Un legado estratégico: el pensamiento revolucionario del Comandante Chávez a 10 años de su partida

Dossier no. 61

 

Las imágenes de este dossier son de la Tercera Asamblea Continental de ALBA Movimientos, celebrada en Argentina en 2022, y que reunió a más de 300 delegados de 20 países. El vídeo para el que se produjeron inicialmente estas imágenes presenta un montaje de personas en la conferencia que sostienen los “ojos de
Chávez” frente a sus rostros. La famosa imagen apareció por primera vez en 2012, durante la última campaña presidencial de Hugo Chávez: unos ojos estilizados colocados sobre un fondo rojo, con su firma y una estrella negra en la esquina, sin propaganda electoral a la vista. Los ojos de Chávez afirman su presencia entre el pueblo, la protección del país y la visión de futuro. La icónica imagen se ha reproducido desde entonces en carteles, camisetas, fachadas de edificios y grafitis callejeros, convirtiéndose en un símbolo popular del chavismo que ha perdurado más allá de su propia vida. Como en el vídeo (producido por Comuna AV), la gente sigue sosteniendo esta imagen incluso una década después de su partida para declarar colectivamente que Chávez vive en el pueblo.

 

Logos of The Tricontinental Institute and Chris Hani Institute

Una colaboración con el Instituto Simón Bolívar

 

 

1. Prólogo

 

Instituto Simón Bolívar

Hugo Chávez surgió en la historia de Venezuela, del Sur Global y del movimiento revolucionario internacional cuando más se afianzaba la tesis de que las disputas ideológicas habían acabado en el mundo, la historia había llegado al fin decretado por Fukuyama y la única vía hacia el progreso de la humanidad era la que imponía el unilateralismo de los Estados Unidos. Lejos de haber terminado, sin embargo, la historia tenía un importante papel para el pueblo venezolano, que se alzó contra el neoliberalismo en 1989 y está construyendo el proyecto de un Socialismo para el siglo XXI.

Reflexionando acerca de la importancia del líder para un proceso revolucionario, el historiador E.H. Carr, señalaba que Lenin ganó el apoyo del Partido Bolchevique no por retórica, sino por su capacidad de persuadir y presentar argumentos de manera clara y de tener un “dominio magistral único de la situación” (1985 [1950]: 82). Destacaba a su vez, la claridad de visión de Lenin apuntando hacia su capacidad de interiorizar los intereses de la clase trabajadora y confiar en el potencial que tenía ésta para tomar el poder. Se podría decir que el papel de Hugo Chávez en la Revolución Bolivariana fue precisamente ese: utilizó su capacidad para interpretar las necesidades y las aspiraciones de las masas venezolanas y confió en los poderes creadores del pueblo venezolano.

Chávez encabezó un proceso social que no sólo reivindica su propia tradición anticolonial al renovar el pensamiento de Simón Bolívar: la lucha por la independencia, la lucha por la unidad de la nación latinoamericana y la lucha por la justicia social, sino que también rescata las luchas históricas de los pueblos durante el siglo XX contra el imperialismo estadounidense que, con base en su doctrina Monroe, que pretendía hacer de Nuestra América, parte de su dominio. Bajo la orientación de Hugo Chávez, un proceso popular latinoamericano desafía a la avalancha neoliberal:

  1. Haciendo un llamado a la recuperación de la soberanía nacional sobre los recursos y sobre las decisiones de la nación.
  2. Promoviendo la unidad e integración regional para confrontar conjuntamente los desafíos de la historia.
  3. Poniendo en marcha un proceso pedagógico para contrarrestar el consenso manufacturado de los grandes medios y democratizar las comunicaciones.
  4. Apostando por una democracia con participación directa y protagónica donde el pueblo es agente de su propia transformación.
  5. Y consolidando el carácter popular de las Fuerzas Armadas dentro de la Revolución para garantizar la defensa integral del proyecto a través de la unión cívico-militar.

Chávez fortalece el proyecto revolucionario venezolano, en cuyas raíces estaba la premisa bolivariana de la independencia, por sobre todas las cosas; el concepto robinsoniano de la “originalidad” de América, es decir, la necesidad de encontrar fórmulas nuestras y no importadas ni impuestas de cómo debe regirse nuestra sociedad; y el principio igualitario, de democracia popular, contenido en el lema de Ezequiel Zamora: “¡Tierras y hombres, libres! ¡Horror a la oligarquía!”. Ya reconstruido el camino para la defensa del interés nacional y de la lucha contra el neoliberalismo, Chávez toma el rumbo del “Socialismo del Siglo XXI” donde a los elementos de las luchas históricas de la clase trabajadora en el siglo XX, se le agregan elementos propios de la realidad actual venezolana y latinoamericana: una dimensión feminista, ecologista, protagónica y con una espiritualidad fundada en las tradiciones ancestrales y en la teología de la liberación.

En la práctica, Chávez encabezó un proceso político que recobró su identidad propia y la revalorizó, que se apoderó de sus amplios recursos para demostrar que sí es posible construir otra sociedad donde los aspectos básicos de la vida humana no sean tratados necesariamente como mercancía. La salud, la alimentación, la vivienda, el acceso a la tecnología, al deporte y hasta a la cultura, en el marco de las misiones sociales creadas por Hugo Chávez, le dieron un nuevo sentido a la vida social venezolana y una nueva esperanza a las fuerzas populares que permitió la creación de las comunas como el horizonte de una utopía concreta y alcanzable en lo local junto con la visión de un mundo pluripolar donde la cooperación y la complementariedad, en un marco de respeto a la diversidad, pudieran ordenar las relaciones internacionales y promover lo que Bolívar llamaba “equilibrio del universo”.

Hugo Chávez se convirtió en un objetivo estratégico para las fuerzas del imperialismo y del capital financiero internacional. Bajo el gobierno de Bill Clinton, intentaron cooptarlo y al entender la fortaleza de sus convicciones y su liderazgo, el gobierno de George W. Bush intentó derrocarlo con el clásico golpe de Estado que no logró materializarse porque el propio pueblo venezolano salió a su rescate, arriesgándolo todo. Un gobierno Obama que buscaba lavarle el rostro a la sanguinaria Guerra contra el terrorismo optó por mecanismos más encubiertos de desestabilización y confió en que su desaparición física constituiría el fin de su liderazgo. Sin embargo, parte del legado de Hugo Chávez fue haberle dejado una dirección colectiva a la Revolución Bolivariana que hoy, bajo Nicolás Maduro y las fuerzas revolucionarias y populares de Venezuela, ha logrado más de una década de resistencia a la agresión más fuerte que haya recibido el país en lo económico y en lo social en toda su historia. La estrategia de máxima presión implementada por Trump, destinada precisamente a destruir todo el bienestar social que había construido la Revolución, chocó contra la resiliencia y la convicción revolucionaria del pueblo venezolano que aún se inspira en el liderazgo de Hugo Chávez.

