servicio de la deuda o de intereses sobre estos préstamos eran monumentales, desde un pago muy alto de US$ 2,8 mil millones (1970) subió a inmanejables US$ 36,3 mil millones (1987). Para 1991 las cifras estaban fuera de control. El total de la deuda externa de los estados del Tercer Mundo era 1,4 billones de dólares, equivalente a 126,5% del total de exportaciones de esos países. Eso significa que la cantidad que adeudaban a bancos comerciales y otros gobiernos era mayor que lo que obtenían por exportaciones de bienes y servicios.
La crisis de la deuda del Tercer Mundo destruyó la capacidad de esos estados de proveer bienes sociales a su población. UNICEF, Agencia de la Infancia de la ONU, indicó que la crisis de la deuda resultó en una caída del 25% en los ingresos promedio en los años ochenta, una década perdida. Los 37 países más pobres del mundo redujeron su gasto per cápita en salud en un 25% y en educación en un 50%. El interés de UNICEF es la niñez. Se estima que en 1988 medio millón de niñas y niños murieron de enfermedades prevenibles como resultado de la crisis de la deuda. Eso significa, señaló UNICEF, que 40.000 niños murieron cada día por culpa del sistema financiero. En esos tiempos, Julius Nyerere, presidente de Tanzania, dijo claramente: «¿Debemos matar de hambre a nuestros niños y niñas para pagar nuestras deudas?»
La crisis de la deuda externa en el Tercer Mundo destruyó la confianza política en muchos de los estados en África, América Latina y Asia – lo que significa que tenían poco con que negociar cuando las compañías llegaron a instalar zonas económicas especiales y buscar otras ventajas. Fue la crisis de la deuda la que debilitó el poder de negociación de los estados poscoloniales, debilitando la determinación de sus líderes y la confianza cultural de las elites nacionalistas. La dependencia es una consecuencia de la falta de independencia. «Quien te alimenta» advirtió Thomas Sankara de Burkina Faso, «te controla». Así ha sido.
La nueva arquitectura de la globalización se construye sobre las tumbas de esos niños y niñas y sobre la debilidad de los estados del Tercer Mundo. Hay tres elementos en esta nueva dinámica: el desarrollo de nuevas tecnologías, la entrega de millones de nuevos trabajadores a las estrategias de acumulación de las empresas monopólicas y la creación de un nuevo régimen de propiedad intelectual.
En primer lugar, nuevas tecnologías como las comunicaciones satelitales, la informatización y los barcos portacontenedores proporcionaron a las empresas la capacidad de gestionar bases de datos globales en tiempo real y de mover mercancías lo más rápido posible. Las empresas podían dividir las fábricas y colocarlas en diferentes países al mismo tiempo, un proceso conocido como desarticulación de la producción. En cada fábrica se produce una parte de la mercancía final y la empresa es capaz, gracias a la información detallada almacenada en su propia base de datos, de juzgar qué país le proporciona la ubicación más barata para cada necesidad de producción. El capital ya no requiere construir fábricas cerca de los mercados o construir una fábrica gigante. Esos días terminaron. Ahora el capital puede aprovechar pequeñas variaciones en los precios de los insumos para construir fábricas más pequeñas en muchos lugares. Debido a los avances en la transportación – por ejemplo, el uso de contenedores – el capital puede mover partes de las mercancías rápidamente y de forma relativamente barata, así como trasladar las mercancías a los mercados con relativa facilidad. Los medios tecnológicos para separar la producción de un territorio y distribuirla alrededor del planeta están ahora disponibles.
En segundo lugar, las barreras erigidas por la Revolución Rusa, la Revolución China y el proyecto del Tercer Mundo empezaron a derrumbarse en la década de 1980 debido a la crisis de la deuda del Tercer Mundo, la caída de la URSS y la apertura del mercado laboral chino al capital extranjero. Millones de trabajadores, previamente resguardados de las demandas del capitalismo a gran escala, se volvieron presa del mercado capitalista. Esperarían a que la fábrica desarticulada llegue a sus vidas.
En tercer lugar, el capital fue a la ronda final del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT por sus siglas en inglés), la ronda de Uruguay, entre 1986 y 1994, para asegurarse de que los derechos de propiedad intelectual estuvieran en las manos del capital y no de la sociedad. Anteriormente la propiedad intelectual residía en el proceso de producción de un bien, no en el bien en sí mismo. Eso permitía a las personas encontrar nuevas maneras de fabricar bienes y así mejorar la ciencia y la tecnología. La ingeniería inversa de bienes era posible, lo cual fue crucial para el sector farmacéutico en los países más pobres, que podía desarrollar medicinas que salvan la vida de los pobres. Después de la ronda final del GATT, que creó la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 1994, la concepción de propiedad intelectual cambió. Ahora, el bien en sí mismo sería patentado, lo que significa que el capital puede obtener rentas de cualquiera que produzca el bien, independientemente de las innovaciones que incorpore. También significa que el valor de los bienes producidos fuera del territorio central del capital – Norteamérica y Europa Occidental, estará protegido por este nuevo régimen de propiedad intelectual. Además, el nuevo régimen de propiedad intelectual a través de patentar nanotecnologías, genomas y transgénicos, proporcionó un nuevo poder a las corporaciones de alimentos, uno que trasciende al control de la tierra agrícola. También proporcionó a las «empresas de la información», las bases para un nuevo impulso de la «colonización digital», – es decir, el robo de datos por parte de grandes «empresas de la información» hacia la consolidación de nuevos deseos a través de nuevos métodos de vigilancia del consumidor y de la difusión de contenido, principalmente occidental, a las personas de todo el planeta (la muerte progresiva de la neutralidad de la red como principio del internet social es otro indicador de la colonización digital). Este fue el nuevo marco legal de la arquitectura de la desarticulación de la producción.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) surgió como resultado del llamado «gran regateo» como señaló el economista Omar Dahi. La mayor parte del Sur global, paralizado por la crisis de la deuda, renunció a su política industrial y a la protección de sus trabajadores y de sus mercados a cambio de exportaciones agrícolas y de materias primas extraídas. En realidad, lo que se perdió fue la soberanía económica tanto en la industria como en la agricultura.
Estos desarrollos tecnológicos, la entrega de millones de trabajadores potenciales y las nuevas reglas de propiedad intelectual permitieron que las compañías operen a escala global. Utilizaron dos estrategias diferentes en la cadena global de mercancías para la producción de bienes y servicios. En primer lugar, trasladaron procesos de producción completos a un país del extranjero. Eso se conoce como la deslocalización por inversión extranjera directa (IED). Aquí, la empresa multinacional aún tiene que invertir dinero en otros lugares para construir la infraestructura física para la producción. En segundo lugar, para producir los productos las compañías multinacionales subcontratan empresas que luchan unas contra otras en una carrera por los precios más bajos. Esta «externalización a distancia», como la definió el economista político John Smith, permite a las empresas multinacionales ahorrar su capital y casi no afrontar riesgos en el proceso de producción. De cualquier manera, por medio de la IED o de la «externalización a distancia» el capital encontró sus ventajas en el arbitraje laboral, empleando mano de obra más barata y más débil para hacer sus productos, al mismo tiempo que vaciaba las sociedades del Norte y del Sur.
Esta nueva geografía de la producción debilita el poder de los trabajadores al eliminar los dos marcos institucionales para la construcción del poder de las y los trabajadores: los sindicatos y la nacionalización. ¿Cómo pueden las y los trabajadores crear sindicatos en estas empresas «subcontratadas en condiciones de plena competencia» que se manejan con bajos márgenes y en las que los propietarios utilizan los medios más brutales para extraer el trabajo de trabajadores reemplazables? ¿Cómo pueden los estados, si son asumidos por los trabajadores, nacionalizar partes del proceso de producción si no controlan todo el proceso de producción de un producto? Ninguno de estos medios está disponible para los trabajadores. Sus acciones para cambiar el mundo se ven sofocadas por las características de campo de concentración de las zonas económicas especiales y las fábricas maquiladoras.
La «externalización a distancia» permite que las empresas del Norte ya no inviertan su capital en el proceso de producción. Nike, Apple y otras similares no invierten dinero en fábricas. Son empresas de marcas. Las ganancias que obtienen de las regalías que recaudan de sus marcas son astronómicas y no se reinvierten sustancialmente en empresas productivas. No es de extrañar que las empresas tengan enormes cantidades de dinero en efectivo o que hayan colocado montañas de capital en el improductivo casino financiero. En lugar de invertir su dinero en empresas productivas o en el bien de la sociedad, lo acaparan en circuitos financieros donde intentan producir más dinero sin intermediación de la producción. No sorprende entonces que las personas que controlan algunas de estas empresas se vuelvan obscenamente ricas. De acuerdo con un estudio de la OXFAM, ocho hombres tienen tanta riqueza como la mitad de la humanidad de menos recursos. Su riqueza es un resultado directo de la «externalización a distancia» establecida por la producción desarticulada y del crecimiento desmedido del sector financiero como resultado de la falta de necesidad de invertir en la producción.
Los ricos y las grandes corporaciones no solo han acumulado grandes cantidades de efectivo, sino que han sido, durante los últimos 40 años, mezquinos con ese dinero. Las corporaciones estadounidenses, por sí mismas, tienen US$ 1,9 billones en efectivo dentro de los Estados Unidos y adicionalmente, US$ 1,1 billones en sus cuentas de operaciones en el exterior. Los bancos de Estados Unidos tienen US$ 1 billón de reservas en efectivo. Esto significa un total de 4 billones de dólares. Si a eso le sumamos el efectivo en manos de bancos y corporaciones en Europa y Japón, el total asciende a 7,3 billones de dólares, una cifra que no incluye el «dinero gris» acumulado en Luxemburgo, Singapur, Suiza y otros paraísos bancarios similares. Esa cifra – según un estudio de la Oficina Nacional de Investigación Económica y basado en números del Banco de Pagos Internacionales – indica que los paraísos fiscales tenían, en 2007, un estimado de 5,6 billones de dólares. La riqueza extraterritorial – mantenida en estos paraísos – equivale aproximadamente al 10% del PIB mundial. En algunos países como los Emiratos Árabes Unidos (EAU), la riqueza extraterritorial está por encima del 70% del PIB. Las élites de los EAU, Venezuela, Arabia Saudita, Rusia y Argentina convierten a sus países en los estados con mayor riqueza extraterritorial como porcentaje del PIB. Esta vasta cantidad de capital acumulado significa que las empresas e individuos más ricos han externalizado el estancamiento en el corazón del mundo: se han negado a invertir este dinero en el mundo del trabajo social, mientras insisten en recortes a los presupuestos nacionales financiados con impuestos pagados por trabajadores y campesinos y en estándares de vida más bajos para estos últimos. No hay mayor escándalo que este estreñimiento estructural del capital, esta «huelga de inversión».
Sobre la base de esta sombría realidad, es necesario desarrollar, en lenguaje sencillo, el concepto de «huelga tributaria». Aquellos que poseen capital, los dueños de la propiedad, han estado, esencialmente, en huelga contra los regímenes de impuestos. Utilizan su enorme riqueza para ocultar su dinero o para cambiar las leyes tributarias de modo que les ofrezcan cada vez mayor protección. Este vasto acumulado de riqueza no se usa sustancialmente de ninguna forma productiva. Si se utiliza, se pone a trabajar para inflar el mercado de valores y varias burbujas de activos. La versión más obscena de este uso del capital está en su centro financiero: Wall Street. La turbulencia que esta dinámica puede producir se demostró en la explosión de 2007-2008, la mayor burbuja de activos que ha estallado a la fecha, el mercado inmobiliario estadounidense. En el apogeo del boom inmobiliario, el flujo de liquidez del gobierno estadounidense a los bancos fue llamado «colocación Greenspan» . El presidente de la Reserva Federal era famoso por inundar los mercados con capital, que era usado para inflar burbujas de activos como los precios de las viviendas. Sin esquemas reales de seguridad social o de pensiones, la jubilación para la clase media adulta mayor residente en los Estados Unidos se basaba en el aumento de los precios de las casas. Este era el principal activo, por lo cual, la clase media del país, para su propio beneficio a corto plazo, accedió de buena gana a la colocación Greenspan y aplaudió que el sistema financiero se desarrolle fuera de control. Esto es lo que la colocación Greenspan permitió, que el sueño americano para la clase media y los estratos superiores de la clase trabajadora esté ahora fundamentado en el aumento de precios de las propiedades.
Si los precios de las viviendas proporcionaban a la clase media y a los estratos superiores de la clase trabajadora estadounidense el sueño de la jubilación, el crédito de los bancos les permitía consumir a tasas muy por encima de sus ingresos. El mercado de Estados Unidos opera como «comprador de última instancia» para el mercado mundial, absorbiendo bienes y servicios, así como recursos de todo tipo de todo el planeta. La escala de consumo estadounidense es astronómica. Siendo apenas el 5% de la población mundial, Estados Unidos consume por lo menos un cuarto de la energía. Si cada persona del planeta viviera como un residente en los Estados Unidos, se requerirían por lo menos cuatro Tierras para sostener ese nivel de consumo. La escala de consumo, impulsada por la colocación Greenspan y por el crédito entregado a través del sistema bancario internacional permite que el consumidor estadounidense se vuelva esencial para los fabricantes, desde China hasta México. Por lo tanto, la inflación de los mercados de activos y la entrada de crédito barato en el sector de consumo de Estados Unidos no es irracional para este sistema, sino perfectamente racional. El sistema está diseñado de esta manera, con una racionalidad que lo lleva de una crisis a otra, del caos al caos.
Cuando el mercado inmobiliario de Estados Unidos – una burbuja demasiado inflada – estalló, Greenspan, uno de los principales especialistas monetarios, dijo que estaba «conmocionado». Cuando Greenspan compareció ante el Congreso de Estados Unidos en 2008, se enfrentó a las preguntas sagaces del diputado Henry Waxman (California):
Greenspan: cometí un error al suponer que el interés propio de las organizaciones, específicamente los bancos y otros, era tal que eran capaces de proteger a sus propios accionistas y su capital en las empresas.
Waxman: En otras palabras, descubrió que su visión del mundo, su ideología, no era correcta, no funcionaba.
Greenspan: Absolutamente, precisamente. Sabe que esa es precisamente la razón por la que me sorprendió, porque he estado operando durante cuarenta años o más con evidencia considerable de que funcionaba excepcionalmente bien.
La ideología de Greenspan, su teoría, era defectuosa, y él se conmocionó, y sin embargo eso no tuvo ningún impacto en la Economía como profesión o en sus enfoques de política pública. El monetarismo salió ileso de esta crisis. La política macroeconómica permaneció en manos de tecnócratas que reforzaron la opinión de que no es necesario que haya una discusión política sobre sus elecciones. Estaban por encima de la política, en la tierra de la teoría, una teoría que el propio Greenspan le había dicho al Congreso de los Estados Unidos que había estado equivocada. El ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis lo dijo con toda claridad: «El peligro de un golpe en estos días no proviene de un tanque, sino de un banco». No fue necesario un golpe militar (excepto en ciertos países) cuando los lobistas bien pagados y los banqueros bien comportados pusieron cadenas a la democracia.
Esta huelga tributaria permitió que individuos acumulen grandes – inimaginables – cantidades de riqueza social. Esta riqueza, mucho más allá de lo que una persona o una familia puede consumir, creó el mórbido culto de la filantropía. Los donantes ricos se convirtieron en los héroes de nuestros tiempos, con Bill Gates destacado por su trabajo en medicina y otros hombres y mujeres adinerados vistos como campeones contra la pobreza. Fueron estos individuos quienes se convirtieron en promotores clave de políticas sociales contra las necesidades producidas democráticamente en un país. De esta forma, las políticas públicas están ahora impulsadas menos por las instituciones democráticas y más por las agendas de los donantes. Como dijo Sarah Musaka del Foro Feminista Africano: «Debemos advertir contra los intentos de despolitizar la economía y el desarrollo y prevenir que esta agenda [de nuevo desarrollo] sea totalmente dirigida por los donantes».
Las huelgas tributarias, se unen a la insistencia de los responsables oficiales de políticas públicas (respaldados con toda la fuerza del gran capital) de que los funcionarios públicos deben equilibrar los libros de las finanzas públicas. Los gobiernos deben equilibrar sus presupuestos, incluso mientras el capital reduce sus pagos al erario público. Esto significa que los gobiernos se ven forzados a vender sus activos para recaudar fondos a fin de seguir manteniendo las instituciones sociales o bien se deshacen de los bienes sociales. La responsabilidad fiscal junto con la huelga tributaria significa finanzas gubernamentales empobrecidas. No es de extrañar, entonces, que la presión social ahora se desplace desde el Estado hacia la sociedad. Lo que la mano invisible destruyó, el corazón invisible tuvo que mantener unido, los costos sociales de la globalización deshilaron a la sociedad, cuyos lazos sueltos se mantuvieron unidos por el trabajo de triple jornada, realizado mayormente por las mujeres en las familias.
Neoliberalismo
![]()
Filosofía de una sociedad sin esperanza,
El hombre come al hombre, el hombre no puede planear
Sociedad de hombres blancos, FMI y subsidios,
y como mendigos, seguimos estirando las manos.
—Kalamashaka, Ni Wakati
Los estados modernos, con compromisos sociales obtenidos por su población a través de luchas sostenidas, no pudieron cortar inmediatamente todos los beneficios sociales. Cuidado infantil, educación, transporte, aire fresco, bienestar, pensiones, la gente había forzado a los Estados a proveerle todo esto. Estos fueron parte de la definición mínima de la civilización moderna. El neoliberalismo fue producido por la huelga tributaria, la irresponsabilidad fiscal y las demandas públicas por bienes sociales. El neoliberalismo, en otras palabras, fue un producto de una solución de política pública burguesa a la crisis de la globalización.
Las huelgas, tributaria y de inversión junto con la responsabilidad fiscal, evaporaron los presupuestos públicos. Los gobiernos burgueses simplemente no pudieron encontrar los medios para cumplir con sus obligaciones. Los activos públicos arduamente ganados y parte de la naturaleza no mercantilizada fueron al bloque de subastas. Esta privatización recaudó fondos para mantener las débiles finanzas de los estados modernos. Las entidades internacionales como el FMI y los bancos comerciales castigaron a los estados que no recortaron lo suficiente sus finanzas públicas, degradando sus bonos, impidiéndoles recaudar capital a corto plazo que los podía proteger de la espiral hacia la insolvencia. El control de las instituciones occidentales sobre las «naciones en desarrollo» es ahora bien conocido. Un informe del Banco Mundial de 2007 reveló que, para fines del año anterior, «las agencias calificadoras solo habían calificado 86 países en desarrollo. De ellos, 15 países no habían sido calificados desde 2004. Casi 70 países en desarrollo nunca habían sido calificados». En otras palabras, las agencias calificadoras privadas – Fitch, Moody’s y Standard & Poors ignoran a estos países y les dificultan obtener capital en los mercados comerciales. Quien califica a estos países es el FMI, a menudo de forma adversa, haciendo que el dinero sea caro para ellos. Estos países no solo pierden porque su PIB está sub reportado (ya que exportan valiosas materias primas a precios bajos que son marcados cuando ingresan a la zona imperialista), sino que también sufren prejuicios porque se los considera deudores de alto riesgo. Esta es la trampa del financiamiento del desarrollo, donde las naciones pobres en capital están condenadas a permanecer así. La liquidación de activos públicos es vista como la única forma de contener sus presupuestos nacionales hemorrágicos.
El dinero recaudado de las privatizaciones continúa siendo usado para pagar las obligaciones de la deuda, así como para pagar costosas importaciones de energía. Este es dinero que no proporciona nueva infraestructura ni incrementa la riqueza social; raramente es usado para invertir en educación y ampliar las capacidades de la población. Esta es, esencialmente, una forma de robo. Un estudio reciente de Global Financial Integrity y el Centre for Applied Research (Norwegian School of Economics) encontró que el total de ayudas, inversiones e ingresos que llegaron a los países en desarrollo desde el exterior en 2012 ascendió a US$ 1,3 billones. Esta es una gran cantidad de dinero. Pero luego, el estudio observó los flujos que salieron de los países en desarrollo en el mismo año y descubrió que la cifra era de US$ 3,3 billones. En otras palabras, el mundo en desarrollo sufrió una hemorragia de US$ 2 billones hacia Occidente. Desde 1980, el total de riqueza drenado ascendía a US$ 16,3 billones. Las naciones más ricas, como vampiros, han succionado la riqueza de los países más pobres – no solo en el auge de la colonización, como efectivamente sucedió – sino en la era actual. ¿Cuál es el carácter de este dinero que escapa del mundo en desarrollo? Llega en tres paquetes – US$ 4,2 billones en servicio de la deuda (casi cuatro veces el total del paquete de ayudas), ingresos de empresas extranjeras que son repatriados al Norte Global y flujos desregulados e ilegales de capital (no solo «dinero negro» sino también subfacturación comercial, que en sí misma alcanzó una cifra de US$ 700 mil millones en pérdidas de capital). Para el Sur Global, entonces, los fondos para el desarrollo social básico no están fácilmente disponibles.
Las cosas no son más sencillas en el Norte Global donde las obligaciones neoliberales del Estado han llevado el desarrollo social hacia el sector privado. De hecho, la experiencia de la política pública neoliberal en el Norte Global se ha vuelto mundial. Los recortes de los impuestos a los ricos y las restricciones laxas para que las corporaciones repatrien sus ganancias a los territorios donde están domiciliadas han disminuido los activos en los presupuestos nacionales. El enorme gasto militar y en servicios de seguridad mina el tesoro nacional. No se proporcionan recursos para servicios sociales esenciales como educación y salud. Entonces, se vuelve una obligación privada de los ciudadanos encontrar los medios para pagar lo que debería ser una función social. Como resultado, la deuda personal aumenta cuando las personas estudian y/o se enferman. Los jóvenes y trabajadores mayores que cambian de trabajo están obligados a pagar su educación endeudándose, ya que esta educación se promete como la vía para el progreso individual. La deuda por préstamos estudiantiles en Estados Unidos es actualmente 1,3 billones de dólares, en el Reino Unido, 500 mil millones. Este modelo de privatización de los bienes sociales se exportó rápidamente al resto del mundo. El endeudamiento estudiantil está creciendo de China a Sudáfrica, de India hasta México. En los Estados Unidos, el 85% de la población tiene algún tipo de seguro de salud y, sin embargo, en 2012, los residentes en ese país gastaron US$ 2,7 billones en cuidado de la salud de sus propios bolsillos. Un estudio de 2010 mostró que 40% de las personas que viven en Estados Unidos tienen dificultades para pagar sus facturas médicas. Las deudas médicas son la principal razón por la que individuos en Estados Unidos se declaran en quiebra. Este “modelo estadounidense” de privatización ha resultado en un aumento de la bancarrota por facturas de atención médica en el mundo. En India, el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS) descubrieron que, en 2011, 52,5 millones de personas se habían empobrecido debido a los costos de la atención de salud. Cada año, según muestran el Banco Mundial y la OMS, alrededor de cien millones de personas se convierten en “pobres extremos” como resultado de los costos de la atención de salud. El número se incrementa a 180 millones de personas por año si se eleva el umbral de la pobreza extrema de US$ 1,90 o menos de ingreso por día a US$ 3,10 diarios.
La educación universitaria gratuita – una gran ganancia de la socialdemocracia – se está reduciendo gradualmente en todo el mundo. Las deudas universitarias ahogan la capacidad de los estudiantes para experimentar con nuevas ideas. Están ansiosos por carreras que incrementen su capacidad de encontrar un trabajo bien remunerado una vez que se gradúen. Con este fin, dedican su tiempo a buscar pasantías no pagadas, cuyo crecimiento ha sido astronómico en las últimas dos décadas. Los estudiantes buscan clases de «coaching» que les ayuden con su inglés, para ingresar en instituciones de posgrado privadas y caras, y esperan que estas inversiones den sus frutos en trabajos que están cada vez menos disponibles. Esto significa que los cursos que desafían el orden social imperante o que introducen a los estudiantes al pensamiento innovador (sea en las artes o en las ciencias) parecen menos atractivos. La universidad se vuelve menos una incubadora social y más un trampolín para el éxito individual, no impulsado por la codicia sino por la desesperación inducida por las deudas. Esto tiene un impacto en la vida intelectual en general. «Érase una vez, dijo el profesor Issa Shivji de la Universidad de Dar es Salaam (Tanzania), en que nuestras universidades se sentían orgullosas de ser centros de controversia, ahora procuramos ser centros de excelencia. No se puede alcanzar la excelencia si se es controversial.» En otras palabras, el discurso de la «excelencia» absorbe la energía de las nuevas ideas, especialmente las elaboraciones de pensamiento contrahegemónico fundamentadas en las experiencias de trabajadores, campesinos y desempleados.
¿Cómo debía crecer la economía? La política neoliberal apostó por dejar sueltos los espíritus salvajes del consumismo, pagado a través de la deuda y por la creación de nuevas tecnologías y activos que aumentarían milagrosamente las tasas de crecimiento y producirían una riqueza social que podría – de alguna manera – gastarse en bienes sociales. Nada de esto sucedió. Al contrario, el consumismo y la aparición de nuevas tecnologías llevaron al endeudamiento y los activos inflados a una mayor turbulencia de la economía global, una civilización vicaria, basada en el engaño y el robo. Para hacer que la economía crezca, la gente común tuvo que endeudarse.
La deuda es parte del plan para mantener el ritmo de la economía, para asegurarse de que la sobreabundancia de productos encuentre compradores. La proliferación de publicidad para crear nuevos deseos es evidente en el paisaje visual que nos rodea. Las empresas han desarrollado sofisticadas teorías de segmentación del mercado para enfocarse más finamente en los deseos y así producir subculturas de consumo. Se crea demanda para bienes que no son esenciales o que son nuevas versiones de productos previos que no necesitaban ser reemplazados (como los requerimientos de tener teléfonos o automóviles nuevos). Este impulso de la obsolescencia programada ciertamente ayuda a expandir el mercado saturado, pero al mismo tiempo crea volúmenes enormes de desperdicios. La producción anual de basura en el mundo, según un estudio del Banco Mundial, llega a 1,3 mil millones de toneladas de desperdicios, esto es, alrededor de 11 millones de toneladas de basura al día. Se estima que el 99% de lo que se compra se desecha dentro de seis meses. El estudio del Banco Mundial muestra que para el año 2025 el total de basura diaria se triplicará y que en 2100 el total de basura excederá los 4 mil millones de toneladas. Desde 1950, el mundo ha generado 9 mil millones de toneladas de residuos plásticos, de los cuales solo el 9% se recicla. La imagen especular de la obsolescencia programada para expandir un mercado en contracción son las montañas de deshechos que encuentran su hogar en el fondo del mar y los gases tóxicos producto de las incineraciones en vertederos que se filtran en tierras fértiles y en valiosa agua potable. El volumen de basura y la destrucción de la naturaleza están erosionando lentamente la capacidad del capitalismo para cabalgar hacia su propia versión del Nirvana.
Más que como política económica, el neoliberalismo ha funcionado como agenda cultural deseable. La promesa de un mundo de mercancías es el atractivo de la política neoliberal. Pero bajo ella yace un llamado a vivir la propia vida no como ser humano sino como empresa comercial. La sensibilidad de una cultura empresarial o de una cultura del emprendimiento atrae a personas de todos los orígenes, pero – como muestran una gran cantidad de investigaciones sicológicas – impacta de maneras divergentes en los seres humanos. Aquellas personas con menos recursos no son tan capaces de florecer en un mundo de auto superación y auto motivación, no son tan capaces de vivir con la asunción de ser individuos auto impulsados en un mundo donde el éxito se basa en los orígenes y en la suerte. La depresión y la inseguridad son el resultado de una sociedad que cada vez más está dirigida por un impulso quijotesco de éxito inmediato basado en el talento o la motivación individuales. El fracaso es un costo que se asume individualmente. «La vida psíquica del neoliberalismo» como lo expresó la socióloga Christina Scharff, daña no solo a la sociedad sino a la personalidad humana. Socava la cultura de la solidaridad a favor de las culturas del consumismo y del individualismo, lo que lleva, en suma, a una mayor ansiedad dispersa y a menos cohesión social. Para aclarar el punto, la Organización Mundial de la Salud ha sugerido que en los últimos 45 años las tasas de suicidio han aumentado en un 60%. El suicidio es ahora, como lo ha señalado la OMS, una las tres principales causas de muerte entre mujeres y hombres de 15 a 44 años. La ideología del neoliberalismo, por seductora que sea, tiene duros efectos en una sociedad desigual y particularmente para la juventud.
Los datos sobre la pobreza en nuestros tiempos son absolutamente espantosos. Empecemos por el hecho de que 22 mil niñas y niños mueren cada día por causa de la pobreza. Cada diez segundos un-a niño muere de hambre. Alrededor de la mitad de la población del mundo vive con menos de US$ 2,5 por día. Las tasas de endeudamiento de los hogares en buena parte del mundo han aumentado astronómicamente, involucrando a la clase media en patrones de consumo impulsados por el endeudamiento. Estos datos tienen consecuencias miserables: la riqueza global, extraída de la explotación del trabajo social, ha sido secuestrada por un número muy pequeño de personas; y la reducción del sufrimiento de un gran número de personas será esporádica e insuficiente.
Categorías más antiguas que han sido dejadas de lado por las ciencias sociales, tales como humillación, frustración, desolación, alienación, rabia – van a ser necesarias para entender las condiciones en el planeta de los barrios marginales. En lugar de luchar para acabar con la huelga tributaria, los gobiernos del mundo vuelcan su energía en acorralar a las masas a través de dispositivos de gran ingenio: la Guerra contra las Drogas, la Guerra contra el Terrorismo, con un nuevo vocabulario que sugiere la inevitabilidad de los nuevos mecanismos de control: seguridad, vigilancia, mitigación de riesgos, análisis de sensibilidad, peligros. La riqueza social que podría usarse para superar la pobreza ahora se mueve, cada vez más, para construir el arsenal de la «seguridad».
Un informe de 2016 del Instituto de Economía y Paz mostró que el costo total de la violencia por año es de aproximadamente US 6,6 billones) es gasto militar y un cuarto (US$ 3,5 billones) corresponde a gastos en seguridad interna. El costo total de la violencia asciende al 13,3% del PIB mundial. Dado que el compromiso declarado para Ayuda Oficial al Desarrollo es apenas 0,7% del PIB, esta discrepancia entre ayuda y violencia muestra que el mercado ha fracasado. La política neoliberal, que es esencialmente asfixiar la parte social de las políticas públicas y ser indulgente con la parte militar de las mismas, tiene pocas respuestas ante la creciente brecha de desigualdad y la sensación de desesperación, cada vez más profunda, que se apodera de gran parte del planeta. Las armas intimidan a las personas, pero no les brindan ninguna esperanza de un futuro mejor.
Neofascismo
![]()
Simplemente no quiero un pobre.
—Donald Trump
La fijación con Donald Trump es un instinto natural. Es el más belicoso de los hombres duros, una larga fila que va desde el filipino Rodrigo Duterte, pasando por Narendra Modi de India hasta el turco Recip Tayip Erdogan. De estos hombres, Trump está a cargo del Estado más poderoso, con vastas capacidades militares, cuyo poder fluye a través de las instituciones financieras internacionales y la diplomacia.
Trump y los neofascistas europeos proporcionan una silente oposición retórica al neoliberalismo. No se oponen a las políticas neoliberales de ninguna forma directa, ya que siguen comprometidos con políticas para aumentar el crecimiento económico y con políticas de reducción del gasto social. Las críticas sustanciales a la globalización no se encuentran en el nivel de las políticas públicas, sino solo en el nivel retórico o político. Es allí, en los discursos ante sus electores que Trump y los neofascistas hacen un guiño a políticas de soberanía económica. Refunfuñan sobre la pérdida de empleos y las políticas comerciales, pero, como los neoliberales, no tienen una alternativa real a la globalización. Están atrapados por sus contradicciones materiales: inmensos beneficios cosechados por las corporaciones multinacionales que alimentan la estructura financiera, mientras crece la miseria para las masas de la población mundial que producen la riqueza social, a la cual no parecen tener ningún derecho.
El neofascismo es el inverso de la vida psíquica del neoliberalismo. La atmósfera cultural general del neoliberalismo engendra la actitud de que el éxito es un viaje personal, que la auto dirección impulsa a la excelencia y la riqueza. Esta es la actitud de Howard Roark, personaje de la novela El manantial (1943) de la novelista y filósofa Ayn Rand, quien cree que los de «segunda mano» deben ser apartados para que las personas de talento y motivación, como él mismo, puedan ganar. Pero, ¿qué sucede con aquellos que no «ganan», que no son «exitosos», que les resulta difícil incluso vivir al nivel que creen que es necesario para sus deseos? No se puede permitir que el fracaso sea personal, pero tampoco se entiende en términos estructurales. Es alguien más, el chivo expiatorio, la razón de su fracaso, no las propias limitaciones o las barreras colocadas al avance social por la manera en que está estructurado el sistema. Los que fracasan conforme las reglas de Ayn Rand, miran por encima del hombro para encontrar alguien a quien culpar. Es, como Ernst Bloch escribió hace casi un siglo, una «estafa de satisfacción», una comunidad falsa y brutal que sustituye a una comunidad genuinamente humana. Si el neoliberalismo culpa a los individuos por su «fracaso», el neofascismo culpa a un chivo expiatorio.
Lo que los neofascistas prometen es mucho más débil que la soberanía económica estructurada en torno a los estados-nación o alrededor de la clase trabajadora. Su retórica brilla con nacionalismo económico, pero de hecho sus medidas de política están atoradas en el límite del nacionalismo cultural. Se obsesionan con una fantasía de homogeneidad cultural: Europa sin minaretes ni hijabs, India sin musulmanes, Estados Unidos sin mexicanos. El sentimiento anti inmigrante es la plataforma de su nacionalismo. El comercio deja de basarse en los principios de intercambio y es cada vez más acerca del racismo. Hay pocas discusiones serias sobre como las mayores tasas de productividad en Occidente, impulsadas por la tecnología, han causado pérdida de empleos. El comercio ha desempeñado un papel marginal en la sangría de trabajos «de cuello blanco». La discusión económica seria es dejada de lado, ya que el antídoto contra el sufrimiento se ve ahogado por «Construir el Muro» «Prohibición Musulmana» «Prohibición de carne» y la guerra contra «traficantes de drogas, ladrones y vagos», eslóganes de gran significado para quienes son golpeados por ellos, pero con poco significado para quienes padecen inseguridad económica. Esta es la crueldad del neofascismo, la forma política dominante de nuestros tiempos.
Los hijos de Ayn Rand, los que creen que triunfaron, ahora están a cargo, muy boyantes en Wall Street, en Finanzplatz, en Dalal Street, y en la City de Londres, con la sensación de que la carga tributaria disminuirá aún más y que la liquidez permitirá que se cree mucha más riqueza que antes en el mundo financiero. Las «reformas» tributarias de la administración de Trump son indicadores del favoritismo hacia los hijos de Ayn Rand más que hacia las poblaciones desposeídas. La riqueza se siente cómoda con el neofascismo, aunque esté un poco avergonzada por su obscenidad cultural. La huelga tributaria permanece sacrosanta. También la huelga de inversiones. Nada de esto está amenazado por el «nacionalismo» de los neofascistas que están bastante contentos con dirigir su atención contra los vulnerables en lugar de contra los propietarios.
Los neofascistas no están obligados a enmascarar su beligerancia, a esconderse detrás de frases como «intervencionismo humanitario» o «seguridad». Creen en la violencia y quieren usarla en dosis alopáticas para mantener su dominio. Los llamados a la recolonización se suman a los llamados al saqueo de los recursos naturales. Sus guerras, internas y externas, son la profilaxis contra el fracaso de su fantasía de soberanía cultural. No pueden crear un mundo culturalmente homogéneo, entonces utilizan la fuerza para intimidar a aquellos que son vistos como extranjeros, como forasteros, como seres humanos inferiores.
Imperialismo
![]()
Cuando el imperialismo se siente débil, recurre a la fuerza bruta.
—Hugo Chávez
Ni el neoliberalismo ni el neofascismo son capaces de movilizar una agenda humana contra las contradicciones producidas por la globalización. Los seres humanos se consideran desechables, mientras una civilización de urbanizaciones cerradas se incrusta por sobre el conjunto de la sociedad. Enfrentamos un mundo miserable.
Es importante decir directamente que esta nueva arquitectura de producción se mantiene mediante la extorsión legal y diplomática, así como por la intimidación militar. Cuando los países no están de acuerdo con los arreglos institucionales que benefician a las empresas multinacionales en gran parte del Norte o si las políticas van contra la propiedad, toda la fuerza de los medios de comunicación corporativos y del aparato militar del Norte se movilizan en acción. La presión que va de Venezuela a Irán a Corea del Norte es una demostración visible del imperialismo, es decir, el poder extraeconómico usado por los estados en la era del capitalismo híper monopólico de «externalización a distancia».
En la era actual, el gobierno de los Estados Unidos ha sido el principal gendarme de la estructura del imperialismo. Vincula una red de aliados que se extiende desde los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta importantes aliados regionales como Arabia Saudita, India y Colombia. Estados Unidos y sus aliados europeos deben mantener un conjunto insostenible de contradicciones. Los Estados Unidos han dejado en claro que no les gustaría ver que ningún rival desafíe su supuesta hegemonía, siendo China y Rusia los mayores rivales en nuestros tiempos. El Foro Económico Mundial estima que en 2017 Estados Unidos tenía la mayor economía del mundo (US$ 18 billones, justo por encima del 24% del tamaño de la economía mundial), le sigue China (US$ 11 billones, 14,84% de la economía mundial). Los datos del FMI muestran que la economía china creció un 6,7% en 2016, mientras que la economía estadounidense creció a un ritmo mucho más lento, del 1,6%. Un estudio de PricewaterhouseCoopers indica que China será la mayor economía para 2050. China, en otras palabras, está lista para convertirse en la mayor economía del mundo. Más aún, ahora el dinamismo económico de China ya no se basa en bajos salarios, sino en mejoras de la productividad impulsadas por la tecnología. El informe de 2016 de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual mostró que, el año anterior, China había presentado la mayor cantidad de solicitudes de patentes, el doble de las solicitudes realizadas por entidades con sede en Estados Unidos. China, de hecho, fue responsable por un tercio de las solicitudes de patentes del mundo en 2015. Esto sugiere que China puede desafiar el dominio de Estados Unidos y Occidente sobre la estrategia de acumulación por «externalización a distancia» basada en la propiedad intelectual.
Si estos rivales – China y Rusia – emergen para convertirse en polos poderosos, entonces desafiarían los tres pilares del ventajoso sistema occidental de producción desarticulada y acumulación global de capital: «externalización a distancia», derechos de propiedad intelectual y uso de la violencia por parte de Occidente para sus propios fines. Hay pequeñas señales de que estos tres pilares de hecho están siendo desafiados. Los dos primeros ciertamente están siendo socavados, aunque pasarán muchas décadas antes de que puedan ser descartados por completo. El tercer pilar, el monopolio de la fuerza, será más difícil de remover. Los Estados Unidos, en 2016, gastaron en armas más que los siguientes ocho países que más gastaron en armas combinados, esto es: China, Rusia, Arabia Saudita, India, Francia, Reino Unido, Japón y Alemania. Con US$ 611,2 mil millones, Estados Unidos empequeñece, por comparación, al segundo mayor inversionista, China, que gastó solo US$ 215,7 mil millones. El aumento propuesto por el presidente estadounidense Donald Trump al presupuesto militar de los EE. UU. agregará más gasto militar que el total gastado por el tercer mayor inversionista, a saber, Rusia, con US$ 69,2 mil millones. Estados Unidos también tiene una huella militar masiva con sus ochocientas bases repartidas en setenta países. Reino Unido, Francia y Rusia combinados tienen un total de treinta bases en el extranjero. China tiene una base militar en el extranjero, en Yibuti, a la sombra de una enorme base estadounidense en el mismo país. Las bases militares de Rusia se encuentran principalmente en la antigua Unión Soviética (sobre todo en Asia Central), con dos bases en los extremos de Asia (Siria y Vietnam). No hay indicios de que estos poderes, China y Rusia, puedan desafiar la supremacía militar estadounidense en ningún momento. Como máximo, podrán detener el comportamiento agresivo de los Estados Unidos para llevar a cabo operaciones de cambio de régimen, como en Siria.
