Los pueblos de Asia conocen el costo de la Guerra: ¡Bases fuera de Asia!
Desde los agricultores de Okinawa hasta los “12 Magníficos” de Filipinas, los pueblos asiáticos ya han enfrentado al militarismo estadounidense; tradición más urgente ahora que la Nueva Guerra Fría llega a sus costas.
Diego Rivera (México), Pesadilla de guerra, sueño de paz, 1952.
Estimadxs amigx:
Saludos del escritorio de Tricontinental Asia.
El 30 de abril de 1975, un tanque derribó las puertas del Palacio de la Independencia en Saigón, Vietnam, poniendo fin a tres décadas de guerra. Vietnam había derrotado a la fuerza militar más poderosa que el mundo jamás haya conocido —a costa de más de tres millones de vidas vietnamitas y 7,5 millones de toneladas de bombas estadounidenses lanzadas en toda Indochina. Pero esta no fue solo la historia de Vietnam. Fue la culminación de una larga tradición —que se remonta a casi un siglo— de los pueblos de Asia y el Pacífico organizándose contra el militarismo estadounidense y las guerras de agresión en nuestro suelo.
Esa tradición es ahora más urgente que nunca. Mientras la Nueva Guerra Fría impuesta por Estados Unidos llega al Asia-Pacífico —con una arquitectura en expansión de bases militares, despliegues de misiles y pactos agresivos diseñados no solo para cercar a China sino para disciplinar a cualquier Estado que se atreva a defender su soberanía— vale la pena volver a la historia de cómo los pueblos asiáticos han enfrentado esta amenaza antes, y han ganado.
Nakamura Hiroshi (Japón), Sunagawa, 1955.
La paz desaparecida
En octubre de 1952, durante la guerra de EE. UU. contra Corea, más de 470 delegados de casi 50 países se reunieron en Beijing, China, para la Conferencia de Paz de Asia y la Región del Pacífico. Estos delegados eran sindicalistas, maestros, mujeres activistas, monjes, trabajadores culturales e internacionalistas de todo tipo. Aproximadamente un tercio eran mujeres. En el salón de conferencias, la pintura monumental del muralista comunista mexicano Diego Rivera, Pesadilla de guerra, sueño de paz (1952), representaba a soldados sin rostro persiguiendo a civiles en medio de las guerras que entonces hacían estragos en Corea, Vietnam y Malaya. En la pared opuesta colgaba la Paloma de la paz (1949) de Pablo Picasso. Bajo los murales, los delegados firmaron copias del Llamado de Estocolmo (1950) contra las armas nucleares.
La conferencia fue presidida por la líder revolucionaria china Song Qingling (Madame Sun Yat-sen), quien trazó el linaje político de la reunión hasta una conferencia antiimperialista secreta celebrada en Shanghái en 1933, durante la invasión japonesa de Manchuria —convocada en un edificio lúgubre en un distrito de fábricas de Shanghái donde los delegados se sentaron en el suelo. Casi 20 años después, lo que había sido clandestino era ahora una reunión masiva: los delegados coreanos presentaron pruebas de la guerra biológica de EE. UU.; las resoluciones exigieron el fin del rearme de Japón y la retirada de las bases militares extranjeras de la región.
Esta conferencia ha sido borrada silenciosamente de la historia, y tanto la copia como el original de la pintura de Rivera han desaparecido desde entonces. Pero el encuentro de 1952 fue un precursor crucial del Espíritu de Bandung: fue una plataforma para articular y amplificar las ideas de paz desde una perspectiva asiática, la cual estaba indisolublemente ligada a las demandas de autodeterminación, soberanía y dignidad, y dirigida directamente a la presencia militar liderada por EE. UU. que estaba remodelando la región.
Yin Fukang (China), !Opónganse a las provoaciones militares y las amenazas de guerra del imperialismo estadounidense! [Oppose the military provocations and threats of war of US imperialism!] ,1958.