La izquierda a nivel mundial enfrenta enormes desafíos. Al colapsar el muro de Berlín, colapsó también, en muchas organizaciones y estructuras la fe en la capacidad transformadora de los pueblos. El legado estratégico de Hugo Chávez fue haber entendido esa crisis, haber confiado en la capacidad transformadora del pueblo y haber emprendido una comunicación directa, desde su programa ¡Aló, Presidente! hasta su cuenta de Twitter, con el pueblo venezolano y mostrar unidad de principios, empatía, solidaridad y coraje frente al gran desafío de salvar la humanidad y el único planeta que tenemos. Hugo Chávez mostró que la historia la hacen los pueblos tomando el poder y venciendo el dogmatismo, el divisionismo y la resignación.


 

2. Orígenes del pensamiento estratégico de Hugo Chávez

En Sabaneta, estado de Barinas, en lo profundo de los llanos venezolanos, nació el hombre que partió en dos la historia reciente de América Latina y el Caribe. Hugo Chávez, hijo de dos maestros de educación primaria, fue militar, impulsó la transformación de Venezuela desde sus profundidades y construyó, con bases ideológicas que perduran hasta el día de hoy, una Revolución Bolivariana que sigue en pie a pesar de haber visto partir hace 10 años a su líder natural.

 

Ingreso al Ejército y construcción del MBR-200

Comprender el pensamiento estratégico del comandante Chávez implica involucrarnos en las raíces que lo erigieron. A sus 28 años, ya siendo miembro del ejército —y con el antecedente del Ejército Bolivariano Revolucionario 2000, pensado como proyección a ese año (Harnecker, 2003: 118)— impulsó junto a sus compañeros la conformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) en homenaje a los 200 años del natalicio del padre de la Patria, Simón Bolívar (1783-1830), con el objetivo de reformar el Ejército e iniciar el camino para construir una nueva República en Venezuela.

En palabras del comandante Chávez, se planteaba desde el primer momento “una revolución, una transformación política, social, económica y cultural inspirada en el planteamiento de Bolívar” (Cabieses, 2005) que se fue complejizando hasta consolidar el sostén ideológico que tuvo la denominación en primer momento de El árbol de las tres raíces, y que después se oficializaría como el Sistema EBR (Ezequiel-Bolívar-Rodríguez) desarrollado en detalle en El libro azul, texto que agrupa las principales tesis históricas, ideológicas y políticas del proceso por iniciar.

En el mismo, Chávez describe los tres ejes ideológicos fundamentales del proyecto bolivariano:

“Existe entonces, compatriotas, una sola y poderosa razón: es el proyecto de Simón Rodríguez, El Maestro; Simón Bolívar, El Líder; y Ezequiel Zamora, El General del Pueblo Soberano; referencia verdaderamente válida y pertinente con el carácter sociohistórico del ser venezolano, que clama nuevamente por el espacio para sembrarse en el alma nacional y conducir su marcha hacia la vigésimo primera centuria” (2013: 43).

 

Simón Rodríguez y la raíz robinsoniana

 Nacido en Caracas, Simón Rodríguez (1769 – 1854) fue un educador, filósofo y tutor de Bolívar. Acompañó al Libertador en el histórico Juramento del Monte Sacro y fue fundamental en la creación de su pensamiento original. Los principales aportes de Simón Rodríguez —también conocido con su seudónimo Samuel Robinson— fueron más allá de los límites pedagógicos y forjaron en sus alumnos la urgencia de la creación del pensamiento original como respuesta a la repetición y copia que proponían entonces tutores de método tradicional.

La principal preocupación de Simón Rodríguez era la creación de las repúblicas americanas, para las cuáles la formación de nuevos ciudadanos y ciudadanas era un requisito fundamental, llevando a un lugar central la educación de ellas y ellos. Con este objetivo independentista y profundamente político, Rodríguez desarrolló un método centrado en el trabajo como herramienta y categoría pedagógica, a partir de la noción de igualdad como principio de la nueva sociedad, y del rol que cumplía en el proceso pedagógico la experiencia que cada persona aportaba para la creación de nuevo conocimiento que construiría las nuevas repúblicas.

En ese sentido, Rodríguez desarrollaba una visión de la educación como un derecho humano, que debía ser garantizado en las futuras repúblicas nacientes para la conformación de ciudadanos y ciudadanas que no solo estuvieran prestos a la creación de las nuevas repúblicas, sino que lo hicieran de una forma original, lejos de recetas o preceptos europeos que reproducirían la lógica colonial. En suma, para Rodríguez el proceso pedagógico debía ser inminentemente creador y original, como afirmaba en su máxima: “inventamos o erramos” (Rodríguez, 2004 [1842]: 138).

 

Simón Bolívar y la raíz bolivariana

 El desarrollo del proyecto bolivariano y sus principales características son el nodo central del pensamiento del comandante Chávez. Son numerosas las dimensiones del pensamiento bolivariano que se encuentran en el desarrollo de la Revolución venezolana, y que forjaron las claves del proyecto. Simón Bolívar, prócer y Libertador, impulsó el proyecto de emancipación de la corona española de mayor envergadura en el continente.

En su pensamiento, entre cientos de rasgos, se destacan como fundamentos de la raíz bolivariana del proceso impulsado por el comandante Chávez las ideas de independencia e unidad continental como estrategia contra el imperio español, donde resalta la idea de libertad e igualdad humana heredada de la Revolución Haitiana respecto a la abolición de la esclavitud, pero que iban mucho más allá. El principal propósito bolivariano, central para el proyecto venezolano, fue la transformación de la lucha anticolonial por la independencia en un proceso revolucionario que incluyera cambios democráticos que transformara las condiciones materiales y concretas de las masas populares, y que permitieran construir Estados independientes de mujeres y hombres libres.