Pese a su debilidad militar, estos países no pueden ser fácilmente subordinados. Demasiada presión sobre ellos los volcaría hacia dentro o hacia la construcción de sus propias redes de acumulación fuera de los parámetros de las instituciones occidentales. China, a través de su proyecto de nueva Ruta de la Seda y sus inversiones en África, así como sus propios desarrollos de propiedad intelectual, ya está construyendo una arquitectura de producción y acumulación que socavaría los procesos de producción desarticulada que dan ventaja a las empresas occidentales. Presionar mucho a China y a Rusia podría llevar a China a retirarse lentamente del sistema bancario occidental para guardar sus excedentes en otros lugares y dejar de depender de los mercados occidentales para la venta de sus productos. La contradicción entre controlar a los rivales y al mismo tiempo asegurarse de que no se muevan fuera de la órbita de Occidente es la compleja tarea del imperialismo moderno.
El uso de la fuerza con fines económicos es evidente en la expansión de la OTAN hacia Rusia y en el cerco de China. Los conflictos calientes en Ucrania y Corea del Norte y los conflictos fríos alrededor del Mar del Sur de China son la medida de estas luchas. Ni Rusia ni China están dispuestas a proporcionar ventajas económicas a Occidente. China es la piedra en el zapato para Estados Unidos. Sus superávits comerciales resienten. El comportamiento de China, opuesto al de Japón, es instructivo. En los años ochenta y noventa los superávits comerciales de Japón también molestaron a Estados Unidos. El gobierno japonés, por presión política estadounidense, permitió revaluar el yen en dos ocasiones para mejorar el dólar (Acuerdo Plaza de 1985 y Acuerdo Plaza Reverso de 1995). Cuando el pueblo japonés eligió un gobierno reformista con el mandato de remover la base de Okinawa en 2010, la secretaria de Estado Hillary Clinton intervino directamente para conseguir la renuncia del Primer Ministro Yukio Hatoyama. No ha sido tan fácil obligar a China a revaluar su moneda ni permitir que su sistema político sea dictado por Washington. Ha sido entonces imperativo, desafiar el uso de China de las rutas marítimas y amenazar su seguridad con bases militares y sobrevuelos. Casi el mismo tipo de ruido de sables es evidente en la expansión de la OTAN hacia el Este, rompiendo los acuerdos mínimos entre soviéticos y alemanes cuando la absorción de la recién unificada Alemania en la OTAN. El ministro de Relaciones Exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher le dijo a su equivalente soviético Eduard Shevardnadze: «Sabemos que la pertenencia a la OTAN de Alemania unificada plantea cuestiones complicadas. Para nosotros, una cosa es cierta: la OTAN no se expandirá hacia el Este». Pero lo ha hecho y al hacerlo con un agresivo escudo de defensa de misiles, ha amenazado directamente la seguridad de Rusia. La crisis de Ucrania es claramente consecuencia de la expansión de la OTAN en Europa del Este. Esta expansión no es solo para proteger a los países a lo largo del perímetro ruso, sino para asegurarse de que estos países permanezcan en los tentáculos de una economía política dominada por Occidente y no por China o Rusia. La fuerza de las armas es el puño de hierro dentro del guante de seda de la globalización.
A puerta cerrada, los Dueños del Mundo – los estados que forman el G7 – continúan con sus trastadas pese a la crisis financiera mundial. El espacio para las políticas públicas es constreñido por ellos en las instituciones internacionales, lo que les permite gran flexibilidad en cuanto a sus subsidios, pero da poca libertad al Sur Global. La presión que ejercen contra el Sur Global con sus requerimientos de seguridad alimentaria es un ejemplo de esto. Otro es el Acuerdo de Comercio de Servicios (TISA por sus siglas en inglés) impulsado por Estados Unidos, la Unión Europea y sus «muy buenos amigos» (una extraña expresión acuñada por EE.UU. y la UE para referirse al bloque que crearon juntos). El grueso de los «muy buenos amigos» involucrados en las negociaciones del TISA provienen países de ingreso alto, participan solo dos países de ingreso bajo: Paraguay y Pakistán. El TISA impulsa la privatización de los servicios públicos y el control de datos por parte de grandes corporaciones fuera de los territorios donde se extraen esos datos. El objetivo de la agenda del TISA es dejar de lado el viejo proyecto de desarrollo para colocar en su lugar una estrategia de comercio electrónico para reducir la pobreza. Un informe de la empresa de servicios bancarios y financieros UBS sugiere que la agenda de comercio electrónico, en vez de acabar con la pobreza, la exacerbaría. Con el comercio electrónico, dicen los analistas bancarios, los países del Sur Global van a enfrentar la amenaza de la Cuarta Revolución Industrial, que reduce los empleos de baja cualificación por la automatización extrema, pero quizá no tengan la habilidad tecnológica para disfrutar las ganancias relativas que podrían ser redistribuidas por la extrema conectividad. Esto significa que el colonialismo global le dará a un puñado de empresas – Facebook, Amazon, Netflix y Google [FANG por su acrónimo inglés, que a su vez significa colmillo] – el poder de proveer servicios en todo el planeta, recolectar datos en este proceso y obtener ganancias de la eficiencia que benefician al capital, pero tienen impactos negativos en el trabajo y en la sociedad.
Junto al TISA, está el régimen de comercio impulsado por Occidente en ambos flancos de Eurasia, la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP por sus siglas en inglés) en el Atlántico y el Acuerdo de Cooperación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) en el Pacífico. El TTIP y el TPP vinculan a los países con las redes occidentales de hegemonía comercial y mantienen a los países más débiles fuera de las redes de Rusia y China. Ambos han sido negociados en completo secreto – y si no fuera por filtraciones ocasionales – todo el contenido de la discusión sería desconocido para el público. Las leyes nacionales serían dejadas de lado ante el TTIP y el TPP, con el Norte estableciendo la agenda para el resto de «socios». Uno de los documentos filtrados sugiere que Estados Unidos está aplicando «fuerte presión» sobre los países para superar las divergencias de opinión respecto de cuestiones de propiedad intelectual. Uno de los documentos muestra que, en el debate sobre inversiones, los Estados Unidos han sido inflexibles en sus propuestas. El resultado de estas «negociaciones» es típicamente una victoria para Occidente. La presión occidental sigue siendo abrumadora. Sus reglas continuarán subordinando las economías del Sur a la ventaja occidental. Cualquier regla de comercio que debilite el régimen de propiedad intelectual que beneficia a las grandes firmas occidentales monopolizadoras de renta será rechazada rotundamente por los líderes occidentales. Esta es la esencia de la presión imperialista en las discusiones sobre comercio.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó un decreto ejecutivo para desmantelar el TPP. Considerar el rechazo de Trump al TPP como un cambio de dirección es una ilusión. El verdadero problema del TPP no son las reglas de comercio en sí mismas, sino China y ni siquiera China, sino el surgimiento de rivales que puedan reescribir las reglas de comercio y producir nuevas redes para la producción y acumulación globales. El 5 de octubre de 2015 el ex presidente de Estados Unidos Barack Obama dijo: «No podemos permitir que países como China escriban las reglas de la economía global». El TPP no era lo esencial. Lo eran el aislamiento de China y prevenir que cualquier rival escriba las reglas del orden global. Trump ha usado un tono mucho más duro, pero dice exactamente la misma cosa. China, un país soberano con la segunda economía más grande del mundo, no puede sentarse a la mesa cuando se escriben las reglas de la economía global. Este es el sustrato del imperialismo. Debe definir las reglas.
El imperialismo de la nueva era tiene dos ejes. Primero, en el frente institucional, el Norte Global impulsa una serie de organizaciones, como la OMC, para constituirse en el único foro de discusión de las cuestiones de comercio y desarrollo. Al mismo tiempo, el Norte Global subordina a instituciones más antiguas, como la ONU, para hacer su propuesta en términos de uso de la fuerza. Segundo, en el frente ideológico, el Norte Global argumentó contra cualquier alternativa al conjunto de políticas que llevan el nombre de neoliberalismo. El crecimiento impulsado por el sector privado para las ganancias del sector privado es visto como el único camino lógico para el desarrollo. Este, entonces, ha sido el nuevo imperialismo, las llamadas instituciones globales que apoyan una plataforma de políticas neoliberales, incluso cuando los neofascistas lamentan las amenazas a su cultura.
En la década de 2000 surgió el primer gran desafío interestatal al nuevo imperialismo. En 2003 muchos estados en la ONU cuestionaron el deseo de Estados Unidos de extender su guerra en Irak, mientras en la reunión de la OMC en Cancún, los estados emergentes bloquearon la agenda de propiedad intelectual del Norte Global. Estos dos desarrollos, entre otros, proporcionaron la base para el surgimiento del proyecto de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). ¿Qué era el bloque de los BRICS en su etapa inicial? No era una plataforma antimperialista. Una plataforma antimperialista habría requerido que el bloque de los BRICS asumiera el imperialismo tanto a nivel institucional como ideológico. El agrupamiento de los BRICS fue solamente un desafío institucional a la «unipolaridad», una movida de los principales estados para construir un mundo multipolar.
Los BRICS ciertamente han intentado una nueva base institucional además de la del Norte Global – el Nuevo Banco de Desarrollo contra el Banco Mundial; el Acuerdo de Reservas de Contingencia contra el FMI; la demanda por escaños permanentes para los estados BRICS en el Consejo de Seguridad de la ONU. Se habla de una agencia de calificación del Sur contra la hegemonía de Fitch, Moody’s y Standard & Poors. También se discute otras monedas para denominar el comercio interestatal. Menos convincentemente, los BRICS han comenzado la discusión sobre la creación de una nueva arquitectura de seguridad.
Pero el bloque BRICS, dada la naturaleza de sus clases dominantes (especialmente ahora con la derecha en ascenso en Brasil y en India), no tiene alternativa ideológica al imperialismo. Las políticas domésticas adoptadas por los estados BRICS pueden ser descritas como neoliberalismo con características del Sur, con foco en la venta de commodities, bajos salarios para los trabajadores, y excedentes reciclados entregados como crédito al Norte, incluso cuando las condiciones de vida de sus ciudadanos están en peligro, e incluso si han desarrollado nuevos mercados en otros países, con frecuencia más vulnerables, que alguna vez fueron parte del bloque del Tercer Mundo. Hay pocos argumentos dentro de los BRIC para defender la soberanía alimentaria o el derecho a la alimentación, para crear empleos decentes contra la riqueza acumulada, no luchan contra el poder de los banqueros. De hecho, las nuevas instituciones de los BRICS se unirán al FMI y al dólar, no están dispuestas a crear una nueva plataforma de comercio y desarrollo por fuera del orden del Norte Global. El Acuerdo de Reservas de Contingencia va a continuar bajo la supervisión de los acuerdos del FMI como forma de medir sus propios préstamos. El dólar es omnipresente en estos mecanismos. El entusiasmo por los mercados occidentales aún domina la agenda de los BRIC. Las inmensas necesidades de sus poblaciones no dirigen sus orientaciones de políticas públicas.
Finalmente, el proyecto de los BRIC no tiene la capacidad de contrarrestar el dominio militar de los Estados Unidos y la OTAN. Cuando la ONU vota para permitir que «los estados miembros usen todas las medidas necesarias» como lo hizo en la Resolución 1973 sobre Libia, esencialmente da carta blanca al mundo atlántico para operar con fuerza militar. No hay alternativas regionales que tengan la capacidad de operar tales resoluciones de la ONU. Las intervenciones militares rusas en Crimea en 2014 y en Siria en 2015 son indicaciones de que la unipolaridad militar estadounidense puede estar ligeramente debilitada, pero para nada cerca de su fin. Estados Unidos es una fuerza global con bases en todos los continentes y la capacidad de atacar en casi cualquier lugar. Los mecanismos regionales para la paz y la resolución de conflictos están debilitados por la presencia de la maquinaria de guerra de los Estados Unidos y la presencia global de la OTAN. Un poder militar abrumador se traduce en poder político. Los BRIC tienen pocos medios, en este momento, para desafiar ese poder.
Las alianzas rusas y chinas en Eurasia, en torno a seguridad y algunas líneas económicas no son signos de la creación de un polo alternativo al imperialismo occidental. Son meras señales de defensa contra agresiones imperialistas; Rusia sancionada busca refugio en los excedentes chinos, a la par que la cautela china recibe algún impulso de la confianza rusa. Los ejercicios navales ruso-chinos durante el enfrentamiento entre EE.UU. y Corea del Norte de 2017 y la entrada de fuerzas rusas en Asia Occidental, apoyadas por China, son señales de que no van a permitir la dominación completa de Estados Unidos, como ha sido el caso desde 1991 hasta el presente. Lo que está en juego es proteger su soberanía y la zona de influencia en torno a su territorio, no una competencia en todo el mundo contra el poder imperialista de los Estados Unidos.
Lo que tenemos, más que un conflicto interimperialista es un conflicto intercapitalista, con los BRIC, sobre todo China, presionando por su participación en el mercado mundial y haciendo retroceder al debilitado bloque económico occidental. Las tensiones entre la política de Trump, «Primero Estados Unidos» y el orden económico político que se ha basado en vastas cantidades de mano de obra atraída hacia la órbita capitalista desde la década de 1990 ha llevado a que la crisis intercapitalista tome dimensiones interestatales. Las fantasías occidentales de dominación china se remontan por lo menos una década, cuando China y otros superávits rescataron del colapso al orden financiero occidental. Pero esas fantasías no siempre se trasladaron de la retórica a la política. El peligro ahora es que puedan aparecer políticas que confundan al sistema mientras opera. El primer ministro chino, Xi Jinping lo expresó claramente en la reunión de Davos de 2017 «Nadie saldrá ganador en una guerra comercial». Lo que quiso decir no es solamente una guerra comercial, sino un conflicto interestatal con resultados confusos. En tanto las rivalidades intercapitalistas aceleran la tendencia hacia conflictos interestatales y con el tiempo interimperialistas, no deben ser subestimadas.
El imperialismo continúa estructurando el orden mundial, pero ya no aparece como colonialismo crudo ni como el neocolonialismo de mediados del siglo XX. Las cosas son más complejas. Aquí seis características del imperialismo del siglo XXI:
- Mantener un sistema de alianzas con Estados Unidos como centro y sus aliados secundarios (Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y otros) como sus portavoces. En el extremo exterior de estos portavoces están aliados subsidiarios, como Colombia, India, Israel y Arabia Saudita. Estos aliados son esenciales para el alcance global del poder estadounidense. Cualquier desafío a los aliados será rápidamente sofocado por la fuerza total del ejército de los Estados Unidos y con flujos de equipamiento militar y entrenamiento desde los poderes atlánticos a sus aliados subsidiarios.
- Garantizar que no se permita que surja ningún desafío al sistema de alianzas. El fin de la Guerra Fría marcó la desaparición de la mayor amenaza para la alianza – la Unión Soviética y sus satélites. Desde entonces, Estados Unidos y sus cómplices se han asegurado de extirpar cualquier desafío al sistema. La presión se ha acumulado en China y Rusia por la expansión de la OTAN en Europa del Este y de las fuerzas estadounidenses en la región de la Cuenca del Pacífico. El surgimiento de Sudamérica ha tenido que ser coartado, ya sea a través de golpes de Estado pasados de moda (como en Honduras) o mediante golpes posmodernos (como en Brasil). BRICS, ALBA, o cualquier otra sigla que buscara una base de poder alternativa tenía que ser desarticulada.
- Garantizar que la confianza estadounidense permanezca alta. Durante la primera Guerra del Golfo de 1990-91, el presidente de Estados Unidos G. H. W. Bush dijo que el «síndrome de Vietnam» había sido superado. Los Estados Unidos ahora sentían nuevamente confianza para actuar como una gran potencia en el escenario mundial, sin miedo de ejercer toda su fuerza. Las guerras proxy de la década de 1980 podían ser dejadas de lado. Estados Unidos ahora podría actuar con dominación de espectro completo contra sus adversarios. Las llamadas a «otro siglo de Estados Unidos» resonaron luego de la guerra de Estados Unidos contra Irak en 2003, – existía temor de que el embrollo en Irak aumentara las dudas sobre el poder de Estados Unidos. Esto tuvo que ser aplastado. Era importante revivir la auto imagen de Estados Unidos como primus inter pares: el primero entre iguales, el «poder indispensable» como lo expresó Madeleine Albright, la Secretaria de Estado estadounidense. Las amenazas contra Irán y Corea del Norte son representaciones visibles de esta bravata.
- Proteger la cadena global de commodities, que es la base de la producción industrial, cuyos beneficios están asegurados para las corporaciones transnacionales basadas en el Norte Global. Los sitios de producción desarticulada (con fábricas distribuidas en varios países) y leyes estrictas de propiedad intelectual, permiten que estas corporaciones tengan mucho más poder a lo largo de esta cadena global de commodities que las organizaciones de trabajadores y que los estados-nación. El poder diplomático y militar del sistema de alianzas del Norte Global se usa contra las políticas de nacionalización y los bienes comunes intelectuales. Los mecanismos de externalización de la disciplina laboral permiten al Norte Global mantener altos estándares morales mientras dependen completamente de condiciones de trabajo brutales que vuelven tóxicas las relaciones sociales.
- Garantizar el tránsito seguro de las materias primas extraídas de minas y pozos a tasas muy por debajo de lo que podría pagarse a las personas que son las guardianas de esa riqueza. Prácticas de extracción inhumanas y ambientalmente perniciosas se ocultan en bosques y desiertos, donde las protestas son combatidas en nombre de la Guerra contra el Terrorismo o la Guerra contra las Drogas o alguna clase de guerra que permita la extracción sin amenazas. Tanto los socios subsidiarios del Norte Global como los estados emergentes confían en las exportaciones de materias primas para sus agendas de crecimiento, dejando al Norte Global lavarse las manos respecto de la dureza que acontece en la oscuridad – fuera de su control directo.
- Asegurar el poder financiero del Norte Global, ya sea protegiendo a la familia real de Arabia Saudita para garantizar el flujo de petrodólares a los bancos del Norte, ya sea asegurándose de que las deudas contraídas por los países pobres sean pagadas completamente. Cuando la crisis financiera impactó al mundo atlántico, el Norte Global suplicó a los grandes estados asiáticos (China, India e Indonesia) que proporcionaran liquidez al sistema. A cambio, el Norte Global prometió cerrar su ejecutivo, el Grupo de los Siete (G7) y sustituirlo por el Grupo de los Veinte (G20). Esa promesa fue olvidada después de que los bancos se recuperaron. El poder financiero debía ser restaurado. Eso era lo esencial.
Actualmente, el desafío de los BRICS se ha silenciado en gran medida. Esto tiene mucho que ver con sus propias contradicciones internas, el ascenso al poder de la derecha en Brasil y en India, así como la deriva en el mismo sentido en Sudáfrica, junto con los precios más bajos de las commodities que golpearon el corazón del poder económico de los BRICS. Los BRICS han fallado, por el momento, en reequilibrar el orden mundial. Quedó para dos de sus miembros, Rusia y China, crear un modesto desafío al imperialismo occidental. Apretados entre los dos flancos de Eurasia por maniobras militares y por las amenazas occidentales contra Irán y Corea del Norte, así como por las sanciones a Rusia por su intervención en Crimea, rusos y chinos firmaron tratados económicos y comerciales, así como acuerdos estratégicos y militares. Los lazos económicos y comerciales, particularmente para la venta de energía, siguen siendo, sin embargo, modestos. Las maniobras navales de Rusia y China en la costa de Corea del Norte y la entrada de buques de guerra chinos en el Mediterráneo cerca de barcos rusos son señales de que ahora no permitirán fácilmente que Occidente use su fuerza para modelar el mundo a su favor. Pero estas son posturas defensivas, incapaces de reequilibrar por completo el orden mundial, mucho menos de proporcionar una estructura alternativa a ese orden. Si serán capaces de sostener sus intentos defensivos en estos tiempos de neofascismo es difícil de decir: ¿aviones rusos y chinos aterrizarán en Teherán y en Pionyang para prevenir cambios de régimen en estos dos estados en los límites de Eurasia?
Parte 2: Agencia
Descomposición del Agente de la Historia
![]()
General, su tanque es un vehículo fuerte.
Destruye un bosque y aplasta a cien personas.
Pero tiene un defecto: necesita un conductor.
—Bertolt Brecht, Un libro de guerra alemán.
¿Qué queda ante nosotros? En todo el planeta hay muchos movimientos populares fuertes y poderosos: luchas laborales y luchas por la dignidad, luchas para defender el derecho a los recursos naturales y luchas para defender los derechos sobre el propio cuerpo. Estas son las principales vías de resistencia frente a los poderosos.
Durante cien años, las fábricas y las oficinas atrajeron un gran número de trabajadoras y trabajadores en un ambiente denso de vigilancia y productividad. El capital, hambriento de ganancias, vio las ventajas de crear fábricas y oficinas gigantescas. La escala de la producción beneficiaba al capital –produciendo cantidades inmensas de mercaderías, el capital podía bajar el precio de las materias primas y saturar el mercado con su volumen. Las empresas más pequeñas cerraron. El oficio en cada tipo de trabajo se desvaneció lentamente, mientras las y los trabajadores ocupaban su lugar en interminables líneas de producción, en las cuales empleaban su energía en tareas cada vez más pequeñas, que sumadas – fuera de su control – creaban la mercancía. Ningún trabajador fabricaba toda la mercancía, pero todos los y las trabajadores, combinados, producían la mercancía. Esto convirtió a las y los trabajadores individuales en «apéndices de las máquinas», como escribió Marx en El Capital (1867). Las demandas intelectuales para los trabajadores cayeron y los artesanos vieron como sus habilidades eran suplantadas por las máquinas y la línea de montaje. La vida de las y los trabajadores se volvió deudora de la fábrica y la clase trabajadora se vio arrastrada – como escribió Marx – «bajo las ruedas del Juggernaut del capital».
La ventaja del capital pronto se convirtió en su desventaja. Tener un gran número de trabajadores consolidados en una fábrica les permitió conversar entre ellos. Deliberaron sobre sus problemas y meditaron sobre cómo entender el colapso de su dignidad. Fue en estas conversaciones y acciones que se desarrolló el movimiento sindical moderno. Las fábricas fueron su centro, porque eran los lugares con densidad de trabajadores. También eran trampas para el capital, que había invertido dinero en ellas, entonces cualquier segundo de desperdicio producía pérdidas para los patrones. Esto significaba que, si las y los trabajadores podían hacer huelga, podían presionar al capital. En ese período, en Gran Bretaña, por ejemplo, el grueso de las personas asalariadas no estaba empleado en las fábricas, sino en el servicio doméstico. Pero las y los trabajadores domésticos no tenían la ventaja de estar en una fábrica, donde podían organizarse y hacer huelgas que podían presionar al capital. Si una persona que trabajaba en el servicio doméstico protestaba, ella o él era despedido. Era más difícil despedir a toda la fuerza de trabajo de una fábrica. Es por esto que las fábricas se volvieron el núcleo del movimiento sindical y fue por esto que marxistas y socialistas consideraron a los sindicatos como el centro del futuro socialista. También revela como el machismo de parte del movimiento sindical se reprodujo en la estrategia del sindicalismo industrial: la mayoría de la clase trabajadora, difícil de organizar porque estaba esparcida en las casas de los propietarios, estaba fuera de la hegemonía de las organizaciones de la clase trabajadora.
A mediados del siglo XX, cien años después del movimiento sindical y sus logros, el capital recurrió a nuevos métodos de explotación. Hemos entrado en una era – como hemos visto – de producción desarticulada. Las fábricas más pequeñas ya no tienen el tipo de densidad de trabajadores que tienen las grandes. Si una mercancía es producida atravesando fronteras nacionales, se beneficia el capital por sobre las naciones, es difícil para los gobiernos populares nacionalizar una fábrica ya que solo podrían nacionalizar una parte de la cadena de producción. La cadena de mercancías anula la estrategia de nacionalización. La desarticulación de la producción hace que el sindicalismo sea difícil, porque el capital señala ahora que, si hay huelga en una fábrica, la cierra y mueve la producción a otro lugar. Sus inversiones ya no están atrapadas como solían estarlo antes. Dado que una gran parte de la producción se subcontrata a pequeños capitalistas en tierras distantes, las empresas monopólicas no se lo piensan antes de abandonar un proveedor por otro en un país diferente. Su lealtad con los proveedores es cero. En otras palabras, las nuevas técnicas de producción han perjudicado al sindicalismo. También en estas fábricas nuevas, más pequeñas y dispersas, las trabajadoras mujeres se han vuelto un ente crucial, extraídas por menos de una década de sus vidas, desgastadas por la aceleración de la fábrica y luego enviadas de vuelta a sus vidas rurales de donde vinieron, cual productos de desecho del capitalismo contemporáneo.
Con las y los trabajadores viajando en busca de trabajos inseguros, la jornada laboral se ha alargado de tal manera que ahora el tiempo libre es mínimo, si no inexistente, por lo que el tiempo requerido para construir los baluartes de la clase trabajadora y el campesinado se ha agotado. El tiempo de traslado ha consumido el tiempo de la comunidad y del sindicato. La vida social se ha desgastado, a medida que el tiempo le ha sido robado a las personas, no solo por los empleadores, sino también por la estructura de inseguridad y por el trabajo a tiempo parcial. Muchas veces se gasta más tiempo en la búsqueda de trabajo que en el trabajo mismo.
Además, la cultura del sindicalismo, ha sido castigada por la cultura de las mercancías. Las personas se han convertido, cada vez más, por una feroz explosión de los medios de comunicación, de la industria publicitaria y de las instituciones educativas, en consumidoras y no trabajadoras. Esto es, la nueva identidad, desgastada por la vida psíquica del neoliberalismo, no es ser visto en relación al lugar de trabajo de cada uno, sino a sus patrones de consumo. Los centros comerciales y los anuncios atraen a personas de muchas clases que se imaginan a sí mismas como alguien más. Cuando no son los centros comerciales, entonces son los espacios religiosos – templos, mezquitas, iglesias – los que se han convertido cada vez más en bálsamos para los trabajadores informales desplazados, cuyos cuerpos y conciencias derrotados son ahora redimidos a través de la salvación prometida por predicadores de diferentes credos. El pentecostalismo en América Latina, el cristianismo protestante en China, etc., han hecho presencia obstinadamente donde una vez predominaron la cultura sindical y socialista. Las comunidades se crean en torno al deseo de mercancías y alrededor de la fe. En muchos lugares se han vuelto más atractivas que la cultura del sindicato y las asociaciones socialistas.
El sindicalismo, en este contexto, parece anacrónico. Se lo retrata en la opinión pública predominante como la cultura del ayer, con sus lemas representados como reminiscencias de los días sin centros comerciales ni anuncios. Pero esto no es todo, ya que incluso los sentimientos más generales de unidad, como el nacionalismo y el patriotismo, se han erosionado. Se están convirtiendo simplemente en estilos de vida, atributos culturales no significativos. Uno puede pretender ser nacionalista sin tener ningún compromiso con las personas que componen la nación. El filo del nacionalismo se frota fuertemente contra la disidencia. La sedición llorosa se ha convertido en el orden del día. Estudiantes, periodistas, trabajadores, campesinos, mujeres, cualquiera que pretenda sugerir que hay problemas con el «consenso» nacional es considerado como ajeno a la nación. El «nacionalismo» aceptable es una forma de cohesión social odiosa e irreflexiva que no requiere el trabajo de construir una sociedad, sino que, por el contrario, se basa en actividades antisociales y en la violencia.
El desempleo estructural y el sector informal ampliado canalizan las quejas fuera del lugar de trabajo y en las calles. La supervivencia en estas calles, conduce a actividades que podrían considerarse ilegales – tráfico de drogas, sexo, armas o incluso el trueque. La existencia de estas actividades brinda al Estado la oportunidad de hacer la guerra contra la población. El carácter del Estado tiende más a la seguridad que al bienestar, a la vigilancia de la población en lugar de a su cuidado. Las ideologías que defienden un Estado más pequeño (neoliberalismo) no tienen problema alguno con un aparato estatal ampliado para la seguridad. El cálculo entre la desesperación y la revolución es claro para la élite. Tom Clausen del Bank of America es ejemplar al respecto: «Cuando la gente está desesperada, hay revoluciones. Es, evidentemente, en nuestro propio interés, que no se vea forzada a ello. Se debe mantener al paciente vivo, porque de otra manera no se lo puede curar.» Para prevenir la jornada revolucionaria, solo hay dos caminos abiertos para la élite, concesiones para paliar los peores efectos de las políticas neoliberales (que fue el carácter del liberalismo) o duras medidas de seguridad para aplastar el espíritu de rebelión (que fue el carácter del fascismo). Pero, de hecho, en nuestros tiempos, solo se abre un camino a medida que el neoliberalismo y el neofascismo hacen causa común: enviar a la policía antidisturbios. La brecha se estrecha entre la fuerza del «libre comercio» y la «intervención humanitaria», entre las cadenas globales de commodities que envuelven al mundo y las guerras de cambio de régimen que rompen los Estados para crear caos. La fuerza es, escribió Marx en 1867, «en sí misma un poder económico».
Recomposición del Agente de la Historia
![]()
Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.
—Berta Cáceres
¿Qué hace la izquierda hoy cuando se ve confrontada con la desarticulación de la producción, la cultura del consumismo y el surgimiento del Estado de seguridad? No hay respuestas fáciles, pero hay preguntas esenciales. No puede haber un renacimiento completo del poder sindical sin revivir la cultura de las y los trabajadores. No se puede reavivar fácilmente el poder sindical sin reconocer la desarticulación de la producción, y la necesidad, entonces, de construir el poder de las y los trabajadores donde viven los trabajadores, si no es siempre posible que se organicen donde trabajan. El punto es construir poder popular, no solo poder en las fábricas. Grandes cambios económicos y sociales están a nuestros pies, lo que va a generar frustración e ira entre las y los trabajadores. El papel de los centinelas de estos, es decir sindicatos y partidos, es estar preparados cuando surjan estas olas, cuando las condiciones objetivas de angustia lleven al estallido subjetivo de la protesta. Por esta razón, la recomposición de la clase trabajadora y del campesinado es esencial.
La promesa del sindicalismo es construir el poder de las y los trabajadores. Construir ese poder no solo significa crear sindicatos en el lugar de trabajo, especialmente en las fábricas y en los campos. No hay duda de que sigue siendo importante organizar a las y los trabajadores en sindicatos. Pero, las dificultades en muchos sectores, especialmente en los pequeños talleres de manufactura en las zonas económicas especiales y en el trabajo en casa, significa que hay que desplegar otros medios, creativos, para organizar a las y los trabajadores. Por ejemplo, mucho del trabajo de organización más dinámico en el mundo se ha llevado a cabo en los lugares donde viven las y los trabajadores, mientras luchan para sobrevivir ante los precios en alza de servicios esenciales, incluyendo el agua, y mientras luchan por producir espacios seguros para sus familias. Tales batallas, por el agua y los espacios públicos han unido a las y los trabajadores y campesinos alrededor de nociones como «comunidad» o «barrio», términos que superficialmente no tienen connotación de clase, pero que ciertamente la tienen cuando uno los aborda desde una perspectiva materialista. Después de todo, la «comunidad» que las y los trabajadores de Cochabamba (Bolivia), organizados por sindicalistas, defendieron durante la «guerra del agua» no era una abstracción, sino la comunidad concreta de trabajadores que cuyas vidas estaban siendo destruidas por la privatización. Sabían que su comunidad era un hecho tangible en sus vidas, la solidaridad que necesitaban para luchar contra la privatización del agua y los lazos sociales a los que necesitaban aferrarse y reconstruir para su supervivencia en las prolongadas luchas que se avecinaban.
Las experiencias en Sudáfrica de Abahali baseMjondolo (AbM o habitantes de barrios marginales) y del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra en Brasil (MST) así como también de la Federación de la Juventud Democrática de India (DYFI por sus siglas en inglés) y la Asociación de Mujeres Democráticas de toda la India (AIDWA por sus siglas en inglés) –ambas organizaciones de masas del movimiento comunista indio, muestran la eficacia de construir poder campesino y popular donde viven las y los campesinos y trabajadores. Los barrios marginales son los hogares de las y los trabajadores y campesinos de nuestros días. Son áreas congestionadas, con mínimo apoyo estatal. ONU HABITAT estima que un cuarto de la población mundial vive en barrios marginales. En algunas ciudades del Sur Global, la mitad de la población vive en barrios marginales, con viviendas inadecuadas, falta de agua potable, saneamiento deficiente y poco o ningún servicio de salud y educación. Las cifras de las agencias internacionales parecen subestimaciones. Por ejemplo, se dice que el barrio marginal de Khayelitsha en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) tiene 400.000 residentes, pero quienes trabajan allí actualmente, dicen que el número es por lo menos tres veces mayor. Dharavi en Bombay (India), alberga entre 1 y 1,5 millones de personas, mientras que el de Ciudad Neza en la Ciudad de México (México) aloja a un millón de personas. Se dice que el barrio marginal más grande del mundo es Orangi Town en Karachi (Pakistán), que alberga a más de 2,5 millones de personas. En estos barrios marginales viven personas que trabajan en el sector informal – en algunos países cerca de la totalidad de la fuerza de trabajo (el sector informal de India, por ejemplo, es el 90% de la fuerza de trabajo). Estas poblaciones de la clase trabajadora están fuera de las regulaciones sociales de la política laboral impulsada por el Estado y están a menudo, también, fuera de las redes de los sindicatos.
La riqueza social no gotea en estos lugares. El lado bueno del Estado está largamente ausente aquí. Como resultado, las y los trabajadores en estas áreas confían en a) su propio ingenio y auto organización; b) los mercados creados por delincuentes de uno u otro tipo, así como por órdenes religiosas y ONG; c) el corazón invisible de las mujeres trabajadoras, cuya lucha para proteger la integridad de sus familias las mueve a grandes esfuerzos de reproducción social. La primera práctica demuestra la posibilidad del socialismo. Es aquí donde se ve la formación de cooperativas y grupos de autoayuda por parte de la clase trabajadora y para la clase trabajadora. El segundo es el desafío más importante, ya que es aquí que las organizaciones religiosas y las mafias hunden sus tentáculos más profundamente en la vida de la clase trabajadora. Ellos, incluyendo las ONG, son un impedimento estructural para el crecimiento de la izquierda. Pero la izquierda ya ha aprendido que no conseguirá crecer simplemente desafiando frontalmente a estas entidades. Experiencias en todo el Sur Global nos muestran que la izquierda tendrá que demostrar, por su trabajo en la arena de la reproducción social, que es en verdad, una mejor alternativa a las organizaciones religiosas y caritativas, así como a las mafias. Las organizaciones de izquierda ya están trabajando para crear plataformas para ayudar a la clase trabajadora en sus luchas por agua, electricidad, vivienda, calles, escuelas y servicios de salud, y al mismo tiempo, trabajando junto a la clase trabajadora mientras comienza a proveer estos servicios de forma relativamente autónoma. Esta es una actividad peligrosa. Significa socavar a las bandas criminales, a los grupos religiosos y a las ONG, todos los cuales tienen grandes intereses en este tipo de trabajo. Al mismo tiempo, la intervención de la izquierda en estos espacios socializa el trabajo privatizado de reproducción social realizado mayormente por mujeres. Deberá hacerse un gran esfuerzo para construir las instituciones de reproducción social entre las y los trabajadores y campesinos, y así mismo, una gran cantidad de trabajo deberá ser realizada por las y los intelectuales para estudiar estas iniciativas, escribir sobre ellas, compartirlas en diferentes entornos e intercambiar las mejores experiencias y resultados que han surgido de esta energía popular.
Más aún, el poder de la clase trabajadora, en nuestros tiempos, se construye con gran energía contra las divisiones sociales de género, etnia, religiosas y otros tipos de jerarquías y discriminaciones. Los marxistas a menudo se preocupaban de que estas divisiones de la jerarquía social podrían «romper» la unidad de la clase trabajadora; de hecho, estas divisiones de la sociedad ya han roto la unidad y más descuido de estos asuntos solo exacerba la desunión y la desconfianza. Las luchas por dignidad de las y los trabajadores y campesinos no están fuera de la política de clases. Son precisamente la esencia de una política de clases que desea liberarnos de la opresión y la explotación y redimirnos como seres humanos completos. Las y los trabajadores y campesinos no pueden ser poderosos a menos que estén unidos. Los 180 millones de trabajadoras y trabajadores en India que, bajo la bandera del movimiento sindical, se declararon en huelga en septiembre de 2016, lo hicieron porque los temas sobre la mesa incluían cuestiones políticas relativas a las divisiones sociales, comprendida la división entre trabajadores sindicalizados del sector formal y aquellos no sindicalizados en el sector informal (muchos de ellos mujeres, como es el caso de trabajadoras de la salud pública y de la educación inicial). Estas y estos trabajadores demostraron que la lucha contra las jerarquías sociales, el sectarismo religioso y la misoginia es central para la construcción del poder de la clase trabajadora y campesina.
Una gran limitación para la construcción del poder de los trabajadores ha sido el sobrecogedor poder de la cultura de las mercancías dominada por la burguesía que propaga la idea de las personas como consumidores. Este impulso cultural, dirigido por los medios corporativos y por la urgencia de la publicidad socava las nociones de historia y colectividad, la historia se ve reducida a insignias para la venta de mercancías y en la historia se oscurecen las luchas colectivas de las clases populares a favor de la intervención de individuos. Estas ideas están firmemente insertadas en los medios de comunicación y en los discursos académicos, donde hay una gran vacilación para admitir la importancia de la acción popular en la construcción de la historia y donde hay un sentimiento general de que el cambio transformacional quizá no sea deseable ni posible. Esto implica que hay la necesidad de una lucha cultural que enriquezca los reservorios de la historia de la izquierda, para enfatizar e iluminar la contribución de las y los trabajadores y campesinos al mundo. Los jóvenes ya no aprenden sobre la izquierda de manera sólida. La lucha para introducir la historia de la izquierda y de las y los trabajadores y campesinos en la imaginación de la juventud es esencial, no tangencial, para cualquier lucha por reconstruir la fuerza de la izquierda. Los intelectuales simpatizantes deberán hacer conexiones con los movimientos populares para ayudar a impulsar esta agenda.
El debate sobre las ideas, en otras palabras, es un frente central para los movimientos de la esperanza y las posibilidades. Los medios de comunicación dirigidos por las corporaciones, por ejemplo, operan dentro de un régimen de verdad que promociona la idea de que Occidente es benevolente cuando bombardea países e impone políticas de comercio que destruyen la agricultura en los países. Cuando el ejército de los Estados Unidos mata civiles en Afganistán o Somalia, los hechos son tratados como accidentes, cuando un gobierno que es considerado un problema mata a un civil, el hecho es visto como esencial al carácter de ese país o civilización. Si una política de comercio impulsada por Occidente acaba destruyendo la producción de algodón en Mali, por ejemplo, se considera un efecto necesario de las leyes de la naturaleza, cuando un país que es tratado como un problema comete un error en su política económica, es visto como el resultado de un modelo fallido. El control de la narrativa de la historia es un problema, pero el control de las representaciones mediáticas del presente es otro. Unos medios corporativos estrechos y escleróticos, ya sea CNN Internacional o la Red Globo, están saturados con un marco ideológico que considera que las guerras de cambio de régimen impulsadas por Occidente son aceptables y que las políticas de comercio inducidas por Occidente son inevitables. Es crucial rechazar el control institucional de estos medios y su marco ideológico, así como proveer redes alternativas para el intercambio de información emancipadora.
¿Cuál es la tarea de las y los intelectuales socialistas, junto con el trabajo que realizan los movimientos populares sociales y políticos? En una época anterior, se consideraba obvio que los intelectuales socialistas aprenderían de los movimientos, mirarían que tipo de alternativas proponían para con ellas construir teorías de futuro en toda regla. Esta postura de las y los intelectuales socialistas ya no es evidente por sí misma. Muchos de ellos, por diversas razones, se encuentran distanciados de los movimientos. Esto se da por una serie de motivos, el aburguesamiento de la clase intelectual (tanto los intelectuales en los medios como los académicos), la descomposición de los movimientos y la adopción de la idea de que un cambio mayor simplemente no es posible, la vergüenza en la era posmoderna de tomar una posición fuerte en torno a valores que se consideran contingentes y poco aterrizados. Sin embargo, hay millones de intelectuales alrededor del mundo que no han sido impactados por estos procesos y aún tienen lazos fuertes con los movimientos y continúan desempeñando papeles vitales para ellos. Una de las tareas de Tricontinental: Instituto de Investigación Social es juntar a esos investigadores cruzando fronteras nacionales e inspirar – mediante su trabajo – a otros a unirse a proyectos que se lleven a cabo en estrecha asociación con los movimientos sociales y políticos con fines emancipadores.