Una historia de resistencia
Lo que siguió fueron décadas de resistencia masiva contra el militarismo estadounidense en todo el Asia-Pacífico. En Okinawa, Japón, donde aproximadamente uno de cada tres civiles murió durante la Batalla de Okinawa en 1945, EE. UU. envió a los sobrevivientes a campos de internamiento y confiscó sus tierras para construir bases sin su consentimiento. Cuando los okinawenses regresaron a sus hogares, descubrieron que el antiguo aeródromo japonés había sido reemplazado por la Base Aérea de Kadena, que ahora tiene casi 20 kilómetros cuadrados, 1,3 veces el tamaño del aeropuerto Haneda de Tokio.
La isla nunca recuperó su soberanía; por el contrario, la administración militar de EE. UU. formalizó su ocupación. Para la década de 1950, los soldados estadounidenses utilizaban tanques, excavadoras y bayonetas para obligar a los agricultores a abandonar sus tierras restantes. Como documenta Miyume Tanji en Myth, Protest and Struggle in Okinawa [Mito, protesta y lucha en Okinawa} (2006), el alquiler ofrecido era de menos de dos yenes por tsubo —una quinta parte del precio de una botella de Coca-Cola— lo cual el 98% de los propietarios de tierras rechazó. Su eslogan capturaba una verdad que resuena hoy: “El dinero es para un año, pero la tierra es para diez mil años”. Hoy en día, Okinawa representa el 0,6% del territorio japonés, pero alberga el 70% de sus bases estadounidenses.
Pueblos de todo el Pacífico —que cargan con las cicatrices de 67 pruebas nucleares de EE. UU. solo en las Islas Marshall, con una potencia combinada equivalente a 1,6 bombas de Hiroshima detonadas cada día durante 12 años— forjaron su propio frente. El Movimiento por un Pacífico Independiente y Libre de Armas Nucleares, lanzado en Fiyi en 1975, vinculó la lucha contra la contaminación nuclear con la exigencia de soberanía. En la conferencia de 1980 en Hawái, el movimiento añadió la palabra «Independiente» a su nombre, reconociendo que la exigencia de estar libres de armas nucleares significaba estar libres de las bases militares extranjeras que traen armas de destrucción masiva.
La victoria más dramática se produjo en Filipinas. Durante décadas, los nacionalistas filipinos —liderados por los senadores Claro Recto, Lorenzo Tañada y José Diokno— habían argumentado que las bases militares de EE. UU. eran instrumentos de control neocolonial. Ya en la década de 1950, Recto advirtió que las bases no defenderían a Filipinas, sino que podrían “convertirse, en su lugar, en imanes para la agresión”. Diokno, encarcelado durante casi dos años bajo el régimen dictatorial de la ley marcial de Ferdinand Marcos, fundó la Coalición Anti-Bases en 1983. Estas décadas de lucha convergieron en una sola votación el 16 de septiembre de 1991: el Senado de Filipinas rechazó el tratado de bases de EE. UU., 12 a 11. Los disidentes fueron apodados más tarde “Los 12 Magníficos”. El senador Aquilino Pimentel declaró desde el estrado:” En este día, el día de nuestra liberación final, espero, de las garras de una potencia colonial, les digo a quienes nos amenazan con el olvido político o la extinción física por nuestro voto de rechazo: ¡Adelante, hagan lo peor, porque nosotros haremos lo mejor!”.
La Base Aérea de Clark y la Base Naval de Subic Bay fueron cerradas y Filipinas se convirtió en el primer país del mundo en obligar al ejército de EE. UU. a salir mediante un proceso democrático.
René Mederos (Cuba), Sin título,1971.
La Nueva Guerra Fría
Hoy en día, la militarización de EE. UU. se infiltra en la región, alimentando una Nueva Guerra Fría que amenaza con engullir a Asia.