 

Ezequiel Zamora y la raíz zamorana

Ruidosa para la oligarquía venezolana, la ideología zamorana estremeció la estructura social del siglo XIX, ya que apuntaba a la raíz del conflicto social fundamental de Venezuela, y evidenciaba la desigualdad y la exclusión que sufrían las mayorías populares. Ezequiel Zamora, dirigente popular nacido en 1817 en Cúa, estado de Miranda, participó en numerosos combates campesinos como la insurrección de 1846 donde acuñó su histórica consigna de Tierras y hombres libres y donde ganó el nombramiento como “General del pueblo soberano” (Cordero Negrín, 2004: 34).

Combatió contra la oligarquía en la Guerra Federal, por el derecho del campesinado a una distribución equitativa de la tierra y exigiendo la distribución general de la riqueza sin la cual no habría real emancipación popular ni igualdad social. En palabras del presidente Nicolás Maduro “Chávez trae al General del Pueblo Soberano al presente para darle continuidad al combate social, a la batalla por la igualdad, por un país real y verdaderamente de iguales” (Chávez, 2013: 26).

 

Del MBR 200 al MVR, y la refundación de la Patria.

 Con el MBR-200, y el árbol de las tres raíces presentes en su deber con la patria, Chávez organizó el intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 que abriría una nueva etapa en la historia política venezolana. A pesar de su fracaso, y posterior a su libertad, Hugo Chávez redobló la apuesta por la transformación de la patria que había prometido al Libertador, e impulsó la creación del Movimiento V República, una coalición entre partidos de izquierda, para conseguir con este el instrumento político electoral que le permitiera llegar al Palacio de Miraflores.

Fiel a sus principios del Sistema EBR, el Comandante desde el primer momento avanzó con su prioridad puesta en la transformación de la patria, que hasta entonces tenía una constitución que garantizaba la desigualdad, la exclusión y que ocasionó la crisis de representación que caracterizó a Venezuela durante las décadas de 1980 y 1990, y que llegó su punto más visible con el Caracazo de febrero de 1989.  Así, desde el primer momento propuso una Asamblea Nacional Constituyente para refundar el país, que convocó apenas tomó juramento como presidente, y que, una vez aprobada en el referéndum consultivo, inició un año de debates en fábricas, universidades, espacios barriales, campesinos, asambleas populares, entre otros espacios de democracia popular.

 

 

3. Pensamiento estratégico (1992 – 2013)

 A partir de estas tres raíces podemos ver en el pensamiento estratégico del comandante Chávez un movimiento dialéctico, complejo, que reconoce y elabora a partir de la realidad concreta del pueblo venezolano. Por esto, el pensamiento estratégico de Chávez no es de ninguna manera una receta o una elucubración teórica, sino un pensamiento vivo, cabalmente revolucionario, que va marcando mojones y superando dificultades prácticas. Chávez nos ha dejados varios ejes de su pensamiento estratégico

 

Estrategia política: Una nueva república producto de un nuevo tipo de democracia

 Las consecuencias del modelo neoliberal en Venezuela llevaron a una profunda crisis de representatividad donde el pueblo, con cada vez mayores niveles de pobreza y desigualdad, no se encontraba representado en las estructuras democráticas vigentes hasta entonces. Fue precisamente esta crisis la que el comandante Chávez ubicó como motor para avanzar con el proceso constituyente, pues como había señalado Rodríguez, y lo habían hecho Bolívar y Zamora, había una urgencia de crear algo nuevo, soberano, independiente y popular.

En la discusión sobre la constitución, y la redacción de la nueva carta que daría nacimiento a la República Bolivariana de Venezuela, se propuso entonces una transformación radical de la concepción de democracia, pasando de una meramente representativa a una popular y participativa. En este modelo el pueblo —latente, vivo y protagonista— es el real poder constituyente originario. En ese marco, las estructuras institucionales y el gobierno debían ser siempre democráticos, participativos, y descentralizados.

Siguiendo la visión zamorana y robinsoniana, la constitución propuso un nuevo tipo de relación entre lo que hasta entonces eran sectores sociales dominantes y dominados, y un nuevo tipo de Estado y de sociedad que no se basara más en la subordinación y la explotación de las mayorías. A partir de esa nueva concepción de Estado —que más tarde se propondría como Estado comunal— las instituciones caminan junto a la población organizada, que se comprende como parte de la nueva propuesta democrática: no hay instituciones sin pueblo, que es el verdadero protagonista de su proceso.

El rol de las instituciones debe ser entonces el de facilitar, abrir canales, e instrumentar lo necesario para garantizar el desarrollo de estos procesos ascendentes. Y el rol del constituyente primario, el pueblo como un cuerpo colectivo, no es el de aplaudir o repudiar el accionar de una élite, sino de diseñar y tomar decisiones comunes con la propia capacidad su propio destino, que es original como señaló Rodríguez, soberano como señaló Bolívar, y popular como señaló Zamora. Con los años, a este proceso el mismo comandante Chávez lo bautizaría como socialista.

Con el desarrollo de la nueva constitución, y la creación de la República Bolivariana, estos principios del Sistema EBR empezarían a materializarse en una serie de iniciativas concretas que emanaban de los procesos democráticos nacidos en los sectores populares, que fueron encontrando una infraestructura y unas posibilidades claras en esta relación de nuevo tipo con las instituciones gubernamentales. Ejemplos de esto son las misiones impulsadas entre el gobierno y los sectores organizados que se capilarizaban en los sectores populares y responden a las propias necesidades surgidas en ellos. Algunas de las más conocidas son la Misión Robinson encargada de eliminar el analfabetismo a nivel nacional, o la Misión Barrio Adentro, con médicos/as brigadistas internacionales, especialmente de Cuba, que desarrollaban la visión de la medicina preventiva y que hoy impulsan profesionales venezolanos.

Un paso más en el camino por la transformación fue el impulso durante el segundo gobierno del Comandante de un Estado distinto al burgués, y propuso la Ley Orgánica de los Consejos Comunales (2009), con una serie de estructuras de administración en los Consejos (comunales, ciudades comunales, trabajadores, estudiantes, campesinos/as, mujeres), que puedan “ejercer directamente la gestión de las políticas públicas y proyectos orientados a responder a las necesidades y aspiraciones de las comunidades” con la finalidad de construir una “sociedad de equidad y justicia social”.