Si miramos de cerca a nuestros movimientos, hallaremos que quieren colocar a las políticas macroeconómicas bajo control democrático, quieren incrementar la inversión social, quieren construir infraestructura que atienda las necesidades populares, quieren romper la huelga tributaria de las corporaciones y la élite, quieren convertir a los bancos, entidades privadas, en utilidades públicas, quieren asegurar que todas las personas puedan ganarse la vida y quieren vivienda para todos. Aquí hay elementos de un futuro. Depende de los intelectuales tomar estas ideas y estimular los debates a su alrededor. Es importante que nutramos una plataforma intelectual para un orden económico, político, social y cultural alternativo tomado de la experiencia de los mismos movimientos. Es igualmente importante recuperar dos ideas que han sido erosionadas por las embestidas de la ideología burguesa, esto es, las ideas socialistas de qué es lo humano y del futuro.
La cultura de las mercancías y la noción de las personas como consumidores han menoscabado la idea de lo humano. Los socialistas bolivianos han analizado profundamente sus propias tradiciones y han elaborado un vocabulario para hablar sobre el carácter humano, de una sociedad humana no subsumida por las normas sociales capitalistas. David Choquehuanca, secretario ejecutivo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), habla del Qhapaq ñan, el camino del buen vivir, de la necesidad de crear iyambae, personas sin dueño y no consumidores y propietarios. Ser una persona sin dueño es, como dice Choquehuanca, «el futuro, el camino de las personas que buscan el buen vivir». Tales esfuerzos para revivir las ideas de lo humano y la necesidad de la creación de una comunidad humana, requieren un gran esfuerzo, el mismo que ya es evidente en los movimientos de masas que luchan contra la reducción de la toma de decisiones humana a la lógica del libro de contabilidad de doble entrada.
Como intelectuales socialistas, es importante que recuperemos la idea de que el presente no es eterno y de que es posible una transformación. La posibilidad de tal transformación es nada más que una idea de futuro. No hay discusión entre nosotros sobre la existencia de un pasado y de un presente. Son términos autoevidentes. Pero no hay debate sobre el futuro. Sabemos que llegará mañana y luego el día siguiente, y el mes siguiente y el año siguiente. Pero esto se ve solo como tiempo secuencial, como el presente que se extiende hacia adelante. Pero esta no es la idea de futuro. Si hay una idea de sentido común sobre el futuro, la tecnología se ha apropiado de ella. La tecnología, no el carácter de lo humano, se ha convertido en la idea de futuro. En este período se imagina que los nuevos avances tecnológicos resolverán nuestras crisis sociales: nuevas tecnologías verdes nos librarán del cambio climático, nuevas tecnologías digitales y nanotecnologías nos liberarán del estancamiento económico. El determinismo tecnológico ha significado que los problemas que se ciernen sobre los sueños de miles de millones de personas no tengan barreras sociales o políticas, sino enteramente técnicas. Esta es una idea muy limitada de la historia y del futuro. Ciertamente, algunos desarrollos tecnológicos serán esenciales para un mundo mejor, pero la tecnología por sí misma no dará forma a la historia. Las jerarquías de riqueza y de poder más antiguas, heredadas, deberán ser confrontadas antes de que los avances tecnológicos puedan tener un impacto social positivo y no simplemente proporcionen más y más riqueza y poder a aquellos que están en la parte superior de estas jerarquías heredadas.
Una idea de futuro fructífera requiere que imaginemos que el presente no va a ser eterno. Las transformaciones son posibles, se necesitan nuevas soluciones a los problemas actuales, se deben construir nuevos horizontes. Las soluciones vendrán de personas que conocen en su propia carne que la organización social de la sociedad es inadecuada para nuestros sueños y esperanzas. Nuestros movimientos nos dan indicadores de estos horizontes. Debemos asegurarnos de que nuestras ciencias sociales no se conviertan en el cinismo de lo imposible.
La bestialidad organizada de nuestros tiempos, que niega alimentos a las personas y vende armas entusiastamente a naciones con escasos recursos públicos, es poco condenada. El cinismo y el nihilismo están a la orden del día. Esto abre las puertas a una actitud despreocupada con la idea de humanidad, con el esfuerzo necesario para producir la libertad humana. Todas las tradiciones conocidas de humanidad parecen estar bajo gran amenaza. Conceptos como la democracia, la paz y la cultura se han desgastado. Significan tan poco, a menudo un frágil cascarón de las ideas poderosas en que podrían convertirse. Para nosotros es claro que algo en nuestro mundo está muriendo. Lo que no queda claro es lo que está naciendo en reemplazo de lo viejo.
Treinta millones de personas están actualmente en el umbral de la hambruna. Quisieran huir hacia la comida, lejos de la sequía, de los incendios forestales y de la guerra. Estrujados entre el fin de sus medios de subsistencia y la negativa a permitirles migrar, los pobres del mundo experimentan el castigo por un crimen desconocido. ¿Qué han hecho para merecer su suerte? ¿Por qué están siendo castigados cuando no han cometido ningún crimen?
Referencias
• Annette Alstadsaeter, Niels Johannesen and Gabriel Zucman, ‘Who Owns the Wealth in Tax Havens? Macro Evidence and Implications for Global Inequality’ (National Bureau of Economic Research, 2017).
• African Development Bank, African Development Report 2015 – Growth, Poverty and Inequality Nexus: Overcoming Barriers to Sustainable Development (African Development Bank, 2016).
• Christina Scharff, ‘The Psychic Life of Neoliberalism: Mapping the Contours of Entrepreneurial Subjectivity’, Theory, Culture and Society (2015).
• Corina Rodríguez Enríquez, ‘Economía feminista y economía del cuidado’, Nueva Sociedad (2015).
• Daniel Hoornweg and Perinaz Bhada-Tata, What a Waste. A Global Review of Solid Waste Management (World Bank, 2012).
• Deborah James, ‘Twelve Reasons to Oppose Rules on Digital Commerce in the WTO’ (CEPR, 2017).
• Elisabeth Armstrong, Gender and Globalisation: The All-India Democratic Women’s Association and Globalisation Politics (Tulika, 2013).
• Global Financial Integrity, Illicit Financial Flows to and from Developing Countries: 2005-2014, (Global Financial Integrity, 2017).
• John Smith, Imperialism in the Twenty-First Century: Globalisation, Super-Exploitation and Capitalism’s Final Crisis (Monthly Review, 2016).
• Junot Diaz, ‘Apocalypse’, Boston Review, 2011.
• Jorge Máttar y Luis Mauricio Cuervo, eds., Planificación para el desarrollo en América Latina y el Caribe: Enfoques, experiencias y perspectivas (CEPAL, 2016).
• Jürgen Weller, ed., Brechas y transformaciones. La evolución del empleo agropecuario en América Latina (CEPAL, 2016).
• Melissa Wright, Disposable Women and Other Myths of Global Capitalism (Routledge, 2006).
• Michihiko Hachiya, Hiroshima Diary (University of North Carolina Press, 1995).
• Omar Dahi and Firat Demir, South-South Trade and Finance in the Twenty-first Century: Rise of the South or the Second Great Divergence (Anthem, 2016).
• Prabir Purkayastha, ‘Net Neutrality in the Age of Internet Monopolies’, The Marxist (2015).
• Spotlight on Sustainable Development 2017: Reclaiming Policies for the Public (Civil Society Reflection Group, 2017).
• Strongmen: Trump-Modi-Erdogan-Duterte, edited by Vijay Prashad (LeftWord, 2018).
• The Economic Value of Peace 2016 (Institute for Economics and Peace, 2016).
• The Long View: How will the global economic order change by 2050? (PricewaterhouseCoopers, 2017).
• UNCTAD, Trade and Development Report (UNCTAD, 2017).
• UNCTAD, World Investment Report (UNCTAD, 2017).
• UNICEF, The State of the World’s Children 2016: A Fair Chance for Every Child (UNICEF, 2016).
• Utsa Patnaik and Prabhat Patnaik, A Theory of Imperialism (Tulika, 2016).
• Vijay Prashad, The Poorer Nations: A Possible History of the Global South (Verso, 2013).
• Vijay Prashad, No Free Left: the Futures of Indian Communism (LeftWord, 2015).
• Wendy Wolford, This Land is Ours Now: Social Mobilisation and the Meaning of Land in Brazil (Duke, 2010).
• World Intellectual Property Indicators – 2016 (World Intellectual Property Organisation, 2016).
Para escuchar la entrevista que Radio KPFA realizó sobre nuestro Documento de Trabajo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, con Vijay Prashad, el director, pulse aquí.
Últimos boletines
En esta edición participan 17 editoriales de diversos países del Sur Global, además de la Fundación Amílcar Cabral, de Cabo Verde, y el Instituto Tricontinental de Investigación Social. Son textos que recuperan la importancia de la Revolución Rusa y del legado de Lenin para las luchas anticoloniales, en especial para los procesos de liberación en África en los 1970. Este libro cuenta con una presentación de Desmond Fonseca que contextualiza la vida y el pensamiento de Amílcar Cabral en la historia de Guinea-Bissau, Cabo Verde y del movimiento de izquierda. Además, los textos de Luiz Fonseca, presidente de la Fundación Amílcar Cabral, en Cabo Verde, y de João Pedro Stedile, de la coordinación del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil, recuperan la importancia y la actualidad del pensamiento y la praxis de Amílcar Cabral para las luchas sociales de hoy.
Últimos boletines
Las imágenes de este dossier, editadas por el departamento de arte de Tricontinental, destacan la obra de Kinjo Minoru, un escultor de Okinawa que rinde homenaje a las generaciones que se han resistido a la guerra y a la ocupación. Durante décadas, Kinjo ha plasmado en sus obras las atrocidades cometidas durante y después de la Guerra Mundial Antifascista (conocida comúnmente como la Segunda Guerra Mundial). Kinjo trabaja con hormigón, yeso y metal, los mismos materiales que ahora se están vertiendo en Okinawa para construir otra base militar estadounidense. En Okinawa —hoy una primera línea de la Nueva Guerra Fría—, las esculturas de Kinjo se erigen como memoria y refutación material: una historia cruda y pesada que se niega a ser suavizada1.
![]()
![]()
![]()
![]()
Cuando Estados Unidos e Israel iniciaron su guerra de agresión ilegal contra Irán el 28 de febrero de 2026, era inevitable que Irán retaliara con restricciones al tránsito por el Estrecho de Ormuz. Aunque este país nunca había cerrado ni restringido el paso por el estrecho, el gobierno de Teherán había dejado claro que esta geografía formaría parte de su estrategia defensiva si era provocado. Para los países de Asia, el Estrecho de Ormuz y el Estrecho de Malaca son vías vitales, puntos de atasco estratégicos para el flujo de productos, en especial de energía. Alrededor del 90% del petróleo de Japón y el 75% del de Corea del Sur pasan por el estrecho. Cualquier desaceleración en la vía marítima afecta de manera dramática a las economías industriales de Asia Oriental, ávidas de energía. Desde una perspectiva económica, la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán es también una guerra contra los intereses de Japón y Corea del Sur, y de hecho contra los de todos los países asiáticos que dependen del petróleo del Golfo Pérsico. A pesar de este hecho, muchos países asiáticos han mantenido silencio diplomático o, como en el caso de Japón y Corea del Sur, han respaldado abiertamente a Estados Unidos.
Países como Japón y Corea del Sur se alinean con Estados Unidos en contra de sus propios intereses económicos porque fueron absorbidos por la arquitectura militar estadounidense tras el fin de la Guerra Mundial Antifascista (conocida comúnmente como la Segunda Guerra Mundial) (Tricontinental, 2025). La presencia continua de enormes bases militares de EE. UU. en estos países los arrastra inexorablemente hacia las guerras perpetuas de Estados Unidos. Estos países no pueden romper con EE. UU. en lo que respecta a la guerra contra Irán mientras estén subordinados militarmente a él.
El objetivo militar central estadounidense en Asia no es Irán sino China, uno de los principales socios comerciales de Japón, Corea del Sur, Filipinas, Taiwán y de la mayoría de los demás países asiáticos. Dada la centralidad de China en las cadenas industriales de la región, cualquier agresión contra ella alteraría todo el paradigma de desarrollo de Asia Oriental. Por otro lado, EE. UU. sigue siendo el principal patrocinador militar de Japón, Corea del Sur, Filipinas y Taiwán, además de ser un importante mercado de exportación para varios de ellos. Estas economías se encuentran así en una encrucijada: no pueden romper fácilmente su dependencia militar y económica de Estados Unidos, ni tampoco su relación económica vital con China, la nueva fábrica del mundo.
En este dossier La encrucijada de Asia Oriental: contradicciones y posibilidades en la nueva Guerra Fría, analizamos cómo Japón, Corea del Sur, Filipinas y Taiwán están atrapados en una contradicción insoluble que persiste independientemente de los cambios de gobierno. Aunque nuestro foco está en Asia Oriental, también analizamos brevemente el papel de Estados como Australia e India en esta coyuntura. Las contradicciones que se exploran en este dossier son principalmente económicas y geopolíticas, pero plantean posibilidades para avanzar en la lucha de clases en estas sociedades, al poner en evidencia la necesidad de romper con las alianzas subordinadas al imperialismo.
Asia Oriental y el rol de China
En los últimos 30 años, Japón, Corea del Sur, Filipinas y Taiwán han experimentado un cambio radical en sus patrones comerciales y en sus trayectorias de desarrollo (Glawe y Wagner, 2021; Banco Asiático de Desarrollo, 2025). Durante la Guerra Fría, Estados Unidos fue el principal pilar del orden económico de la región, seguido por Japón hacia finales del siglo XX (Johnson, 1982; Aoki, 1995). Hoy, el nuevo centro de gravedad es China, que desempeña un papel fundamental, aunque desigual, en estas economías. Aunque cada una tiene su propio modelo de desarrollo y su propia relación política con Beijing, las cuatro están profundamente integradas en una red de producción en la que China funciona como centro manufacturero, base de la cadena de suministro y mercado principal.
Estudios del Banco Mundial y del Banco Asiático de Desarrollo han demostrado claramente la importancia económica de China en Asia Oriental (2026). China es el principal socio comercial de Japón y Corea del Sur, y representa aproximadamente el 20–25% de las exportaciones de cada uno de estos países. La relación de Taiwán es aún más estrecha: entre el 30 y el 40% de sus exportaciones van a China. Filipinas está menos integrada, pero China sigue siendo uno de sus principales socios comerciales, y absorbe aproximadamente el 15–20% de sus exportaciones. Estas cifras indican que una parte significativa de la actividad económica de Asia Oriental está directamente vinculada a la demanda de las industrias chinas (Lin, 2012).
Si se analiza en relación con la producción económica total, la importancia de China resulta aún más evidente. El comercio con China, es decir, el total de exportaciones representa una décima parte del Producto Interno Bruto (PIB) de Corea del Sur. Una cuarta parte del PIB de Taiwán depende del comercio con China continental. Japón, con una economía mucho más orientada al mercado interno, tiene, no obstante, el 5% de su PIB relacionado con las exportaciones a China (aproximadamente el mismo porcentaje de su PIB está ligado con EE. UU., lo que incluye el impacto económico de las 120 instalaciones militares estadounidenses en Japón). Filipinas, con menor intensidad exportadora, tiene alrededor del 6% de su PIB vinculado a las exportaciones a China2. La vitalidad de la economía china está, por tanto, directamente relacionada con los niveles de producción, empleo e inversión en el conjunto de Asia Oriental.
En la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN por su sigla en inglés) celebrada en 2011 en Bali, Indonesia, los Estados miembros debatieron la necesidad de crear un marco regional para la integración económica. Esas discusiones condujeron finalmente a la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por su sigla en inglés), un acuerdo comercial firmado en 2020 y que entró en vigor en enero de 2022. El RCEP representa aproximadamente el 30% de la población mundial y el 30% del PIB global. Abarca economías que van desde Nueva Zelanda hasta Japón, reúne una amplia gama de industrias, desde la minería hasta la alta tecnología y un mercado de 2.200 millones de consumidorxs. Los signatarios acordaron reducir o eliminar los aranceles en un 92% en el transcurso de 20 años. Japón, Corea del Sur y Filipinas forman parte del RCEP, lo que refuerza los flujos comerciales y formaliza el espacio económico interconectado en el que China es la mayor economía (Cheng, 2023).
Más allá de las cifras agregadas del comercio, la estructura de la producción refuerza aún más esta integración. China no es solo un mercado final, sino también un nodo central en las cadenas industriales regionales y globales, en tanto consumidora y productora de bienes intermedios. Las empresas japonesas y surcoreanas exportan componentes de alto valor, como maquinaria y piezas de automóvil, petroquímicos y semiconductores, que suelen ensamblarse o procesarse en China antes de ser reexportados al mundo. La industria de semiconductores de Taiwán está profundamente imbricada con la manufactura china: los chips producidos en Taiwán suelen enviarse a China para su integración en productos electrónicos terminados (Tinn, 2025; Sinha, 2026). Estas estructuras de producción integradas han generado interdependencias sectoriales. La industria de semiconductores de Corea del Sur, liderada por empresas como Samsung Electronics y SK Hynix, depende de la demanda de la industria electrónica china. El sector automotriz y de maquinaria de Japón, liderados por empresas como Toyota, Honda, Nissan, Mazda, Komatsu, Hitachi y Mitsubishi, dependen de lxs consumidorxs y de las redes de producción chinas.
Tomados en conjunto, estos vínculos comerciales y productivos demuestran que las cuatro economías están estructuralmente ligadas a China, aunque el grado de integración varía, es el más elevado en Taiwán y Corea del Sur, y más moderado en Japón y Filipinas. Esto crea tanto oportunidades de crecimiento como vulnerabilidades, a medida que la presión de EE. UU. sobre China repercute en toda la región.
La red de bases militares estadounidenses
Durante la última década, Estados Unidos ha consolidado una estrategia militar coherente destinada a cercar a China. Esta “estrategia de negación” se oficializó en sucesivos documentos de la Estrategia de Defensa Nacional de EE. UU. y se expuso claramente en el libro de Elbridge A. Colby de 2021, The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict [La estrategia de negación: la defensa estadounidense en una era de conflicto entre grandes potencias]. Colby dirigió la elaboración de la Estrategia de Defensa Nacional de 2018 como subsecretario adjunto de Defensa para Estrategia y Desarrollo de las Fuerzas Armadas durante el primer mandato de Trump. Actualmente es subsecretario de Guerra para Política del gobierno estadounidense y además de uno de sus principales estrategas frente a China (Colby, 2021).
La idea central de la estrategia de negación es que el Indo-Pacífico, que se extiende desde África Oriental hasta la costa oeste de Estados Unidos y abarca los océanos Índico y Pacífico, es la región de mayor importancia económica del mundo. Los intereses estratégicos de EE. UU. dependen de impedir que China desplace la primacía estadounidense en la región Indo-Pacífico. La estrategia se sustenta en la disuasión a través de la superioridad militar y la coordinación de alianzas, institucionalizada a través del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad, por su sigla en inglés), que reúne a Australia, India, Japón y Estados Unidos (2017); la asociación trilateral de seguridad entre Australia, el Reino Unido y Estados Unidos (AUKUS, por su sigla en inglés) (2021); la Iniciativa de Disuasión del Pacífico (PDI, por su sigla en inglés), un marco de financiamiento militar y despliegue de fuerzas para el Indo-Pacífico (2021) y el Acuerdo Trilateral Estados Unidos-Japón-Corea del Sur (2023) (Fernandes, 2022; Fowler, 2024; Wagner y Song, 2023).
En lugar de una confrontación directa, como ocurre con Irán, EE. UU. busca elevar el costo de defensa de China a un nivel inaceptable, mediante el fortalecimiento del sistema de alianzas liderado por Washington y el posicionamiento avanzado de bases militares. Actualmente existen alrededor de 270 instalaciones militares estadounidenses que se extienden desde Diego García, en el Archipiélago de Chagos, hasta Guam. Un elemento central de esta estrategia es la convicción de Washington de que una capacidad militar estadounidense creíble puede limitar las opciones estratégicas de China, al mismo tiempo que preservar el orden regional liderado por EE. UU. y seguir aprovechando el papel de China como motor económico de la región.
Taiwán ocupa un lugar clave en este marco estadounidense (Zhao y Yang, 2024). El 1 de enero de 1979, Estados Unidos reconoció formalmente a la República Popular China y aceptó la postura de Beijing de que existe “una sola China”, de la que Taiwán forma parte. Sin embargo, el 10 de abril de 1979, el Congreso de EE. UU. aprobó la Ley de Relaciones con Taiwán, que proporcionó la base legal para que Washington mantuviera una relación no oficial con Taiwán. Esto permitió a EE. UU. jugar un doble papel: reconocer formalmente el marco de una sola China mientras provocaba a Beijing mediante ventas de armas a Taiwán y mantenía vínculos económicos y culturales directos con Taipei. Desde 1950, Estados Unidos ha vendido a Taiwán cerca de 50.000 millones de dólares en equipos y servicios de defensa (Council on Foreign Relations, 2023). Para EE. UU., el estatus de Taiwán no es solo político sino estratégico, porque la reunificación de Taiwán con el continente otorgaría a China un acceso significativamente mayor al océano Pacífico. Para Washington, Taiwán es un instrumento para presionar a Beijing y limitar a China.
La estrategia de contención estadounidense está organizada geográficamente a través de un sistema de cerco que comienza con la primera cadena de islas (un arco de islas que abarca desde Japón hasta Filipinas y actúa como barrera al acceso de China al océano Pacífico). Esto se extiende a la “profundidad del cerco” más amplia de Diego García, Sri Lanka y las bases de EE. UU. en la región del Golfo Pérsico.3 Estados Unidos ha desarrollado una red de bases y acuerdos de acceso a lo largo de esta cadena para controlar nodos clave y rutas marítimas, y para limitar la movilidad militar china. Esta estrategia de cerco incluye no solo grandes instalaciones militares permanentes, como las de Japón y Corea del Sur, sino también, cada vez más, una red dispersa de sitios más pequeños y flexibles en los océanos Pacífico e Índico, diseñados para mejorar la resiliencia militar. Las bases están integradas con sistemas de vigilancia, inteligencia y misiles que permiten el monitoreo y la respuesta rápida. En conjunto, esta red militar constituye un sistema estructurado de contención. Si bien los documentos de seguridad nacional de Estados Unidos lo presentan como una medida de disuasión defensiva, el despliegue efectivo de sus fuerzas a lo largo de la frontera con China crea tensiones en lugar de resolverlas.
Este marco estratégico de contención y cerco se ha operacionalizado a través de una expansión sostenida de las capacidades e infraestructuras militares estadounidenses en Asia Oriental, en especial durante las últimas dos décadas y con creciente intensidad desde 2020. Estados Unidos también ha financiado ejercicios militares a gran escala, como el Ejercicio Balikatan (con Filipinas), el Ejercicio Malabar (con Australia, India y Japón) y el Ejercicio Talisman Sabre (con Australia). Estos esfuerzos buscan mejorar la interoperabilidad militar y convertir a los aliados de EE. UU. de socios regionales en participantes de primera línea en la contención de China.
Uno de los marcos más recientes impulsados por Estados Unidos es la Iniciativa de Disuasión del Pacífico (PDI, por su sigla en inglés), establecida mediante la Ley de Autorización de Defensa Nacional de Estados Unidos de 2021 (Prashad et al., 2022). La PDI garantiza financiamiento específico para el despliegue de fuerzas, la infraestructura de bases, la defensa antimisiles y los ejercicios conjuntos con aliados de EE. UU. como Japón, Corea del Sur y Filipinas. En Japón, ha asegurado mejoras en la defensa antimisiles y en las fuerzas de despliegue rápido. En Corea del Sur, ha permitido ejercicios conjuntos, mientras que en Filipinas ha modernizado las bases y los sistemas de vigilancia de Estados Unidos. La PDI también respalda la integración y el despliegue de sistemas de misiles de precisión de largo alcance en todo el Indo-Pacífico. Esto incluye la ampliación de las capacidades de defensa aérea y antimisiles construidas en bases militares estadounidenses en lugares como Guam y las Islas Marianas, así como en la Base Aérea Basa, en Filipinas (para la cual el gobierno de EE. UU. destinó alrededor de 66 millones de dólares en 2023) (Heydarian, 2023). La PDI garantiza sistemas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento que mejoran el seguimiento de la actividad militar regional y posibilitan lo que se conoce como “ataque de precisión”: la identificación rápida y el ataque preciso de blancos militares.
Estos desarrollos han transformado a países como Japón, Corea del Sur y Filipinas en plataformas operativas de avanzada para la agresión estadounidense.
Sembrar el conflicto: contradicciones de clase y los límites de la democracia
La estrategia de negación de Estados Unidos no depende solo de la integración militar, sino también de la alineación de las clases dominantes a lo largo de la primera cadena de islas en una postura coordinada contra China, en particular en Japón, Taiwán y Filipinas y en general en la vecina Corea del Sur. Esta alineación refleja los intereses de las élites industriales, militares y políticas nacionales vinculadas al poder estadounidense. En Japón, Corea del Sur, Filipinas y Taiwán, la profundización de esa integración militar agudiza las contradicciones de clase existentes y expone la estrechez de los sistemas electorales. Aunque esto genera resistencia desde abajo, estos sistemas políticos están diseñados para impedir el crecimiento de cualquier fuerza adversa a la intervención extranjera. Además, cada una de estas sociedades carga con las cicatrices de la Guerra Mundial Antifascista y de la presencia militar estadounidense en la posguerra, incluidas las bases militares que hoy parecen permanentes, una experiencia que ha continuado definiendo el horizonte político de estos “Estados clientes”4.
Japón
El sistema político japonés de la posguerra ha estado dominado por el Partido Liberal Democrático (PLD), una organización política de derecha a extrema derecha con estrechos vínculos con el Estado y el capital estadounidenses. Aunque formalmente democrático, el sistema político japonés está dominado en la práctica por un solo partido, el PLD, que desde su fundación en 1955 ha estado en el poder todos los años menos cuatro. Aunque el artículo 9 de la Constitución japonesa de 1947, en ocasiones denominado la “cláusula pacifista”, prohíbe un rearme que vaya más allá de la defensa mínima, la derecha ha pedido su derogación desde el mandato de primer ministro de Nobusuke Kishi (1957–1960). En 2014, durante el mandato del nieto de Kishi, Shinzō Abe (2012–2020), el artículo 9 fue reinterpretado para permitir la “autodefensa colectiva”, lo que facilitó la expansión del gasto militar japonés, que ha aumentado especialmente desde 2022 bajo lxs primeros ministros Fumio Kishida, Shigeru Ishiba y Sanae Takaichi. Entre 2023 y 2024, el gasto militar japonés aumentó un 21%, y representa el 1,4% del PIB del país (Stockholm International Peace Research, 2025). En abril de 2026, bajo el mandato de Takaichi, Japón levantó la prohibición de exportar armas letales, establecida partiendo de la lógica de que un país pacifista no debería lucrar de las guerras.
La contradicción entre el gasto militar y las demandas democráticas para que la riqueza de Japón se invierta en necesidades sociales, ejemplificada en las protestas contra las bases en regiones más empobrecidas como Okinawa, pone de manifiesto las limitaciones de la democracia formal japonesa. La sociedad japonesa sigue subordinada a las prioridades militares definidas por una élite japonesa permanente alineada con Estados Unidos.
La construcción de una nueva base del Cuerpo de Marines en la zona de la bahía Henoko-Oura, en Okinawa, destinada a reemplazar la Base Aérea Futenma, largamente criticada por su ubicación en medio de la densamente poblada ciudad de Ginowan, enfrenta una oposición continua desde 1996. En 2018, Denny Tamaki fue elegido gobernador de Okinawa con una plataforma contraria a las bases. En un referéndum provincial celebrado en 2019, el 70% de lxs encuestadxs rechazó la construcción de la base. A pesar de esos mandatos democráticos y de décadas de impugnaciones legales, el gobierno central de Japón avanza con las obras de relleno que destruyen los ecosistemas de coral de la bahía de Oura en beneficio del ejército de EE. UU. (Mitchell, 2026). Organizaciones como el All Okinawa Council Against Construction of New Base in Henoko [Consejo de Todo Okinawa contra la Construcción de la Nueva Base en Henoko], el Okinawa Peace Movement Center [Centro del Movimiento por la Paz de Okinawa], el Okinawa Environmental Justice Project [Proyecto de Justicia Ambiental de Okinawa] y lxs manifestantes del plantón de Henoko, que mantienen una resistencia diaria desde hace más de dos décadas, encarnan una política que vincula la lucha local con las grandes cuestiones del imperialismo y la autodeterminación (McCormack y Norimatsu, 2018).
Corea del Sur
La historia política de Corea del Sur está marcada por una intensa lucha de clases. Creada en el contexto de la Guerra de Corea, iniciada en 1950 y formalmente sin resolver desde que el armisticio de 1953 no produjo un tratado de paz, Corea del Sur ha sido tratada por Estados Unidos como una base militar y un bastión económico contra el comunismo. Aunque ha estado bajo gobiernos pro-estadounidenses, incluida una dictadura militar de 1967 a 1988, su sistema político ha parecido más fluido que el japonés: ningún partido ha gobernado de manera continua. No obstante, los gobiernos electos, tanto conservadores como liberales, siguen dependiendo estructuralmente de EE. UU. Este es el caso, por ejemplo, bajo el mandato tanto de Yoon Suk-yeol, un conservador fuertemente alineado con Estados Unidos y con los chaebols (conglomerados surcoreanos), como de Moon Jae-in, un liberal que buscó una autonomía limitada pero permaneció ligado al capital orientado a la exportación y a los chaebols. De hecho, en 2018, durante la presidencia liberal de Moon Jae-in, el gasto militar de Corea del Sur se elevó al 2,5% del PIB, estableciendo un nivel que los presupuestos anuales posteriores mantienen (y que ascendió al 2,6% en 2022) (Banco Mundial).
Desde mediados de la década de 2010, Corea del Sur ha presenciado una oleada de luchas democráticas: desde la Revolución de las Velas o Chot-bul Hyuk-myung (2016–2017), que destituyó a la presidenta Park Geun-hye, hasta la Revolución de las Luces o Bit-eh Hyuk-myung (2024–2025), que buscó defender la democracia surcoreana contra la ley marcial impuesta por el presidente Yoon Suk-yeol en diciembre de 2024. A pesar de la reiterada movilización de la clase trabajadora y la sociedad civil contra la desigualdad y en favor de una mayor independencia en política exterior, la subordinación de Corea del Sur a EE. UU. ha impedido dicha transformación. Además, esta dependencia económica y militar la obliga a adoptar medidas profundamente impopulares, como el envío de tropas coreanas a Irak o la instalación del sistema antimisiles balísticos de defensa de área a gran altitud (THAAD, por su sigla en inglés). Desde sus inicios, Corea del Sur ha subordinado su política exterior a la de EE. UU. Una consecuencia de esto es que la fallida Cumbre de Hanói de 2019 entre Corea del Norte y Estados Unidos derivó en un congelamiento de las relaciones intercoreanas (Song, 2024a). Mientras tanto, el fortalecimiento de los vínculos de la República Popular Democrática de Corea (RPDC) con Rusia ha ampliado el margen de maniobra de Pyongyang.
En junio de 2025, Lee Jae-myung ganó la presidencia tras haber contribuido a impedir que el presidente Yoon impusiera la ley marcial unos meses antes. Abogado de derechos humanos y laborales, el presidente Lee, sin embargo, ha continuado involucrando el complejo militar-industrial de Corea del Sur con EE. UU. Aun intentando recuperar el control operacional en tiempo de guerra del ejército coreano, sus concesiones económicas al presidente de Estados Unidos Donald Trump integran a Corea del Sur más profundamente en la maquinaria de guerra de EE. UU.
Lee no solo ha aceptado el llamado de Estados Unidos a que sus aliados destinen el 3,5% del PIB a defensa, Corea del Sur también invertirá 350.000 millones de dólares en los próximos diez años para aumentar la fabricación de semiconductores en Estados Unidos, cuyo doble uso permite la expansión de la inteligencia artificial militar y ampliar la construcción naval para la marina estadounidense, contribuyendo a aliviar los crónicos atascamientos en la base industrial marítima de EE. UU. Un impulso que queda sintetizado en el servil eslogan coreano MASGA: Make American Shipbuilding Great Again [Hagamos grande de nuevo la construcción naval estadounidense]. Más concretamente, la adquisición del Astillero de Filadelfia por parte del Grupo Hanwha en 2024 lo posiciona como una solución potencial al retraso acumulado en la construcción de submarinos de propulsión nuclear de la Armada estadounidense y una contribución a su producción de buques de guerra. Además, Corea del Sur alberga una presencia de la Fuerza Espacial de EE. UU. que coopera con Washington en la creación de una red de satélites interoperables para el Golden Dome de Trump (Song, 2024b). Todas estas acciones han permitido a Corea del Sur unirse a Israel en el club de EE. UU. de los “aliados modelo” (Departamento de Defensa de Estados Unidos, 2026).
Filipinas
Filipinas ha luchado por afirmar su soberanía desde que fue anexada por Estados Unidos en 1898. El poder político en el país ha estado dominado por unas pocas familias de élite. El actual presidente, Bongbong Marcos, es hijo de Ferdinand Marcos, quien fue presidente de 1965 a 1986. El país dependió enteramente de EE. UU. para sus planes de seguridad hasta 1991, y en 1995 puso en marcha el Programa de Modernización de las Fuerzas Armadas de Filipinas, que permitió la expansión de la marina y la fuerza aérea filipinas, en gran medida mediante la compra de material militar de estadounidense. El ejército filipino quedó integrado con el de EE. UU. a través de la contratación y los ejercicios conjuntos.
La estructura del poder de EE. UU. sobre Filipinas queda muy bien ilustrada por el Acuerdo de Cooperación para la Defensa Ampliada (EDCA, por su sigla en inglés), firmado por primera vez en 2014 y luego ampliado en 2022. El EDCA otorga acceso rotativo a bases militares filipinas, lo que permite el preposicionamiento de equipos, el entrenamiento conjunto y la construcción de infraestructura militar de EE. UU. en las bases, con una supervisión mínima por parte del gobierno filipino.
En 2023, al comienzo del gobierno de Marcos Jr., los sitios designados bajo el EDCA casi se duplicaron, de cinco a nueve. La Base Naval Camilo Osias y el Aeropuerto de Lal-lo están ubicados en el extremo norte de Filipinas, lo que permite una “respuesta rápida” a los conflictos en el Estrecho de Taiwán (De Guzman, 2023). Estas dos bases cuentan con el respaldo del Camp Melchor F. Dela Cruz, en el montañoso valle de Cagayán, que actúa como retaguardia logística. La presencia de EE. UU. en estas bases ayuda a Washington a proyectar fuerza a través del Estrecho de Luzón, que Filipinas comparte con Taiwán. El cuarto sitio de reciente designación no ha sido revelado públicamente, pero su ubicación deja en claro su papel en la proyección de EE. UU. en el Mar del Sur de China.
A través del EDCA, las fuerzas de EE. UU. llevan a cabo el Ejercicio Balikatan, que ha alcanzado una escala sin precedentes bajo el gobierno de Marcos Jr., con incluso Japón sumándose en 2025. Las organizaciones de la sociedad civil y lxs activistas por la paz continúan debatiendo las implicaciones de la estrecha alineación del gobierno de Marcos Jr. con EE. UU. Esta alineación se ha desarrollado en paralelo a una represión intensificada de activistas y militantes rurales, incluido el asesinato de 19 personas por parte de tropas filipinas en Toboso, Negros Occidental, en abril de 2026. Un incidente que los grupos de derechos humanos han exigido que sea investigado de manera independiente.
Taiwán
Tras su derrota en la Revolución China, el partido nacionalista Kuomintang (KMT) huyó a la isla de Taiwán bajo el liderazgo de Chiang Kai-shek y estableció allí su gobierno. El KMT gobernó Taiwán bajo ley marcial durante 38 años, hasta 1987, y continuó gobernando en un sistema electoral de partido dominante hasta el año 2000. Desde entonces, el Partido Democrático Progresista (PDP) ha estado en el poder durante la mayor parte del tiempo, llevando la política taiwanesa hacia un mayor separatismo respecto de China continental e integrando la isla más profundamente en los planes estratégicos de EE. UU. El PDP refleja una coalición de tecnocapitalistas, élites separatistas e instituciones militares, mientras que el KMT obtiene su apoyo de los sectores empresariales con intereses en el comercio transestrecho con China. Ambos, sin embargo, operan dentro de un marco moldeado por las prioridades estratégicas de Estados Unidos Desde 2022, el gasto militar de Taiwán y el apoyo militar de EE. UU. han mostrado un patrón de fortalecimiento sostenido y coordinado, más que un rearme repentino. El presupuesto militar de Taiwán se ha disparado y alcanza aproximadamente 30.000 millones de dólares en 2026. El gasto militar ha aumentado del 2% del PIB en la década de 2010 al 3,3% en 2026, con planes de llegar al 5% para 2030. Esta enorme desviación de recursos recae sobre una sociedad que ya enfrenta salarios estancados y un costo de vida en alza.
El presupuesto militar financia compras de armas y enriquece a los contratistas de defensa de EE. UU. Las ventas militares a Taiwán se han vuelto más regulares, con frecuentes paquetes de armamento centrados en misiles, defensa aérea y drones. Entre 2019 y 2024, Estados Unidos aprobó más de 32.000 millones de dólares en ventas de armas a Taiwán, incluidos cazas F-16V (8.000 millones), tanques M1A2 Abrams (2.000 millones), sistemas de cohetes HIMARS (436 millones) y misiles costeros Harpoon, con enormes nuevos paquetes por más de 11.000 millones anunciados en 2025 (Basta de Guerra Fría, 2023b; 2023a). Pero la venta de armas ya no es el límite de la participación militar de EE. UU. Desde 2024, Fuerzas Especiales del Ejército estadounidense, conocidas como Boinas Verdes, están estacionadas en las islas de Kinmen y Penghu, la primera presencia militar estadounidense duradera en territorio taiwanés en más de 40 años. La escalada militar está impulsada de manera inequívoca por EE. UU., que crea las condiciones para una crisis autocumplida a través de la militarización, al tiempo que califican las respuestas chinas de “provocaciones”.
La fragilidad política de este camino hacia la militarización merece énfasis. Lai Ching-te, del PDP, asumió el cargo el 20 de mayo de 2024 tras obtener solo el 40,1% de los votos, con el KMT obteniendo el 33,5% y el Partido del Pueblo de Taiwán (PPT) el 26,5%. Es fundamental señalar que la oposición del KMT y el PPT controla el Yuan Legislativo, el máximo órgano legislativo de Taiwán, por primera vez desde 2016. De los 113 escaños, 52 corresponden al KMT, 8 al PPT y 51 al PDP. Esta apertura política quedó subrayada en abril de 2026, cuando la presidenta del KMT, Cheng Li-wun, visitó Beijing y se reunió con Xi Jinping, la primera visita de este tipo por parte de una presidenta del KMT en una década, lo que indica que parte de la oposición intenta reabrir el diálogo entre ambos lados del estrecho en lugar de seguir el camino de escalada militar del PDP. El poder legislativo no votó a favor de la escalada militar que el PDP promueve.
Las encuestas de opinión pública del Centro de Estudios Electorales de la Universidad Nacional Chengchi revelan que solo el 3,8% de la población, el porcentaje más bajo desde 2002, apoya la “independencia inmediata”, mientras que el 1,2% apoya la unificación inmediata. Mientras tanto, entre el 83 y el 88% prefiere el statu quo, con un récord del 33,2% que desea el “statu quo indefinidamente” (National Chengchi University Election Study Center, 2025). La postura confrontacional del PDP con el continente, intensificada con la Ley Antiinfiltración de 2019, orientada a frenar la supuesta influencia política de China en Taiwán, carece ahora tanto de mandato legislativo como de respaldo popular.
Organizaciones unionistas de izquierda como el Partido Laborista de Taiwán han argumentado que la base social del separatismo del PDP tiene sus raíces en lxs colaboracionistas japoneses de la era colonial, y que la cuestión de Taiwán es un legado de la intervención estadounidense en la Guerra Civil China. Estados Unidos no necesita expandir formalmente su presencia en Taiwán como lo hace en Japón o Filipinas, ya que el PDP apoya sin reservas la estrategia de contención de EE. UU. Estas tendencias apuntan a una mayor integración militar entre Estados Unidos y Taiwán, que en la práctica se acerca a una cuasi-alianza, ya que un tratado formal provocaría una respuesta de Beijing. EE. UU. ha llegado incluso a sugerir volar las fábricas de semiconductores taiwanesas para proteger sus intereses en la isla.5
Más allá de la primera cadena de islas
La estrategia de EE. UU. para contener a China se extiende más allá de la primera cadena de islas a través de agrupaciones como AUKUS y el Quad. Estos acuerdos crean capas superpuestas de cooperación militar que limitan la movilidad de China en las aguas cercanas y en todo el Indo-Pacífico. También revelan tensiones entre la interdependencia económica con China y las alianzas militares orientadas a la confrontación. Las contradicciones resultantes plantean interrogantes sobre la durabilidad de estas formaciones. Dos grandes actores destacan como protagonistas clave en esta arquitectura más amplia: Australia e India.
