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Milwa Mnyaluza ‘George’ Pemba (Sudáfrica), New Brighton, Port Elizabeth, 1977.

 

Queridxs amigxs,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

El 13 de julio de 2021, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (CDHNU) adoptó una resolución histórica sobre la prevalencia del racismo y para la creación de un mecanismo independiente, formado por tres especialistas, que investigue la raíz del racismo y la intolerancia profundamente arraigados. El Grupo de Estados Africanos impulsó esta resolución, surgida de la indignación mundial por el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis el 25 de mayo de 2020. Los debates en el CDHNU consideraron los problemas de la brutalidad policial y se remontaron a la formación de nuestro sistema moderno en el crisol de la esclavitud y el colonialismo. Algunos países occidentales —como Estados Unidos y Reino Unido— dudaron tanto en la evaluación del pasado como en la cuestión de las reparaciones; y lograron eliminar la exigencia de investigar el racismo sistemático en las fuerzas policiales estadounidenses.

El reconocimiento de la enormidad del coste de la esclavitud y el colonialismo es una exigencia básica de la mayoría de la población mundial. Los cálculos de estos costos oscilan entre los 777 billones de dólares por la trata transatlántica de personas esclavizadas y los 45 billones por el colonialismo británico en la India. Se trata de cálculos parciales, pero de todas formas son formidables. El coste total de las 191.900 toneladas de oro que se han extraído a un coste actual de 46,5 millones de dólares por tonelada es de solo 9 billones de dólares, mucho menos que la factura total de la esclavitud y el colonialismo. No es de extrañar que pocos gobiernos estén dispuestos a considerar la cuestión de las reparaciones para los y las supervivientes de la esclavitud y el colonialismo. Sin embargo, demasiado a menudo se oculta de cualquier debate significativo sobre las reparaciones el hecho de que los regímenes coloniales recibieron sumas masivas para compensar la pérdida de su fuente de ingresos. Se calcula que los propietarios franceses de personas esclavizadas en Haití cobraron 28.000 millones de dólares del gobierno revolucionario haitiano, una suma que no se pagó hasta 1947, para compensarles por los bienes —es decir, los seres humanos— recuperados durante la Revolución. Del mismo modo, Gran Bretaña pagó a los propietarios ingleses de seres humanos enormes sumas de dinero tras la Ley de Abolición de la Esclavitud de 1833; según el Tesoro, la finalización de estos pagos por parte de lxs contribuyentes británicxs se realizó en 2015.

 

Cyprian Mpho Shilakoe (Sudáfrica), Let’s Wait Until They Come [Esperemos a que vengan], 1970.

La negación de la humanidad a más de la mitad de la población mundial sigue formando parte del amplio marco de nuestro sistema mundial. Incluso ahora, en 2021, la vida de un civil afgano se considera mucho menos valiosa que la de un soldado estadounidense. Cuando 20.000 o más personas murieron por la explosión de una fábrica de propiedad estadounidense en Bhopal (India) en 1984, H. Michael Utidjian, director médico de American Cyanamid, expresó su dolor pero pidió que se pusiera en contexto. ¿Cuál es el contexto? “Los indios”, dijo, no tienen la “filosofía norteamericana de la importancia de la vida humana”. Para Utidjian y tantos otros, sus vidas son desechables, tan desechables como las vidas de los 1,6 millones de africanos y africanas que mueren anualmente de enfermedades prevenibles del tracto respiratorio inferior y de diarrea.

Casi todas las muertes por diarrea se deben a la falta de higiene y saneamiento, así como al agua no potable, problemas que pueden solucionarse con la creación de mejores infraestructuras. Seis países muy poblados —Congo, Gambia, Ghana, Kenia, Sierra Leona y Zambia— gastan más en el servicio de la deuda externa que en sanidad y educación juntas. Esta es una prueba más del desprecio por los pueblos que lucharon para acabar con el colonialismo, pero que siguen siendo vistos por los poderosos —a pesar de su liberalismo superficial— como inferiores y más débiles.

 

El lugar donde se encontraba la Njwaxa Leatherwork Factory, en el pueblo de Njwaxa, cerca de Middledrift, en el Cabo Oriental (Fundación Steve Biko).

 

Una de las razones por las que la oficina de Johannesburgo (Sudáfrica) del Instituto Tricontinental de Investigación Social ha invertido una gran cantidad de energía en la excavación de las historias de lucha, es para dejar constancia de la lucha por la libertad liderada por las personas negras en el sur de África. Han retrocedido en el tiempo para contarnos la historia del Sindicato de Trabajadores Industriales y Comerciales (ICU por sigla en inglés) de 1919 a 1931, antecesor del movimiento sindical moderno en Sudáfrica (dossier nº 20, septiembre de 2019). Nos han hablado de la evolución de la política sudafricana contemporánea (dossier nº 31, agosto de 2020) y del movimiento contemporáneo de residentes de barracas —Abahlali baseMjondolo— y de su dominio en el imaginario de los pobres del país (dossier nº 11, diciembre de 2018). Estos documentos han sido acompañados por dossiers sobre el impacto de poderosos teóricos sociales de las insurgencias africanas y las pedagogías de los pobres ofrecidas a través de la obra de Frantz Fanon (dossier nº 26, marzo de 2020) y Paulo Freire (dossier nº 34, noviembre de 2020), cuyo centenario celebramos este año. Cada uno de estos textos trabaja para construir un archivo de la lucha negra contra los regímenes del odio.