 

Estrategia económico-social: del humanismo radical al socialismo comunal

En el desarrollo del pensamiento y la acción, Hugo Chávez fue forjando una mirada programática de transformación social, económica, política y cultural para Venezuela. Desde sus años en la escuela militar la preocupación por un cambio social en su país estaba latente. La conformación misma del movimiento MBR-200 implicaba una mirada de justicia social y de ampliación de derechos de acuerdo con las necesidades del pueblo que el neoliberalismo reinante no podía contener.

Para resumir, podemos pensar en cuatro momentos el aporte de Chávez a la estrategia de desarrollo económico y social: el momento antineoliberal, el momento nacionalista radical, el momento socialista del siglo XXI y, por último, el momento del socialismo comunal.

El primer momento, coincide con una reflexión sistemática de parte de Chávez en los años que comienza a estudiar un posgrado Ciencias Políticas. Como él mismo reconoce en diálogo con Ignacio Ramonet, esta necesidad de formación surgió de una comprensión cabal del neoliberalismo instrumentado por Carlos Andrés Pérez en Venezuela. El plan llamado El Gran Viraje expresó para Chávez “(…) aquello que el capitalismo hegemónico mundial y el Fondo Monetario Internacional impusieron, a través de un severo plan de ajuste estructural que acabó provocando una protesta popular y la explosión del Caracazo” (Ramonet, 2018: 325).

En este contexto Chávez comienza a desarrollar una serie de discusiones acerca de la transición, la planificación y los modelos de desarrollo posibles para Venezuela sumados a la estrategia de unidad cívico-militar para desarrollar este programa. En buena medida estos elementos fueron incluidos en el Proyecto Nacional Simón Bolívar de 1992 que incluía, entre otros elementos, la perspectiva de una reducción del costo de vida; la creación de empleo productivo a través de la construcción de vivienda, reforestación, saneamiento ambiental, agricultura, etc.; lograr autoabastecimiento alimentario, y desarrollar una integración de la economía solidaria mediante una red de cooperativas dentro de un esquema de nuevas formas económicas (Chávez, 1992, citado por Serrano Mancilla, 2014).

El desarrollo posterior de la planificación estratégica de las áreas económica y social de Hugo Chávez seguiría profundizando estos elementos para pensar la transición necesaria y posible a partir de las condiciones concretas de Venezuela, sobre todo en la prisión del Yare luego de la rebelión del 4 de febrero de 1992 que no cumplió los objetivos que se había planteado. Así, el primer momento de la estrategia de Chávez en lo que se refiere al programa económico-social es una propuesta que, necesariamente, rechace de plano el neoliberalismo y de esta manera empalme con el sujeto popular articulado alrededor del Caracazo. Pensamiento y acción. Estrategia y lectura del proceso histórico concreto.

Luego de los años de cárcel, con la creciente popularidad de su figura y su liderazgo, Chávez comienza a desarrollar el segundo momento de su pensamiento estratégico en el plano económico-social: el momento del nacionalismo radical. Contrariamente a las miradas del nacionalismo burgués, el desarrollo de este momento nacionalista radical va de la mano de la convicción de fundamentar las alianzas entre los países del Sur, en particular de la región latinoamericana, para lograr una transición antineoliberal. Claramente, este momento del pensamiento y la acción estratégica de Hugo Chávez Frías estuvo marcada por su encuentro con Fidel Castro en La Habana en 1994, como así también por el desarrollo de un tejido de organización popular cada vez más denso en Venezuela donde su figura como líder de esa organización crecía rápidamente.

Desde estos intensos días en La Habana hasta sus primeros días de gobierno, el comandante Chávez presenta con más detalle una agenda económica y social de carácter nacionalista radical que será la base del siguiente momento de radicalización de su pensamiento estratégico. El 22 de julio de 1996, Chávez hizo público el documento titulado Agenda Alternativa Bolivariana. Esta propuesta incluye todos los elementos fundamentales que aparecerán en el programa electoral de 1998 que, tal como lo menciona Serrano Mancilla (2014), constituía toda la heterogeneidad del pensamiento estratégico de Chávez.

En este texto, se plantea con claridad la articulación del momento anterior (antineoliberal) con el nuevo momento de la propuesta nacionalista radical “¿cómo puede pensarse, por ejemplo, que solucionar el déficit fiscal puede ser más urgente que acabar con el hambre de seres humanos? (…) ante la ofensiva neoliberal, entonces, surge aquí y ahora un arma para la contraofensiva total (Chávez, 2014a: 23-24).

 

 

Además, el planteo en este programa aborda la salida del proyecto neoliberal y la construcción de una alternativa integral “(…) A través de un enfoque humanístico, integral, holístico y ecológico” (Chávez, 2014a: 24). Allí se plantea además la necesidad de recurrir al poder constituyente para llevar adelante una refundación del poder nacional en todas sus facetas. El análisis que lleva a esta necesidad histórica para Chávez y el movimiento popular, es que el gobierno de Rafael Caldera continuó, más allá de sus promesas previas, en la línea general del Consenso de Washington y su decálogo. Los resultados más evidentes de esta continuidad neoliberal fueron la multiplicación de la pobreza y la desigualdad y la extranjerización y desnacionalización de la economía. Por ello, el programa nacionalista radical expuesto en la Agenda Alternativa Bolivariana intenta construir un nuevo sentido común epocal a partir del fortalecimiento del Estado en comunión con una movilización popular permanente; al tiempo que buscó elaborar una narrativa que pudiera dar cuenta de la agudización de los conflictos sociales en el neoliberalismo (Wainer, 2020: 56).

En términos más concretos, la transición hacia un desarrollo diferente al propuesto por el Norte Global, parte de una serie de puntos clave que son resaltados por Serrano Mancilla (2014) y que serán nuevamente radicalizados en años posteriores:

  • Un Estado fuerte, democratizado y que regule el poder de mercado.
  • Propiedad y control estatal-nacional de la producción petrolera.
  • Desarrollo económico humanista y autogestionario basado en un esquema de cinco sectores: empresas básicas estratégicas en régimen de propiedad estatal, bienes de consumo esenciales en régimen mixto, banca y finanzas en régimen mixto y gran industria esencialmente privada.
  • Educación, cultura, ciencia y tecnología como parte de un proyecto autónomo e independiente, en línea con las ideas de Simón Rodríguez.
  • Una renegociación de deuda externa donde se logren mayores niveles de soberanía nacional.
  • Equilibrios macrosociales que permitan el desarrollo humano integral de la población de Venezuela.
  • Una propuesta de desarrollo productivo con un cambio hacia mayor democratización económica.