Australia
Australia es miembro de los Five Eyes [Cinco Ojos], una red de intercambio de inteligencia liderada por EE. UU. y uno de los seis “Enhanced Opportunities Partners” [Socios con Oportunidades Ampliadas] de la OTAN. Como tal, Australia siempre ha desempeñado un papel clave en la estrategia de EE. UU. en Asia. El avance más significativo de los últimos tiempos en la alianza Estados Unidos-Australia es el acuerdo AUKUS de 2021, cuyo primer pilar prevé dotar a Australia de submarinos de ataque de propulsión nuclear.
El programa comenzó con visitas cada vez más frecuentes de submarinos de EE. UU. a puertos australianos, seguidas de despliegues rotativos en bases australianas. Se espera que culmine con la adquisición por parte de la Armada Real de Australia de al menos ocho submarinos de propulsión nuclear a partir de la década de 2030, con una parte construida internamente mediante cooperación conjunta en la década de 2040. Con un costo total estimado en más de 264.000 millones de dólares, estos submarinos de propulsión nuclear son estratégicos porque permiten operaciones de largo alcance en los océanos Índico y Pacífico. Aunque no se declara de manera explícita, la interoperabilidad y la profunda dependencia operativa convertirían a Australia en parte de esa postura frente a China, incluso en los esfuerzos por controlar las rutas marítimas y apoyar las operaciones en el Estrecho de Taiwán o en el Mar del Sur de China.
Aunque Australia ya pagó a Washington más de 1.000 millones de dólares en el marco de AUKUS, el gobierno de Trump, que enfrenta su propio cuello de botella en materia de submarinos, revisa si entregarle a Australia los submarinos prometidos.6 Un informe del Congreso incluso consideró la posibilidad de mantener los submarinos bajo control de EE. UU. y operarlos desde bases australianas, dada la reticencia de Australia a comprometerse a intervenir militarmente en una posible guerra entre EE. UU. y China, ya que este es el mayor socio comercial de Australia (Doherty, 2026). Esto ilustra las contradicciones y tensiones entre los intereses nacionales y los compromisos de alianza.
India
La posición de India en la arquitectura de contención difiere de la de Japón o Taiwán. India no tiene una alianza formal con EE. UU., mantiene su membresía en los BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), y hereda una poderosa tradición de no alineamiento. Sin embargo, la trayectoria de la política exterior india en la última década revela una tendencia de cumplimiento con las preferencias estratégicas de Estados Unidos, muchas veces enmascarada por la retórica de la autonomía estratégica. India ha firmado acuerdos marco de defensa con EE. UU. que integran sus fuerzas en las arquitecturas de mando, control e inteligencia estadounidense.
El giro de India hacia Washington resulta más instructivo cuando se analiza en el contexto de su debilitada relación con Irán, un amigo y aliado tradicional. Cuando el gobierno de Trump volvió a imponer sanciones a Irán en 2018 y exigió el cese de las compras de petróleo iraní, India cumplió reduciendo sus importaciones de 500.000 barriles diarios a casi cero para mayo de 2019. El cumplimiento de India implicó renunciar al petróleo iraní más barato y poner en riesgo sus inversiones en el Puerto de Chabahar, un proyecto de importancia estratégica para India porque garantiza el acceso a Asia Central sin necesidad de pasar por Pakistán (Prashad, 2013; Karat, 2007; Bhadrakumar et al., 2007). El 12 de marzo de 2025 entraron en vigor aranceles globales del 25% sobre el acero y el aluminio, lo que elevó los aranceles sobre el acero y el aluminio indios al 26%. El 6 de agosto, Trump impuso un arancel adicional del 25% sobre los productos indios por las compras de petróleo ruso con descuento que realizaba India, con lo que la tasa acumulada llegó al 50%. India finalmente acordó suspender las compras de petróleo ruso, pero no llegó a firmar un acuerdo comercial decisivo con EE. UU. tras el fallo de la Corte Suprema que anuló los aranceles de Trump.
A pesar de estos acuerdos con EE. UU., India sigue siendo miembro del proceso de los BRICS y mantiene importantes relaciones económicas tanto con China como con Rusia. El comercio bilateral India-China creció un 12% interanual en 2025 y alcanzó los 155.600 millones de dólares. La participación de India en la OCS se ha profundizado, en especial tras la presencia del primer ministro indio Narendra Modi en la Cumbre de la OCS de 2025 en Tianjin. En 2018, India firmó un acuerdo de 5.400 millones de dólares para adquirir el sistema de defensa aérea S-400 de Rusia, pese a las amenazas de sanciones de EE. UU. El comercio entre India y Rusia se ha incrementado de manera significativa en los últimos años, impulsado en particular por las compras de petróleo crudo ruso con descuento, que pasaron de niveles insignificantes antes de 2022 a un pico de 2 millones de barriles diarios en 2025, con lo que Rusia se convirtió en el mayor proveedor de petróleo de India. Este continuo comercio contrasta con su participación en el Quad y en los acuerdos de asociación con EE. UU., lo que pone de manifiesto una contradicción en el núcleo del posicionamiento de India. India ilustra un patrón de coerción gradual por parte de EE. UU.: incluso como socio estratégico, India no está protegida de la coerción imperial (Bodapati, 2025; Tricontinental, 2026).
Fragilidad de las alianzas y contradicciones económicas
La estrategia de negación supone que EE. UU. puede lograr que sus aliados se comprometan a contener a China, una suposición que se desmorona al examinarse con detenimiento. La prosperidad material de los aliados de EE. UU. depende cada vez más de la integración económica con China, aun cuando las alineaciones militares los comprometen con un posible conflicto. Cada región examinada en este dossier enfrenta la misma contradicción fundamental: entre la integración económica con China y la alineación militar contra China. En 2025, el comercio de estos países con China, 331.000 millones de dólares en el caso de Corea del Sur, 322.000 millones de Japón, 73.000 millones de Filipinas y 207.000 millones de Australia— superó con creces su comercio con EE. UU.,: 241.200 millones de dólares para Corea del Sur, 228.000 millones para Japón, 27.000 millones de Filipinas y 89.600 millones para Australia. Incluso el comercio de India con China (156.000 millones de dólares) es mayor que su comercio con EE. UU. (149.000 millones de dólares). Estos flujos representan riqueza, empleo e ingresos fiscales que una guerra o una confrontación sostenida con China devastaría. Cuando el conflicto efectivo se acerca, estos intereses económicos pueden resultar más determinantes que los compromisos militares abstractos.
Durante la guerra estadounidense contra Irak, importantes aliados de EE. UU. se negaron a participar a pesar de las enormes presiones de Washington y de la invocación de los compromisos de alianza. En Asia, Japón y Corea del Sur se negaron a aportar fuerzas de combate, aunque sí prestaron asistencia logística y fondos para la reconstrucción. Más recientemente, ningún aliado de EE. UU., incluidos Japón y Corea del Sur, ha respondido a las exigencias de Trump de enviar barcos para abrir el Estrecho de Ormuz. Si los aliados resultaron poco fiables para una guerra contra un adversario más débil, ¿qué tan probable es su participación en una guerra contra China, una potencia industrial y nuclear? ¿Enviaría Australia fuerzas de combate para luchar contra China, arriesgando represalias contra sus ciudades y la pérdida de su principal socio comercial? ¿Participaría Corea del Sur, cuando una guerra regional podría desencadenar la intervención de Corea del Norte? ¿Aceptaría el pueblo japonés, traumatizado por el bombardeo nuclear de EE. UU., sufrir bajas en combate? ¿Enviaría India sus fuerzas cuando el estatus de Taiwán carece de relevancia directa para la seguridad india y la participación pondría en riesgo sus relaciones con China y Rusia? ¿Lucharía Filipinas si ello significase arriesgarse a represalias chinas?
Las alianzas funcionan sin problemas cuando los costos permanecen hipotéticos y abstractos: ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia, compras de armas y coordinación diplomática. Enfrentan pruebas severas cuando una guerra real exige sacrificar vidas, aceptar la devastación económica y arriesgar la existencia nacional en beneficio de los intereses de otra potencia, en especial cuando esa potencia es la agresora. La dependencia de la estrategia de negación en la participación aliada puede ser su falla fatal si estalla un conflicto, sobre todo cuando las alianzas se basan en la subordinación y la coerción en lugar de intereses compartidos genuinos.
Resistir la maquinaria de guerra y construir el multilateralismo
La Nueva Guerra Fría emergente, centrada en Asia Oriental, es la respuesta estratégica de EE. UU. al desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial. A medida que las capacidades económicas y tecnológicas de China se expanden, la política de EE. UU. recurre cada vez más a la fuerza militar y a las estructuras de alianza para mantener la influencia estratégica en el Indo-Pacífico (Tricontinental, 2024). Esta estrategia de negación busca contener a China a través de la militarización, la coordinación de alianzas y la modernización de la defensa. Washington construye una arquitectura militar provocadora en la región a través de una red de iniciativas y asociaciones.
En todo el conjunto de Asia Oriental y el Indo-Pacífico, las implicaciones de la creciente militarización son profundas. Japón, Corea del Sur, Filipinas, Taiwán, Australia e India albergan infraestructuras militares significativas o participan en una cooperación militar que podría situarlos en el centro de una confrontación de gran envergadura. Para muchas sociedades de la región, la perspectiva de una mayor militarización genera preocupaciones sobre los costos de oportunidad, ya que los recursos destinados al gasto en defensa compiten con las inversiones en bienestar social, infraestructura, resiliencia climática y desarrollo económico.
Analistxs de política exterior y responsables políticxs progresistas de la región han propuesto varias reformas orientadas a la paz y la distensión. Entre ellas, se incluyen medidas de fomento de la confianza en zonas conflictivas como el Estrecho de Taiwán, nuevas iniciativas de control de armamentos y mecanismos multilaterales para gestionar las disputas marítimas en el Mar del Sur de China. Las organizaciones regionales, en particular la ASEAN, suelen citarse como posibles plataformas para el diálogo y la gestión de conflictos.
Si bien estas propuestas son bienvenidas, cualquier transformación debe provenir inevitablemente de los propios pueblos organizados de la región. Diversos movimientos sociales en toda la región siguen abogando por la diplomacia, la cooperación regional y la desmilitarización. En Okinawa, organizaciones como el Proyecto de Justicia Ambiental de Okinawa y No More Battle of Okinawa protestan contra la expansión de las bases de EE. UU. En Filipinas, organizaciones como Bagong Alyansang Makabayan (Bayan) [Nueva Alianza Patriótica] se oponen a los acuerdos ampliados de acceso militar y reivindican una mayor soberanía nacional. En Corea del Sur, partidos políticos y movimientos sociales, como Acción Internacional de los Pueblos contra Trump [People’s International Action Denouncing Trump], apoyan una renovada participación diplomática para reducir las tensiones en la Península Coreana. Debates similares tienen lugar en Taiwán, Australia, India y otras regiones que navegan el militarismo de EE. UU.
La Asamblea Internacional de los Pueblos (AIP), una red de alrededor de 200 movimientos sociales, partidos políticos y sindicatos fundada en 2015, ha trabajado estrechamente con organizaciones de base en la región, construyendo solidaridad y consenso sobre cuestiones clave. En esta coyuntura crucial, cuando la militarización amenaza la paz y el desarrollo en Asia y en el mundo entero, la AIP ha lanzado la campaña “¡Bases Fuera de Asia!”. Esa campaña se articula en torno a cuatro demandas para desescalar esta Nueva Guerra Fría en Asia:
- Retirar todas las bases militares extranjeras y democratizar la seguridad. Los cientos de bases militares extranjeras que salpican la región asiática deben ser retiradas para que la política regional pueda democratizarse y la paz sea algo más que la preparación para la próxima guerra. Los Estados deben evitar la formación de bloques militares rígidos, limitar los despliegues avanzados y comprometerse a prevenir una carrera armamentista. La política militar debe rendir cuentas ante la ciudadanía: debe existir supervisión del Parlamento, de los gobiernos locales y de la sociedad civil sobre los acuerdos militares, los presupuestos de defensa y los despliegues de tropas extranjeras.
- Ampliar el contacto entre los pueblos. Apoyar la cooperación entre sindicatos, grupos estudiantiles, organizaciones por la paz y movimientos sociales en toda Asia para oponerse a las carreras armamentistas, las bases extranjeras y la escalada de la confrontación. Fomentar los intercambios entre los pueblos, los lazos culturales y la diplomacia de base a través de las fronteras, en especial entre sociedades en conflicto o en situaciones de gran tensión, para construir una cultura regional compartida de paz.
- Institucionalizar un diálogo sostenido. Establecer canales regulares de comunicación de alto nivel, tanto políticos como entre las fuerzas armadas para gestionar las crisis, reducir los errores de cálculo y generar confianza. Promover mecanismos prácticos de fomento de la confianza, como líneas directas y acuerdos de prevención de incidentes.
- Priorizar la seguridad cooperativa y los desafíos compartidos. Desplazar el foco de la competencia de suma cero hacia la colaboración en cuestiones clave como el cambio climático, la salud pública, la estabilidad económica y el desarrollo, reforzando la interdependencia como base para la paz. Promover reducciones en el gasto militar y la reasignación de recursos hacia la atención de salud, la acción climática, la educación y la reducción de la desigualdad, vinculando la paz con la justicia social.
A estas luchas subyace en un cambio estructural más amplio en la economía global. El crecimiento de China como principal potencia industrial ha reconfigurado las redes de producción mundiales y alterado la distribución de la influencia económica. Estos cambios han dado un nuevo impulso a los movimientos que luchan por la soberanía en todo el Sur Global. Si esta transición conduce a un multilateralismo estable y pacífico o a una competencia más intensa sigue siendo incierto. Mucho depende de si la lucha de clases puede avanzar de modo tal que empuje la agenda hacia la paz y el desarrollo, en lugar de la guerra y la austeridad.
Notas
1 Aunque Okinawa solo representa el 0,6 % de la superficie terrestre de Japón, alberga aproximadamente el 70% de todas las instalaciones militares estadounidenses del país. Para saber más sobre Kinjo y la historia de Okinawa, consulta nuestro Boletín de arte 26 (abril de 2026), “No se puede tragar una aguja, por pequeña que sea: el escultor de la resistencia en Okinawa”. https://thetricontinental.org/es/boletin-de-arte-escultor-resistencia-okinawa/.
2 Estos datos están disponibles en el sitio web de la base de datos Comtrade de la Organización de las Naciones Unidas https://comtradeplus.un.org/.
3 Sobre el papel de Sri Lanka en el epicentro de la estrategia indopacífica de EE. UU., véase Illanperuma (2024); sobre Diego García, véase Sands (2022).
4 Seguimos la línea argumental expuesta en McCormack, 2007.
5 La propuesta de esta estrategia de “tierra quemada” se planteó por primera vez en el artículo de Jared McKinney y Peter Harris (2021) y fue retomada dos años más tarde por el exasesor de seguridad nacional de EE. UU. Robert O’Brien (Clemons, 2023).
6 En febrero de 2025, Australia pagó 500 millones de dólares y, en julio, otros 525 millones de dólares (Mahadzir, 2025; Reuters, 2025).
Referencias bibliográficas
Aoki, Masahiko. Hikaku Seido Bunseki ni Mukete. Toyo Keizai Shinposa, 1995.
Banco Asiático de Desarrollo. Asian Economic Integration Report 2025: Harnessing the Benefits of Regional Cooperation and Integration. Asian Development Bank, 2025.
_______. Asian Economic Integration Reports. Disponible en: https://www.adb.org/publications/series/asian-economic-integration-report.
Banco Mundial. “Military expenditure (% of GDP) – Korea, Rep.”. Disponible en: https://data.worldbank.org/indicator/MS.MIL.XPND.GD.ZS?locations=KR.
Basta de Guerra Fría. “Stop US Interference: Interview with the Labor Party of Taiwan” [Wim De Ceukelaire entrevista a Wu Rong-yuan]. 2 de enero de 2023a. Disponible en: https://news.nocoldwar.org/stop-us-interference-interview-with-the-labour-party-of-taiwan/.
_______. Taiwan Is a Red Line Issue. Briefing nº 6, 9 de febrero de 2023b. Disponible en: https://nocoldwar.org/news/briefing-taiwan-is-a-red-line-issue.
Bhadrakumar, M.K., Ninan Koshy y Prabir Purkayastha. Uncle Sam’s Nuclear Cabin. LeftWord Books, 2007.
Bodapati, Srujana. India’s Reckoning with Trump’s Tariffs. Tricontinental Asia Newsletter, 8 de agosto de 2025. Disponible en: https://thetricontinental.org/asia/indias-reckoning-with-trumps-tariffs/.
Cheng, Yawen. “Construyendo los nuevos “Tres Anillos”: la configuración de las relaciones exteriores de China ante el desacoplamiento” Wenhua Zongheng. Vol. 1, nº 1, marzo de 2023. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/wenhua-zongheng-1-construyendo-los-nuevos-tres-anillos/.
Clemons, Steve. “The US would destroy Taiwan’s chip plants if China invades, says former Trump official”. Semafor, 13 de marzo de 2023. Disponible en: https://www.semafor.com/article/03/13/2023/the-us-would-destroy-taiwans-chip-plants-if-china-invades-says-former-trump-official.
Colby, Elbridge A. The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict. Yale University Press, 2021.
Council on Foreign Relations. “U.S. Military Support for Taiwan in Five Charts”. 5 de octubre de 2023. Disponible en: https://www.cfr.org/articles/us-military-support-taiwan-five-charts?utm.
De Guzman, Chad. “US and Philippines Announce New Sites for Military Cooperation: What to Know”. Time, 4 de abril de 2023. Disponible en: https://time.com/6268379/philippines-us-military-bases-china/.
Departamento de Defensa de Estados Unidos. “Remarks by Under Secretary of War for Policy Elbridge Colby at the Sejong Institute in South Korea (As Delivered)”. 26 de enero de 2026. Disponible en: https://www.war.gov/News/Speeches/Speech/Article/4389207/remarks-by-under-secretary-of-war-for-policy-elbridge-colby-at-the-sejong-insti/.
Doherty, Ben. “US Congressional Report Explores Option of Not Delivering Any Aukus Nuclear Submarines to Australia”. The Guardian, 4 de febrero de 2026. Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2026/feb/05/not-delivering-any-aukus-nuclear-submarines-to-australia-explored-as-option-in-us-congressional-report.
Fernandes, Clinton. Sub-Imperial Power: Australia in the International Arena. Melbourne University Press, 2022.
Fowler, Andrew. Nuked: The Submarine Fiasco that Sank Australia’s Sovereignty. Melbourne University Press, 2024.
Glawe, Linda y Helmut Wagner. The Economic Rise of East Asia. Development Paths of Japan, South Korea, and China. Cham: Springer, 2021.
Heydarian, Richard Javad. “Philippines becoming a military hub for checking China”. Asia Times, 16 de noviembre de 2023.
Illanperuma, Shiran. Sri Lanka’s New Government, the Indo-Pacific Debt Trap, and the Struggle for the 21st Century. Tricontinental Interventions: Conjunctural Analysis from Asia nº 4, 30 de diciembre de 2024. Disponible en: https://thetricontinental.org/asia/ticaa4-sri-lanka-s-new-government-the-indo-pacific-debt-trap/.
Instituto Tricontinental de Investigación Social. Hiperimperialismo: Una nueva etapa decadente y peligrosa. Estudios – Dilemas Contemporáneos nº 4, 23 de enero de 2024. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/estudios-sobre-dilemas-contemporaneos-4-hiper-imperialismo/.
_______. El 80º aniversario de la victoria en la Guerra Mundial Antifascista, Comprendiendo quién salvó a la humanidad: Un restablecimiento de la historia. Estudios – Dilemas Contemporáneos nº 5, 12 de noviembre de 2025. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/estudios-sobre-dilemas-contemporaneos-5-guerra-antifascista/.
_______. La turbulencia de la economía india. Dossier nº 96, enero de 2026. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-india-desindustrializacion/.
Johnson, Chalmers. MITI and the Japanese Miracle: The Growth of Industrial Policy, 1925–1975. Stanford University Press, 1982.
Karat, Prakash. Subordinate Ally: The Nuclear Deal and India-US Strategic Relations. New Delhi: LeftWord Books, 2007.
Lin, Yifu. Jiedu Zhongguo Jingji [Desmitificando la economía china]. Beijing Daxue Chubanshe, 2012.
Mahadzir, Dzirhan. “SECDEF: White House Supportive of AUKUS, Australia Makes $500M Payment”. USNI News, 10 de febrero de 2025. Disponible en: https://news.usni.org/2025/02/10/secdef-white-house-supportive-of-aukus-australia-makes-500m-payment.
McCormack, Gavan y Satoko Oka Norimatsu. Resistant Islands: Okinawa Confronts Japan and the United States. Bloomsbury, 2018.
McCormack, Gavan. Client State: Japan in the American Embrace. Verso, 2007.
McKinney, Jared y Peter Harris. “Broken Nest: Deterring China from Invading Taiwan”. Parameters: The US Army War College Quarterly, vol. 51, nº 4, 2021.
Mitchell, Jon. Why Are We in Okinawa? A History of Violence. Bloomsbury, 2026.
National Chengchi University Election Study Center. “Changes in the Taiwanese/Chinese Identity of Taiwanese (1992–2025)”. Diciembre de 2025. Disponible en: https://esc.nccu.edu.tw/upload/44/doc/6963/Tondu202512.png.
Organización de las Naciones Unidas / Comtrade. UN Comtrade Database. Disponible en: https://comtradeplus.un.org/.
Prashad, Vijay, John Bellamy Foster, John Ross y Deborah Veneziale. Washington’s New Cold War: A Socialist Perspective. Monthly Review Press, 2022.
Prashad, Vijay. India’s Iran Policy: Between US Primacy and Regionalism. Working paper nº 19, Issam Fares Institute for Public Policy and International Affairs (American University of Beirut), noviembre de 2013.
Reuters. “Australia’s US$525 Million Aukus Payment Proceeds amid Trump Review of Submarine Pact”. South China Morning Post, 23 de julio de 2025. Disponible en: https://www.scmp.com/news/asia/australasia/article/3319283/australias-us525-million-aukus-payment-proceeds-amid-trump-review-submarine-pact.
Sands, Philippe. The Last Colony: A Tale of Exile, Justice, and Britain’s Colonial Legacy. W&N, 2022.
Sinha, Bappa. Breaking the Stranglehold: How China is Shattering US Technological Hegemony. Tricontinental Interventions: Conjunctural Analysis from Asia nº 10, 27 de marzo de 2026. Disponible en: https://thetricontinental.org/asia/breaking-the-stranglehold-how-china-is-shattering-us-technological-hegemony/.
Song, Dae-Han. “Power Concedes Nothing Without a Demand: Peace in Korea and Northeast Asia Now!”. Monthly Review, vol. 76, nº 3, julio-agosto de 2024a. Disponible en: https://monthlyreview.org/articles/power-concedes-nothing-without-a-demand-peace-in-korea-and-northeast-asia-now/.
_______. “US Recruits South Korea to Help Colonise and Militarise Space”. Peoples Dispatch, 13 de noviembre de 2024b. Disponible en: https://peoplesdispatch.org/2024/11/13/us-recruits-south-korea-to-help-colonize-and-militarize-space/.
Stockholm International Peace Research Institute. “Unprecedented Rise in Global Military Expenditure as European and Middle East Spending Surges”. 28 de abril de 2025. Disponible en: https://www.sipri.org/media/press-release/2025/unprecedented-rise-global-military-expenditure-european-and-middle-east-spending-surges.
Tinn, Honghong. Island Tinkerers: Innovation and Transformation in the Making of Taiwan’s Computing Industry. MIT Press, 2025.
Wagner, Jeffrey y Dae-Han Song. “Trilateral missile defense system a step towards Asian NATO”. Peoples Dispatch. 29 de noviembre de 2023. Disponible en: https://peoplesdispatch.org/2023/11/29/trilateral-missile-defense-system-a-step-towards-asian-nato/.
Zhao, Minghao y Hongjia Yang. “Major Power Competition and New Trends in US Interference with the Taiwan Question”. Contemporary American Review, nº 1, 2024.
Últimos boletines
Escucha: Por qué cantamos / Canción nueva del disco A dos voces, una colaboración de Mario Benedetti y Daniel Viglietti.
En América Latina, los caminos de las luchas de los pueblos y el desarrollo de su cultura se entrelazan constantemente. Desde la colonización española y portuguesa en los siglos XV y XVI, pasando por las luchas de independencia y por la Doctrina Monroe (1823), los pueblos de América Latina resisten a la dominación. José Martí, una de las figuras centrales en la lucha por la independencia, formuló el concepto de Nuestra América, en un texto del mismo nombre, sobre la unidad política y cultural del continente.
Para Martí, la noción de Nuestra América no se limitaba a un aspecto geográfico de ese vasto territorio que se extiende desde el Río Bravo hasta el estrecho de Magallanes, sino que era también un proyecto basado en las diversas culturas, historias y luchas de los pueblos originarios de esa región. Esa era la fuerza antiimperialista de la reflexión de Martí: América Latina solo podría liberarse si conocía y valoraba las raíces indígenas, africanas, campesinas y populares que el colonialismo y la intelectualidad europea habían menospreciado.
Como el propio Martí plantea en su texto: “Resolver el problema después de conocer sus elementos es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. […] Conocer es resolver. Conocer el país y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías”. La literatura latinoamericana a lo largo de su historia ha sido una de las principales formas a través de las cuales ha sido posible conocer la diversidad de pueblos y culturas de este territorio. A través de poemas, novelas y canciones, los pueblos del continente han representado sus distintas realidades no como abstracciones, sino como experiencias vividas.
Escritores viajando en camión hacia Minas de Frío, Cuba, s.f. Fuente: Revista Casa de las Américas.
América Latina experimentó profundas transformaciones políticas y sociales en la segunda mitad del siglo XX. La Revolución Cubana, en 1959, rompe con la dependencia directa de Estados Unidos e inicia la construcción del socialismo en la isla, como un soplo de esperanza para los pueblos en lucha en los demás países de la región. Este proceso desencadena una nueva ola de acometidas imperialistas en Nuestra América con EE. UU. intensificando su ofensiva mediante la fallida invasión de Playa Girón, en Cuba, en 1961; el patrocinio y apoyo político al golpe empresarial-militar en Brasil, en 1964; el golpe contra el gobierno de la Unidad Popular y el derrocamiento del presidente Salvador Allende, en Chile, en 1973, además de apoyar otras dictaduras y proyectos de contrainsurgencia sanguinarios en la región en la década de 1970.
La literatura, en este contexto, sigue desempeñando un importante papel de resistencia, principalmente debido al llamado boom de la literatura latinoamericana, en los años 1960-1970 en el que algunos escritores alcanzaron fama en Europa. En este período cobra fuerza un debate ya antiguo sobre la relación entre arte y política, teniendo a Cuba, su revolución y su política cultural como uno de los ejes principales de la polémica.
Ya en 1959, el primer año de la revolución, se crearon varias instituciones culturales en la isla; entre otras, cabe mencionar el Teatro Nacional, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) y la Casa de las Américas, dirigida por Haydée Santamaría, referencia ineludible para pensar la cultura, el arte y la literatura en América Latina. El escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009) tuvo un papel central en la profundización de la labor cultural de la Casa de las Américas, contribuyendo, sobre todo, a reforzar el papel de la literatura como frente de resistencia en América Latina. Su propio desarrollo literario e intelectual, así como el de muchos otros escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, está directamente vinculado con la política y las actividades desarrolladas en la Casa de las Américas.
La Revista de la Casa, cuyo primer número fue publicado en 1960, fue responsable de circular y divulgar el pensamiento en torno de la cultura y el arte latinoamericano y caribeño desde una perspectiva emancipatoria, con el fin de fortalecer la construcción de una nueva sociedad.
En lo que respecta a la revolución cubana, cabe destacar la atención prestada al tema de la cultura. Además de las diversas instituciones creadas ya en el primer año de la revolución, las reflexiones de Fidel Castro en su discurso “Palabras a los intelectuales”, en 1961, en el que traza las líneas generales de una política cultural para la revolución, la iniciativa de las brigadas Conrado Benítez que acabaron con el analfabetismo en Cuba o incluso la impresión de millones de ejemplares de libros de la literatura clásica para la población de la isla. Cabe destacar que el primer título impreso y distribuido por la Revolución Cubana fue el clásico Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
Sin embargo, la ofensiva imperialista estadounidense contra Cuba también cobró fuerza en el ámbito cultural. Buscaba combatir la proyección y el prestigio cada vez mayor de la Casa de las Américas entre la intelectualidad mundial, por medio de su revista y de su premio literario. Para ello, el infame Congreso por la Libertad de la Cultura, organización financiada por la CIA, creó la revista Mundo Nuevo con el objetivo de reunir escritores para hacer frente a las iniciativas de la institución cubana. Dirigida por el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, quien mantenía excelentes relaciones con los escritores, Mundo Nuevo disputó la atención de las principales figuras literarias de la época presentándose como una publicación literaria independiente al mismo tiempo que trabajaba para alejar a los escritores del boom latinoamericano del proyecto cultural de la Revolución Cubana y procuraba acercarlos a la órbita del anticomunismo liberal.
A medida que la contradicción entre revolución y contrarrevolución avanza en la región, los escritores y escritoras se posicionaron de diferentes maneras tanto frente a la construcción del socialismo en la isla caribeña como frente a la guerra cultural estadounidense, parte de la Guerra Fría y del intento de contener y sofocar las experiencias revolucionarias. Escritores de proyección mundial, del llamado boom latinoamericano, como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, entre otros, se posicionaron, cada uno a su manera, ante este debate fundamental que expresa la estrecha relación entre literatura, arte y política.
En este sentido, es importante recuperar una formulación de Mario Benedetti en una entrevista para la revista Cuba en 1968, poco después del Congreso Cultural de La Habana, para pensar el papel del escritor en la lucha de clases:
Si el deber de todo revolucionario es hacer la revolución, el deber de todo escritor, en cuanto tal, es hacer literatura […] la literatura, entre otras funciones, cumple la de ampliar los horizontes del hombre. En la medida en que el pueblo puede captar los significados, últimos o intermedios, de una gran literatura de ficción, estará más cerca de nuestra lucha, y más todavía si es capaz de analizar la enajenación que el enemigo le impone. Por eso no vemos razones para plantear la obligación de que el escritor militante se reduzca genérica o temáticamente a una línea muy estrecha.
Así, el potencial de la literatura va más allá de la posición política personal del escritor, aunque en un contexto de ofensiva imperialista esta sea fundamental para el fortalecimiento o debilitamiento de un proceso político. El punto central de Benedetti era que la fuerza revolucionaria de la literatura no puede ser reducida a un tema, género o consigna determinados. La literatura puede ampliar los horizontes de los pueblos, agudizar su capacidad de reconocer la alienación y llevarlos a la lucha justamente a través de su potencialidad formal que toca la sensibilidad humana.
La cultura no es un lujo, es un derecho
Mario Benedetti fue uno de los escritores uruguayos más importantes del siglo XX, conocido por su literatura comprometida y sensible, que retrató las complejidades sociales y afectivas de su país. Su obra abarca poesía, novela, cuento y ensayo, siempre marcada por un lenguaje directo y profundamente humano.
Además de su importancia en el ámbito literario, desempeñó un papel fundamental en el panorama político cultural de izquierda en América Latina. Su labor en la Casa de las Américas, primero como jurado del premio literario de esta institución y luego como fundador y director del Centro de Investigaciones Literarias (CIL), contribuyó a concebir una cultura literaria latinoamericana que, al tiempo que valoraba el desarrollo literario europeo, también enfatizaba la importancia política, estética y cultural de las producciones literarias de Nuestra América. Entre otros aspectos, cabe destacar sus reflexiones sobre el papel del intelectual y de las y los trabajadores de la cultura en el proceso revolucionario.
En 1968, en el Congreso Cultural de La Habana, Benedetti realizó una exposición sobre las contradicciones entre las personas de acción y las de intelecto. En un contexto en el que la lucha armada era una de las principales formas de acción política, se instaba a los intelectuales y artistas a participar en la primera línea de batalla. El escritor uruguayo esbozó algunos rasgos de la actividad intelectual importantes para el desarrollo revolucionario. Según él: “el intelectual, a su vez, es casi por definición alguien inconforme, un crítico de su medio social, un testigo de memoria implacable”.
Además, también destaca el papel de la cultura y de las y los trabajadores de la cultura como un derecho y no como un lujo: “[…] el artista que defiende su derecho a soñar, a crear belleza, a crear fantasía, con el mismo encarnizamiento y la misma convicción con que defiende su derecho a comer, a tener un techo, a salvaguardar su salud, ese artista será el único capaz de demostrar que su oficio no es un lujo, sino una necesidad, y no sólo para sí mismo, sino también para su semejante”.
Para Benedetti, la cultura revolucionaria no puede ser tratada como algo secundario en la lucha política. El arte y la literatura son expresiones que posibilitaron a los pueblos comprender sus condiciones de vida y defender su dignidad y su lucha por una nueva sociedad.
Benedetti con Haydée Santamaría y Alejo Carpentier en el jurado del Premio Casa de las Américas, 1978. Fuente: Fundación Mario Benedetti.
La poesía constituye la mayor parte de su obra y, dentro de ella, transitó por diversas formas poéticas, dedicándose, por ejemplo, al final de su vida a los haikus, una estructura de origen japonés compuesta por sólo tres versos. Su poesía, así como toda su escritura, está marcada por lo cotidiano y, sobre todo, por la apertura hacia el otro, como podemos ver en este haiku:
la más cercana
de todas las fronteras
es con mi prójimo
La prosa también es fundamental en su contribución literaria. Con más de nueve volúmenes de cuentos publicados y tres novelas, Benedetti trata temas como la memoria, la dictadura uruguaya, el amor y la vida cotidiana. Entre sus libros de cuentos vale mencionar Geografías, Correo del tiempo y Montevideanos. Entre sus obras más impactantes está Primavera con una esquina rota (1982).
La vida y la obra de Benedetti son expresiones de una experiencia militante en el campo de la cultura y del arte, aspectos fundamentales de la construcción revolucionaria. Sus poemas y su prosa son a la vez sutiles y profundos, sacando a la luz las contradictorias relaciones cotidianas y afectivas que vivimos atravesadas por los dilemas políticos para la construcción de un nuevo ser humano en una nueva sociedad.
¿Por qué cantamos?
La dinámica de la lucha de clases en el siglo XXI sigue intensa con el imperio en decadencia realizando una ofensiva cada vez más feroz sobre los territorios y pueblos del Sur Global, que siguen resistiendo: Palestina, Venezuela, Cuba. La batalla de ideas y de sentimientos, en palabras de Fidel Castro, adquiere cada vez más un papel central en nuestra época.
El legado de Mario Benedetti como escritor y hombre de acción es fundamental para pensar cómo un intelectual puede y debe actuar no solo como trabajador de la cultura, sino también como organizador y militante de un proyecto revolucionario. La Casa de las Américas sigue siendo una de las instituciones culturales más importantes en Nuestra América para difundir y fomentar la producción artística arraigada en las experiencias de nuestros pueblos, al tiempo que mantiene viva la convicción de que la cultura, además de ser parte de la lucha política, es una de sus formas necesarias.
En este momento en que la ofensiva estadounidense intenta sofocar la isla, la solidaridad de las diferentes organizaciones populares es más que fundamental para mantener encendida la llama de la revolución y para que las generaciones actuales y futuras sigan luchando y respondan, así, como el poema de Benedetti ¿Por qué cantamos?
[…] Cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.
Cordialmente,
Miguel Yoshida
Integrante del Departamento de Arte y Cultura y de la oficina Nuestra América del Instituto Tricontinental de Investigación Social y editor de Expressão Popular, en Brasil.
Últimos boletines
Sidney Amaral (Brasil), Mãe Preta ou A Fúria de Iansã [Madre Negra o la Furia de Yansá], 2014.
Estimadxs amigxs:
Saludos de la oficina de Nuestra América del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Hay una guerra larga, silenciosa y rentable que se lleva a cabo en Nuestra América: la guerra contra los pobres. Aunque cambien los uniformes, las doctrinas o los eslóganes – que van desde ‘pacificación’ hasta ‘mano dura’ o ‘tolerancia cero’- ya sea bajo el escudo de la ‘guerra contra las drogas’ o la ‘guerra contra el hampa’, la guerra que produce la desigualdad del imperante orden económico, se libra para simultáneamente criminalizar la pobreza y aterrorizar a la población.
La ‘Marea Furiosa’ que en los últimos tiempos ha avanzado sobre los gobiernos de América Latina ha tenido como uno de sus enfoques combatir la crisis de seguridad que se percibe a lo largo de la región. En su estrategia de descrédito hacia el progresismo latinoamericano, la nueva derecha presenta a las fuerzas de izquierda como ineficientes e incapaces – incluso hasta cómplices – de la criminalidad. Con frecuencia, en el debate político se utilizan encuestas que revelan a la criminalidad como una de las principales preocupaciones del electorado en la región e incluso apuntan a que, por esa razón la población ha estado favoreciendo los gobiernos que prometen mano dura e inclemente contra la delincuencia. No extraña, en este sentido, que aun siendo los más afectados por políticas de criminalización de la pobreza, las personas se pronuncien a favor del combate al crimen. Según la encuesta de AtlasIntel, por ejemplo, un 62 por ciento de los propios habitantes de Río de Janeiro apoyaron una operación policial que dejó 121 víctimas el pasado mes de octubre. Desde Kast hasta Keiko Fujimori, las campañas de la derecha han resaltado el combate la delincuencia entre sus prioridades. El propio presidente uruguayo, Yamandú Orsi, señaló en una entrevista que 50 por ciento de los votantes del Frente Amplio, también simpatizan con el presidente salvadoreño, Nayib Bukele. “La derecha tomó la bandera de la seguridad, que es un derecho humano, y lo monopolizó durante mucho tiempo,” agregó.
Actualmente, el gran aparato mediático nos presenta el llamado ‘modelo Bukele’ como la fórmula más eficaz de combatir la inseguridad y el crimen organizado. Sin embargo, un análisis de fondo nos conduce a preguntarnos ¿a quién sirve el tal orden que busca imponer y sobre los cuerpos de quiénes se edifica? Bukele ha construido un sistema a través de una política de desmantelamiento del Estado y de la precariedad social amparada en la prolongación indefinida de un estado de excepción. En El Salvador, donde hoy la tasa de encarcelamiento posee el récord mundial de 1.650 personas por cada 100 mil habitantes, se criminaliza la infancia a través de la reducción de la edad para juzgar a niños como adultos, se producen juicios colectivos y encarcelamientos en masa, y se persigue a la disidencia política, como en el caso del defensor de derechos humanos, Fidel Zavala.
Entre las cifras que Bukele oculta, sin embargo, están la del crecimiento de la pobreza al 9,6% o los 25 mil estudiantes que han abandonado sus estudios.
Esto demuestra que tanto la inseguridad existente, como este espejismo de orden y seguridad, terminan golpeando más fuerte a quienes viven en la periferia – quienes, aun así, han orientado sus votos hacia soluciones tangibles frente a los discursos de corte más conciliadores y sociológicos de la izquierda regional. Según la encuesta de CB Consultora de abril de 2026, Bukele lidera la popularidad regional con un 70,1% de imagen positiva, mientras Lula da Silva ronda el 48,4% de apoyo con un 49,1% de rechazo y Gustavo Petro apenas alcanza un 38,2% de aprobación. Lula mismo se ha visto obligado en su campaña a presentar un plan contra el crimen organizado prometiendo estándares de máxima seguridad en sus prisiones.
Rosa Mena Valenzuela (El Salvador), Calles, 1983. Colección MARTE.
Este ‘autoritarismo pop’ que cultiva temores, esconde detrás de su represión y de su propaganda que es incapaz de resolver la desigualdad estructural que conduce a la pobreza y en ocasiones, a la propia criminalidad. Se vende a sí mismo como un modelo contra el que no existe ninguna alternativa y la generación de líderes de la Marea Furiosa que buscan restaurar un dominio colonial sobre toda la región, se suman obedientemente al llamado Escudo de las Américas que Estados Unidos encabeza como solución a la criminalidad. Pero resulta que sí hay alternativas.