El dossier nº 44 (septiembre de 2021) se titula Programas de la Comunidad Negra: La manifestación práctica de la filosofía de la conciencia negra. Estos Programas de la Comunidad Negra (BCP) funcionaron de 1972 a 1977, y fueron fundados y dirigidos por sudafricanxs negrxs para promover la causa de la comunidad negra. Todos y cada uno de ellos fue clausurado por el régimen del apartheid. El BCP incluía proyectos de bienestar comunitario, arte negro, teología negra y educación descolonizada. Un área clave del BCP era el desarrollo de la salud de los sudafricanos negros, conscientemente descuidada por la sociedad. Proyectos como el Centro de Salud Comunitaria Zanempilo (Cabo Oriental) y Solempilo (Durban, KZN) llevaban los objetivos reflejados en sus nombres: zanempilo significa ‘el que trae la salud’ y solempilo significa ‘ojo de la salud’. Ambos fueron clausurados por el régimen del apartheid cuando prohibió todos los grupos de Conciencia Negra en octubre de 1977.

 

Steve Biko (cuarto por la derecha, con gorra) en la sección no europea de la Facultad de Medicina de la Universidad de Natal, en Durban, el 5 de abril de 1969 (Lindiwe Edith Gumede Baloyi).

 

El BCP surgió en el contexto de una intensa resistencia popular al régimen racista del apartheid en Sudáfrica, resistencia que no se desmoralizó con la prohibición del Congreso Nacional Africano y el Congreso Panafricanista, sino que desembocó en la formación de la Organización de Estudiantes Sudafricanos (SASO) en 1968. La SASO estaba dirigida por Steve Biko (1946-1977), quien dio forma a la filosofía de la Conciencia Negra y quien fue asesinado en las brutales celdas del gobierno racista. Las ideas de Biko sobre la Conciencia Negra eran amplias. Tenía un profundo sentido de que había que afirmar la dignidad negra y desarrollar el liderazgo negro para establecer una verdadera igualdad en el futuro. A lxs sudafricanxs negrxs no se les podía regalar la libertad; tenían que aprovecharla, alimentarla y construirla.

 

Calle Charlotte Maxeke (antes calle Beatrice) en Durban, 2021 (Nomfundo Xolo).

 

Biko definió la Conciencia Negra precisamente como una ideología que

busca dar optimismo en la perspectiva del pueblo negro a sus problemas. Se basa en la idea de que el “odio a los blancos” es negativo, aunque comprensible, y conduce a métodos precipitados y disparados que pueden ser desastrosos tanto para los negros como para los blancos. Trata de canalizar las fuerzas reprimidas de las masas negras enfurecidas hacia una oposición significativa y direccional, basando toda su lucha en las realidades de la situación. Quiere asegurar una unidad de propósito en las mentes de los negros y hacer posible la implicación total de las masas en una lucha esencialmente suya.

No se trata de un afropesimismo ni de una fútil desesperación de lxs afrodescendientes, ni de una declaración de separatismo negro. Se trata más bien de la síntesis más profunda de una política de la dignidad humana y de una política del socialismo.

 

En 2006, el periodista Niren Tolsi habló con el poeta Mafika Pascal Gwala (1946-2014) y le preguntó por el significado de la Conciencia Negra en su vida. “No tomamos la Conciencia Negra como una especie de Biblia”, dijo Gwala a Tolsi. “Solo era una tendencia, que era necesaria porque significaba aportar lo que la oposición blanca [al apartheid] no podía aportar a la lucha. La Conciencia Negra aportó mucho a la lucha”. El movimiento de la Conciencia Negra —junto con el comunismo sudafricano (como se documenta en el nuevo y monumental libro de Tom Lodge, Red Road to Freedom, 2021) y el movimiento sindical que surgió de las huelgas de Durban en 1973— ciertamente incorporó a las masas a la lucha contra el apartheid de una manera que la oposición blanca no pudo; pero también aportó la sensibilidad de la valía, de ser digno de la vida humana, de hacer de la lucha por la libertad algo preciso y valioso para la dignidad de la existencia y no una abstracción.

Esa búsqueda de la dignidad define la poesía de Gwala, cuyos poemas de Soweto bullen de deseos de libertad:

Nuestra historia se escribirá
en las puertas de las fábricas
en las oficinas de desempleo
en las colas chamuscadas de
bocas moribundas

Nuestra historia será nuestras alegrías
nuestras penas
nuestras angustias
garabateadas en sucios baños de tercera clase

Nuestra historia serán las figuras distorsionadas
y los eslóganes amargos
que decoran los muros de nuestros guetos
donde las flores no encuentran paz suficiente para crecer.

Cordialmente,

Vijay