Estos elementos marcan un programa a contracorriente del neoliberalismo y también de muchas de las opciones que tibiamente se enmarcaban unos años antes en “la tercera vía”. Es aquí donde podemos ver los pilares de un nuevo momento que será desarrollado a partir de 2005-2006 y luego sintetizado con toda claridad en el Plan de la Patria y el socialismo comunal. Luego del triunfo electoral, la conformación de un “Estado de las Misiones” fue la característica distintiva del período y las formas que adoptó la política económica y social implementada por el Gobierno Bolivariano. Hugo Chávez desarrolla esta propuesta de Misiones sociales a partir, por un lado de las diferentes limitaciones burocráticas del Estado heredado, y por otro, de una gran vocación de resolución de los problemas más acuciantes del pueblo. A los problemas de pobreza, pobreza extrema, analfabetismo, salud, cultura, capacitación, vivienda, entre otras cuestiones, se les comenzó a dar respuesta desde el año 2004 a partir del Sistema Nacional de Misiones Sociales Bolivarianas. Una respuesta integral, participativa, solidaria y que logró tensionar fuertemente la estructura centralizada y burocrática del Estado burgués. A decir de Chávez, las misiones son:

Componentes fundamentales del nuevo Estado Social, el nuevo Estado Social de derecho y de Justicia, los que estaban excluidos ahora están incluidos juntos a todos: estudiando, capacitándose, organizándose, trabajando con una nueva cultura, con una nueva conciencia, porque las misiones están generando una nueva realidad, incluso en el orden cultural, incluso en el orden psicológico, en el orden ideológico y en el orden filosófico, además de la realidad concreta y práctica que están generando: en lo social, en lo económico, en lo educativo (Chávez, 2004: 5, citado en Hurtado, 2018).

Precisamente, las reflexiones sobre las misiones y la capacidad de organizar en términos prácticos la satisfacción de necesidades populares con el proyecto estratégico de desarrollo para Venezuela, conduce, luego del triunfo en el referéndum revocatorio del 15 de agosto de 2004, a que Hugo Chávez ensaye un escalón más hacia la formulación de un proyecto de transformación radical para Venezuela y para toda América Latina. En el marco del Foro Social Mundial de Porto Alegre del año 2005, el Comandante plantea con toda claridad que la alternativa al neoliberalismo, al proyecto del imperio, es el Socialismo del Siglo XXI. Después de una noche para el pensamiento revolucionario en América Latina, nuevamente el genio de Chávez logró romper los límites de las miradas posmodernas y proponer un concepto que unificaba la estrategia de construcción de una sociedad justa e igualitaria, aprendiendo de los errores cometidos antes y sin manuales.

Hay una sistematización que realizan Molina, Roloff y Madrid (2018) que da cuenta de las principales dimensiones que incluye la mirada de Chávez sobre el Socialismo del Siglo XXI, que excede con mucho las miradas de los autores que proponían en esos tiempos esta categoría. De las que aquí nos interesan, podemos ver que la dimensión de la economía popular y solidaria como uno de los fundamentos del Socialismo del Siglo XXI impulsado por Chávez:

Aquí hemos iniciado experimentos como el impulso al cooperativismo y al asociativismo, a la propiedad colectiva, a la banca popular y núcleos de desarrollo endógeno, etc. Se trata de dejar atrás la lógica de funcionamiento perverso del capitalismo. Son válidas muchas experiencias como la autogestión y cogestión, la propiedad cooperativa y colectiva, etc. Estamos poniendo en marcha un ensayo de empresas de producción social y unidades de producción comunitaria (p. 238)

Por último, el momento de mayor radicalidad, toma estos elementos de la estrategia socialista del siglo XXI y los profundiza en un programa socialista de desarrollo de largo plazo en el llamado Plan de la Patria. Todas y cada una de las dimensiones que hacen al desarrollo humano en términos integrales están incluidas en este programa. El Plan se plantea 5 objetivos estratégicos (Plan de la Patria, 2013):

  • Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años: la independencia nacional.
  • Continuar construyendo el socialismo bolivariano del siglo XXI, en Venezuela, como alternativa al sistema destructivo y salvaje del capitalismo y con ello asegurar la “mayor suma de seguridad social, mayor suma de estabilidad política y la mayor suma de felicidad” para nuestro pueblo.
  • Convertir a Venezuela en un país potencia en lo social, lo económico y lo político dentro de la Gran Potencia Naciente de América Latina y el Caribe, que garanticen la conformación de una zona de paz en Nuestra América
  • Contribuir al desarrollo de una nueva geopolítica internacional en la cual tome cuerpo un mundo multicéntrico y pluripolar que permita lograr el equilibrio del universo y garantizar la paz planetaria.
  • Preservar la vida en el planeta y salvar a la especie humana.

 

 

Este es el legado político-estratégico de Hugo Chávez, pero a su vez, hay un elemento que consideramos clave: la radicalización socialista que Chávez construyó con su pensamiento y acción tiene un hito muy importante en la propuesta que ya mencionamos de una nueva organización territorial, económica, política y militar que son las comunas. La transformación por abajo del Estado burgués desde la misma estructura estatal es una novedad y a su vez una apuesta de gran alcance para pensar proyectos emancipatorios a escala nacional.

 

Estrategia regional: Patria Grande, integración de gobiernos y pueblos a través del Socialismo del Siglo XXI

El siglo XXI, para nosotros, es el siglo de la esperanza. Es nuestro siglo. Es el siglo de la resurrección del sueño bolivariano, del sueño de Martí, del sueño latinoamericano.

Hugo Chávez Frías, discurso pronunciado en la Universidad de La Habana, 14 de diciembre de 1994.

La política exterior de Hugo Chávez tuvo una orientación clara desde el inicio de su gobierno, pero es justo decir que, en verdad, esta perspectiva estaba presente al menos desde la presentación internacional del proyecto bolivariano.