Recientemente, la politóloga Viri Ríos de Mexico Decoded ha señalado que el gobierno progresista de Claudia Sheinbaum sí ha venido construyendo una propuesta diferente. En tan solo 18 meses, la tasa diaria de homicidios ha caído en un 41 por ciento, aun cuando su población es 20 veces mayor que la de El Salvador y los desafíos de seguridad en México van más allá de pandillas y organizaciones criminales, a incluir el gran crimen organizado transnacional y los cárteles de la droga. Sin implementar un estado de excepción, la población carcelaria mexicana ha venido subiendo en un 11 por ciento después de cambiar su política de seguridad.
La clave, subraya Ríos, es que la estrategia no rehúye confrontar directamente las fuentes del crimen, abandonando por igual el descabezamiento de cárteles que en sexenios previos disparó exponencialmente la violencia y el enfoque de baja confrontación que predominó entre 2018 y 2024. La política mexicana ataca directamente a las causas materiales de la delincuencia: busca en primer lugar, frenar las fuentes de financiamiento del crimen atacando a nivel nacional problemas de acuerdo a la realidad territorial: lucha contra el contrabando de combustible en las zonas petroleras, supervisión de los puntos aduaneros en zonas fronterizas, ataque a la extorsión en el campo, y así sucesivamente. Ríos reconoce que en México persisten problemas estructurales como la corrupción, pero señala que a pesar de sus limitaciones, México está logrando disminuir la criminalidad a partir de una política que no recurre a la violencia desenfrenada de Bukele.
Otra experiencia desde la izquierda que vale la pena estudiar es la de la Gran Misión Cuadrantes de Paz en Venezuela. Aquí se aporta otra clave conceptual decisiva: la territorialización de la seguridad bajo una lógica preventiva y de trabajo conjunto entre la comunidad y las fuerzas policiales, en lugar de la lógica carcelaria. Según cifras oficiales, la tasa de homicidios pasó de 56 por cada cien mil habitantes en 2016 a cerca de 4 en 2024. Para finales de 2025, las autoridades reportaron una reducción de más del 25 por ciento de los asesinatos frente al año anterior.
Lo que el modelo de los Cuadrantes de Paz plantea es que una política de seguridad construida con participación comunitaria organizada, desde el barrio donde vive la clase trabajadora y no en su contra, como el modelo Bukele, puede dar resultados efectivos. Puede servir de orientación hacia la izquierda que anclar la seguridad a la construcción del poder popular en el territorio es más efectivo que la punición.
Vlady (México), Mecanismo Carcelario, (1958-1959).
Las fuerzas populares que en los próximos años quieran disputar el campo electoral deben estudiar a fondo estas soluciones y también construir sus propuestas. En primer lugar, el tema de la seguridad no puede ser ignorado porque no se trata de un capricho de la élite, se trata de una preocupación real de la población trabajadora, aún si en ocasiones la construcción de narrativas ultraconservadoras busca aterrorizar a la población magnificando las condiciones de criminalidad en nuestros países. La seguridad debe asumirse también como un derecho de la población trabajadora y debe reconocerse su vulnerabilidad doble de ser atacada tanto por la delincuencia como por políticas reaccionarias de represión.
En segundo lugar, debemos preguntarnos cuál es la institucionalidad concreta que un gobierno popular debe construir y financiar para atacar la delincuencia – ¿una mayor profesionalización de las fuerzas de investigación y de seguridad? ¿El ataque directo a las fuentes del financiamiento del crimen y a los rangos intermedios que la operan? ¿La construcción de una agenda de trabajo entre la comunidad y las autoridades en el territorio basada en el respeto y la colaboración y no por la persecución?
En tercer lugar, hay que demostrar que la represión y el terror, a largo plazo, exacerba la exclusión y fomenta prácticas criminales. La represión es costosa, y muchas veces pasa a ser tercerizada hacia fuerzas mercenarias o peor aún, extranjeras, lo que a largo plazo pone en riesgo la soberanía nacional.
Abordar la seguridad sin espejismos es fundamental para el desarrollo sano de una sociedad. El campo popular no puede ignorar este desafío, ni minimizarlo. Pero debe, sobre todo, convencer a la población de que sí tiene una alternativa viable, que no implica ni la desarticulación del Estado, ni la represión mortal, que, por el contrario, invite a la clase trabajadora a formar parte de su propia estrategia de seguridad.
El debate está abierto. Nos gustaría conocer sus opiniones.
Afectuosamente,
Carmen Navas Reyes y Carlos Ron
Tricontinental Nuestra América
Últimos boletines
Las obras de arte incluidas en este dossier pertenecen a la colección Arte de Nuestra América Haydée Santamaría de la Casa de las Américas. Desde su fundación en 1959, tras la Revolución Cubana, la Casa de las Américas ha constituido una plataforma clave para el internacionalismo cultural antiimperialista, forjando estrechos vínculos con artistas, escritorxs, intelectuales y activistas políticxs de renombre. Las galerías de la Casa han acogido exposiciones que abarcan una amplia gama de géneros, disciplinas y técnicas, realizadas por generaciones de artistas, principalmente latinoamericanos y caribeños. Muchas de estas obras se expusieron por primera vez en la Casa, ganaron premios en sus concursos o fueron donadas por los propios artistas. Desde entonces, han pasado a formar parte de la colección, constituyendo un patrimonio artístico excepcional.
José Venturelli (Chile). Serigrafía, 1970. 260 x 430 mm. Ed. 15/90.
Cada mes, durante los últimos 100 meses, nuestro equipo del Instituto Tricontinental de Investigación Social ha investigado, redactado y diseñado un dossier. Estos dossiers, que abarcan desde historias del imperialismo y la liberación nacional hasta análisis de política económica, soberanía, guerra y el cambiante orden mundial, han circulado por todo el mundo en numerosos idiomas, del inglés, el hindi y el portugués al árabe, el tailandés y el español1. Este es nuestro dossier número 100, razón por la cual decidimos hacer una pausa y elaborar un análisis histórico-materialista de un concepto central para nuestro instituto: el futuro.
Cuando nuestro instituto fue concebido en 2015, teníamos ante nosotros tres grandes líneas de investigación:
- Comprender mejor el capitalismo contemporáneo y la naturaleza de la lucha de clases que lo configura.
- Comprender mejor el auge de lo que denominamos la extrema derecha actual (2024d).
- Comprender mejor el futuro, o lo que está por venir.
Esta tercera línea de investigación surgió de una comprensión materialista del proceso histórico, que concibe el presente no como una realidad eterna sino como algo abierto a la transformación. En otras palabras, el presente puede moldearse en un futuro de carácter distinto. El sistema capitalista que vivimos no es permanente: puede transformarse en un sistema socialista a través de la lucha de clases y el desarrollo de las fuerzas productivas.
Aquí, por primera vez, presentamos una evaluación filosófica y política del futuro. Siguiendo la tradición del marxismo de liberación nacional, sostenemos que este futuro debe llamarse no solo socialismo, el objetivo, sino también esperanza, la sensibilidad hacia tal futuro (Tricontinental, 2021a).
Confiamos en que leerán este dossier como han leído los 99 anteriores y que lo compartirán, debatirán y discutirán colectivamente en círculos de lectura y otros espacios de estudio político. Estamos siempre abiertxs a sus comentarios.
Todas las lenguas del mundo tienen una palabra para “futuro”, el tiempo que llega después del presente. Por ejemplo, en los idiomas más hablados del mundo, estas son algunas de las palabras para futuro:
Inglés: future, el tiempo que aún no ha ocurrido.
Chino mandarín: 未来 [wèilái], lo que aún no ha llegado.
Hindi: भविष्य [bhavishya], lo que está por ser o llegar a ser.
Español: futuro, el tiempo que aún está por llegar.
Francés: avenir, lo que está por venir.
Árabe: مستقبل [mustaqbal], lo que ha de enfrentarse.
Bengalí: ভবিষ্যৎ [bhobishyot], lo que aún está por ser o convertirse.
Portugués: futuro, el tiempo que aún está por llegar.
Ruso: будущее [budushchee], lo que será.
Urdu: مستقبل [mustaqbil], lo que hay que afrontar o enfrentar.
Estas palabras no implican todas lo mismo. Tienen diferentes orientaciones culturales hacia el cambio. Algunas remiten al calendario vacío, a la idea de que hay un mañana tal como hay un hoy, mientras otras aluden a los encuentros que tendrán lugar y que deberán afrontarse. Es importante reconocer que, incluso al leer un texto como este, escrito en un idioma y traducido a varios, la palabra “futuro” alberga una variedad de significados que no pueden trasladarse plenamente de una lengua a otra. Aunque estas palabras tienen distintas orientaciones hacia lo que viene después, hay preguntas que podemos formular en todas las lenguas que se hablan en la civilización capitalista: ¿existe el futuro, o estamos viviendo en lo que el realismo capitalista nos asegura que es un presente permanente? (Fisher, 2009) ¿Hay realmente un mañana que pueda ser distinto del hoy?
Tales preguntas son esenciales en nuestro momento, mientras nos esforzamos por comprender la catástrofe y el apartheid climáticos, la guerra permanente y el genocidio sin fin, la dictadura del capital financiero y la normalización de la austeridad (Tricontinental, 2026c; 2025d). Décadas de realismo capitalista han nublado nuestra conciencia, impidiéndonos imaginar algo más allá de la catástrofe global.
¿Hay futuro? Claro que sí. Estamos luchando por construirlo y lo estamos construyendo ahora.
Emilio Pettoruti (Argentina). Pájaro rojo, 1959. Óleo / tela. 116 x 63 cm.
Parte 1: Ruptura
En el lenguaje dominante del poder, el futuro se presenta como una extensión neutra del presente. Se mide en calendarios, se proyecta en curvas de crecimiento y se administra mediante pronósticos. El futuro, desde esta perspectiva, no es algo por lo que haya que luchar, sino algo que hay que esperar. Llega automáticamente, como la página siguiente de un libro de contabilidad. Esta concepción del futuro es profundamente conservadora. Supone que las estructuras de explotación, jerarquía y dominación que definen el presente serán simplemente optimizadas en lugar de derrocadas. Esa visión del futuro es reproducida por todas las principales instituciones de la sociedad capitalista, los medios de comunicación, las escuelas, las universidades, los think tanks y las fundaciones filantrópicas, que insisten en consignas vacías sobre el cambio pero en la práctica predican el evangelio de que “no hay alternativa” al sistema capitalista que nos asfixia.
Desde nuestra perspectiva, el futuro no es una fecha en el calendario. Es un quiebre. Una ruptura con el orden existente, una transformación estructural de las relaciones sociales, el poder político y las posibilidades humanas. Hablar del futuro de este modo no es entregarse a la fantasía, sino recuperar una dimensión de la política que ha sido deliberadamente suprimida: la capacidad de imaginar y construir un mundo fundamentalmente diferente al que habitamos, el que los proyectos socialistas y de liberación nacional de los siglos XX y XXI buscaron construir y, aunque de manera desigual, comenzaron a hacer realidad. Esta visión rechaza tanto la continuidad administrada (el reformismo) como la ruptura no planificada (el catastrofismo). La clase dominante produce un conjunto de falsos futuros: mitos del espíritu emprendedor, el capitalismo verde y la seguridad militarizada, pero nada que tenga ningún contenido emancipador.
El terreno para esta idea del futuro fue desarrollado por el filósofo marxista Ernst Bloch con su noción del Noch-Nicht [todavía-no](1986; 2000). Para Bloch, basándose directamente en los escritos de Marx, el futuro no es una abstracción diferida al mañana sino una fuerza activa que está incrustada en el presente, que pugna por emerger de sus limitaciones. Para Bloch, la realidad está inconclusa, lo que lo enfrentó con las corrientes filosóficas que tratan el mundo como algo cerrado, completo o ya plenamente explicado. Insistió en que el presente está impregnado de tendencias, deseos y contradicciones que apuntan más allá de él. El todavía-no no designa una utopía que flota sobre la historia, sino un potencial latente contenido en las condiciones materiales y la lucha colectiva. Este todavía-no puede percibirse en los sueños de las luchas anticoloniales que encontraron expresión programática en el comunicado final de la Conferencia de Bandung (1955), la declaración de Belgrado de la Cumbre del Movimiento de Países No Alineados (1961), las resoluciones de la Conferencia Tricontinental (1966) y la declaración sobre el Nuevo Orden Económico Internacional adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas (1974). También puede verse en los procesos revolucionarios abiertos por la Revolución de Octubre (1917), la Revolución Vietnamita (1945), la Revolución China (1949) y la Revolución Cubana (1959) (Tricontinental, 2025c; 2025j; 2025i).
En esta tradición marxista, el futuro no es inevitable. Esta visión descansa sobre dos proposiciones materialistas que surgen de las contradicciones del sistema capitalista.
En primer lugar, el movimiento real de la historia desarrolla las fuerzas productivas y expande el excedente social. Sin embargo, como estos avances permanecen constreñidos por la propiedad privada, también profundizan la desigualdad y el sufrimiento social para la gran mayoría. Es importante reconocer que las fuerzas productivas de hoy no se limitan a las fábricas y la maquinaria. Incluyen también el trabajo de cuidado, las infraestructuras digitales y las cadenas de suministro globales, entre otras, todas organizadas mediante un trabajo cada vez más socializado. Es también fundamental señalar que el capitalismo desarrolla estas fuerzas y, al mismo tiempo, sabotea su potencial, manteniéndolas bajo control a través de la propiedad privada, los monopolios de plataformas uberizadas, la destrucción sindical, la austeridad, la militarización y otras formas de control capitalista.
En segundo lugar, el sufrimiento social inherente al capitalismo genera indignidad y rabia, que pueden estallar espontáneamente en revuelta. Pero estas luchas no se mueven automáticamente en una dirección emancipadora: son moldeadas por fuerzas políticas ya sea hacia el socialismo, impulsando las demandas concretas de la gente, o en su contra, distorsionando esas demandas y enfrentando a las personas entre sí a través de una agenda tóxica y antisocial (Tricontinental, 2024g). El futuro, por tanto, no es algo que nos sucede, sino algo que debemos construir y solo podemos construirlo rompiendo con las estructuras que producen y reproducen el sufrimiento. Esta visión rompe con el fatalismo y la inevitabilidad y nos recuerda que la historia está abierta y que el presente contiene posibilidades no realizadas que pueden activarse mediante la lucha.
La esperanza en esta tradición no es optimismo ni expectativa pasiva, sino una orientación militante hacia el carácter inacabado del mundo. Surge de la pauperización, la opresión y el despojo y de la negativa a aceptar la miseria como destino. Para los movimientos del Sur Global que orientan el trabajo de nuestro instituto, la esperanza nunca ha sido un lujo. Ha sido forjada en una diversidad de organizaciones lideradas por el campesinado, lxs trabajadorxs y las mujeres, que son esfuerzos colectivos para promover la causa de la dignidad (Tricontinental, 2025b; 2024b). Estos movimientos no luchan por una versión mejorada del presente sino por un orden social completamente distinto. Su futuro no depende del calendario, sino que se basa en una transformación estructural. Tener esperanza es reconocer que el presente es intolerable y efímero y que las condiciones de explotación y opresión no son ni naturales ni definitivas. Esta esperanza resulta peligrosa para la clase dominante porque es una fuerza material que transforma la conciencia, haciendo que las personas pasen de resignarse al presente a actuar por el futuro.
En esta tradición de ruptura, el futuro no es una creación individual: tiene un carácter colectivo. La cultura capitalista nos impulsa a imaginar futuros personales, una carrera, una vivienda, seguridad individual y un proyecto interminable de “superación personal”, mientras nos impide vislumbrar los horizontes colectivos. Esta cultura es la del individualismo ansioso antes que la de la responsabilidad colectiva o la transformación social. Bajo el capitalismo, el futuro del calendario se trata como algo administrable: algo que puede ser pronosticado, programado, valorado, asegurado y gestionado por instituciones que se presentan como neutrales. Sus decisiones se presentan como necesidades técnicas más que como elecciones políticas, como asuntos que deben ser regulados en nuestro nombre por expertos, mercados, Estados y aparatos de seguridad. Estas instituciones no ofrecen un horizonte emancipador, solo la continuación administrada de la catástrofe. La extrema derecha actual emerge en este terreno para ofrecer un futuro mítico arraigado en la exclusión, la jerarquía y la violencia. Es un síntoma de la incapacidad del capitalismo para generar un futuro positivo (Tricontinental, 2024d). El futuro no puede ser construido por esta extrema derecha. Debe ser recuperado como espacio de soberanía popular. Ni la catástrofe ni la emancipación son inevitables. Hay que combatir la primera y luchar por la segunda. Desde la perspectiva de la ruptura, o transformación estructural, el instrumento no es el avance individual, sino las fuerzas organizadas capaces de enfrentarse al poder establecido, como los partidos políticos, los sindicatos y los movimientos sociales. Sin estas fuerzas, el todavía-no permanecerá como un sueño sin camino. La esperanza requiere estructura, disciplina y persistencia.
El futuro no es algo que yace fuera de la historia humana. Ya está presente en fragmentos, gestos y luchas que prefiguran otro mundo. Entre ellos se encuentran las formas cooperativas de trabajo, las prácticas de cuidado, los experimentos en democracia popular y los procesos inacabados y controvertidos de construcción socialista en Estados como China y Cuba (Tricontinental, 2021b; 2019b). No son curiosidades marginales. Son anticipaciones de una lógica social diferente. Cartografiarlas no es romantizarlas, sino comprender su significado y su potencial latente. Nos recuerdan que el mundo que buscamos construir no es un horizonte abstracto sino una posibilidad concreta. La tarea de lxs marxistas no es predecir el futuro sino organizarse para él. Romper con el presente exige claridad, valentía y disciplina colectiva. El futuro solo puede llegar si forzamos una ruptura. El futuro es, por lo tanto, un terreno de lucha. Luchar por él exige que identifiquemos las fuerzas que buscan clausurarlo.
Silvano Lora (República Dominicana). Serigrafía, 1976. 640 x 570 mm. Ed. 18/60.
Los enemigos del futuro
El futuro no es un horizonte vacío que espera ser llenado por la aspiración humana, sino que es activamente planificado, estructurado y limitado por fuerzas poderosas que buscan reproducir las relaciones de dominación existentes. Los enemigos del futuro no son tendencias abstractas: son fuerzas concretas decididas a extender el orden actual hacia el futuro (Tricontinental, 2024d). A continuación, examinamos cuatro enemigos centrales del futuro: el capital financiero, el capital de plataformas, el extractivismo y el militarismo. Estas fuerzas no se limitan a defender las relaciones sociales del presente: buscan colonizar el futuro por adelantado.
El capital financiero ocupa el centro de esta constelación. A través de su control sobre las ganancias del colonialismo y el neocolonialismo, los flujos de inversión, la magia de la especulación y el poder de la deuda, el capital financiero disciplina Estados y sociedades, estrechando el margen de sus futuros posibles (Tricontinental, 2024f). Las agencias calificadoras de crédito, los prestamistas multilaterales y las instituciones financieras privadas, ubicadas en su mayoría en el Norte Global, funcionan como planificadoras del futuro para la clase dominante del Norte, garantizando que el mañana siga siendo propicio para la acumulación de capital y no para el florecimiento humano. Los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y otras tantas instituciones se convierten en realidad material para tantos países anteriormente colonizados y hoy agobiados por la deuda (Tricontinental, 2023).
Capital de plataformas. Los monopolios tecnológicos capitalistas canalizan la innovación y la eficiencia hacia la extracción de datos, la reorganización del trabajo y la fragmentación de la vida social. Los algoritmos administran el tiempo, la atención y el deseo, mientras que el trabajo en plataformas despoja a lxs trabajadorxs de estabilidad y poder colectivo (Tricontinental, 2021c).
Extractivismo. A pesar de la abrumadora evidencia científica sobre la catástrofe ecológica, los conglomerados del petróleo, el gas, el carbón, la minería y el agronegocio continúan moldeando los sistemas energéticos, los mercados laborales y las políticas estatales. Sus horizontes de planificación son brutalmente cortos: extraer, lucrar, abandonar. La crisis climática, por ejemplo, no es una falla de previsión sino el resultado de decisiones deliberadas de las corporaciones capitalistas que aceptan la destrucción planetaria como un costo aceptable de la acumulación (Tricontinental, 2024c; 2025h).
Militarismo. Las crisis producidas e intensificadas por el sistema capitalista –la guerra, el desplazamiento y la catástrofe climática— no se afrontan con soluciones sociales y políticas, sino con una economía de guerra permanente que impone soluciones militares a problemas políticos. En los centros imperiales, el militarismo se manifiesta en la forma de acumulación de armamentos, regímenes fronterizos, vigilancia y normalización del estado de excepción. En el Sur Global, aparece como agresión imperialista, guerra por delegación, ocupación y desvío forzado de los escasos recursos públicos hacia ejércitos e infraestructuras de seguridad, siempre en beneficio de la industria armamentista. El militarismo acorta los horizontes políticos: las emergencias justifican medidas autoritarias, suprimen la disidencia y normalizan el miedo. Para grandes sectores de la humanidad, especialmente en el Sur Global, el futuro no aparece como una promesa sino como inestabilidad permanente, desplazamiento y muerte. La guerra se convierte en un mecanismo para gestionar las crisis que el propio capitalismo produce (Tricontinental, 2025e; 2024a).
Estos enemigos del futuro no se limitan a bloquear la transformación social: construyen de forma activa un futuro que asegura privilegios para una minoría mientras condenan a la mayoría a la extenuación, la inseguridad y la desesperanza. El futuro no puede recuperarse sin un enfrentamiento frontal con su poder.
Las fuerzas sociales preparadas para provocar la ruptura
Dado que las clases propietarias insisten en el presente permanente, el futuro solo puede recuperarse mediante la lucha de masas colectiva. Las fuerzas sociales capaces de producir una ruptura con el orden actual ya están aquí, aunque fragmentadas, desiguales y a menudo invisibilizadas. Entre ellas se encuentran lxs trabajadorxs de la economía formal e informal, el campesinado y lxs trabajadorxs agrícolas sin tierra, las mujeres, la juventud, las comunidades oprimidas y lo que Marx denominó la “población excedente”, quienes son excluidxs o marginalizadxs por los ciclos de acumulación capitalista pero que siguen siendo indispensables para ella como ejército de reserva de mano de obra y como parte de las fuerzas de reproducción social (1976).
A pesar de todo el debate en torno al “posmarxismo” y las teorías más recientes sobre sujetos políticos fragmentados, la clase trabajadora, tanto urbana como rural, sigue siendo central, aunque su composición sin duda ha cambiado. Varios informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Banco Mundial sugieren que la fuerza laboral global total asciende a casi 4.000 millones de personas (incluidas las que están empleadas y las que buscan empleo activamente). Un desglose aproximado del empleo global por sector amplio es el siguiente (Banco Mundial, OIT, s.f; Datta et al., 2023):
- Agricultura. / 923 millones
- Industria. / 800 millones
- Servicios. / 1.800 millones
- Transporte/Logística. / 230 millones
- Trabajadores de plataformas. / 154–435 millones
Lxs trabajadorxs industriales coexisten con lxs trabajadorxs de servicios, transporte, almacenamiento, cuidado, reparto y plataformas (o uberizadxs). En la mayor parte del Sur Global, el trabajo informal no es una excepción sino la norma. Estxs trabajadorxs, ya sea en la fábrica, el campo o el almacén, enfrentan una precariedad extrema, protecciones legales débiles o inexistentes y la amenaza constante del desempleo. Sin embargo, pese a la erosión de la densidad sindical, estxs trabajadorxs poseen un poder estratégico: producen y transportan mercancías, trabajan la tierra, extraen minerales, brindan cuidado, construyen ciudades y sostienen la vida cotidiana. Sus luchas, desde las huelgas en los centros logísticos hasta las rebeliones masivas de trabajadorxs sin tierra y los paros de trabajadoras domésticas, revelan el antagonismo persistente entre el capital y el trabajo.
Las luchas no siempre se manifiestan de manera directa como una organización laboral consciente contra el capital. A menudo surgen a través de otras estructuras de opresión, como el patriarcado y la jerarquía social (la casta, la raza), o son impulsadas por la experiencia generacional y otras formaciones sociales. Por ejemplo, los movimientos de mujeres han puesto en evidencia cómo los sistemas económicos dependen del agotamiento de los cuerpos y el tiempo; los de las mujeres en general y los de las trabajadoras negras, migrantes y racializadas en particular. Asimismo, las luchas por la dignidad social se reflejan a través de identidades que no son en sí mismas de clase, pero que revelan la manera compleja en que el capitalismo reactiva viejas jerarquías para sus propias estrategias de acumulación. Por ejemplo, el sistema capitalista utiliza la casta y la raza al servicio de la acumulación, por lo que las protestas por la dignidad también sientan las bases para la lucha socialista. La población excedente, lxs migrantes, lxs desempleadxs, el campesinado sin tierra y lxs pobres urbanos, suele ser tratada como marginal en términos políticos. No obstante, experimenta el sistema capitalista en su forma más desnuda. Sus luchas por la vivienda, los servicios y la dignidad son luchas por reproducir la vida. Todas ellas muestran la energía disponible dentro de la clase trabajadora para conformar un bloque histórico contra el capitalismo y luchar por el futuro.
Sin embargo, muchas de las protestas que sacuden nuestras ciudades y campos adoptan la forma de grandes movilizaciones que suelen ser impulsadas por pequeñas organizaciones o impulsadas por convocatorias en las redes sociales dirigidas a individuos. El capital se nutre de la división: formal contra informal, urbano contra rural, varón contra mujer y disidente de género, ciudadanx contra migrante (Tricontinental, 2026b). Hoy, la fragmentación de la estructura de clase y de la organización social plantea desafíos mayores para la organización política y la unidad de acción basada en principios. Hay numerosos ejemplos de esa rabia movilizada siendo capturada por fuerzas reaccionarias o disipada en la desesperanza. Una ruptura exige construir unidad sin borrar la diferencia, forjando proyectos políticos capaces de articular intereses compartidos y horizontes comunes. Sin esa organización, las fuerzas sociales permanecen reactivas. Con ella, se convierten en agentes históricas capaces de hacer suyo el futuro. La pregunta organizativa genuina para la izquierda en todo el mundo es cómo construir las plataformas subjetivas de lucha a partir de las condiciones objetivas de sufrimiento y supervivencia que enfrentan los pueblos.
El tiempo
El capitalismo impone su idea del tiempo a las sociedades: una idea que refleja urgencia sin dirección, velocidad sin propósito, crisis sin resolución. Hay una sensación frenética que se apodera de la vida social, perturba nuestra capacidad de controlar nuestro día y crea un desorden que consume nuestro tiempo de ocio. Sin tiempo libre, no es fácil disponer del tiempo necesario para construir comunidad (aunque el desmantelamiento de la política social por parte del Estado ha obligado a las mujeres de la clase trabajadora a construir plataformas para la reproducción social que han sido vitales para su papel en tantos movimientos de protesta de la clase trabajadora en nuestro tiempo). Sin tiempo, es imposible construir poder organizativo en los lugares de trabajo, los barrios y las comunidades.
Las contradicciones del capitalismo generan luchas espontáneas, que a menudo son detonadas por los bajos salarios y las malas condiciones laborales, pero también por las condiciones de reproducción social, como el acceso al agua, el espacio público y los alimentos y el combustible asequibles. Tales luchas se basan a veces en redes y relaciones sociales forjadas a lo largo del tiempo, pero también pueden surgir de un rápido deterioro de las condiciones de trabajo y vida que genera su propio sentimiento de masas. Estas rebeliones espontáneas, aunque a menudo heroicas, son insuficientes. Pueden trastornar el presente sin organización disciplinada, pero raramente reconfiguran el futuro. Los ejemplos de grandes revoluciones son todos historias de actividad revolucionaria resiliente durante largos períodos de tiempo que prepararon a las comunidades, a través de la lucha, para los grandes levantamientos que pusieron el mundo de cabeza. Las luchas espontáneas reflejan indignación y agravios genuinos. Pueden ocupar las calles e inspirar esperanza y también pueden derrocar gobiernos. No obstante, los registros históricos (como el de Egipto en 2011) muestran que, sin continuidad y fuerza de la organización, estos momentos son vulnerables a la represión, la cooptación y el agotamiento. Las clases propietarias entienden el tiempo de manera estratégica. Planifican, con frecuencia por décadas. Los movimientos que operan solo en la inmediatez de la protesta ceden el terreno a largo plazo a sus enemigos.
La organización
Construir más allá de la inmediatez requiere organización, que puede adoptar muchas formas: desde movimientos sociales más amorfos hasta partidos leninistas de centralismo democrático. El debate entre estas dos formas no es central en este dossier. Lo que queremos destacar aquí es la importancia de cómo la organización política, en sus múltiples formas, es el vehículo mediante el cual se estructura el tiempo con fines emancipadores. Los partidos, los frentes, los sindicatos, las organizaciones campesinas, las asociaciones de mujeres y los movimientos juveniles desempeñan roles distintos pero interconectados. Los partidos leninistas pueden articular programas de largo plazo y disputar el poder estatal. Las organizaciones de masas pueden anclar las luchas en la vida cotidiana y brindar continuidad a las comunidades. Los frentes pueden posibilitar la unidad entre fuerzas diversas sin exigir uniformidad ideológica. La organización permite a la clase trabajadora fragmentada y hostigada socializar el tiempo disponible y construir una sociedad que de otro modo le ha sido arrebatada.
La disciplina
La ventaja de un partido leninista es la centralidad que esa tradición otorga a la disciplina. La disciplina no significa obediencia ni rigidez burocrática, aunque a menudo puede degenerar perezosamente en estas formas. Significa forjar cuadros que estén formadxs políticamente y comprendan la necesidad de la forma partido, los procedimientos colectivos requeridos para construir una comprensión o programa político común, las estructuras esenciales de liderazgo representativo dentro del partido y un compromiso absoluto con los objetivos, estrategias y formas de rendición de cuentas compartidos. La disciplina permite a las organizaciones conservar energía, aprender de la experiencia y resistir más allá de los momentos de crisis. Transforma la revuelta en un proyecto.
Central en toda esta operación es lo que denominamos la nueva intelectualidad, lxs persuasorxs permanentes de un proyecto político que emergen de la clase trabajadora, el campesinado y los movimientos populares (Tricontinental, 2019a). Su tarea es clarificar, sintetizar y comunicar, traducir la experiencia vivida en estrategia política. Ayudan a los movimientos a comprender no solo aquello contra lo que luchan, sino lo que el futuro debe entrañar.
El internacionalismo
Ninguna ruptura con el capitalismo puede sostenerse únicamente dentro de las fronteras nacionales. El capital se organiza internacionalmente, a través de las finanzas, el comercio, los bloques militares, las cadenas de suministro y las instituciones ideológicas. Las fuerzas que buscan construir el futuro deben hacer lo mismo. El internacionalismo no es un complemento moral ni un gesto sentimental, sino una necesidad práctica arraigada en la estructura de la economía mundial y en la condición compartida de lxs oprimidxs. Significa construir vínculos entre países y luchas, aprender de los procesos revolucionarios, defender la soberanía frente al imperialismo y coordinar la formación política, las campañas y las formas de solidaridad material. Sin el internacionalismo, las victorias permanecen aisladas y vulnerables. Con él, las luchas en los planos local, nacional y regional comienzan a adquirir la escala necesaria para enfrentarse a un sistema global.
El futuro no se puede conquistar en un solo instante. Debe construirse con paciencia, de manera colectiva y de consciente. El tiempo crea el espacio para la lucha, la organización le da forma, la disciplina le da perdurabilidad y el internacionalismo le da alcance. Frente al futuro de explotación y exclusión que planea la clase dominante, estas herramientas permiten a lxs oprimidxs planificar su propio futuro: uno arraigado en la dignidad, la igualdad y la vida misma.
Alfredo Plank, Ignacio Colombres, Carlos Sessano, Juan Manuel Sánchez, Nani Capurro (Argentina). Che (serie colectiva), 1968. Óleo / tela. 195 x 150 cm c/u.
Parte 2: Construir el futuro
¿Qué hay que construir para reemplazar el presente? El futuro no puede seguir siendo solo una cuestión de lucha, organización y disciplina; debe adquirir también una forma material, institucional e internacional. Eso significa afrontar las preguntas sobre la propiedad, la planificación, la soberanía y las formas de coordinación mediante las cuales puede sostenerse un orden social diferente.
Propiedad pública y planificación
La cuestión del futuro es inseparable de la cuestión de la propiedad y la coordinación. Bajo el capitalismo, la propiedad privada de los medios de producción otorga a una pequeña clase el poder de determinar qué se produce, cómo se produce y para quién se produce. Este poder no se ejerce en interés de la sociedad en su conjunto sino según los imperativos del lucro, la competencia y la acumulación a corto plazo. El resultado es una contradicción profunda: las fuerzas productivas se han socializado profundamente mientras que el control sobre ellas permanece estrictamente privado. El trabajo es hoy colectivo e internacional, pero la base tecnológica y los excedentes económicos de ese esfuerzo colectivo son apropiados por una minoría. Cualquier discusión seria sobre un futuro socialista debe, por tanto, afrontar esta contradicción mediante la transformación de las relaciones de propiedad.
La propiedad pública no es simplemente una reordenación jurídica de activos que pasan de manos privadas al Estado. El Estado mismo es un campo de lucha de clases y debe reclamarse como una herramienta para orientar la dirección del desarrollo. Cuando sectores estratégicos como la energía, el transporte, las finanzas, la tierra, las comunicaciones y la industria pesada son de propiedad pública, la sociedad adquiere la capacidad de orientar la producción y la innovación hacia las necesidades colectivas en lugar de hacia la acumulación privada. El capitalismo distribuye inadecuadamente los recursos de manera sistemática, sobreproduciendo consumo de lujo e industrias destructivas mientras subproduce el cuidado, la educación, la salud y la vivienda. La propiedad pública crea la base material para reorientar la producción hacia la reproducción social, la inversión a largo plazo y la prosperidad compartida.
El argumento a favor de la propiedad pública también está relacionado con la tecnología. Bajo la propiedad privada, el desarrollo tecnológico queda subordinado a la rentabilidad, los monopolios de propiedad intelectual y la disciplina laboral. La innovación se orienta hacia la reducción de costos, la vigilancia, la militarización y el acaparamiento del conocimiento y no hacia la reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario o la mejora del bienestar colectivo. El control democrático sobre las fuerzas productivas permite desplegar la tecnología para el bien social: acortar la jornada laboral, generar empleo, ampliar los servicios públicos, potenciar las habilidades humanas y reducir el daño ecológico. Los mismos sistemas digitales y logísticos que el capitalismo utiliza para intensificar la explotación contienen en sí mismos el potencial para una producción y distribución racionales y humanas.
La ideología capitalista presenta la planificación como inherentemente autoritaria e ineficiente, al tiempo que eleva al mercado como mecanismo de coordinación neutral y democrático. El capitalismo ya está altamente planificado, pero lo está en interés de lxs capitalistas. Las corporaciones multinacionales, las instituciones financieras y las alianzas militares se dedican a una amplia planificación interna, pronósticos a largo plazo y coordinación estratégica. El mercado no reemplaza a la planificación: fragmenta la toma de decisiones sociales, oculta la responsabilidad y somete la vida colectiva a la estrecha lógica de la acumulación. Los precios transmiten señales solo después de que el daño social y ecológico ya se ha producido. Los mercados recompensan la rentabilidad a corto plazo, no la racionalidad social a largo plazo.
La planificación socialista no consiste en un mando burocrático divorciado de la vida popular: se trata de una coordinación consciente y democrática del trabajo social a lo largo del tiempo. La planificación es un arma temporal contra el cortoplacismo capitalista. Permite a la sociedad establecer prioridades colectivas, como la descarbonización, la diversificación industrial, la soberanía alimentaria y el cuidado universal y movilizar recursos en consecuencia. Hace posible equilibrar regiones, sectores y necesidades sociales en lugar de dejar el desarrollo librado a los resultados desiguales y destructivos de la competencia de mercado. La planificación es el medio por el cual la sociedad puede actuar sobre la base de que el futuro no es automático, sino que debe ser producido conscientemente.
De manera fundamental, la planificación no niega la democracia. Por el contrario, exige su expansión. Para que la planificación sea emancipadora debe estar arraigada en la participación popular, el control de lxs trabajadorxs y las organizaciones de masas capaces de articular las necesidades sociales. La socialización del trabajo bajo el capitalismo ya requiere coordinación a través de vastas redes. El socialismo busca hacer que esa coordinación sea transparente, responsable y orientada al desarrollo humano. Cuando lxs trabajadorxs, las comunidades y las instituciones públicas participan en el establecimiento de objetivos y el seguimiento de resultados, la planificación se convierte en un proceso de aprendizaje colectivo antes que en una imposición tecnocrática. Es a través de tales procesos que el excedente social puede dirigirse conscientemente hacia la educación, la salud, la vivienda, la cultura y la restauración ecológica (Tricontinental, 2025a).
Hacia un nuevo internacionalismo
Después de la Segunda Guerra Mundial, el surgimiento de un poderoso bloque socialista y las sucesivas oleadas de descolonización sentaron las bases para un internacionalismo arraigado en el rechazo al imperialismo y al neocolonialismo. Estuvo marcado por el intento de construir nuevos modelos económicos y sociales, así como una nueva arquitectura global (Tricontinental, 2025j; 2025c).
Este internacionalismo se desmoronó bajo el peso de la crisis de la deuda, el asalto del neoliberalismo y la caída de la Unión Soviética y del bloque socialista. En su lugar llegó la globalización espuria impuesta por el FMI, la apertura de los mercados, la retirada del Estado de los sectores productivos, la eliminación de los controles de capital, la entrega de recursos y la subordinación académica y cultural: una erosión generalizada de la soberanía.
Décadas después de la caída de la Unión Soviética, están empezando a darse las condiciones objetivas para el surgimiento de un nuevo internacionalismo. El Norte Global atraviesa una profunda crisis marcada por la desindustrialización y la erosión de la capacidad productiva, mientras China y otros países del Sur Global emergen como motores de la economía global. El surgimiento de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y otros foros bilaterales refleja estas cambiantes condiciones objetivas.
Sin embargo, el Norte Global retiene el control sobre la arquitectura global. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) y sus agencias han sido inutilizadas por Estados Unidos y sus aliados, como lo demuestran los ataques cada vez más intensos que han lanzado en todo el mundo, desde Gaza, Venezuela y Cuba hasta la República Democrática del Congo e Irán. El FMI y el Banco Mundial continúan con la tiranía del ajuste estructural. El marco climático ha fracasado frente a los pueblos. La pandemia trajo consigo el “apartheid de vacunas”. Peor aún, muchas organizaciones multilaterales del Sur Global están inertes o infectadas con la lógica del neoliberalismo.
Los debates en torno a una nueva arquitectura global se han centrado en la multipolaridad, que es limitada y limitante porque replica el espíritu de la rivalidad de la Guerra Fría. En cambio, el nuevo internacionalismo debe caracterizarse por el multilateralismo. La recuperación de las Naciones Unidas y la defensa de la Carta de la ONU como patrimonio común de los pueblos del mundo son puntos clave en este sentido. Tanto el Consejo de Seguridad como la Asamblea General requieren reformas y los países del Sur Global deben trabajar hacia una agenda común para una serie de organismos de la ONU, desde la Organización Mundial de la Salud y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático hasta la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Existe una necesidad apremiante de una lucha intelectual y política renovada para formular y defender un programa popular para cada una de estas organizaciones que refleje las aspiraciones del Sur Global.
Junto a un multilateralismo renovado, las fuerzas de izquierda y patrióticas deben apoyar y fortalecer las organizaciones regionales que han perdido su orientación en los últimos 30 años y, cuando eso no sea posible, abogar por la creación de otras nuevas. Las alianzas económicas, sociales y políticas forjadas en América Latina durante la Marea Rosa de la década de 2000 y comienzos de la de 2010 siguen siendo un modelo de lo que es posible. En la actualidad, la Alianza de Estados del Sahel ha recogido un poderoso deseo extendido por toda África de una integración más fuerte, resistiendo al mismo tiempo la lógica neocolonial de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) (Tricontinental, 2024g). Los procesos impulsados por los países BRICS en una variedad de áreas, desde las finanzas, el comercio y la infraestructura hasta la ciencia, la tecnología, la salud, la educación, la agricultura, la cooperación climática y la investigación, ofrecen otro modelo para esas organizaciones regionales.