Filipinas: Bajo el Acuerdo de Cooperación de Defensa Mejorada entre EE. UU. y Filipinas, firmado por Barack Obama en 2014 y ampliado por Joe Biden en 2023, EE. UU. tiene ahora acceso a nueve sitios militares en Filipinas, incluyendo bases en la provincia de Cagayán, que mira hacia el estrecho de Taiwán.
Japón: El gobierno japonés ha duplicado su presupuesto militar a 43 billones de yenes (269.000 millones de dólares) en cinco años, compró 400 misiles de crucero Tomahawk de EE. UU. y continúa la construcción de una nueva base de marines estadounidenses en Henoko, Okinawa, a pesar de que el 72% de los okinawenses votó en contra en un referéndum de 2019.
Australia: Bajo el pacto AUKUS, Australia albergará despliegues rotatorios de submarinos de propulsión nuclear y bombarderos B-52 de EE. UU., a un costo estimado de más de 250 mil millones de dólares australianos (178 mil millones de dólares).
Corea del Sur: EE. UU. mantiene aproximadamente 28.500 soldados en Corea del Sur, anclados por Camp Humphreys, la instalación militar estadounidense en el extranjero más grande del mundo, construida a un costo de más de 10 mil millones de dólares.
Taiwán: Washington ha aprobado más de 20 mil millones de dólares en ventas de armas a Taiwán desde 2019, incluyendo 66 aviones de combate F-16V, sistemas de misiles Harpoon y tanques Abrams, armando a la isla hasta los dientes en su campaña de confrontación con China.
Indonesia: El cuarto país más grande del mundo está revisando actualmente una propuesta de EE. UU. que busca “acceso general de sobrevuelo” para aviones militares a través del espacio aéreo indonesio.
Esta es la arquitectura de la militarización, diseñada para cercar a China y castigar a los países por afirmar su soberanía, mientras subordina a los pueblos de Asia a los intereses estratégicos de Washington.
La guerra ilegal entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha confirmado que albergar una base militar estadounidense no es un escudo, sino un objetivo. En todo el Golfo Pérsico, unos 40.000 soldados de EE. UU. están estacionados en más de 20 instalaciones, desde la Base Aérea Al Udeid en Qatar hasta el cuartel general de la Quinta Flota en Bahréin; la misma infraestructura desde la cual se ha lanzado el bombardeo de Irán y el Líbano.
En Gaza, Palestina, más de 72.000 palestinos han muerto por la agresión israelí respaldada por EE. UU. desde octubre de 2023, un recordatorio de que la maquinaria militar estadounidense opera como un sistema único desde el Mediterráneo hasta el Pacífico.
A pesar de las ambiciones y la agresión de EE. UU., Asia tiene una tradición profunda y resiliente de organización anti-bases y anti-guerra a la cual recurrir: desde la conferencia de Shanghái de 1933 hasta la reunión de Beijing de 1952, desde los agricultores de Okinawa hasta los pueblos de Filipinas y las islas del Pacífico. Muchas de las organizaciones que llevaron adelante estas luchas todavía existen; lo que debe reconstruirse es su carácter de masas.
En el aniversario de la liberación de Vietnam, la Asamblea Internacional de los Pueblos y el Instituto Tricontinental de Investigación Social están reuniendo voces de toda la región —Vietnam, Irán, Filipinas, Japón, China y Corea del Sur— para confrontar la realidad del militarismo estadounidense en Asia. Los pueblos de esta región, a través de nuestras difíciles historias de liberación conquistadas con esfuerzo, conocemos íntimamente el costo de la guerra. Pueden registrarse para el seminario web o ver la transmisión en vivo aquí.
El revolucionario vietnamita Ho Chi Minh, en su llamado a la nación hace 60 años, dijo: “Nada es más precioso que la independencia y la libertad”. Hoy, la libertad concreta significa la libertad de la intervención militar y la agresión de los Estados Unidos.
Afectuosamente,
Tings Chak and Atul Chandra
Tings Chak y Atul Chandra Coordinadores para Asia del Instituto Tricontinental de Investigación Social.