En la cúspide de la década neoliberal, y cuando los efectos de las políticas de ajuste todavía no daban señales de agotamiento en el continente, el 14 de diciembre de 1994, el teniente coronel Hugo Chávez Frías fue recibido en la Universidad de La Habana por Fidel Castro. Con los años, este encuentro adquirió un lugar clave en la historia de la región. Entre otras cosas, porque se pueden recoger aquí los análisis que sustentaban el diagnóstico y las ideas que luego serían políticas de Estado.

Allí Chávez comentaba que no esperaba el trato otorgado a su persona por Fidel y hablaba sobre sus esperanzas de merecerlo en el futuro que imaginaba:

Anoche, cuando recibí la inmensa y agradable sorpresa de ser esperado en el aeropuerto internacional José Martí por él mismo en persona, le dije: ‘Yo no merezco este honor, aspiro a merecerlo algún día en los meses y en los años por venir’. Lo mismo les digo a todos ustedes, queridos compatriotas cubano-latinoamericanos: algún día esperamos venir a Cuba en condiciones de extender los brazos y en condiciones de mutuamente alimentarnos en un proyecto revolucionario latinoamericano, imbuidos, como estamos, desde siglos hace, en la idea de un continente hispanoamericano, latinoamericano y caribeño, integrado como una sola nación que somos (Hugo Chávez Frías, citado en Elizalde y Báez, 2005: 110).

Apenas tres días antes había concluido en Miami la primera Cumbre de las Américas. Impulsada con el objetivo histórico de consolidar y extender el dominio de EE. UU. a través de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la cumbre había tenido un solo estado nación americano ausente. Cuba había sido expulsada de la OEA en 1962, bajo el argumento de no respetar la democracia liberal occidental que tampoco respetaba por esas épocas las dictaduras militares protegidas por EE. UU. Así, mientras en Miami comenzaba el recorrido organizado para recolonizar el continente, casi en espejo en La Habana se reunieron Fidel y Chávez, acaso solo ellos imaginando lo que nadie a esa altura podía imaginar.

El momento político estaba marcado por la caída del Muro de Berlín, el ascenso de EE. UU. como potencia única tras su victoria en la Guerra Fría y la ofensiva ideológica contra el socialismo. Para ilustrarlo es útil reproducir algunas de las palabras que Fidel Castro dijo en esa oportunidad, previas a las de Chávez:

No había ninguna duda de que para una personalidad como Hugo Chávez la aceptación de esa invitación entrañaba un acto de valentía, porque hoy por hoy no son muchos los valientes en este mundo que se atrevan a aceptar una invitación a venir a Cuba; hasta hay muchos que antes venían a Cuba y ahora andan haciendo piruetas para que se olviden de que alguna vez fueron amigos de la Revolución cubana, o, incluso, para que se olviden de que alguna vez fueron gente de izquierda. En el mero hecho de aceptar la invitación, nosotros veíamos ya un acto de gran valentía (Fidel Castro, en Ibid.: 121).

Nos visita el jefe de un movimiento revolucionario bolivariano –o bolivariano revolucionario que es lo mismo, aquí el orden de los factores multiplica el producto– aquí, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, hablando de sus proyectos patrióticos, de sus proyectos nacionales y hablando de sus proyectos internacionales, de sus proyectos de unidad latinoamericana y caribeña. Y, ¡en qué momento! En el momento en que quizás como nunca hacen falta las ideas de Bolívar y de Martí; en los momentos en que como nunca en este mundo de hegemonismo unipolar nuestros pueblos están amenazados de ser devorados, totalmente devorados por el imperio; en el momento en que se quiere hacer trizas del principio de la independencia y de la soberanía popular, en nombre de esa gran democracia que es la democracia norteamericana, donde apenas el treinta y tantos por ciento de la gente vota (Ibid.: 126).

En medio de uno de los momentos de —al menos aparente— mayor debilidad continental, y cuatro años antes de que Hugo Chávez ganara el gobierno, es interesante repasar el análisis de Fidel en torno al significado histórico de ese encuentro con Chávez, especialmente en su relación en términos estratégicos con la Primera Cumbre en EE. UU.

Otro simbolismo es la respuesta de Chávez acerca de su llegada al país el día 13 [de diciembre de 1994], coincide con que acababa de tener lugar la famosa cumbre de Miami. Nadie lo planificó así, pero quiere el azar de nuevo que se produzca otra cosa realmente simbólica, a 90 millas de Miami: el encuentro del pueblo de Cuba con el movimiento bolivariano revolucionario de Venezuela y de América Latina.

 

 

No se puede hablar de Bolívar sin pensar en todo un continente, sin pensar en toda la América Latina y en todo el Caribe, del cual somos parte nosotros y otros países de habla española, o de habla francesa, o de habla inglesa. Se iba a producir una cumbre de ideas, de las ideas bolivarianas y de las ideas martianas. Y uno se pregunta si Martí y Bolívar hubieran podido ser testigos de la cumbre de Miami, qué pensarían, qué dirían. Y si escucharan las palabras del presidente de Estados Unidos, mencionadas por Hugo Chávez, en que intenta presentar esa cumbre como la realización de los sueños de Bolívar –nada más faltó decir que era también la realización de los sueños de Martí–, ¿qué pensarían Martí y Bolívar de ese tipo de “sociedad para la prosperidad” –creo que se llama ahora así la cosa– que les están proponiendo? Veamos ahí, por eso, otro gran simbolismo, esa coincidencia entre aquella cumbre y las ideas de aquella cumbre, y las ideas de Bolívar y las ideas de Martí (Fidel Castro, en Ibid.: 125-126).

En su réplica, Chávez coincide con la mirada optimista de Fidel, en ese momento tan particular de crisis del socialismo y período especial:

Sin duda que estamos en una era de despertares, de resurrecciones de pueblos, de fuerzas y de esperanzas. Sin duda, Presidente, que esa ola que usted anuncia o que anunció y sigue anunciando en esa entrevista a la que me he referido antes, Un grano de maíz, se siente y se palpa por toda la América Latina (Hugo Chávez Frías, en Ibid.: 111).

Y luego ofrece los elementos centrales de su programa histórico, que va a impulsar con dedicación durante los siguientes dieciocho años, vertiginosos, creativos, de refundación:

En primer lugar, estamos empeñados en levantar una bandera ideológica pertinente y propicia a nuestra tierra venezolana, a nuestra tierra latinoamericana: la bandera bolivariana.