El nuevo internacionalismo comienza con la defensa de la soberanía, pero no se limita a eso. Debe incorporar también una visión internacionalista de un futuro basado en relaciones sociales transformadas. Esta visión no puede hacerse realidad en un solo país, ni puede ser promovida solo por los Estados. Requiere la movilización de movimientos en todo el mundo para trascender el capitalismo. Lxs socialistas deben tender puentes hacia el futuro elevando, aprendiendo y construyendo sobre los proyectos que tienen el potencial de cambiar el equilibrio de las fuerzas.
Sin embargo, ningún programa, por necesario que sea, puede sostenerse sin una fuerza social capaz de impulsarlo hacia adelante y un horizonte capaz de animar la lucha. Si el futuro debe construirse a través de instituciones, propiedad, planificación y coordinación internacional, también debe vivirse como una sensibilidad política. Esa sensibilidad es la esperanza.
Luis González Palma (Guatemala), La Rosa (The Rose), 1991. Gelatin silver print with toning and applied colour, 47 x 48.5 cm.
Parte 3: La esperanza
Hoy, el capitalismo atraviesa una crisis de legitimidad, dado que sus ideas y valores: el individualismo, el emprendimiento, el consumismo, ya no producen la movilidad social y la prosperidad material que el neoliberalismo prometió durante tanto tiempo. Simultáneamente, a medida que el bloque imperialista liderado por Estados Unidos ve declinar su poder económico y político, se aferra aún más a las dos arenas donde su poder sigue siendo prácticamente indiscutible: la producción cultural y el poder militar. Aunque muy diferentes en sus expresiones, ambos sirven al mismo propósito: preservar el presente y clausurar el futuro. A través de la agresión militar, el bloque liderado por Estados Unidos busca disciplinar a cualquier país que se niegue a doblegarse al Consenso de Washington y los intereses del capital privado, cerrando todo horizonte político que rechace la subordinación. A través de su monopolio sobre los modos de producción cultural, busca no solo controlar la información —lo que se acepta como verdad— sino también moldear la cultura y los valores de las masas dominadas. Al hacerlo, estrecha el horizonte de lo que nos atrevemos a imaginar y, en última instancia, de lo que nos atrevemos a esperar. En ausencia de esperanza, la clase trabajadora se ve obligada a adoptar una de dos posturas políticas: o bien es empujada hacia el pesimismo despiadado de la extrema derecha y entrenada para mirar con desdén la idea misma de un futuro diferente, o bien queda dominada por un derrotismo escapista que cree que el futuro ya está perdido.
Dos conceptos chinos de “futuro” ayudan a clarificar lo que está en juego. 未来 (wèilái), la palabra para futuro o, literalmente, “lo que aún no ha llegado”, está compuesta por dos palabras: 未 (wèi) significa “todavía no” o “no ha” y 来 (lái) significa “venir” o “llegar”. Juntas, enfatizan la cualidad esencial de incompletitud del futuro. El pesimismo y la esperanza giran en torno a esta diferencia: el futuro no está predeterminado. Es una posibilidad y aquí es donde entra la acción humana.
En este contexto, la esperanza se convierte en un terreno de lucha en la batalla de ideas y emociones. Por eso la esperanza debe convertirse en algo más que un sentimiento, debe ser una práctica: una práctica que se construye mediante la educación y la cultura populares, que se ancla en la historia y que se vive activamente en nuestra vida cotidiana.
La batalla de ideas
La clase dominante trabaja para ocultar las relaciones de clase y los intereses comunes de clase promoviendo sus valores (el individualismo, la crueldad y el conservadurismo). Esta lógica entrena a las clases dominadas para que rechacen de manera reflexiva las formas de actividad política como una pérdida de tiempo, poco realistas o utópicas y para que traten la acción colectiva como algo ingenuo o peligroso. En tales condiciones, no se puede esperar que la esperanza surja individualmente. Debe construirse como una práctica que reabra el horizonte de lo posible y dispute el “sentido común” cotidiano del presente capitalista.
Por lo tanto, la esperanza debe organizarse a través de prácticas políticas concretas que reabran el horizonte de lo posible. Esto nos exige:
Fomentar la imaginación política. Las fuerzas de izquierda deben hacer que el futuro resulte comprensible construyendo formas alternativas de organización laboral y relaciones sociales. La esperanza en el futuro puede movilizarse cuando se ancla en acciones concretas que cambian las condiciones materiales de las personas en el presente, y cuando la clase trabajadora puede reconocerse como protagonista de la historia en lugar de espectadora de las crisis capitalistas.
Leer para aprender, aprender para hacer. Ho Chi Minh dijo: “Puedes leer mil libros, pero si no aplicas lo que lees, no eres más que una estantería” (1961: 496). La lectura se convierte en una práctica de esperanza cuando está vinculada a la acción. El estudio debe ser colectivo y orientado hacia los problemas que las personas enfrentan en sus lugares de trabajo, barrios y organizaciones. El objetivo no es la acumulación de conocimiento sino el desarrollo de un lenguaje compartido, un análisis y una confianza que puedan ponerse a prueba en la práctica.
Desarrollar una contracultura popular. No se puede construir una contraideología sin una contracultura. Esto significa crear formas de expresión cultural popular que rompan el hechizo del individualismo y el pesimismo, que construyan dignidad y hagan atractiva la solidaridad al tiempo que honran la cultura de la clase trabajadora.
Comunicar el futuro. La izquierda debe traducir su programa a formas que puedan transmitirse de manera didáctica. Didáctico no significa hablar con condescendencia, significa ser estratégicx y comunicar con claridad propuestas que estén vinculadas a las experiencias de las personas y que se enseñen mediante ejemplos prácticos. El objetivo es pasar de la abstracción a la orientación para que la gente pueda comprender qué se puede hacer, quién lo puede hacer y con qué recursos (Tricontinental, 2025b).
Volver a las fuentes. Rescatar la historia y la cultura revolucionarias y la historia y la cultura en general. La historia es una práctica de esperanza porque rompe la idea de que el presente es eterno. Al retornar a los momentos de ruptura, de lucha colectiva y transformación, los pueblos recuperan la evidencia de que el cambio es posible y aprenden cómo se logró. La historia no es nostalgia: es una escuela de estrategia, sacrificio y confianza (Tricontinental, 2024e).
Convertirse en persuasorxs permanentes. La izquierda debe disputar todos los espacios colectivos para difundir las ideas de la clase trabajadora. Debe hacerse presente allí donde la gente se reúne, no como conferencista invitada, sino como fuerza organizadora. La “nueva intelectualidad” de Gramsci es “constructora” y “organizadora”, una “persuasora permanente” arraigada en la vida práctica antes que en la elocuencia ocasional.
La batalla de emociones
La clase dominante debe trabajar continuamente para canalizar el descontento generalizado que es la respuesta racional a la explotación y la privación necesarias para la sociedad capitalista. El descontento es peligroso cuando se organiza, cuando conoce a su enemigo y cuando responde con solidaridad. Por eso se redirige continuamente, alejándolo de la lucha colectiva y orientándolo hacia el miedo, el resentimiento, el cinismo y la resignación. Hoy, esta lucha se intensifica por un panorama comunicacional en el que la clase trabajadora joven es canalizada hacia espacios virtuales que fomentan el individualismo, están diseñados para capturar y monetizar su atención y agotar su capacidad cognitiva y son controlados por fuerzas de la extrema derecha (Assange, 2014; Foer, 2017). En estos espacios, el descontento es encauzado y recibe alivio temporal a través de una participación afectiva efímera. El resultado no es la desaparición del descontento sino su gestión (lucrativa), que fragmenta a la clase trabajadora en espectadorxs aisladxs y la condiciona para confundir la reacción con la política.
En este terreno, debemos convertir la rabia y la confusión en claridad, la claridad en esperanza y la esperanza en acción colectiva. Esto requiere:
Alfabetización mediática. La izquierda debe educar a la clase trabajadora sobre la infraestructura, los propósitos (intencionales y no intencionales) y la economía política de los espacios virtuales y las tecnologías. Esto significa hacer visible la brecha entre la participación controlada y el poder, entre publicar y organizarse y enseñar a la clase trabajadora a reconocer cómo la clase dominante usa su monopolio sobre los espacios virtuales para controlar la información, amplificar la indignación y normalizar el aislamiento. El objetivo no es la retirada de los espacios virtuales sino dotar a las personas de las herramientas para interpretarlos, usarlos y reconocer sus límites.
Una política que sea real. Al tiempo que aprovecha los espacios virtuales para la educación y la movilización, la izquierda debe crear vías de participación política donde las personas puedan ver la posibilidad real de cambiar el presente para construir un futuro mejor. Esto requiere momentos organizados de interacción sin la mediación de los algoritmos, donde las personas puedan reunirse, intercambiar ideas, organizarse, tomar decisiones, realizar tareas colectivas y ver resultados. El objetivo es pasar de las interacciones efímeras basadas en intereses estrechos a la organización a largo plazo basada en intereses de clase compartidos.
Contravalores. La izquierda debe desarrollar valores socialistas y modelarlos con la acción política. Esto significa hacer de la solidaridad, el cuidado, la disciplina y la camaradería realidades en el mundo y no meras consignas. Los valores se vuelven creíbles cuando se reflejan en como nos organizamos: cómo nos tratamos mutuamente, cómo trabajamos juntos, cómo resolvemos los desacuerdos y cómo nos relacionamos con las comunidades a las que decimos servir. En una cultura que fomenta el individualismo despiadado y el pesimismo, modelar los valores socialistas es en sí misma una estrategia en la batalla de emociones: ofrece un destello de una sociabilidad diferente y, por tanto, una imagen clara de cómo será una sociedad futura organizada en torno a valores distintos.
La esperanza como praxis
Si el futuro es 未来 [wèilái], el todavía-no que “está por llegar”, entonces la esperanza es la sensibilidad que mantiene abierto ese todavía-no y la práctica que impide que sea cerrado por el pesimismo, el espectáculo y la resignación. La clase dominante trabaja para convertir wèilái en una prisión, para eternizar el presente y para transformar el descontento capitalista en cinismo o crueldad. Contra esto, nuestra tradición insiste en que la esperanza no es un optimismo pasivo ni una expectativa, sino una orientación militante hacia el carácter inacabado del mundo, forjada en las luchas por la dignidad en todo el Sur Global. Es peligrosa precisamente porque es material: eleva la conciencia y mueve a los pueblos de la mera resistencia a la acción.
Por eso la esperanza requiere estructura, disciplina y organización. Cuando la cultura y las ideas de un pueblo en movimiento obstruyen la reproducción del sentido común capitalista, pueden convertirse en principales y decisivas, no como una negación del materialismo sino como su realización dialéctica. En ese sentido, 大同 [dàtóng], el estado utópico caracterizado por la “armonía universal”, no es un ideal decorativo sino un horizonte que da dirección a la estrategia, mientras que 小康 [xiǎokāng, sociedad moderadamente próspera] nombra los pasos concretos que permiten a los pueblos desarrollarse en condiciones de recursos limitados pero de dignidad. La esperanza se vuelve real cuando convierte 将来 [jiānglái, el futuro], lo “que está por venir”, de una promesa en un plan. La tarea no es soñar en abstracto, sino construir una utopía concreta, arraigada en tendencias reales y fortalecida a través de la práctica, hasta que el todavía-no se convierta en un futuro tangible que se está construyendo en el presente.
Alfonso Soteno Fernández. (Metepec, Estado de México, México). Árbol de la vida, 1975. Barro cocido a fuego abierto y pintado con colores vinílicos barnizados. 6 metros.
Notas
1 La agenda antifeminista (2026b); La guerra contra las drogas (2026a); El espíritu tricontinental (2025j); La crisis ambiental (2025h); Como se ve el mundo desde el Tricontinental (2025f); Hiperimperialismo (2024a).
Referencias bibliográficas
Assange, Julian. When Google Met Wikileaks. Nueva York: OR Books, 2014.
Banco Mundial. “Labor force, total”. World Development Indicators. Disponible en: https://data.worldbank.org/indicator/SL.TLF.TOTL.IN.
Bloch, Ernst. The Principle of Hope, Volume 1. Cambridge: MIT Press, 1986.
—. The Spirit of Utopia. Palo Alto: Stanford University Press, 2000.
Datta, Namita, Chen Rong, Sunamika Singh, Clara Stinshoff, Nadina Iacob, Natnael Simachew Nigatu, Mpumelelo Nxumalo y Luka Klimaviciute. “Working Without Borders: The Promise and Peril of Online Gig Work”. International Bank for Reconstruction and Development / The World Bank, 2023. Disponible en: https://openknowledge.worldbank.org/entities/publication/ebc4a7e2-85c6-467b-8713-e2d77e954c6c.
Fisher, Mark. Capitalist Realism: Is There No Alternative?. Winchester: Zero Books, 2009.
Foer, Franklin. World Without Mind: The Existential Threat of Big Tech. Nueva York: Penguin Press, 2017.
Ho Chi Minh. Modifying Working Methods. En: Selected Works, vol. 2. Hanoi: Foreign Languages Publishing House, 1961.
Instituto Tricontinental de Investigación Social. La nueva intelectualidad, dossier n° 12, 11 de febrero de 2019a. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/la-nueva-intelectualidad/.
_______. El Arte de la revolución será internacionalista, dossier n° 15, 8 de abril de 2019b. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/el-arte-de-la-revolucion-sera-internacionalista/.
_______. Amanecer: Marxismo y liberación nacional, dossier n° 3, 8 de febrero de 2021a. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-37-marxismo-y-liberacion-nacional/.
_______. Servir al pueblo: La erradicación de la extrema pobreza en China, Estudios sobre la Construcción del Socialismo n° 1, 23 de julio de 2021b. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/estudios-1-construccion-socialismo/.
_______. Los gigantes tecnológicos y los retos actuales para la lucha de clases, dossier n° 46, 1 de noviembre de 2021c. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-46-gigantes-tech/.
_______. Life or Debt: The Stranglehold of Neocolonialism and Africa’s Search for Alternatives, dossier n° 63, 9 de junio de 2023. Disponible en: https://thetricontinental.org/pan-africa/dossier-63-african-debt-crisis/.
_______. Hiperimperialismo: Una nueva etapa decadente y peligrosa, Estudios sobre Dilemas Contemporáneos n° 4, 23 de enero de 2024a. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/estudios-sobre-dilemas-contemporaneos-4-hiper-imperialismo/.
_______. La organización política del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil, dossier n° 75, 16 de abril de 2024b. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-75-movimiento-de-trabajadores-rurales-sin-tierra-brasil/.
_______. El pueblo congoleño lucha por su propia riqueza, dossier n° 77, 25 de junio de 2024c. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-77-el-pueblo-congoleno-lucha-por-su-riqueza/.
_______. Diez tesis sobre la extrema derecha actual, Boletín 33, 15 de agosto de 2024d. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/diez-tesis-sobre-la-extrema-derecha-de-un-tipo-especial/.
_______. Cabral: A Revolutionary of Double Belonging, The Ninth Pan-Africa Newsletter, 27 de septiembre de 2024e. Disponible en: https://thetricontinental.org/pan-africa/newsletterissue-cabral-centenary/.
_______. Cómo el neoliberalismo utilizó la “corrupción” para privatizar la vida en África, dossier n° 82, 24 de noviembre de 2024f. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-como-el-neoliberalismo-usa-corrupcion-para-privatizar-africa/.
_______. El falso concepto de populismo y los desafíos para la izquierda: Un análisis de coyuntura de la política en el Atlántico Norte, dossier n° 83, 17 de diciembre de 2024g. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-falso-concepto-de-populismo/.
_______. Hacia una nueva teoría del desarrollo para el Sur Global, dossier n° 84, 14 de enero de 2025a. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-nueva-teoria-marxista-desarrollo/.
_______. Guerra imperialista y resistencias feministas en el Sur Global, dossier n° 86, 5 de marzo de 2025b. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-guerra-imperialista-resistencias-feministas/.
_______. El espíritu de Bandung, dossier n° 87, 8 de abril de 2025c. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-conferencia-de-bandung/.
_______. El pacto fáustico de África con el Fondo Monetario Internacional, dossier n° 88, 13 de mayo de 2025d. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-acuerdo-faustico-fmi-africa/.
_______. La OTAN: La organización más peligrosa de la Tierra, dossier n° 89, 10 de junio de 2025e. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-otan-la-organizacion-mas-peligrosa/.
_______. Cómo se ve el mundo desde Tricontinental, dossier n° 90, 15 de julio de 2025f. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-tricontinental-aniversario-sur-global-soberania/.
_______. El Sahel busca soberanía, dossier n° 91, 12 de agosto de 2025g. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-sahel-alianza-soberania/.
_______. La crisis ambiental como parte de la crisis del capital, dossier n° 93, 14 de octubre de 2025h. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-crisis-ambiental/.
_______. El 80° aniversario de la victoria en la Guerra Mundial Antifascista, Comprendiendo quién salvó a la humanidad: un restablecimiento de la historia, Estudios sobre Dilemas Contemporáneos n° 5, 12 de noviembre de 2025i. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/estudios-sobre-dilemas-contemporaneos-5-guerra-antifascista/.
_______. El imperialismo será inevitablemente derrotado: El resurgimiento del espíritu tricontinental, dossier n° 95, 9 de diciembre de 2025j. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-conferencia-tricontinental-60/.
_______. La guerra contra los pobres: drogas, campesinado y capitalismo, dossier n° 97, 3 de febrero de 2026a. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-guerra-contra-los-pobres/.
_______. La agenda antifeminista de la extrema derecha latinoamericana, dossier n° 98, 3 de marzo de 2026b. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-agenda-derecha-contra-mujeres/.
_______. La lucha de clases y la catástrofe climática en el Sahel, dossier n° 99, 7 de abril de 2026c. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/dossier-lucha-clases-clima-sahel/.
Organización Internacional del Trabajo. Employment in agriculture (% of total employment). ILOSTAT modelled estimates. Disponible en: https://data.worldbank.org/indicator/SL.AGR.EMPL.ZS.
_______. Employment in industry (% of total employment). ILOSTAT modelled estimates. Disponible en: https://data.worldbank.org/indicator/SL.IND.EMPL.ZS.
_______. Employment in services (% of total employment). ILOSTAT modelled estimates. Disponible en: https://data.worldbank.org/indicator/SL.SRV.EMPL.ZS.
Marx, Karl. Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1. Traducción de Ben Fowkes. London: Penguin Books, 1976 [1859].
Últimos boletines
Taller 4 Rojo (Colombia), La lucha es larga comencemos ya, 1973.
Saludos desde la Oficina Nuestra América del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
El teórico marxista libanés Mahdi Amel señaló que el intelectual “que no lucha por la revolución en todo momento es un falso intelectual, y su intelecto es engañoso y superficial”. En tiempos de ofensiva hiperimperialista y de avance de la derecha neofascista, se hace aún más urgente que la intelectualidad de Nuestra América mantenga viva su convicción revolucionaria. Desde hace ya 22 años, un grupo de intelectuales, artistas y militantes de movimientos sociales viene acompañando los procesos revolucionarios y populares, defendiendo la aspiración a una sociedad de dignidad para todxs. Para conocer su historia y conocer mejor este espacio, pedimos a Ximena González Broquen, coordinadora internacional de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad (REDH) una contribución a este debate. Sigue a continuación.
En el tejido de poder que atraviesa al Sur Global, la guerra cognitiva se ha vuelto una trinchera decisiva. Frente a ella, existen herramientas de resistencia que trascienden lo coyuntural y se erigen como faros de esperanza y acción organizada. La Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad (REDH) es una de ellas. Nació del abrazo fundacional entre dos gigantes, Hugo Chávez y Fidel Castro, en el fragor de la lucha contra la agresión imperial, y desde entonces se constituye como un movimiento de pensamiento y acción, una trinchera colectiva frente a la pretensión hegemónica del imperialismo global.
Origen: un Grito desde el Sur ante la Barbarie
El origen de la REDH es un parto de la urgencia histórica. A finales de 2003, la conmoción mundial por las guerras de Afganistán e Irak atravesó como un cuchillo la conciencia de Nuestra América. El gran pensador mexicano Pablo González Casanova preocupado por la ofensiva imperial, convocó a un cónclave en México, reuniendo a figuras como Rigoberta Menchú, Evo Morales y Eduardo Galeano. La idea germinó: era necesario articular un frente global de intelectuales y artistas que pusiera su capacidad de crear y pensar al servicio de la defensa de la humanidad.
Este llamado culminó en diciembre de 2004 en Caracas, con el Primer Encuentro Mundial de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. La conferencia inaugural estuvo a cargo del premio Nobel José Saramago, y la convocatoria fue un acto de afirmación antiimperialista. Allí, más de trescientas pensadoras y pensadores de más de cuarenta países se dieron cita para construir, desde la palabra y la acción, un cerco colectivo contra la dominación. Era la materialización de un sueño compartido, la certeza de que la inteligencia crítica debía abandonar las torres de marfil para mezclarse con el aliento de los pueblos.
Bajo el sol del Caribe, la voz de Chávez se hizo verbo encarnado, trazando el rumbo para siempre: “La humanidad se trata de vivir en el día a día haciendo alma y carne con lo humano, lo verdaderamente humano. Vivir en lo humano, llenar el vacío o llenar los vacíos con sentimientos y acciones profundamente humanas. Los valores del ser humano y el valor sublime, el amor (…) si no, no podremos defender a ninguna humanidad. Y menos irnos al ataque por ella, a la ofensiva por ella, creo que eso es uno de los más grandes retos que hay ahora mismo en el mundo, comenzando por nosotros mismos, llenarnos de humanidad, hacer carne, nervio, músculo, alma y cuerpo, la humanidad, lo humano”. Esas palabras fueron el acta de nacimiento de una trinchera que aún hoy sigue en pie, sostenida por el amor revolucionario como práctica cotidiana.
Celebración de 20 años de teleSUR con la Gran Gala Concierto “El Nacimiento de un Nuevo Mundo”, una noche de cultura, integración y resistencia latinoamericana. Venezuela, 2025. Fotografía de La Radio del Sur.
Importancia Histórica: más Allá de las Palabras
El legado de la REDH es concreto. Una de sus propuestas más audaces surgidas de aquel primer encuentro fue la del brasileño Beto Almeida: crear una televisora para el Sur. Esa idea se materializó en TeleSur, que durante dos décadas ha sido una trinchera informativa desde Nuestra América, rompiendo el cerco mediático imperial.
La REDH también gestó el Premio Libertador al Pensamiento Crítico, un galardón sin parangón, único reconocimiento global que celebra la palabra que incomoda, que desafía a las élites, que pone el pensamiento al servicio de las luchas populares y abona el socialismo y la emancipación latinoamericana. En sus trece ediciones ha honrado a Franz Hinkelammert, Enrique Dussel, István Mészáros, Marta Harnecker, Juan José Bautista y Atilio Borón entre muchas y muchos otros, construyendo un archivo vivo de la rebeldía intelectual del Sur.
La REDH ha tejido una geografía propia: once encuentros mundiales en Caracas (Venezuela), reuniones en Italia, Bolivia, Bélgica, demostrando que su articulación no conoce fronteras. Paralelamente, ha desarrollado siete Foros Internacionales de Filosofía, donde la reflexión colectiva sobre el capitalismo, el socialismo, el humanismo revolucionario, la alienación, el Estado y la hegemonía se volvió práctica militante.
Violeta Parra (Chile). Sin título (inconcluso), 1966. Bordado / arpillera natural. 136 x 200 cm.
La REDH hoy: en la Encrucijada Global
Las múltiples guerras del presente —expresiones del imperialismo— se entrelazan en una misma madeja. El genocidio en Palestina, el bloqueo criminal a Cuba, la agresión contra Irán, las agresiones multifacéticas contra Venezuela, el saqueo de África —con el Congo como herida abierta—, la explotación incesante de Haití y el avance de expresiones neofascistas en Argentina, Chile, El Salvador y otras naciones que desmantelan derechos y criminalizan las protestas: todo ello es la hidra imperial mostrando sus cabezas. Todo brota de una misma matriz imperialista, colonial y patriarcal.
La guerra cognitiva no busca convencer con argumentos, sino perforar la percepción de la realidad a través de narrativas, emociones y algoritmos. Fragmenta el tejido social para instalar una premisa brutal: hay vidas que importan y vidas que no. Opera en la cotidianidad de las redes y los medios, diseñada para captar atención y reforzar identidades aisladas.
Frente a esta ofensiva, la REDH asume la soberanía epistémica liberadora como brújula: la capacidad de los pueblos de narrarse, gobernarse y protegerse colectivamente. Desde allí despliega varias batallas que son un mismo latido. Desmontar la fragmentación mostrando la continuidad histórica de cada agresión es luchar por la conciencia liberadora. Disputar el poder de nombrar —decir “secuestro” donde imponen “arresto”— constituye un acto de autodeterminación del pensamiento. Desactivar las trampas de la división implica que la memoria viva como reparación histórica fortalezca el tejido comunitario. Y cultivar la confianza como acto político, porque en un mundo donde la sospecha es un arma de guerra, la confianza basada en la memoria compartida de luchas y resistencias se vuelve revolucionaria. Así se teje la soberanía relacional: la unidad Sur-Sur como autodefensa colectiva se constituye como el horizonte de lucha de la REDH.
La REDH se despliega en una estructura horizontal que hace carne el principio de lo comunal, esa trama de autogobierno y solidaridad que desde tiempos ancestrales recorre Nuestra América. Capítulos nacionales en más de 30 países, desde América Latina hasta África, Oceanía y la península ibérica, y una base de 9.000 contactos, son la expresión de esa comunalización en movimiento. Sus nodos temáticos —el Movimiento Poético Mundial, Canto de Todos, la colectiva feminista “Libertadoras”, REDH Comunicación, REDH-Artistas, juventudes en RED— son células vivas de una misma red de resistencia, desde donde se co-organizan foros, conversatorios, seminarios, conciertos y espacios de formación.
En su quehacer cotidiano, su portal funciona como un ágora insurgente digital. Allí se publican y difunden semanalmente las columnas “Miradas desde la RED”, junto con artículos y ensayos críticos, reseñas, entrevistas, poesía militante, dossiers y comunicados de repudio, tejiendo la sororidad internacionalista como un arma más en la ofensiva por la humanidad.
Cartel de la exposición «20 años del No al ALCA», organizada por el Instituto Tricontinental, ALBA Movimientos y UTOPIX, 2025.
Conclusión: la Ofensiva por la Humanidad
La REDH es una estructura viva, un movimiento en permanente construcción que sabe que la defensa de la humanidad no es una abstracción. Se juega en cada territorio arrasado, cada pueblo sitiado, cada resistencia que se levanta contra el imperialismo. Por eso levanta el grito de la ofensiva: no se trata solo de resistir, sino de crear, pensar y organizar un mundo nuevo de construcción colectiva (se mantiene, según indicación). Que la poesía temple el acero del alba. Que la memoria viva hile futuros de liberación. Que la red sea cada día más trama, más abrazo, más certeza de que, desde el Sur, se está construyendo la victoria compartida.
Saludos a todas y todos,
Ximena González Broquen
Últimos boletines
Escucha al rapero okinawense Kakumakushaka, a la cantante de jazz okinawense Takako Gibo, y al rapero japonés Kinoko Beats cantar sobre la guerra y la paz desde Okinawa hasta Palestina en japonés, inglés y uchianaguchi (una lengua ryukyuense indígena).
| Ikusa yu nu Nuwati Miruku yu nu Iyarichun Nakuna yuu kuninga Nuchi du Takara |
Cuando termine la guerra Cuando llegue el mundo de miruku (la paz) No repitas esta pena La vida es un tesoro |
| – ryūka okinawense, un poema lírico tradicional, atribuido tradicionalmente al Rey Shō Tai (尚泰), el último rey del Reino Ryukyu. | |
En el sendero forestal que conduce a la cueva de Chibichiri, en el sur de Okinawa, pequeñas figuras de piedra se alzan entre las raíces de los banianos. De la altura de la cadera y solitarias, sus cabezas están ligeramente inclinadas, con las manos juntas en oración. El musgo y los líquenes comienzan a cubrirlas, como si el bosque las absorbiera lentamente. Al salir de la cueva, percibo las figuras con más claridad que al entrar. Parecen estar allí como testigos o guardianes silenciosos, colocadas para recordar a los muertos y advertir a los vivos. Pero ¿de qué nos advierten?
Esculturas de Kinjo Minoru en la cueva de Chibichiri.
El 2 de abril de 1945, un día después de que las fuerzas estadounidenses desembarcaran en Okinawa, aproximadamente 140 civiles, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, se escondieron en esta cueva. Más de 80 de ellos se vieron empujados al suicidio después de que el Ejército Imperial Japonés les dijera que los soldados estadounidenses que se aproximaban eran “demonios rojos” que violarían y torturarían a cualquiera que capturaran. Como súbditos del Emperador Hirohito, rendirse no era una opción: la muerte era preferible a la vergüenza de ser capturados con vida. Sin embargo, en una cueva vecina, todos sobrevivieron porque allí se escondieron dos personas que habían vivido en Hawái y pudieron comunicarse con los soldados estadounidenses. Fue la supresión de la verdad y la difusión de mentiras por parte del ejército japonés lo que acabó con las vidas de quienes estaban en la cueva de Chibichiri. Durante las tres décadas siguientes, ningunx de lxs aldeanxs sobrevivientes habló de esta tragedia, que sigue persiguiendo a la comunidad hasta hoy.
Al caminar desde las cuevas hacia el pueblo cercano de Yomitan, aparece una imponente estatua que se eleva sobre la tranquila calle: una mujer con el brazo derecho extendido hacia el cielo y la cabeza levantada, como si resistiera la violencia que se abate sobre ella. Con el brazo izquierdo, sostiene a cuatro niños pequeños pegados a su cuerpo. A sus pies, aparecen las mismas figuras de piedra solitarias, alineadas de pie entre la grava y las malas hierbas como una procesión. Estas nos conducen por un sendero hasta un patio, donde nos reciben grandes relieves escultóricos y un anciano de barba blanca sentado en una silla de jardín de plástico.
Somos ryukyuenses, nunca japoneses
Entrada al taller de Kinjo Minoru.
Kinjo Minoru (金城実) tiene 86 años. Nacido en 1939 en la pequeña isla de Hamahiga, perdió a su padre en 1944 durante la Segunda Guerra Mundial, o la Guerra Mundial Antifascista, antes de poder conocerlo. Kinjo ha dedicado décadas a construir una obra escultórica monumental que narra las historias estremecedoras de Okinawa antes, durante y después de la Batalla de Okinawa de 1945, una de las campañas más sangrientas de la guerra del Pacífico. Sus obras están hechas de hormigón, yeso y estructura metálica, los mismos materiales de construcción que se utilizan a diario en Henoko para construir otra base militar estadounidense. Kinjo los utiliza para recuperar aquello que esas bases buscan hacer olvidar. Las superficies de su obra son ásperas, porosas y sin pulir, no porque al artista le falte refinamiento, sino porque la historia que transmite su obra sigue siendo inacabada, cruda e impugnada.
En la galería al aire libre de su taller, aparecen paneles en relieve de aproximadamente un piso de altura. Figuras casi de tamaño natural de civiles, soldados, madres y niños emergen de la pared en alto relieve, inclinándose hacia el espectador como si quisieran contar su historia. Son una metáfora material de lo que Kinjo entiende como la condición de su pueblo: insertos dentro de una historia que no eligieron, empujando contra ella, aún sin librarse.
Kinjo guía personalmente el recorrido a través de los paneles, señalando con su bastón de madera y narrando cada escena.
Kinjo Minoru con su arte grabado en la cueva de Chibichiri.
“¿Por qué una madre mataría a su propia hija?”, pregunta Kinjo, de pie frente a un panel donde los cuerpos de mujeres y niños están tan entrelazados que es imposible distinguir quién protege a quién y quién mata a quién. “¿Por qué un hermano mataría a su hermano menor? Deberías hacerte esa pregunta. ¿Por qué ocurre solo aquí en Okinawa y no en el Japón continental?”.
Su respuesta apunta a la raíz colonial. Durante más de 500 años, el Reino Ryukyu gobernó estas islas como un Estado independiente con sus propias lenguas, culturas, religiones y relaciones diplomáticas, comerciando por todo el Este y Sudeste Asiático, manteniendo lazos tributarios con China y desarrollando una civilización distinta a la de Japón. En 1879, el gobierno Meiji anexó forzosamente el reino, depone a su último rey Shō Tai y convierte las islas en la Prefectura de Okinawa, el territorio más meridional, más pobre y prescindible de un imperio en rápida industrialización. Lo que siguió fue una sistemática represión cultural diseñada para borrar la identidad ryukyuense y producir súbditos imperiales leales.
El gobierno Meiji instaló un nuevo gobernador, Matsuda Michiyuki y trajo educadores del Japón continental para transformar las escuelas de Okinawa en instrumentos de asimilación imperial. No obstante, el gobierno Meiji se negó a establecer universidades en Okinawa a pesar de haberlas instituido en todas las demás prefecturas. “¿Por qué?”, pregunta Kinjo. “Para controlarnos”. Los suicidios masivos de Chibichiri no son aberraciones: son el resultado lógico de una educación colonial que dedicó décadas a enseñar a los okinawenses a morir por un emperador que nunca los trató como iguales. “Somos ryukyuenses, dice Kinjo con desafío. Nunca seremos japoneses”.
A pesar de esta terrible historia, algunos políticos japoneses afirman hoy que no hubo coerción militar detrás de los suicidios masivos en Okinawa, mientras otros niegan las atrocidades bélicas de Japón, incluida la Masacre de Nankín que acabó con 300.000 vidas chinas en apenas unas semanas. Las esculturas de Kinjo se erigen como memoria y refutación material. Una historia áspera y pesada que se resiste a ser suavizada.
Una isla que no puede ser tragada
Detalle de la obra de Kinjo Minoru.
Hoy, Okinawa representa solo el 0,6% del territorio de Japón, pero alberga aproximadamente el 70% de todas las instalaciones militares estadounidenses en el país. Al ver la prefectura de primera mano, uno se da cuenta rápidamente de que no se trata de bases aisladas. Es una ocupación militar permanente de la vida cotidiana. Las vallas cortan los litorales, los aviones de combate rompen las barreras del sonido y comunidades enteras quedan encerradas por infraestructuras construidas para la guerra.
La misma isla, sacrificada como campo de batalla en 1945, se prepara nuevamente como primera línea, con China presentada como el “demonio” en una Nueva Guerra Fría. Hay nuevos despliegues de misiles, se elaboran planes de evacuación, se realizan ejercicios militares conjuntos entre Estados Unidos y Japón, y en el pueblo okinawense de Henoko se construye actualmente una nueva base militar estadounidense. Todo ello a pesar de tres décadas de oposición mayoritaria de la población okinawense, expresada a través de referendos y protestas diarias lideradas por personas adultas mayores de las comunidades afectadas y articuladas en movimientos de base como No More Battle of Okinawa [No más batalla de Okinawa], que acogió la visita de Tricontinental.
A pesar de los valientes ejemplos de resistencia, Kinjo observa esta ocupación con la impaciencia de alguien que ha visto demasiada paciencia. “El pueblo okinawense es demasiado tranquilo, demasiado amable”, dice durante nuestra visita. “Debería estar más enojado. Si [los militares de Estados Unidos y de Japón] quieren usar Okinawa, deberían tratarnos como seres humanos”. Pero no pierde la esperanza. “[Mientras] yo viva, puede ser difícil, pero la próxima generación, estoy seguro de que se levantará en resistencia”.
“Okinawa es pequeña, dice Kinjo. Pero no se puede tragar una aguja”.
De las cuevas de Okinawa a los búnkers de Chongqing
Obra de Kinjo Minoru que representa el bombardeo de Chongqing.
Uno de los paneles en el taller de Kinjo merece especial atención: se realizó en colaboración con artistas de Chongqing, China, que viajaron a Okinawa para trabajar junto a él. Durante la Guerra Mundial Antifascista, el ejército japonés sometió a Chongqing a años de bombardeos estratégicos, particularmente entre 1938 y 1943, matando a miles y obligando a la población a refugiarse en cuevas y búnkers excavados en las laderas de la ciudad. Dos pueblos en lados opuestos de una misma guerra imperial, ambos refugiados en cuevas, crean arte juntos ocho décadas después.
La relevancia se profundiza cuando Kinjo comparte una historia notable que conecta las historias de resistencia de ambos pueblos. En octubre de 1962, en pleno apogeo de la Crisis de Octubre (conocida en Occidente como la Crisis de los Misiles en Cuba), las tripulaciones de la Fuerza Aérea estadounidense en Okinawa reciben órdenes de lanzar 32 misiles de crucero Mace B armados con armas nucleares contra objetivos en toda Asia, incluido Beijing, donde vivo. Los oficiales encargados del lanzamiento en tierra cuestionaron la orden y se negaron a ejecutarla. Que hoy artistas de Chongqing y un escultor de Okinawa construyan algo juntos −manos que moldean el mismo hormigón, tallando la misma historia desde dos lados− no es sólo simbólico. Es un rechazo vivo a la guerra que casi los destruye y a la Nueva Guerra Fría que amenaza con hacerlo de nuevo.
No llores, estudia tu propia historia
Obra de Kinjo Minoru sobre la Batalla de Okinawa.
Los padres de Kinjo se casaron a los 18 años. Tras la muerte de su padre en la guerra, su madre nunca se volvió a casar. Lloraba cada año el 23 de junio, el Día de Conmemoración de Okinawa. Un año, Kinjo le dijo: “No llores. No estoy triste de que mi padre haya muerto. Era una época así. Todo el mundo sufrió. Uno de cada cuatro murió en la guerra de Okinawa. Este no es un día para llorar. Es un día para estudiar tu propia historia: la historia okinawense”.
Esto es lo que Kinjo Minoru ha hecho con su vida. Transformar el duelo y la ira en escultura, plasmar las formas de los muertos en el hormigón para que los vivos no puedan fingir que nunca estuvieron allí. Su taller no es una galería burguesa. Las esculturas están al aire libre, resistiendo la intemperie como la propia isla, visitadas por estudiantes, invitados internacionales y viejos amigos que vienen a ver su trabajo y escuchar sus historias.
Pero la pregunta ya no es solo sobre 1945. Kinjo ve claramente lo que está sucediendo ahora. El 70% de los jóvenes de Okinawa, señala, no saben lo que Japón hizo en Asia durante la guerra, en China, en Corea, en el Sudeste Asiático. “Quizás no apoyarían al primer ministro”, dice, “y los medios hablan de China como una amenaza”. La misma maquinaria que una vez convenció a madres okinawenses de matar a sus propios hijos −educación militarizada, miedo fabricado y supresión del conocimiento histórico− se reensambla hoy en torno a la “amenaza” de China. Okinawa, una vez más, se prepara como zona de sacrificio. Pero okinawenses como Kinjo siguen recordando y resistiendo.
| Tinsagu nu hana ya, chimasaki ni sumiti Uya nu yushi gutu ya, chimu ni sumiri |
La flor del bálsamo tiñe las puntas de los dedos Las enseñanzas de los padres tiñen el corazón |
| – Tinsagu nu Hana (てぃんさぐぬ花, Flores de bálsamo), canción folclórica okinawense. | |
Cordialmente,
Tings Chak
Directora de Arte del Instituto Tricontinental de Investigación Social
PD: Acompáñanos el 30 de abril, en el 51 aniversario del Día de la Liberación de Vietnam, a un seminario web para lanzar “Bases fuera de Asia!”, la campaña de la Asamblea Internacional de los Pueblos contra el militarismo estadounidense en la región.
Últimos boletines
Las imágenes de este dossier, fotografiadas en 2025 por Pedro Stropasolas y editadas por el departamento de arte del Instituto Tricontinental, retratan a integrantes de la Asociación de Mujeres Watinoma en Burkina Faso.1
A través de estas imágenes, destacamos los esfuerzos colectivos de estas trabajadoras para recuperar y regenerar la tierra, dando testimonio no solo del trabajo cotidiano, sino también de la solidaridad, el conocimiento y la esperanza obstinada que lo sostienen.
En Koubri, a unos 40 kilómetros de Uagadugú, capital de Burkina Faso, las integrantes de la Asociación de Mujeres Watinoma comienzan su jornada de trabajo con canto.
Desde la época colonial, los conflictos en África han sido explicados por todas las categorías imaginables. Antagonismo tribal, odio étnico, extremismo religioso, fracasos de gobernanza, presiones demográficas y escasez de recursos, entre otras, excepto por la que subyace a todas ellas: la clase. Si bien estas categorías sin duda moldean las contradicciones de África, no pueden explicarse sin un análisis de las relaciones de producción. Cada período de la historia poscolonial de África ha generado nuevas explicaciones que comparten un rasgo común: la eliminación sistemática del modo en que la extracción imperial y la explotación de clase organizan la violencia y reproducen la inestabilidad.
Muchos sectores, entre ellos algunos dentro de las luchas anticoloniales, han insistido en que las categorías del análisis de clase y la lucha de clases no se aplican a África porque en el continente no se ha formado una sociedad basada en clases. Hace 50 años, Class Struggles in Tanzania [Lucha de clases en Tanzania] de Issa Shivji planteó dos argumentos centrales que refutaron esta tesis:
- Las relaciones de producción capitalistas en el continente africano han dividido a las poblaciones en clases, reconfigurando otras relaciones sociales, étnicas, de parentesco, comunitarias, bajo las presiones de la formación de clases.
- Por lo tanto, la clase como categoría es analíticamente necesaria para comprender la realidad africana (Shivji, 2025).
En Saviors and Survivors: Darfur, Politics, and the War on Terror [Salvadores y sobrevivientes: Darfur, la política y la guerra contra el terrorismo], Mahmood Mamdani argumentó que la guerra en Darfur no puede ser comprendida sin considerar la reorganización colonial de la tierra y la identidad política, en particular la división entre tribus con tierras reconocidas (dars) y aquellas que carecían de ellas. Demostró cómo estas divisiones, combinadas con la desertificación y la creciente competencia por recursos, exacerbaron las tensiones de clase y la violencia, en particular a medida que la región del Sahel se volvió cada vez más árida (2009).2
Si bien el cambio climático tiene un papel innegable en las transformaciones de la región, el “marco del conflicto climático” dominante define sistemática y falsamente, la escasez de recursos provocada por el clima como la raíz de la violencia y la inestabilidad en el Sahel.
La arquitectura institucional del “marco del conflicto climático” se consolidó en la década de 2010. El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) Livelihood Security: Climate Change, Migration and Conflict in the Sahel [Seguridad de los medios de vida: cambio climático, migración y conflictos en el Sahel] identificó el cambio climático como un “factor multiplicador de amenazas” que impulsaba el conflicto entre agricultorxs y pastorxs, mientras que el debate del Consejo de Seguridad de la ONU de 2018 sobre los riesgos de seguridad relacionados con el cambio climático lo posicionó como una amenaza que requería respuesta militar (PNUMA, 2011; Consejo de Seguridad de la ONU, 2018). Este discurso del “nexo clima-seguridad” emergió durante un período marcado por la crisis financiera mundial de 2008, la destrucción de Libia por parte de la OTAN en 2011 y la posterior militarización del Sahel mediante el aumento de la presencia militar de Estados Unidos y Francia, un contexto que el propio marco omite sistemáticamente.
En La lucha de clases y la catástrofe climática en el Sahel sostenemos que los conflictos que se intensifican en el Sahel solo pueden comprenderse si se los analiza como enraizados en la lucha de clases, dado que operan dentro de la economía política de la extracción imperialista: la catástrofe climática es un factor acelerador que intensifica las contradicciones preexistentes, no su causa raíz. La segunda parte del dossier examina en detalle Mali y Sudán como ejemplos de estos cambios en el Sahel.
Parte I: La desertificación del Sahel y sus repercusiones políticas
La catástrofe climática
La palabra árabe Sahara significa “desierto”, es decir, un lugar árido con escasas precipitaciones. Sin embargo, esta es una denominación engañosa. Han existido largos períodos, influenciados por cambios en la órbita terrestre y por la insolación solar, 3 en los que el Sahara experimentó fases pluviales. Uno de esos períodos, conocido como el “Sahara Verde” o el “Período Húmedo Africano”, abarcó el fin de la última Era Glacial y el Holoceno temprano, entre hace 14.800 y 5.500 años, cuando en el Sahara y a lo largo del límite sur del Sahel (palabra árabe que significa “orilla” o “costa”) existían lagos, ríos, pastizales, sabanas y vegetación densa. En esa época, las sociedades se organizaban en torno al pastoreo comunal (pastoreo móvil con acceso compartido al agua y las tierras de pastoreo), adaptándose a las oscilaciones climáticas mediante la coordinación colectiva de los desplazamientos, en lugar de depender del control privatizado de los recursos (de Menocal et al., 2000: 347-361). Entre los siglos XVI y XVIII, partes de la franja Sahel-Sahara experimentaron nuevamente condiciones húmedas antes de pasar a un largo ciclo de aridez en el siglo XX (Spinage, 2012).
Si bien estos “cambios de régimen climático”, como los denominan lxs científicxs especializados, tienden a producirse de manera relativamente abrupta, su ritmo en las últimas décadas se ha acelerado con mucha más rapidez que en cualquier otro período anterior de la historia del planeta. (Foley et al., 2003: 524-532). Según la evaluación de zonas áridas realizada por el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola de la ONU, en los últimos 30 años la zona ecológica del Sahel se ha desplazado entre 50 y 200 kilómetros hacia el sur, provocando importantes pérdidas de biodiversidad y tierras cultivables (FIDA, 2024). Aunque generalmente se entiende que el Período Húmedo Africano terminó “rápidamente” en términos paleoclimáticos, incluso los biomarcadores de cera vegetal de alta resolución y las reconstrucciones del nivel de los lagos (registros de núcleos sedimentarios de grano fino de las precipitaciones pasadas y los cambios en el balance hídrico) muestran que la transición principal de condiciones húmedas a áridas abarcó varios siglos, no décadas. (Collins et al., 2017). “El pasado”, como sostiene un artículo científico, “no es el futuro” (Claussen et al., 2003; Lézine et al., 2011).
En el Sahel, el calentamiento antropogénico (inducido por la actividad humana) reciente y los consiguientes cambios en las precipitaciones a lo largo de varias décadas se están produciendo a tasas que no tienen precedentes claros en el registro del Holoceno.4 Estudios recientes muestran que el Sahel se ha calentado aproximadamente 1,5 veces más rápido que el promedio global en las últimas décadas, a pesar de contribuir con menos del 1% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (por ejemplo, África representó menos del 3% de las emisiones acumuladas mundiales de CO₂ entre 1750 y 2021, mientras que África subsahariana, excluyendo Sudáfrica, contribuyó apenas el 0,6%). En contraste, los Estados Unidos continentales, que se calientan a una tasa similar (1,6 veces más rápido que el promedio global), son responsables del 25% de las emisiones mundiales (Eboreime et al., 2025; Ritchie, 2023-2025). El sexto informe de evaluación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC por su sigla en inglés) (2023) confirma con “gran certeza” que: 1) la temperatura de África ha aumentado con mayor rapidez que la de cualquier otra región del mundo; 2) el calentamiento continuo acelerará las temperaturas extremas y, lo que es más importante, 3) que “el cambio climático inducido por el ser humano [ha sido] el factor determinante dominante”. (2021b).
Estos no son hallazgos nuevos. Un artículo científico de 2001, por ejemplo, demostró que el Sahel “ofrece el ejemplo más llamativo a nivel mundial de variabilidad climática que se ha medido de manera directa y cuantitativa” (Hulme, 2021). Entre principios de la década de 1980 y finales de la de 1990, la región del Sahel registró un aumento de las precipitaciones y la vegetación, recuperándose de la severa sequía de las dos décadas anteriores. Sin embargo, a partir de 1999, las tendencias al alza se estabilizaron (Chen et al., 2020). Aun cuando estudios anteriores sugerían que las graves sequías ocurridas desde finales de la década de 1960 hasta la de 1980 eran causadas por la deforestación, lo que sigue siendo una preocupación vigente, datos y análisis más precisos demuestran que la variabilidad de las precipitaciones en el Sahel obedece al aumento de las temperaturas de la superficie del mar en el Mediterráneo, el Atlántico Norte y los océanos tropicales. En otras palabras, esta variabilidad se debe a las tendencias generales de calentamiento antropogénico, que son en gran medida el resultado de las emisiones industriales de gases de efecto invernadero de Occidente (Park et al., 2016: 941-945). Los futuros cambios climáticos, incluidos los influenciados por variaciones impulsadas por los océanos, podrían fácilmente revertir o desestabilizar aún más este frágil equilibrio en el Sahel. 5
Los patrones climáticos oscilantes en el Sahel también han generado problemas con la capa freática, avivando conflictos entre distintas comunidades. El análisis estadístico a largo plazo de los patrones climáticos ha mostrado una fuerte recuperación tras las sequías, seguida de una meseta, lo que indica que no ha habido una recuperación permanente. Esta meseta también se atribuye en gran medida al aumento de la temperatura de la superficie del mar impulsado por las emisiones industriales mundiales, concentradas en el Norte Global (Chen, 2020; Biasutti, 2019; Saley y Salack, 2023; Salack et al., 2018: 1274-1278). Utilizando el Índice de Precipitaciones del Sahel, derivado de observaciones pluviométricas, estos estudios demuestran que lo que ha cambiado es la naturaleza de las precipitaciones. Las lluvias son ahora más intensas pero intermitentes, lo que genera patrones climáticos más extremos, que incluyen tanto inundaciones como sequías.
Aproximadamente 30 integrantes de la Asociación de Mujeres Watinoma trabajan una parcela de más de dos hectáreas, utilizando prácticas agroecológicas para producir alimentos para sus familias, escuelas y mercados locales de la región de Koubri.
La catástrofe social y económica
Con temperaturas en el Sahel que aumentan 1,5 veces más rápido que el promedio global, la agricultura y el pastoreo atraviesan una situación de gran tensión (Doblas-Reyes y Sörensonn et al., 2021). Se ha documentado una fuerte correlación entre la variabilidad de las precipitaciones en el Sahel y los rendimientos de cultivos de secano básicos como el mijo y el sorgo (Sultan y Gaetani, 2016). Existe sólida evidencia científica de que lxs pastorxs del Sahel enfrentan una reducción de la disponibilidad de pastos debido al calentamiento y a las lluvias tardías. Como consecuencia, se ven obligadxs a migrar distancias más largas, adentrándose con frecuencia en territorios de pastoreo desconocidos. Investigaciones recientes sobre el pastoreo saheliano muestran que el aumento de las temperaturas, las precipitaciones irregulares y la degradación de la tierra están reduciendo las tierras de pastoreo accesibles y empujando a lxs pastorxs a extender su movilidad estacional.
Un informe de 2025 sobre el clima y los medios de vida pastorales señala que, en el Sahel, la reducción de la disponibilidad de pastos provocada por el calentamiento y las lluvias irregulares está llevando a lxs pastorxs a realizar migraciones más largas a través de territorios desconocidos en busca de pastos y fuentes de agua cada vez más escasos. Esto reconfigura los calendarios y rutas de trashumancia tradicionales (los corredores consuetudinarios o demarcados utilizados para los desplazamientos estacionales del ganado entre zonas de pastoreo y puntos de agua) (Awazi, 2025: 85). Trabajos previos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por su sigla en inglés) documentaron de manera similar que la reducción de la disponibilidad de pastos ha obligado a realizar desplazamientos de mayor distancia y duración, con rutas de los rebaños que se desplazan hacia el sur, hacia zonas más húmedas y a menudo desconocidas (Ickowicz et al., 2012: 269).
Esta movilidad intensificada se vuelve catastrófica no porque la movilidad en sí sea intrínsecamente dañina, sino porque los regímenes coloniales y poscoloniales de tenencia de la tierra desmantelaron las protecciones legales de los corredores de trashumancia, el desarrollo posindependencia priorizó la agricultura sedentaria y, a partir de la década de 1980, décadas de ajuste estructural erosionaron la regulación pública de la tierra y el agua (Tricontinental, 2023). En estas condiciones, la movilidad inducida por el clima expone cada vez más a lxs pastorxs más pobres al cercamiento de tierras, la extracción de rentas, la criminalización y la violencia, convirtiendo un estrés ecológico en una crisis de reproducción mediada por la clase.
Estas dinámicas no son abstractas. Sus consecuencias se han registrado con mayor intensidad en los cuerpos de las personas jóvenes. Las sequías de finales de la década de 1960 a la década de 1980, y los impactos climáticos y ambientales que produjeron, derivaron en graves crisis alimentarias y hambrunas (Montimore, 2010; Anyamba et al., 2014). Las investigaciones sobre el clima y los sistemas alimentarios muestran que, incluso cuando se recuperan las lluvias y las cosechas, el deterioro a largo plazo de la salud infantil es dramático. Un estudio, por ejemplo, vincula el aumento de las temperaturas, la disminución y creciente variabilidad de las precipitaciones, y la alteración de las estaciones del año con el bajo peso al nacer y el retraso en el crecimiento infantil, causados por una combinación de estrés térmico intrauterino y desnutrición derivada de reiteradas pérdidas de cosechas y ganado. Donde predominan la agricultura de subsistencia y la agricultura a pequeña escala, las pérdidas estacionales crónicas se traducen directamente en déficits de salud duraderos (Davenport et al., 2017; Grace et al., 2015; Grace et al., 2018). Esta correlación entre la variabilidad climática y la salud infantil refleja cómo los programas de ajuste estructural (PAE) del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) eliminaron las reservas de granos, los insumos subsidiados y los servicios de extensión que anteriormente amortiguaban la pérdida de cosechas, al tiempo que imponían una agricultura de exportación que prioriza los mercados europeos por sobre la seguridad alimentaria local.
A medida que los cambios climáticos se intensifican, la crisis de hambre ha confluido lenta pero inexorablemente con la crisis de salud, dando lugar a una catástrofe política en la región. Por ejemplo, el cinturón epidémico de la malaria se ha desplazado hacia el norte, hacia la zona de transición entre el Sahel y Sudán, con tasas de mortalidad crecientes entre lxs niñxs que carecen de inmunidad frente a la malaria y otras enfermedades asociadas (Caminade et al., 2014). Al mismo tiempo, se han intensificado las rebeliones tuareg (amazigh) en el norte de Mali y Níger, arraigadas en agravios históricos contra el Estado, las rebeliones islamistas surgidas a raíz de la destrucción de Libia a manos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte; y de las tensiones entre pastorxs y agricultorxs sedentarixs. Desde la inseguridad alimentaria a los brotes de enfermedades, la región se ha visto sumida en conflictos violentos, lo que ha provocado migraciones internas y transfronterizas, además de desplazamientos masivos y una rápida urbanización (Cattaneo y Massetti, 2015; Conte, 2023; Henderson et al., 2015).
La catástrofe política
A medida que las sequías se intensifican, las lluvias se vuelven erráticas y los medios de vida agrícolas y pastorales colapsan, todo el orden social y político se está reconfigurando. La disminución de los pastizales y la reducción de las fuentes de agua han llevado a agricultorxs y pastorxs a enfrentamientos cada vez más violentos.
A medida que las rutas de pastoreo se secan y los pozos se agotan, ls pastorxs se ven obligadxs a adentrarse más en las tierras agrícolas, mientras lxs agricultorxs, que enfrentan la disminución de sus propias cosechas, se muestran cada vez menos dispuestxs a aceptar el paso de los rebaños itinerantes en ausencia de una mediación eficaz. Esta intensificación de la competencia no ocurre en el vacío: los patrones climáticos cambiantes hacen que los recursos vitales sean más escasos dentro de regímenes territoriales moldeados por el despojo colonial, el sesgo poscolonial del Estado hacia la agricultura sedentaria y la erosión de la regulación pública (Benjaminsen, 2016).
Estas tensiones localizadas se intensifican hasta convertirse en crisis nacionales precisamente porque los Estados del Sahel, debilitados por décadas de marginalización, desarrollo desigual y reestructuración económica impuesta desde el exterior, carecen de la capacidad para gestionar estas presiones. En regiones periféricas como el norte de Mali, Níger y Chad, donde la presencia del Estado ha sido históricamente mínima, los impactos climáticos interactúan con la crónica subinversión para erosionar aún más una capacidad estatal ya de por sí frágil. La incapacidad del Estado para garantizar el acceso al agua, gestionar los pastizales y proteger a la población de la violencia durante los períodos de sequía socava su legitimidad, profundiza el resentimiento y acelera la fragmentación política mediante la instrumentalización de identidades religiosas y étnicas (Benjaminsen, 2016). Este vacío de autoridad, configurado por la retirada del Estado y el abandono político, constituye un terreno fértil para los grupos armados, en particular bajo las condiciones creadas por el estrés ecológico.
Los movimientos insurgentes, desde las redes yihadistas sahelianas hasta Boko Haram, han aprendido a explotar la angustia ecológica como una oportunidad de expansión política. Cuando las personas pierden ganado, cosechas o ingresos debido a la sequía, son más vulnerables al reclutamiento, no porque una determinada ideología se vuelva repentinamente irresistible, sino porque los grupos armados ofrecen una apariencia de medios de subsistencia, protección y resolución de disputas. Estudios realizados en Kenia, Mali y el norte de Nigeria muestran que el colapso de los medios de subsistencia inducido por el clima aumenta la probabilidad de que los hombres jóvenes se unan a grupos militantes, con evidencia de Nigeria que registra un aumento en el reclutamiento en regiones afectadas por la sequía (Buhaug y von Uexkull, 2021: 545-568). La crisis climática reconfigura así el campo de batalla político. Los grupos armados intervienen donde el Estado se retira, ofreciendo con frecuencia acceso al agua, arbitrando conflictos locales o distribuyendo el botín, funciones que pueden imitar las de la gobernanza.
Sin embargo, el colapso de los mecanismos de adaptación tradicionales no es solo institucional, también es cultural y político. Los pueblos del Sahel han desarrollado durante largo tiempo sistemas complejos de conocimiento para interpretar los ciclos ecológicos, anticipar las lluvias y coordinar los desplazamientos de los rebaños a través de territorios vastos e inhóspitos. No eran simples costumbres, eran formas de gobernanza arraigadas en rituales, obligaciones sociales y acuerdos intercomunitarios. La volatilidad climática ha desestabilizado estos sistemas de conocimiento, cuyo funcionamiento dependía de ritmos ecológicos relativamente predecibles. Las lluvias erráticas hacen que los calendarios agrícolas indígenas sean poco confiables, mientras que los ciclos de pastoreo alterados obligan a lxs pastorxs a abandonar rutas migratorias tradicionales. (Zougmoré et al., 2023; Turner, 2011). A medida que estas tecnologías culturales se desintegran, las comunidades pierden su capacidad de autorregular el uso de los recursos, lo que crea más oportunidades para el conflicto y deslegitima aún más tanto a las autoridades ancestrales como a las instituciones estatales.
Las mujeres y las niñas se encuentran en el epicentro de esta crisis político-climática entrelazada, aunque sus experiencias suelen clasificarse erróneamente como sociales en lugar de políticas. A medida que el agua y la leña escasean, las mujeres deben recorrer distancias más largas cada día, lo que reduce el tiempo disponible para la participación económica o cívica (Carney, 1993; Ilboudo Nébié et al., 2024). Los impactos climáticos pueden llevar a las familias a retirar a las niñas de la escuela o a empujarlas al matrimonio precoz, un retroceso que debilita aún más los cimientos sociales de la participación democrática y la igualdad de género. Existe también evidencia de que el estrés económico provocado por la sequía se correlaciona con un aumento de la violencia de pareja (Cools y Kotsadam, 2017). Estas presiones limitan la capacidad de acción política de las mujeres y su capacidad para participar en la toma de decisiones comunitarias, la construcción de la paz o la gobernanza local. El cambio climático, por lo tanto, no solo está reconfigurando los paisajes físicos, sino estrechando el espacio político para la mitad de la población.
Consideradas en conjunto, las dinámicas descritas, el conflicto por los recursos, la erosión de la autoridad estatal, la expansión de los grupos armados, el colapso de los sistemas de gobernanza no estatales y la reducción de la capacidad política de las mujeres, configuran una crisis política entrelazada en la que el estrés climático intensifica contradicciones enraizadas en la intervención imperialista, el desarrollo desigual y el debilitamiento de las instituciones públicas y comunitarias. El cambio climático no opera como un impacto externo, sino como una fuerza que reorganiza el poder, reconfigurando las luchas por la tierra, la movilidad y la autoridad en todo el Sahel. Estos procesos no se desarrollan de manera uniforme en toda la región. Están mediados por historias nacionales, trayectorias estatales y decisiones políticas. Para comprender cómo la crisis climática se convierte en la práctica en una crisis política, es necesario, por tanto, examinar estas dinámicas en el contexto de países específicos. A menos que la justicia climática, la adaptación equitativa y el fortalecimiento de las instituciones sociales se sitúen en el centro de la estrategia política de la región, la espiral descendente continuará, convirtiendo el impacto climático en convulsión política y la degradación ambiental en colapso estatal.
Impulsado por la defensa de la soberanía alimentaria, el cultivo de maíz orgánico se ha convertido en parte de la resistencia campesina frente a la expansión de las semillas genéticamente modificadas en Burkina Faso.
Parte II: Mali y Sudán
Mali
Antes de que las tropas francesas invadieran el recodo del río Níger en la década de 1890, las sociedades de África Occidental ya habían desarrollado sistemas para gobernar la tierra, el agua y la movilidad pastoral. En Mali, los manuscritos de Tombuctú producidos entre los siglos XV y XIX vinculaban la legitimidad política con la protección de los medios de subsistencia, combinando el razonamiento jurídico con la observación astronómica para anticipar las lluvias y las inundaciones estacionales.6 El Imperio Macina (1818–1862) formalizó posteriormente este enfoque a través de la dina (un código legal integral que regulaba el uso de la vasta llanura aluvial estacional del río Níger, el Delta Interior del Níger, entre lxs pastorxs fulani, lxs agricultorxs dogon y bambara, y lxs pescadorxs bozo). Este sistema era supervisado por una jerarquía de autoridades, incluidos los jefes pastorales conocidos como jowros, que coordinaban la entrada estacional del ganado, mantenían los corredores ganaderos y mediaban los conflictos por los recursos basándose en los patrones de inundación observados (Benjaminsen y Ba, 2021: 4-26, 73).
Estos manuscritos y sistemas de gobernanza demuestran que la gestión de los recursos y el medio ambiente en Mali era inseparable de la legitimidad política, la obligación social y el trabajo productivo, en lugar de ser tratada como un problema técnico de seguridad. El estrés ambiental era entendido como un fracaso político cuando lxs gobernantes no protegían los medios de subsistencia. Lo que hoy se describe como “conflicto estimulado por el clima” es, en realidad, el resultado de la destrucción sistemática de la capacidad estatal necesaria para gestionar los sistemas regulatorios, primero por el colonialismo francés, luego por la formación del Estado neocolonial y, hoy en día, intensificada por el cambio climático antropogénico que opera dentro de estructuras de desarrollo estancado.
El colonialismo francés desmanteló la capacidad regulatoria de las instituciones existentes mientras conservaba sus funciones extractivas. En Mali, la ley de tierras despojó a los jefes pastorales de su estatus jurídico al tiempo que seguía utilizándolos para controlar el acceso pastoral y recaudar tasas, generando una condición de doble ilegitimidad, al perder tanto la autoridad consuetudinaria como la jurídica. Al reconocer únicamente los títulos de propiedad individuales, la legislación colonial sobre la tierra subordinó los derechos consuetudinarios y pastorales de uso de la tierra, privilegió la agricultura sedentaria y dejó al pastoreo móvil en una situación de precariedad jurídica.
El primer presidente de Mali, Modibo Keïta (1960–1968), desafió este legado. Inspirado en el socialismo del Tercer Mundo, su gobierno se retiró de la Comunidad Francesa,7 abandonó el sistema monetario respaldado por Francia conocido como la zona del franco CFA, nacionalizó industrias clave y promovió un desarrollo dirigido por el Estado orientado a restituir la autoridad sobre la tierra y los recursos, en un contexto de creciente variabilidad ambiental, incluidos los esfuerzos por limitar el poder político de las élites pastorales intermediarias. Esto incluyó el rechazo de los planes respaldados por Francia para externalizar el control de los recursos en las regiones desérticas de Mali, en particular la Organisation commune des régions sahariennes [Organización Común de las Regiones Saharianas – OCRS], un proyecto colonial francés tardío que buscaba mantener el control sobre el territorio y los recursos del Sáhara más allá de las fronteras coloniales, avivando las divisiones entre grupos étnicos.
El gobierno militar de Moussa Traoré (1968–1991), que derrocó a Keïta mediante un golpe de Estado en 1968, revirtió estas medidas y restableció un papel privilegiado para las empresas y las finanzas francesas en el comercio, la banca y la contratación pública durante la década de 1980. Esta restauración de los privilegios comerciales franceses revelaba la función del régimen de Traoré dentro del sistema Françafrique (una matriz informal de mecanismos políticos y económicos de control francés en sus antiguas colonias africanas). Al igual que con otros líderes nacionalistas radicales en el África francófona, el desafío de Keïta al control neocolonial fue abruptamente suprimido.
Bajo el mandato de Traoré, los jefes pastorales fueron paulatinamente rehabilitados, pero dentro de unas estructuras legales y administrativas que habían perdido su función de coordinación precisamente cuando la variabilidad ambiental se intensificaba. Los códigos de propiedad de tierras reconocían únicamente los títulos de propiedad individuales, lo que redujo los derechos consuetudinarios a débiles derechos de uso y transformando a los jefes pastorales de gestores de recursos en agentes de extracción de rentas. A medida que las precipitaciones se volvían cada vez más irregulares tras las sequías de finales de la década de 1960 hasta la de 1980 y la “recuperación” parcial de la década de 1990, que se estancó hacia 1999, el acceso a los corredores de pastoreo y a los pastizales de las llanuras aluviales se volvió más disputado, lo que permitió a lxs políticxs redefinir la entrada del ganado como una fuente de ingresos. Aunque los jefes pastorales seguían siendo responsables de gestionar estos corredores, carecían de autoridad legal sobre ellos y pasaron a depender de los funcionarios del gobierno local que controlaban el acceso y extraían rentas.
El aumento de las tasas de acceso a los pastizales de las llanuras aluviales, impulsado por la necesidad de financiar sobornos a funcionarios locales, recaía de manera desproporcionada sobre lxs pastorxs de las tierras áridas. A diferencia de lxs agropastorxs, no disponían de tierras agrícolas a las que recurrir, y sus rebaños dependían del acceso estacional a los pastizales de las llanuras aluviales del delta. Mientras tanto, agencias estatales como la autoridad de desarrollo arrocero Office riz Mopti (Oficina de Arroz de Mopti) confiscaban pastizales ricos en nutrientes sin ofrecer compensaciones significativas por la pérdida de acceso al pastoreo a las comunidades pastorales a las que en teoría servían, mientras que los tribunales emitían fallos deliberadamente ambiguos en un clima de sobornos generalizados, perpetuando el conflicto para garantizar la extracción continua. Aunque las instituciones de gobernanza pastoral permanecieron formalmente en pie, su capacidad para coordinar la tierra, el agua y la movilidad bajo la creciente presión climática fue desmantelada sistemáticamente (Benjaminsen y Ba, 2021).
Los programas de ajuste estructural (PAE), implementados a partir de 1988 y profundizados durante la década de 1990, agudizaron esta crisis al desmantelar la capacidad del Estado para regular la tierra, el agua y la movilidad precisamente cuando la variabilidad de las precipitaciones se intensificaba. Las condiciones impuestas por el Banco Mundial y el FMI redujeron el personal de extensión veterinaria y agrícola, eliminaron los subsidios a los insumos (con fuertes aumentos en los precios de los fertilizantes), privatizaron el mantenimiento de los puntos de agua e impusieron una devaluación monetaria del 50% en 1994, lo que colapsó la infraestructura rural al tiempo que forzaban una comercialización orientada a la exportación (Banco Mundial, 1996; FMI, 1998; Inter-reseaux, 2020). A medida que desaparecía la capacidad de mediación, se intensificó la competencia por la tierra y se criminalizó la movilidad pastoral, lo que generó una extracción de rentas continua de las economías pastorales. Lxs pastorxs fulani de clase baja fueron desposeídxs sistemáticamente mientras los funcionarios estatales y las élites pastorales acumulaban rentas. La gobernanza pastoral se convirtió en un mecanismo de extracción. El cambio climático intensificó estas condiciones al reducir los pastizales disponibles, aumentar lo que estaba en juego en el control de acceso y forzar migraciones más largas hacia territorios desconocidos donde una extracción depredadora podía imponerse con mayor facilidad (Benjaminsen y Ba, 2019: 1-20).
A medida que el Estado se retiraba de sus funciones de gobernanza, los grupos armados, no movimientos de liberación, sino actores que explotaban el vacío dejado por el colapso institucional, actuaron para dar respuesta a las reivindicaciones materiales que ninguna autoridad política estaba dispuesta a enfrentar. Entre 2015 y 2018, Katiba Macina (el Frente de Liberación de Macina), un grupo yihadista armado formado en 2015 que reclutaba su base principalmente entre pastores fulani marginalizados y que, a partir de 2017, operó bajo la bandera de Jama’at Nusrat ul-Islam wa al-Muslimin (Grupo de Apoyo al Islam y a los musulmanes, JNIM por su sigla en árabe), afiliado a al-Qaeda, abolió todas las tasas de pastoreo. Estas tasas habían sido impuestas por los jefes pastorales para acceder a los pastizales de la llanura aluvial, ricos en nutrientes y habían consumido una parte sustancial de los ingresos en efectivo de lxs pastorxs (Benjaminsen, 2024: 41-69). La abolición de las tasas eliminó una fuente importante de extracción de rentas, aliviando la carga económica y mejorando el acceso a los pastizales para lxs pastorxs de tierras áridas. Para los hogares más pobres, esto significó un alivio material inmediato, con frecuencia, la diferencia entre la viabilidad y la desposesión (Benjaminsen y Ba, 2019).
En este contexto, la división de clases dentro de las comunidades fulani y dogon moldeó los patrones de movilización armada. Entre lxs fulani, los jefes pastorales adinerados y propietarixs de ganado se enfrentaban a lxs pastorxs pobres de tierras áridas. Las comunidades agrícolas dogon se estratificaron de manera similar entre propietarixs de tierra vinculadxs a los programas estatales y agricultorxs sin tierra que enfrentaban inseguridad alimentaria. Las políticas estatales utilizaron estas divisiones de clase como arma. La Oficina de Arroz de Mopti desplazó corredores pastorales y accesos a pastos de manera que favoreciera a lxs agricultorxs adineradxs, generalmente sin compensación significativa para lxs pastorxs. A medida que las fuerzas estatales se retiraban de las zonas rurales después de 2015, las autoridades malienses delegaron la seguridad local a las milicias de cazadores dozo (fraternidades tradicionales reconvertidas en grupos armados) y les proporcionaron entrenamiento, armas y apoyo financiero. La más estructurada de estas milicias, Dan Na Ambassagou, reclutaba principalmente entre la juventud dogon empobrecida, cuya desposesión canalizaron hacia una hostilidad étnica dirigida contra las comunidades fulani, en lugar de contra las élites que despojaban a ambos. Las consecuencias fueron devastadoras. En la masacre de Ogossagou de marzo de 2019, los combatientes de Dan Na Ambassagou asesinaron a aproximadamente 160 civiles fulani, una atrocidad que forzó la renuncia del primer ministro, pero no produjo una rendición de cuentas duradera (Nsaibia, 2025).
Si bien el estrés climático no creó esta división de clases, multiplicó sus efectos: las lluvias erráticas y los pastizales degradados significaban que el acceso oportuno al delta se volvía aún más crítico, transformando las tasas abusivas en barreras existenciales. Fue esta intensificación de la extracción preexistente, no la escasez en sí misma, lo que impulsó a lxs pastorxs a la resistencia armada.
A pesar de imponer códigos sociales coercitivos, incluidas restricciones a la libertad de movimiento de las mujeres y violencia contra quienes disentían, Katiba Macina logró resolver disputas de tierras, regular el acceso a los pastos y hacer cumplir las indemnizaciones por daños a los cultivos, desempeñando así funciones de gobernanza que el Estado neocolonial había abandonado. El impacto económico concreto de la abolición de tasas ayuda a explicar por qué lxs pastorxs de tierras áridas apoyaron a Katiba Macina y, posteriormente, a JNIM en general, ya que esta organización abordaba agravios que ninguna otra fuerza política había enfrentado. Después de que Katiba Macina restableciera tasas menores en 2018, bajo la presión de los jowros, muchos pastorxs de tierras áridas trasladaron su lealtad a Dawlat il Islamia (el Estado Islámico en el Gran Sahara, EIGS), una nueva facción alineada con el Estado Islámico formada a finales de 2019, cuyo llamado a la colectivización de la tierra y al fin de los pagos por el acceso a los pastizales apelaba directamente a lxs fulani de clase baja (Benjaminsen y Ba, 2019; Benjaminsen y Ba, 2021).
La división entre JNIM e EIGS no se debió a diferencias en la doctrina religiosa ni a estrategias de adaptación climática, sino a la cuestión de si las élites fulani podían continuar extrayendo rentas de lxs pastorxs pobres. El llamado del EIGS a la colectivización de la tierra desafió directamente el poder de clase de los jefes pastorales, captando el apoyo de lxs fulani de clase baja que enfrentaban tanto el estrés ambiental como la explotación de clase sistemática. El estrés climático amplificó estas dinámicas al hacer más crítico el acceso a los recursos, pero la lucha en sí misma era una disputa sobre quién fijaría las reglas de movilidad, acceso a los pastos y compensaciones en el delta. La narrativa estatal del “conflicto étnico” ha servido para ocultar estas dinámicas de clase. Al presentar la violencia como un antagonismo primordial entre fulani y dogon, impide la solidaridad entre lxs agricultorxs y pastorxs pobres que enfrentan la explotación a manos de la élite y justifica las operaciones militares como una forma de “contraterrorismo”.
En este contexto, la Alianza de Estados del Sahel (AES), formada en septiembre de 2023 por Mali, Burkina Faso y Níger y formalizada como confederación en julio de 2024, representa un intento de romper con la dependencia neocolonial y recuperar el control de los recursos, abriendo espacio para una adaptación climática integral. Los documentos de planificación de Mali, la Estrategia Nacional para la Emergencia y el Desarrollo Sostenible 2024–2033 y Mali Kura ɲɛtaasira ka bɛn san 2063 ma [Un nuevo Mali: Una visión para 2063], enmarcan explícitamente la soberanía como un requisito previo para la restauración ambiental y promueven políticas como la inversión pública en infraestructura de riego y pastoril, la restauración de los corredores de pastoreo y la priorización de la soberanía alimentaria por sobre la agricultura orientada a la exportación.
Sin embargo, la AES enfrenta profundos retos, como la deuda heredada, su limitada capacidad industrial, el conflicto armado en curso y la presión de Francia y la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO). La dependencia de Mali de inversionistas extranjeros plantea preguntas cruciales sobre si la AES será capaz de alcanzar una soberanía genuina o cederá ante los intereses del imperialismo francés. No obstante, esta alianza se hace eco del reconocimiento de Keïta de que las crisis ambientales no pueden abordarse sin confrontar al imperialismo.
Uno de los logros de la Asociación de Mujeres Watinoma fue la instalación de un pozo con una bomba solar y un reservorio de 15 m³, garantizando el acceso al agua incluso durante la estación seca.
Sudán
Darfur, del árabe Dār Fūr, significa “patria del pueblo fur”. No obstante, hoy la palabra evoca con frecuencia una sensación de crisis natural permanente. Catalogado como “el primer conflicto del mundo provocado por el cambio climático” por organizaciones humanitarias, funcionarios de la ONU y analistas de política exterior, esta designación oculta tanto como explica (Kamen, 2021). Cuando el entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, declaró en 2007 que “el conflicto de Darfur comenzó como una crisis ecológica, surgida al menos en parte del cambio climático”, realizó un conocido juego de manos: reconoció el estrés ambiental al tiempo que ocultó sistemáticamente la economía política que transformó la sequía en genocidio (2007). La narrativa avanza de manera predecible: a medida que el desierto del Sahara avanza un kilómetro y medio al año y las precipitaciones disminuyen entre un 15% y un 30%, lxs pastorxs árabes y lxs agricultorxs africanos negros compiten por recursos cada vez más escasos y se reavivan antiguos odios étnicos. El clima se convierte en el motor principal. La clase desaparece por completo.
La violencia que estalló en Darfur en 2003 y que posteriormente se extendió a Kordofán y el Nilo Azul no fue ni un brote repentino de conflicto étnico ni una combustión espontánea de la escasez. Fue precipitada por una convergencia estructural en la que la aceleración de las alteraciones climáticas se entrecruzó con una economía política forjada por una prolongada reestructuración neoliberal y la depredación estatal. El conflicto es, en esencia, una guerra de clases ecológica. El Estado ha desmantelado sistemáticamente los medios de vida tradicionales, privatizado los recursos comunales y creado una población desposeída que depende de una economía militarizada, todos ellos factores que han amplificado la precariedad ambiental. El resultado es más que una crisis humanitaria; es la reestructuración violenta de la sociedad para la acumulación de capital.
El deterioro físico del medio ambiente de Sudán es agudo: el 40% de los años registrados (entre 1943 y 2017) en Darfur del Sur fueron clasificados como años de sequía, junto con el avance hacia el sur de la desertificación (PNUMA, 2007; Atiem et al., 2022: 1069). No se trata de una “escasez” neutral: es una consecuencia geográficamente desigual del orden económico mundial, que ha externalizado sus costos ecológicos hacia la periferia. En Sudán, la aceleración del calentamiento antropogénico actúa como un brutal amplificador de las vulnerabilidades existentes.
El estrés ecológico solo se convierte en una catástrofe cuando se encuentra con un sistema político que antepone el lucro a las personas. En Sudán, el punto de inflexión llegó con el golpe de Estado de 1989 y la reestructuración neoliberal bajo Omar al-Bashir, impuesta por los PAE del FMI y el Banco Mundial, que exigían la eliminación de los subsidios agrícolas, la privatización de las tierras comunales y el desmantelamiento de los servicios de apoyo estatal (Bush, 2007). Esta retirada estratégica del Estado destruyó el contrato social en las zonas rurales de Sudán. El régimen de al-Bashir utililizó activamente esta nueva ecología política como arma, transformando la tierra de un recurso comunal en una moneda de clientelismo asignada a las élites afines al régimen que mecanizaron la agricultura, bloquearon los corredores pastorales y despojaron a lxs agricultorxs (de Waal, 2005). Para sofocar la agitación resultante, el Estado subcontrató la violencia a milicias pastoralistas, los Janja’wid (demonios a caballo), otorgándoles carta blanca para apoderarse del ganado, las cosechas y la tierra (Tricontinental y Asamblea Internacional de los Pueblos, 2025). En este proceso, los activos fueron transferidos violentamente de manos comunitarias a privadas, creando una nueva clase de acumuladores militarizados.
La fiebre del oro del siglo XXI, impulsada por los mercados globales, superpuso una frenética lógica extractiva sobre este sistema. Las milicias, en particular las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF por su sigla en inglés), evolucionaron hasta convertirse en empresas capitalistas que controlaban minas y rutas de contrabando. (Craze, 2025). El desplazamiento de la población impulsado por el clima ha creado una reserva de mano de obra desesperada y abierto nuevos territorios para la captura de recursos, monetizando de manera efectiva el desplazamiento humano y ecológico (Romankiewicz y Doevenspeck, 2015: 79-100).
La narrativa de “árabes contra africanos negros” es una poderosa herramienta política que el régimen cultivó y utiliza activamente para contener un conflicto de clases en auge. Esta estrategia etnificó lo que era fundamentalmente una crisis por los medios de producción, sobre todo la tierra fértil y el agua, bajo condiciones de escasez inducida. Ha impedido la conformación de un frente unificado de lxs desposeídxs y ha permitido que los grupos armados recluten siguiendo líneas de identidad fragmentadas, capitalizando la angustia de un pueblo cuya esperanza de una vida digna ha sido aniquilada.
El camino hacia la radicalización sigue un circuito claro de desposesión. Los hombres jóvenes, separados de los medios de vida agrarios o pastorales por impactos ecológicos y económicos combinados, ven su fuerza de trabajo convertida en mercancía en su forma más brutal: como combatientes armados. Por lo tanto, las RSF no son simplemente una milicia. Operan como una empresa gobernante que ofrece salarios, resolución de disputas y protección en zonas donde el Estado solo ofrece abandono o violencia. Unirse a ellas se convierte en una estrategia racional de supervivencia en una economía colapsada, transformando el estrés ecológico en mano de obra militar (Verhoeven, 2011: 679-707).
En este contexto, los actores internacionales son componentes integrales del sistema que configura y explota la crisis, y no salvadores externos. Entre estos actores se encuentran:
- Los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, que han financiado a las RSF como fuerza mercenaria para acceder al oro de Sudán. Esto representa una nueva modalidad imperial, en la que el capital del Golfo utiliza la acumulación militarizada para asegurar recursos y proyectar poder (Kebede, 2025).