Pero en ese trabajo ideológico de revisión de la historia y de las ideas que nacieron en Venezuela y en este continente hace 200 años, […] en ese sumergirnos en la historia buscando nuestras raíces, hemos diseñado y hemos lanzado a la opinión pública nacional e internacional, la idea de la inspiración en un árbol de las tres raíces [… una de las cuales es] aquel Simón Bolívar que llamaba, por ejemplo, a esa unidad latinoamericana para poder oponer una nación desarrollada como contrapeso a la pretensión del Norte, que ya se perfilaba con sus garras sobre nuestra tierra latinoamericana” (Ibid.: 112-113).

Traemos aquí estas palabras porque entendemos que sintetizan poderosamente el sentido general de las políticas internacionalistas y americanistas impulsadas por la Revolución Bolivariana. En aquella noche de 1994 Chávez ya hablaba de la unidad y la integración latinoamericana y caribeña como condición de posibilidad para la liberación. Lo planteaba así:

Esta pasión que me mueve en esta noche es un proyecto estratégico de largo plazo, en el cual los cubanos tienen y tendrían mucho que aportar, mucho que discutir con nosotros. Es un proyecto de un horizonte de 20 a 40 años, un modelo económico soberano. No queremos seguir siendo una economía colonial. Un modelo económico complementario. Venezuela tiene inmensos recursos energéticos, por ejemplo. Ningún país del Caribe o latinoamericano debería importarle combustible a Europa, ¿por qué? Si Latinoamérica tiene, entre ellos, a Venezuela con inmensos recursos energéticos […].

Un proyecto en el cual no es aventurado pensar, desde el punto de vista político, en una asociación de Estados latinoamericanos. ¿Por qué no pensar en eso, que fue el sueño original de nuestros libertadores? ¿Por qué seguir fragmentados? Hasta allí, en el área política, llega la pretensión de ese proyecto que no es nuestro ni es original, tiene 200 años, al menos […].

El siglo que viene, para nosotros, es el siglo de la esperanza. Es nuestro siglo. Es el siglo de la resurrección del sueño bolivariano, del sueño de Martí, del sueño latinoamericano.

Queridos amigos, ustedes me han honrado con sentarse esta noche a oír estas ideas de un soldado, de un latinoamericano entregado de lleno y para siempre, a la causa de la revolución de esta América nuestra (Ibid.: 118-120).

Este recorrido mínimo de aquel primer contrapunto público se vincula directamente con iniciativas políticas que dieron cuerpo a una década de creciente soberanía en política exterior para América Latina y el Caribe.

En primer lugar, hay que mencionar la conformación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América a partir de diciembre de 2004. Diez años después, también en La Habana —según dicen, en un amanecer— comenzaba a tomar forma el ALBA de los pueblos, en oposición al ALCA, aquel objeto de deseo norteamericano lanzado también, diez años antes.  ALBA sería renombrado como ALBA-TCP (Tratado de Comercio de los Pueblos) con la progresiva incorporación de otros países: Bolivia (2006), Nicaragua (2007), Ecuador (2009, se retiró en 2018), Dominica (2008), brevemente Honduras (2008, hasta el golpe de Estado de 2009), Antigua y Barbuda (2009), San Vicente y las Granadinas (2009), Santa Lucía (2013), San Cristóbal y Nieves (2014), Granada (2014).

Pasarían apenas unos pocos meses, hasta junio de 2005 cuando se lanzara Petrocaribe, el principal mecanismo de integración energética de la historia entre los Estados del Caribe, que a casi dos décadas de su lanzamiento reúne a una veintena de países de la región. Esta iniciativa es de carácter fundamental para la emancipación. “La creación de un sistema suramericano-caribeño de integración energética es decisivo para derrotar definitivamente la hegemonía imperial de la oligarquía estadounidense”, consideran Mario Sanoja e Iraida Vargas en su monumental obra sobre la revolución bolivariana (2015: 240).

Apenas unos meses después del lanzamiento de Petrocaribe, el bloque del ALBA, en articulación estratégica con el emergente bloque progresista de América del Sur, coordinó con Lula y Néstor Kirchner la derrota del ALCA, en noviembre de 2005, en Mar del Plata. La mayor derrota de la diplomacia de EE. UU. en el continente, un fracaso de proporciones históricas.

Chávez pensaba a ALBA y a Petrocaribe como “instrumentos de unificación de nuestros pueblos” (Chávez Frías, 2012a: 90). En ese sentido es importante destacar el contenido oficial de ALBA-TCP respecto a las raíces históricas con las que se identifica:

Las raíces de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), se encuentran en la Carta de Jamaica (1815), cuando Simón Bolívar estableció la doctrina de unidad y soberanía de los países que se independizaban del poder colonial.

La Alianza se sustenta en el pensamiento de Bolívar, Martí, San Martín, Sucre, O’Higgins, Pétion, Morazán, Sandino, Garvey, Túpac Katari, Julián Apaza, Bartolina Sisa y tantos otros próceres, cuya lucha ha servido de modelo político y ético para la persistencia de una nueva conciencia y fuerza emancipadora de nuestras patrias. La Alianza reivindica el ideario de estos próceres a favor de la consolidación estratégica de la unidad de nuestros pueblos y gobiernos, preservación de los intereses históricos, sociales y económicos, a través de la acción conjunta, autónoma, democrática, de identidad nuestroamericana y de beneficio común (ALBA-TCP, s/f).

Este espacio, eminentemente político, impulsó articulaciones prácticas en los campos de la economía, la educación, la salud y la cultura. Y se convirtió en la plataforma estratégica desde la cual se apostaría a construir aún mayores niveles de unidad.

Con el mismo sentido de unidad e integración, Chávez impulsaría junto a sus aliados estratégicos dos instrumentos igualmente relevantes: la UNASUR, Unión de Naciones Suramericanas, fundada en 2008; y sobre el desarrollo de ella, la CELAC, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, creada en 2010. Este último espacio es el primero en toda la historia que reúne a los 33 Estados de América Latina y el Caribe. Es decir, toda América con excepción de EE. UU. y Canadá. Por esta razón adquiere una importancia estratégica y se convierte en el antagonista natural de la Organización de Estados Americanos, dirigida por EE. UU. desde su fundación, a la salida de la Segunda Guerra Mundial.