- La Unión Europea, cuyo financiamiento, canalizado a través del Proceso de Jartum hacia agencias estatales sudanesas para el control fronterizo, efectivamente dotó de recursos y legitimó a fuerzas -incluidas unidades vinculadas a las RSF- encargadas de frenar la migración. Esta política militarizó directamente la respuesta a las poblaciones desplazadas por el clima, tratando a las víctimas de esta crisis político-ecológica como una amenaza para la seguridad (Andersson, 2014).
- Las instituciones financieras occidentales, que crearon las condiciones para el colapso del Estado y la vulnerabilidad social, mediante la deuda y los PAE, convirtiendo a Sudán en terreno fértil para las sucesivas oleadas de crisis. (Kadri, 2016).
La revolución sudanesa de 2019 y los comités de resistencia persistentes (organismos de base barrial que coordinaron el levantamiento y continúan organizando la gobernanza civil en medio de la guerra) representan un profundo desafío a toda esta estructura (Mohamed Sahil, 2021). Sus demandas de democracia, justicia y paz son a la vez antiimperialistas y ecológicas, dado que un proyecto soberano y progresista en Sudán requeriría desmantelar la economía de guerra, renacionalizar y democratizar el control sobre la tierra y la riqueza mineral, y poner en marcha una restauración agroecológica masiva para reconstruir la resiliencia comunitaria. Esto confrontaría directamente los intereses de la élite local militarizada y de sus patrocinadores internacionales, intereses que ambos actores nacionales del conflicto actual (las Fuerzas Armadas de Sudán y las RSF) buscan proteger. Esta guerra es, trágicamente, una batalla entre facciones rivales de esa élite por el botín del sistema, que mantiene a las masas atrapadas en la ecología de la desposesión. Una verdadera resolución no se alcanzará mediante un alto al fuego entre generales que representan a esa élite, sino mediante una transformación revolucionaria de las relaciones político-ecológicas que definen la vida sudanesa.
Conclusión
En todo el Sahel, las condiciones de vida han estado definidas desde siempre por el desierto. Artistas como Tinariwen, una banda tuareg considerada pionera del llamado “blues del desierto”, han cantado sobre el exilio, el despojo y la sed en el norte de Mali. Su canción Tenere maloulat [El desierto blanco] describe una condición familiar para la mayoría de los habitantes en la región: “perdidx en la noche, mi sed, mi deseo de agua me despertó”. Ni metáfora ni constatación de un hecho natural, esta canción engloba las condiciones políticas vividas por los pueblos del Sahel. Cuando quienes habitan el Sahel cantan al agua negada, a la tierra perdida, a la vida relegada a los márgenes, nombran lo que este dossier ha argumentado: la catástrofe climática en el Sahel no se experimenta como un cambio ambiental abstracto, sino como la intensificación de una economía política ya de por sí violenta. La sequía, el calor y las lluvias irregulares se vuelven catastróficos allí donde el imperialismo, la reestructuración neoliberal y la depredación estatal han desmantelado las protecciones colectivas y transformado la tierra, el agua y el trabajo en sitios de extracción. La sed, en el Sahel, es creada por el capitalismo.
Lo que está en juego es una lucha por la soberanía, el poder de clase y la organización social de la propia naturaleza. Cualquier camino hacia adelante debe, por lo tanto, romper con la securitización climática y centrarse, en su lugar, en la soberanía alimentaria, el control democrático sobre la tierra y el agua y la reconstrucción de instituciones públicas y comunitarias capaces de gestionar la variabilidad ambiental. El futuro del Sahel no se asegurará con muros fronterizos, bases militares o mercados, sino enfrentando las estructuras capitalistas e imperialistas que convierten el estrés climático en despojo y guerra. En este sentido, la lucha que se desarrolla en el Sahel no es periférica a la lucha global contra el capitalismo, es uno de sus frentes más intensos.
Entre las prácticas agroecológicas de la asociación se encuentra el uso de un biopesticida elaborado con hojas de nim, jengibre machacado, ajo y chile, cuya acidez y amargor ahuyentan los insectos y reducen los daños en los cultivos.
Notas
1 El reportaje completo con las fotografías originales, publicado en Brasil de Fato bajo el título “Como Burkina Faso está vencendo o deserto com agroecología” [Cómo Burkina Faso está venciendo el desierto con agroecología], 8 de noviembre de 2025, está disponible en: https://www.brasildefato.com.br/2025/11/08/entenda-como-a-agroecologia-e-um-dos-pilares-da-revolucao-agricola-em-burkina-faso/.
2 Para leer un excelente ensayo que critica el uso del marco tribalista para entender la política de Kenia, véase Nyong’o y Karugu, 2023. La crítica clásica es la de Mafeje, 1971.
3 La insolación solar se refiere a la cantidad de energía solar recibida por una región, que varía en función de la inclinación del eje de la Tierra y las variaciones orbitales, lo que influye en los patrones de temperatura y precipitación.
4 El IPCC AR6 WG1 (2021) concluye que las tasas de calentamiento actuales no tienen precedentes en al menos los últimos 2.000 años. En el Sahel en particular, las sequías que comenzaron a finales de la década de 1960 y persistieron durante la de 1980 constituyeron “el ejemplo más dramático a nivel mundial de variabilidad climática que ha sido medida de manera directa y cuantitativa”. En comparación, el fin del Período Húmedo Africano, el cambio de régimen climático más significativo del Holoceno en la región, tuvo lugar a lo largo de cientos a miles de años, aunque incluyó subperíodos abruptos de décadas (2021a; Hulme, 2001: 19-29; Collins et al., 2017: 1372; Foley et al., 2003: 524-32; Trauth et al., 2024: 3936).
5 No obstante, una creencia no científica en la desertificación permanente resulta igualmente inútil (Gangeron et al., 2022: 1-11).
6 El Tratado político de al-Maghili (c. 1450–1504) articula principios que vinculan la legitimidad política con la protección de los medios de vida agrícolas y pastorales, así como la prohibición de la apropiación arbitraria de tierras y la monopolización de los pozos. Las benditas virtudes de los oficios y la agricultura (c. 1500–1900) enaltece el trabajo productivo y denuncia el acaparamiento especulativo. El conocimiento del movimiento de los astros (c. 1733) documenta la observación astronómica utilizada para predecir lluvias, inundaciones y patrones de enfermedad (Al-Maghili, s.f; Anónimo, s.f; Al-Tawathi al-Ghalawi, 1733).
7 La Comunidad Francesa fue un marco constitucional de corta duración creado por Francia en 1958 durante el proceso de descolonización.
Referencias Bibliográficas
Al-Maghili, Muhammad ibn Abd al-Karim. As’ilat Askiyah wa-Ajwibat al-Maghili [Tratado sobre política de Maghili]. Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, exposición “Ancient Manuscripts from the Desert Libraries of Timbuktu”. Disponible en: https://www.loc.gov/exhibits/mali/mali-exhibit.html.
Al-Tawathi Al-Ghalawi, Nasir al-Din Abu al-Abbas Ahmad ibn al-Hajj al-Amin. Kashf al-Ghummah fi Nafa al-Ummah [Las estrellas más importantes entre la multitud de los cielos]. Copiado en 1733. Mamma Haidara Commemorative Library, Tombuctú.
Anónimo. Kitab al-Barakah fi Fadl al-Hiraf wa-al-Zar [El libro que describe los sagrados méritos de la artesanía y la agricultura]. Mamma Haidara Commemorative Library, Tombuctú. s.f.
Anyang’ Nyong’o, Peter y Caroline Karugu. “Tribe and Tribalism in Kenya’s Politics”. CODESRIA Bulletin, nº 5, abril de 2023.
Awazi, Nyong Princely. Building Resilience: Climate Change and Livelihoods in the Global South. Londres: Palgrave Macmillan, 2025.
Ban Ki-moon. “A Climate Culprit in Darfur”. The Washington Post. Washington D.C., 16 de junio de 2007. Disponible en: https://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/06/15/AR2007061501857.html.
Banco Mundial. Mali: Emergency Recovery Credit, Report No. 15819. Washington D.C.: Banco Mundial, 1996.
Benjaminsen, Tor A. “Does Climate Change Lead to Conflicts in the Sahel?”. En: Behnke, Roy y Michael Mortimore, eds. The End of Desertification? Disputing Environmental Change in the Drylands. Heidelberg: Springer, 2016.
—. “Pastoralism, Moral Economies of Resistance and Jihadism”. En: Climate Security and Climate Justice: Recognising Context in the Sahel. Cheltenham: Edward Elgar Publishing, 2024.
Benjaminsen, Tor A. y Boubacar Ba. “Fulani-Dogon Killings in Mali: Farmer-Herder Conflicts as Insurgency and Counterinsurgency”. African Security, vol. 14, nº 1, 2021.
—. “Why Do Pastoralists in Mali Join Jihadist Groups? A Political Ecological Explanation”. Journal of Peasant Studies, vol. 46, nº 1, 2019.
Biasutti, Michela. “Rainfall Trends in the African Sahel: Characteristics, Processes, and Causes”. WIREs Climate Change, 2019. Disponible en: https://wires.onlinelibrary.wiley.com/doi/pdfdirect/10.1002/wcc.591.
Buhaug, Halvard y Nina von Uexkull. “Vicious Circles: Violence, Vulnerability, and Climate Change”. Annual Review of Environment and Resources, vol. 46, 2021.
Bush, Ray. Poverty and Neoliberalism: Persistence and Reproduction in the Global South. Londres: Pluto Press, 2007.
Carney, Judith. “Converting the Wetlands, Engendering the Environment: The Intersection of Gender with Agrarian Change in the Gambia”. Economic Geography, vol. 69, nº 4, 1993.
Cattaneo, Cristina y Emanuele Massetti. “Migration and Climate Change in Rural Africa”. FEEM Working Paper, nº 29, 2015.
Chen, Tiexi, Shengjie Zhou, Chuanzhuang Liang, Daniel Fiifi Tawia Hagan, Ning Zeng, Jun Wang, Tingting Shi, Xin Chen y A.J. Dolman. “The Greening and Wetting of the Sahel Have Levelled Off Since About 1999 in Relation to SST”. Remote Sensing, vol. 12, nº 17, 2020. Disponible en: https://www.mdpi.com/2072-4292/12/17/2723.
Claussen, Martin, Victor Brovkin, Andrey Ganapolski, Claudia Kubatzki y Vladimir Petoukhov. “Climate Change in Northern Africa: The Past is Not the Future”. Climate Change, vol. 57, marzo de 2003.
Collins, James A., Matthias Prange, Thibaut Caley, Luis Gimeno, Britta Beckmann, Stefan Mulitza, Charlotte Skonieczny, Didier Roche y Enno Schefuß. “Rapid Termination of the African Humid Period Triggered by Northern High-Latitude Cooling”. Nature Communications, vol. 8, nº 1372, 2017.
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Understanding and Addressing Climate-Related Security Risks, S/PV.8307. Nueva York: ONU, 11 de julio de 2018.
Conte, Bruno. “Climate Change and Migration: The Case of Africa”. BSE Working Paper, nº 1411, octubre de 2023.
Cools, Sara y Andreas Kotsadam. “Resources and Intimate Partner Violence in Sub-Saharan Africa”. World Development, vol. 95, 2017.
Craze, Joshua. “Black Gold, Liquid Metal: The Political Economy of Gold in Sudan”. Noria Research, 21 de julio de 2025. Disponible en: https://noria-research.com/mena/black-gold-liquid-metal-the-political-economy-of-gold-in-sudan/.
Davenport, Frank, Kathryn Grace, Chris Funk y Shraddhanand Shukla. “Child Health Outcomes in Sub-Saharan Africa: A Comparison of Changes in Climate and Socio-Economic Factors”. Global Environmental Change, vol. 46, 2017.
deMenocal, Peter, Joseph Ortiz, Tom Guilderson, Jess Adkins, Michael Sarnthein, Linda Baker y Martha Yarusinsky. “Abrupt Onset and Termination of the African Humid Period: Rapid Climate Responses to Gradual Insolation Forcing”. Quaternary Science Reviews, vol. 19, nº 1-5, 2000.
de Waal, Alex. Famine That Kills: Darfur, Sudan. Oxford: Oxford University Press, 2005.
Doblas-Reyes, Francisco J. y Anna A. Sörensson et al. “Chapter 10: Linking Global to Regional Climate Change”. En: Masson-Delmotte, Valérie et al., eds. Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge: Cambridge University Press, 2021.
Eboreime, Ejemai, Omolayo Anjorin, Chisom Obi-Jeff, Tunde M. Ojo y Attila Hertelendy. “From Drought to Displacement: Assessing the Impacts of Climate Change on Conflict and Forced Migration in West Africa’s Sahel Region”. The Journal of Climate Change and Health, vol. 23, mayo-junio de 2025.
Foley, Jonathan A., Michael T. Coe, Marten Scheffer y Guiling Wang. “Regime Shifts in the Sahara and Sahel: Interactions between Ecological and Climatic Systems in Northern Africa”. Ecosystems, vol. 6, nº 6, septiembre de 2003.
Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola. Sahel, West and Central Africa. 22 de marzo de 2024. Disponible en: https://www.ifad.org/en/west-and-central-africa/sahel.
—. “Policy Framework Papers – Mali: Enhanced Structural Adjustment Facility Medium-Term Economic and Financial Policy Framework Paper, 1998-2001”. Washington D.C. : FMI, 1998.
Gangeron, Fabrice, Caroline Pierre, Elodie Robert, Laurent Kergoat, Manuela Grippa, Françoise Guichard, Pierre Hiernaux y Crystele Leauthaud. “Persistence and Success of the Sahel Desertification Narrative”. Regional Environmental Change, vol. 22, nº 118, 2022.
Grace, Kathryn, Frank Davenport, Heidi Hanson, Christopher Funk y Shraddhanand Shukla. “Linking Climate Change and Health Outcomes: Examining the Relationship Between Temperature, Precipitation and Birth Weight in Africa”. Global Environmental Change, vol. 35, 2015.
Grace, Kathryn, Véronique Hertrich, Djeneba Singare y Greg Husak. “Examining Rural Sahelian Out-Migration in the Context of Climate Change: An Analysis of the Linkages Between Rainfall and Out-Migration in Two Malian Villages from 1981 to 2009”. World Development, vol. 109, 2018.
Henderson, Vernon, Adam Storeygard y Uwe Deichmann. “Has Climate Change Driven Urbanisation in Africa?”. Journal of Development Economics, nº 124, 2015.
Hulme, Mike. “Climatic Perspectives on Sahelian Desiccation, 1973-1998”. Global Environmental Change, vol. 11, nº 1, 2001.
Ickowicz, Alexandre, Véronique Ancey, Christian Corniaux, Guillaume Duteurtre, René Poccard-Chapuis, Ibra Touré, Eric Vall y Abdrahmane Wane. “Crop-Livestock Production Systems in the Sahel – Increasing Resilience for Adaptation to Climate Change and Preserving Food Security”. En: Meybeck, A., J. Lankoski, S. Redfern, N. Azzu y V. Gitz, eds. Building Resilience for Adaptation to Climate Change in the Agriculture Sector. Roma: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, 2012.
Ilboudo Nébié, Elisabeth Kago, Alexandra Brewis, Amber Wutich, Yogo Pérenne y Kadiadiatou Magassa. “Why Livelihoods Matter in the Gendering of Household Water Insecurity”. Weather, Climate, and Society, vol. 16, nº 1, 2024.
Instituto Tricontinental de Investigación Social, Asamblea Internacional de los Pueblos y Pan-Africanism Today. Sudán necesita paz ahora, Alerta Roja nº 21, 13 de noviembre de 2025. Disponible en: https://thetricontinental.org/es/alerta-roja-21-sudan/.
Instituto Tricontinental de Investigación Social. Life or Debt: The Stranglehold of Neocolonialism and Africa’s Search for Alternatives, dossier nº 63, 9 de junio de 2023. Disponible en: https://thetricontinental.org/pan-africa/dossier-63-african-debt-crisis/.
Inter-réseaux. “Production et écoulement des semences certifiées dans la zone d’intervention de l’Office riz Mopti”. 19 de octubre de 2020. Disponible en: https://www.inter-reseaux.org/
Kadri, Ali. The Unmaking of Arab Socialism. Londres: Anthem Press, 2016.
Kamen, Sydney. “The World’s First Climate Change Conflict Continues”. Think Global Health, 10 de diciembre de 2021. Disponible en: https://www.thinkglobalhealth.org/article/worlds-first-climate-change-conflict-continues.
Kebede, Alazar. “The Mercenary Economy: How War Became a Business”. Capital: Business & Economy, 5 de octubre de 2025. Disponible en: https://capitalethiopia.com/2025/10/05/the-mercenary-economy-how-war-became-a-business/.
Lézine, Anne-Marie, Christelle Hély, Christophe Grenier, Pascale Braconnot y Gerhard Krinner. “Sahara and Sahel Vulnerability to Climate Changes, Lessons from Holocene Hydrological Data”. Quaternary Science Reviews, vol. 30, nº 21–22, 2011.
Mafeje, Archie. “The Ideology of ‘Tribalism’“. The Journal of Modern African Studies, vol. 9, nº 2, agosto de 1971.
Mamdani, Mahmood. Saviors and Survivors: Darfur, Politics, and the War on Terror. Nueva York: Pantheon, 2009.
Mortimore, Michael. “Adapting to Drought in the Sahel”. WIREs Climatic Change, vol. 1, nº 1, enero–febrero de 2010.
Mohamed Salih, M.A. Sudanese Revolution: The Power of Civil Resistance. Oxford: Oxford University Press, 2021.
Nsaibia, Héni. “From Hunters to Militias: The Militarisation of Dozos in Mali”. Armed Conflict Location & Event Data Project, 2025. Disponible en: https://acleddata.com/report/hunters-militias-militarization-dozos-mali.
Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático. Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge: Cambridge University Press, 2021.
—. Regional Fact Sheet — Africa. Working Group I Contribution to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. 9 de agosto de 2021. Disponible en: https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg1/downloads/factsheets/IPCC_AR6_WGI_Regional_Fact_Sheet_Africa.pdf.
Park, Jong-Yeon, Jürgen Bader y Daniela Matei. “Anthropogenic Mediterranean Warming Essential Driver for Present and Future Sahel Rainfall”. Nature Climate Change, vol. 6, nº 10, 2016.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Livelihood Security: Climate Change, Migration and Conflict in the Sahel. Ginebra: PNUMA, 2011.
—. Sudan: Post-Conflict Environmental Assessment. Nairobi: PNUMA, 2007.
Ritchie, Hannah. “Sub-Saharan Africa Emits a Tiny Fraction of the World’s CO2”. Energy for Growth Hub, 17 de junio de 2023, actualizado el 25 de abril de 2025. Disponible en: https://energyforgrowth.org/article/sub-saharan-africa-emits-a-tiny-fraction-of-the-worlds-co2/.
Romankiewicz, Charlotte y Martin Doevenspeck. “Climate and Mobility in the West African Sahel: Conceptualising the Local Dimensions of the Environment and Migration Nexus”. En: Greschke, Heike y Julia Tischler, eds. Grounding Global Climate Change. Dordrecht: Springer, 2015.
Salack, Seyni, Inoussa Abdou Saley y Jan Bliefernicht. “Observed Data of Extreme Rainfall Events over the West African Sahel”. Data in Brief, vol. 20, 2018.
Saley, Inoussa Abdou y Seyni Salack. “Present and Future of Heavy Rain Events in the Sahel and West Africa”. Atmosphere, vol. 14, nº 6, 2023.
Shivji, Issa. Class Struggles in Tanzania (edición del 50° aniversario). Johannesburgo: Inkani Books, 2025.
Spinage, Clive. “The Changing Climate of Africa. Part II: West Africa and the Sahel”. En: African Ecology. Berlín: Heidelberg, 2012.
Sultan, Benjamin y Marco Gaetani. “Agriculture in West Africa in the Twenty-first Century: Climate Change and Impacts Scenarios, and Potential for Adaptation”. Frontiers in Plant Science, vol. 7, 2016.
Trauth, Martin et al. “Early Warning Signals of the Termination of the African Humid Period(s)”. Nature Communications, vol. 15, nº 3936, 2024.
Turner, Matthew D. “The New Pastoral Development Paradigm: Engaging the Realities of Property Institutions and Livestock Mobility in Dryland Africa”. Society and Natural Resources, vol. 24, nº 5, 2011.
Verhoeven, Harry. “Climate Change, Conflict and Development in Sudan: Global Neo-Malthusian Narratives and Local Power Struggles”. Development and Change, vol. 42, nº 3, 2011.
Zougmoré, Robert, Alcade C. Segnon y Philip Thornton. “Harnessing Indigenous Knowledge and Practices for Effective Adaptation in the Sahel”. Current Opinion in Environmental Sustainability, vol. 65, 2023.
Últimos boletines
Escucha Vivas y furiosas, una cumbia de Sudor Marika con Tita Print. Sobre un ritmo que se podría escuchar en cualquier calle de los barrios populares de Argentina, surgen en esta canción versos de resistencia feminista.
Marzo es un mes movilizado y movilizante. En Argentina, por ejemplo, el 8M –Día Internacional de la Mujer Trabajadora– activa los pies para salir a marchar, tiñendo las calles de violeta feminista e internacionalista. Luego, el 24 –Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia– cierra el mes con una movilización repleta de organizaciones, partidos, estudiantes y familias con niñxs, para seguir construyendo ese “Nunca Más”, la frase que une la lucha sostenida para esclarecer los múltiples crímenes de la dictadura cívico-militar respaldada por Estados Unidos (1976-1983). Un Nunca Más más necesario que nunca, en el marco del gobierno negacionista de ultraderecha de Javier Milei. Marzo moviliza todos los frentes en este país sudamericano y, desde el campo cultural, renueva las fuerzas de colectivos como Feminismo Gráfico, un proyecto cultural nacido en Argentina que busca difundir historietas desde coordenadas transfeministas.
La circulación de la cultura y el arte está llena de mitos, de obturaciones, de maravillas ocultas y ocultadas. El 8M presenta la oportunidad para poner en vidriera discusiones y prácticas que llevan adelante distintos espacios culturales militantes. Desde el lugar específico de la historieta, el archivo digital Nosotras Contamos intenta aportar a esto. Este es un archivo vivo, donde Feminismo Gráfico compila, difunde y recupera nombres de autoras mujeres, trans y no binaries en Argentina, desde inicios del siglo XX hasta la actualidad. En honor al 8M, iniciamos este mes el proceso de una nueva actualización, sumando autoras contemporáneas y continuando la búsqueda de colegas del pasado. Recuperando una genealogía feminista del cómic argentino, una historia brillante de lucha y creación que a menudo se invisibiliza.
Jules Mamone (Argentina). Portada del catálogo original de Nosotras Contamos, 2019.
Un mar de viñetas y papel barato
Ubiquemos un poco ese campo de producción cultural: historietas, humor gráfico, cómics. Seguramente has leído algunos. La historieta es un lenguaje artístico que disfruta el pueblo y es históricamente observada con desdén por campos artísticos “elevados”. Podemos intuir que ese carácter popular de las historietas y el humor gráfico se debe a haber nacido en el corazón de las publicaciones periódicas baratas y masivas. Desde el minuto uno, se ocupó de hacer humor, de satirizar, de narrar con imágenes los futuros posibles o mostrar monstruos en una diversidad de metáforas. Tiene, también, el enorme poder de contar historias a quienes están aprendiendo a leer. Más de una vez en la historia de la lucha de los pueblos, la historieta diseminó en viñetas afirmaciones de resistencia, en forma de ficciones, crónicas periodísticas o experimentaciones poéticas.
En Argentina, desde el origen de las historietas, se producen en gran cantidad, sin interrupciones, pero con cambios. Supimos sostener revistas populares que le hacían competencia a lo que venía del Norte sin timidez. Algunas de ellas sujetas a la persecución y la prohibición, especialmente durante la última dictadura cívico-militar. A ese momento pertenece, entre otrxs, Héctor G. Oesterheld, quién escribió el guión de El Eternauta. Un autor, editor y militante de Montoneros –una organización guerrillera de izquierda peronista activa principalmente en los años 70–, desaparecido durante esa misma dictadura parte del Plan Cóndor.
Este mes se cumplen en Argentina los 50 años de ese golpe que buscó quitarnos mucho más que nuestras narrativas. Los cambios que trajo la violenta imposición del neoliberalismo en este país impactaron en las dinámicas de la producción nacional de historietas. Pero aún así nunca dejamos de dibujar. Si no son revistas, son fanzines, o libros de cooperativas editoriales, o webcomics… Y en todos esos momentos, estuvieron las autoras.
Firmando como “Cerebella” o “Cotta”, la popular cocinera argentina Blanca Cotta publicaba su humor gráfico en la revista satírica Tía Vicenta. Estas dos piezas fueron publicadas en 1957.
El mito de la ausencia
Una herramienta del poder es la invisibilización. Si algo no se nombra, eventualmente no existe, y no podemos construir, porque iniciamos de cero constantemente. Un eterno resplandor de luchas sin memoria, narrativas sepultadas para que construir resistencia se sienta como levantar paredes sobre arena.
Sobre “el lugar de las mujeres y disidencias en la historieta” aparecen preguntas gastadas y mitos prevalecientes. El mito de la ausencia es el primero a quebrar: porque siempre hubo autoras de historieta. En Argentina, cuando se habla de autoras de historieta y humor gráfico suelen nombrarse tal vez dos o tres, cuando hay más de 100, y casi 100 son los años que cubre el Archivo Digital de Autoras de Historieta y Humor Gráfico Nosotras Contamos.
Este archivo fue creado por Mariela Acevedo, militante feminista, investigadora, editora y guionista de historietas. Abrevando de su experiencia militante, volvió colectiva una curiosidad furiosa para ir encontrando a aquellas que no aparecían nombradas. Buscó aportar a la mística del “somos un montón”, empleando la genealogía feminista como una metodología de investigación, con la convicción contagiosa de la importancia de responder con información, picardía y militancia a las afirmaciones casuales que construyen el sentido común del machismo. El grupo que se constituyó a partir de este espíritu contagioso continúa el proyecto hoy.
Preguntando a coleccionistas, entrevistando autoras y rebuscando en bibliotecas, fuimos encontrando que hay que dejar un margen para la duda cuando alguien afirma con rotundidad “ella es la primera en…”. Encontramos que, bajo ambiguos seudónimos, había mujeres que fueron asumidas varones, que cuando al mirar firmas en algunas viñetas, se lee una “G.” delante de “Dester”, tal vez imaginamos un “Gonzalo” o un “Gilberto”, nunca una “Gisela”. Pero Gisela, entre otras cosas, dibujó y firmó páginas de Ticonderoga, con guiones de aquel compañero desaparecido que nombramos párrafos arriba. También encontramos que, detrás del trabajo de los creadores masculinos, estaban las mujeres de sus familias, que se encargaban de todo lo demás, manteniendo la casa y los cuidados, o incluso las posibles huellas anónimas de hermanas o esposas que ayudaban a terminar las páginas para cumplir con los plazos de entrega.
Parece básico, encontrarlas y nombrarlas, pero en esos encuentros se esboza una genealogía y una certeza de que el sistema patriarcal se cuela en todos los espacios de la vida. Para quienes se están haciendo un lugar hoy en el campo, es importante saber que Martha Barnes trabajaba a la par de los hombres en la editorial Columba en la década de 1970 (una de las editoriales más importantes de historieta que hubo en Argentina), pero que siempre cobraba menos y además la mandaban a hacer romance cuando ella solicitaba hacer horror. Conocer nuestra historia y constituir memoria colectivizada es la clave.
Para el feminismo popular no hay novedad en esto: el cuidado no es visto como trabajo, los trabajos feminizados se hacen invisibles y los roles activos en la historia de algún rubro masculinizado se ocultan. Pero un paso fuera de los espacios feministas y podemos encontrar que las percepciones pueden seguir distorsionadas. Se profundiza la distorsión cuando esto está atado al campo cultural, donde hay que seguir afirmando que quienes producen arte forman parte, de hecho, de la clase trabajadora.
También no hay novedad en que, con los años, las mujeres y disidencias se fueron haciendo lugar a los codazos, figurativa o literalmente. Ya sea creando nuevos espacios u ocupando y transformando los instituidos, la presencia de autoras en la historieta es hoy innegable. “okupas”, solemos decir entre nosotras, un poco con humor, otro mucho con provocación. Y cuando se empieza a ver esta okupación, somos “demasiadas”.
Muestra de Feminismo Gráfico en la Feria de Editores, Buenos Aires, 2025. Foto: Cé, Archivo Intangible.
El mito del estilo y temática
Otro mito se suma al de la ausencia o la excepción. Es el de un estilo o estética homogéneo. Se asume que las autoras tratan solo ciertos temas, que dibujan de maneras determinadas (o directamente que “dibujan mal”). Esto se vuelve aún más brutal cuando se pinta como un halago: “que extraño, dibujás como un hombre”. Como si la relación mano y mente estuvieran conectadas de manera misteriosa al género al momento de tomar un lápiz y una hoja.
Cuando el archivo comenzó su recopilación encontró estilos clásicos, líneas experimentales, exploraciones plásticas, atisbos de bellas artes o tramas fanzineras. En pocas palabras: encontramos de todo, sin riendas.
Narrativamente aparecen también universos de todas las dimensiones: terror, ciencia ficción, crónicas políticas, autobiografías, experimentos narrativos, humor… Tal vez, si hay una observación transversal posible, es que identificamos una búsqueda para representar algo distinto que lo que usualmente la industria mainstream muestra. Vemos cuerpos diversos, pieles usualmente invisibilizadas, identidades y reclamos que aparecen de maneras más o menos explícitas. Sobre esto, el archivo propuso ejes temáticos, una manera de construir conexiones que superan la línea temporal y conectan las inquietudes de una autora de mitad de siglo XX con una joven que recién comienza. Una forma más de colectivizar, de pensarnos como parte de algo más grande que nos une con quienes estuvieron antes, quienes comparten el espacio hoy y las que vendrán en el futuro.
Diana Raznovich (dibujos) y Lucrecia Oller (textos). Manual de instrucciones para mujeres golpeadas, Argentina, 1989. Material hecho para Lugar de Mujer, colectivo clave para el feminismo organizado en la década de 1980. Donado a Feminismo Gráfico para su lectura gratuita.
Para romper mitos, nos organizamos y nos (re)presentamos
Nosotras Contamos está vivo y en constante expansión. Sabemos que nunca puede estar completo. También sabemos que estos esfuerzos deben ser parte de una red cultural internacionalista. Hay proyectos hermanos en la región, como es el caso de Chile, o en Europa, como es el proyecto español Presentes. Estamos en la búsqueda de pistas sobre otros, atentas a las escenas de historieta y narrativa gráfica, especialmente en el Sur Global.
El archivo de Feminismo Gráfico representa una genealogía con huecos, faltantes que no logramos encontrar (aún). Intuimos trabajos invisibles, colaboraciones poco registradas y firmas ausentes. También una potencia difícil de calcular de autoras emergentes en nuevos medios. Por esto tomamos las palabras de nuestra compañera Mariela como una bandera viñetaria: “Nosotras contamos esta historia: está incompleta e inconclusa, pero es coral y busca hacer visible que eso que falta podemos reconstruirlo de alguna forma, imaginarlo, escribirlo y hacerlo presente”.
El dossier de este mes, La agenda antifeminista de la extrema derecha latinoamericana, incluye arte seleccionado con la colaboración del archivo digital. Para conocer el acervo en constante expansión, pueden visitar feminismografico.com. Nosotras contamos con que tal vez, la próxima vez que alguien lea unas historietas, se imagine nombres diversos detrás de cada inicial firmada.
Cordialmente,
Dani Ruggeri
Diseñadora, departamento de Cultura del Instituto Tricontinental de Investigación Social
Co-coordinadora de Feminismo Gráfico
Valeria Reynoso (Argentina), fragmento del fanzine Se vos, Editorial In Bocca al Lupo, 2017. La frase es una cita literal de Lohana Berkins, líder travesti trans en Argentina, fundadora de ATTTA (Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina) e impulsora de la Ley de Identidad de Género (Ley 26.743).
Últimos boletines
Paulina Veloso (Chile), Sin título, 2021. Disponível em capiremov.org.
Saludos desde la Oficina Nuestra América del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Este 08 de marzo, día en el que el mundo honra a la mujer trabajadora, nosotras y nosotros rendimos homenaje a las mujeres antiimperialistas de nuestro continente. Ellas, con sus cuerpos-territorios, su intelecto y ejemplos, escriben hoy las páginas más dignas de la historia contemporánea de Nuestra América.
Atravesamos una etapa marcada por la agresión Trump —una profundización de la guerra híbrida— y una guerra neocolonial que se despliega mediante la impunidad financiera y el extractivismo voraz. El avance de las ultraderechas en la región no es casual; busca imponer un modelo de despojo donde el peso de la deuda asfixie la soberanía de los pueblos. Ante la resistencia a la invasión directa y la guerra silenciosa de las Medidas Coercitivas Unilaterales (MCU) contra Cuba y Venezuela, el feminismo popular emerge no solo como protesta, sino como la columna vertebral de la supervivencia y la dignidad.
Mujeres ante el Monumento a las Heroinas de la Resistencia y la Independencia. Caracas, 2025. (Prensa MinMujer).
-
Las 3 lecciones de la agresión Trump y la guerra neocolonial en América Latina
La historia reciente de Nuestra América, marcada por la sombra de la doctrina Monroe y su actualización bajo el “Corolario Trump” —que persiste como lógica de Estado en Washington—, nos deja tres lecciones fundamentales sobre la naturaleza de la guerra actual contra la soberanía.
- El cuerpo de la mujer como primer territorio de defensa
El ataque del pasado 3 de enero contra Venezuela no fue solo una incursión militar; fue una afrenta a la dignidad de un pueblo que ha decidido ser libre. En esa jornada, 12 mujeres entregaron su vida en combate. Nueve de ellas eran soldadas, integrantes de la Guardia de Honor Presidencial.
El imperialismo entiende que, para quebrar a una nación, debe quebrar la voluntad de quienes sostienen el tejido social. En la guerra híbrida, la mujer no es una víctima pasiva, sino un cuadro combatiente que reorganiza la voluntad en cada comuna y en cada territorio.
Esta lección se hermana con la siembra de Berta Cáceres en Honduras. Hace una década, la élite extractivista creyó que al asesinar a Berta apagaría la voz del pueblo Lenca. No comprendieron que su cuerpo, al igual que el de las milicianas y comuneras venezolanas, representa la resistencia contra las represas y el capital transnacional.
La detención ilegal de la luchadora social Cilia Flores es un intento más de secuestrar este símbolo de dignidad y resistencia política. Detenida ilegalmente en Estados Unidos, Cilia Flores es una reconocida luchadora social y política. Ella fue abogada de los oficiales que se rebelaron durante las insurrecciones militares de 1992, entre ellos el comandante Hugo Chávez. Este día, las mujeres del mundo pedimos su liberación y retorno a Venezuela.
- La economía de la resistencia es femenina
En Cuba, la “guerra silenciosa” de las MCU ha tomado la forma de un asedio energético sin precedentes. Al impedir la llegada de combustible, Washington busca transformar la vida cotidiana en un infierno de carestías. Sin embargo, en la isla, la resistencia tiene rostro de mujer. Son ellas quienes, mediante la organización popular y los vínculos comunitarios, inventan soluciones diarias para sostener la vida frente al bloqueo.
Esta economía de la resistencia no busca el lucro, sino la reproducción de la vida. Mientras el sistema financiero internacional utiliza la deuda para disciplinar a las naciones, las mujeres cubanas y venezolanas oponen una economía de cuidados colectivizados. En Venezuela, el 80% de los liderazgos de las comunas y consejos comunales son mujeres. Ellas deciden, planifican y ejecutan los proyectos que mantienen a flote la estructura social bajo el bloqueo. La lección es clara: el socialismo en Nuestra América sobrevive porque las mujeres han transformado el ámbito de lo privado en un espacio de gestión política y resistencia económica frente a la agresión imperialista.
- La solidaridad y la paz como diplomacia de los pueblos
La reciente acción del gobierno de Claudia Sheinbaum en México, enviando buques con 1.200 toneladas de ayuda a Cuba, rompe con la lógica de la sumisión financiera. La “sororidad” no es solo un concepto interpersonal, sino una categoría política internacional.
Lo vemos también en la movilización de las organizaciones populares que, desafiando presiones externas, coordinan el envío de ayuda y el apoyo mutuo entre naciones asediadas. El 21 de marzo vio el arribo del Convoy Nuestra América, organizado por diversos movimientos y organizaciones populares. Esta solidaridad popular es la que permite que Cuba resista y que Venezuela profundice su modelo comunal.
Cuando México desafía las presiones de Washington para asistir a la isla y cuando las mujeres se auto convocan en brigadas feministas como Brigada Internacionalista por la Paz Cilia Flores, se está practicando un feminismo que prioriza la vida de las familias y las comunidades por sobre los dictámenes del capital transnacional. La solidaridad es la ternura —y la estrategia— de los pueblos.
Gabriela Barraza (Argentina), Viviremos y venceremos, 2021. Disponível em eltricontinenal.org.
-
Las 3 tareas a las que nos convocan los feminismos populares
El diagnóstico no basta; la coyuntura exige una hoja de ruta que blinde los procesos populares contra la reacción patriarcal y extractivista.
- Institucionalizar la gestión comunal de poder popular
En Venezuela, cerca del 80% de los liderazgos en los consejos comunales son ejercidos por mujeres. Ellas son las voceras de calle, las que planifican proyectos y ejecutan el presupuesto soberano. Frente al avance de la ultraderecha, la respuesta es más poder popular. La tarea urgente es fortalecer la Consulta Popular Nacional y el modelo de comunas. Es allí donde el feminismo popular hace gestión y responde a la ofensiva imperialista.
Debemos asegurar que los recursos del territorio sean gestionados por quienes los habitan y defienden, cerrando el paso a la impunidad de las milicias (en Brasil, grupos armados parapoliciales y paramilitares) y las estructuras ilegales de poder como las que intentaron silenciar a Marielle Franco en Brasil.
- Desmantelar la impunidad del extractivismo neocolonial
No podemos avanzar hacia el futuro sin cerrar las heridas de la impunidad. Las historias de Berta Cáceres en Honduras y Marielle Franco en Brasil son faros, pero también recordatorios de la ferocidad del capital.
- Justicia para Berta: A diez años de su asesinato, la tarea es desmantelar el modelo extractivista que asesina a quienes defienden los bienes comunes. El castigo a los autores intelectuales del asesinato de Berta es una deuda pendiente de toda la región contra las transnacionales.
- Justicia para Marielle: La reciente condena de los hermanos Brazão en Brasil es una victoria contra las milicias y el poder paraestatal. La tarea es erradicar las estructuras de violencia política que dañan los tejidos populares e intentan silenciar a las mujeres negras, faveladas y disidentes que ocupan espacios de poder.
Berta y Marielle nos enseñaron que defender el territorio indígena, campesino, afro y defender la vida en las ciudades es la misma lucha. Sus nombres son banderas que alimentan nuestra resistencia diaria contra el patriarcado, el colonialismo, el racismo y el capitalismo.
- Empujar la reforma agraria popular y la soberanía alimentaria
Como nos enseñan las compañeras campesinas del Movimiento Sin Tierra, una tarea urgente para el feminismo popular es la defensa de la tierra. La reforma agraria popular es el derecho de las mujeres a decidir sobre la producción y la semilla frente al agronegocio extractivo. Para las mujeres, la tierra es el espacio de reproducción de la cultura y la vida. Sin soberanía alimentaria, la soberanía nacional está incompleta. Debemos fortalecer los lazos entre las campesinas y las trabajadoras urbanas para garantizar que el alimento sea un derecho y no una mercancía de la deuda.
![]()
-
Mensaje de Berta Cáceres
Para las mujeres de Nuestra América, la lucha es por la vida misma. Berta Cáceres, guardiana de los ríos y de la dignidad de los pueblos, nos dejó un mandato que sacude la conciencia de todo el continente:
¡Despertemos, humanidad! Ya no hay tiempo. Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de estar contemplando la autodestrucción basada en el capitalismo, el racismo y el patriarcado. En nuestras cosmovisiones somos seres surgidos de la tierra, el agua y el maíz. De los ríos somos custodios ancestrales… ¡Demos la vida, si es necesario, por la defensa de la humanidad y del planeta!
Este grito de Berta es nuestra brújula. Ante la agresión neocolonial, nuestra respuesta es la unidad, la custodia de nuestra tierra y la rebeldía inquebrantable.
¡Vivan las mujeres que luchan! ¡Viva Nuestra América libre y soberana! ¡Venceremos!
Saludos a todas y todos,
Carmen Navas, Maisa Bascuas y Pilar Troya