En ese recorrido, Chávez tuvo conciencia de la importancia de la batalla ideológica, cultural, comunicacional. Por eso en 2005 fundó el canal multiestatal teleSUR, televisora que se propuso disputar el sentido de las noticias y convertirse en la señal informativa desde el punto de vista de los pueblos de América Latina y el Caribe.

 

 

El desarrollo de una política de unidad e integración de la Patria Grande fue concebido como la piedra angular del Estado bolivariano, premisa que incluso quedó consagrada en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela aprobada por voto popular en 1999. Esto no fue en desmedro, sino al contrario, como apoyo de una activa política internacional hacia el resto del mundo, también regida por:

los principios de independencia, igualdad entre los Estados, libre determinación y no intervención en sus asuntos internos, solución pacífica de los conflictos internacionales, cooperación, respeto a los derechos humanos y solidaridad entre los pueblos en la lucha por su emancipación y el bienestar de la humanidad (República Bolivariana de Venezuela, 2013: 225-226).

Chávez intervino en todos los espacios internacionales para promover la refundación de un orden internacional más justo y en ese sentido apeló reiteradamente a la reorganización del sistema de las Naciones Unidas.

Pueblos del mundo, el futuro de un mundo multipolar en paz reside en nosotros. En la articulación de los pueblos mayoritarios del planeta para defendernos del nuevo colonialismo y alcanzar el equilibrio del universo que neutralice al imperialismo y la arrogancia (Chávez Frías, 2011: 42).

Fue una voz de advertencia frente a las consecuencias del capitalismo en el futuro del mundo. “Si el clima fuera un banco capitalista de los más grandes, ya lo habrían salvado los gobiernos ricos”, señaló en la COP 2009 desarrollada en Copenhague, luego de unirse a las consignas de la militancia ecologista: “¡No cambiemos el clima, cambiemos el sistema! Y en consecuencia comenzaremos a salvar el planeta” (Chávez Frías, [2009] 2014b: 11-12).

Fue un defensor pleno de la paz, pero “no la paz de los cementerios, como decía Kant con ironía, sino una paz asentada en el más celoso respeto al derecho internacional” (Chávez Frías, 2011: 22). Para ello identificó con claridad “la más grande amenaza que se cierne sobre nuestro planeta”, como apuntó en la Asamblea General de la ONU, en septiembre de 2006:

La pretensión hegemónica del imperialismo norteamericano pone en riesgo la supervivencia misma de la especie humana. Seguimos alertando sobre ese peligro, y haciendo un llamado al propio pueblo de los Estados Unidos y al mundo, para detener esta amenaza que es como la propia espada de Damocles (Chávez Frías, [2006] 2013: 9).

La impronta de Chávez también se hizo letra de los programas políticos colectivos, que en lo esencial apuntaron a “la diversificación de las relaciones políticas, económicas y culturales para la creación de nuevos bloques de poder”, con el objetivo de alcanzar “el quiebre de la hegemonía del imperio norteamericano (República Bolivariana de Venezuela, 2007: 55-56). El internacionalismo también quedó expresado en los documentos fundamentales del Partido Socialista Unido de Venezuela, entre ellos en su Declaración de Principios:

El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), debe enmarcar su práctica internacionalista para contribuir a la unión de los pueblos que luchan por establecer proyectos emancipadores y libertarios en América Latina, el Caribe y otros continentes del mundo; en la búsqueda de proporcionar la mayor suma de soberanía, independencia, autodeterminación, bienestar y felicidad posible a sus ciudadanas y ciudadanos.

La Revolución Bolivariana, dado su carácter anticapitalista y antiimperialista, creará mecanismos para consolidar alianzas con movimientos políticos y sociales similares a nivel mundial, con el objetivo de alcanzar un nuevo orden internacional pluripolar.  (PSUV, 2010: 34-35).

En el ideario de Chávez, no está desligada la visión del mundo del proyecto de país. Por eso el propósito fundamental del PSUV es a un mismo nivel “la construcción del Socialismo Bolivariano, la lucha antiimperialista, anticapitalista y la consolidación de la democracia bolivariana, participativa y protagónica, mediante el reconocimiento y fortalecimiento del poder popular” (PSUV, 2010: 50). Esta articulación de la política interior y exterior, fundada en la participación democrática, recorre toda la obra de Chávez y es uno de sus legados fundamentales, guía estratégica para las revolucionarias y los revolucionarios que vendrán.

4. El pensamiento estratégico a 10 años de la muerte del Comandante: una renovada estrategia para un nuevo momento regional

Han pasado más de diez años de las últimas palabras públicas de Chávez, aquellas en las que convocó al pueblo de Venezuela y de la Patria Grande a continuar con la gesta de independencia: “ante nuevas dificultades, del tamaño que fueren, la respuesta de todas y de todos los patriotas, los revolucionarios, los que sentimos a la patria hasta en las vísceras, como diría Augusto Mijares, es unidad, lucha, batalla y victoria” (2012).

La desaparición física de Hugo Chávez en 2013 coincidió con la acentuación de una ofensiva imperial en todo el continente. Inmerso EE. UU. en una confrontación global con rivales de peso, como China y en menor medida, Rusia, y golpeado por una sucesión de fracasos en su estrategia de intervención, su política exterior se orientó desde entonces a recuperar el terreno perdido en la primera década del siglo XXI. Fue en esa misma década que el impulso de Chávez, junto al de los pueblos de América, concretó sueños que parecían imposibles. Venezuela entonces pasó a ser objeto de una intensa guerra híbrida, en el marco de un nuevo Plan Cóndor: ya no con el único auxilio de la fuerza. Aunque sin desdeñar el poder duro, la estrategia imperial se abocó a desarrollar una combinación de tácticas con eje en el poder blando. Especialmente en los años 2015-2020 el asedio tuvo relativo éxito y logró golpear a la Revolución Bolivariana y paralizar las iniciativas de unidad e integración continental. Pero no logró derrotar el sueño de Chávez.

Con avances y retrocesos, a diez años de aquel 5 de marzo de 2013, las luchas de América Latina y el Caribe siguen vivas. Siguen vigentes los sueños de independencia económica, soberanía política, justicia social. Ningún futuro está escrito de antemano y todo depende de la propia actividad y creatividad popular. Para ello, los pueblos de esta región y del mundo cuentan con un acervo de postulados clave, que sintetizan una historia y una perspectiva de futuro posible. Parte de ese legado fundamental —esas líneas estratégicas— es obra de Chávez.

 

 

Referencias

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