Por Luci Cavallero y Verónica Gago[1]

 

En plena crisis global por la pandemia, todas las dinámicas de cambio están en disputa. Es claro que está en marcha una reconfiguración de las relaciones sociales en múltiples planos, pero su orientación es lo que no es evidente: está en pugna ahora mismo. Podemos observarlo de modo directo con algunas preguntas: ¿cuáles son los sectores que hoy están “parados” y cuáles los que no dejan de crecer? ¿Cuáles son los trabajos superexplotados y peor remunerados frente a las exigencias del momento? ¿Sobre qué territorios se concentran hoy los efectos del despojo de infraestructura y servicios públicos? Creemos que la deuda, dispositivo privilegiado del capitalismo bajo hegemonía financiera, es un terreno de batalla clave en esa reconfiguración. Más concretamente: ¿qué papel está jugando el endeudamiento a nivel global y a nivel doméstico en este momento de crisis?

En nuestra investigación Una lectura feminista de la deuda (Rosa Luxemburgo, 2019) hemos desarrollado cómo el endeudamiento público, acelerado exponencialmente en los últimos cuatro años en Argentina, se tradujo en políticas de ajuste que se derramaron en los hogares como deuda doméstica. Así, junto a la inflación y la consecuente pérdida de poder adquisitivo de subsidios y salarios, se produjo una realidad en la cual se volvió necesario el endeudamiento para acceder a los bienes más básicos como alimentos y medicamentos.

La deuda deviene así obligatoria para la reproducción social. Esta es la hipótesis en la que venimos trabajando: comprender la deuda llamada privada como un dispositivo de colonización financiera del territorio doméstico. En esta clave también hemos conceptualizado cómo las finanzas deben comprenderse en términos de la lógica extractiva del capital, para caracterizar la situación contemporánea en términos de “extractivismo financiero”.

Esta situación, claro está, no se genera de un día para el otro. Hay una genealogía que muy rápidamente podemos sintetizar para nuestra región. Si en los años ´80 el endeudamiento disciplinó las transiciones democráticas en América Latina como vía de salida de las dictaduras; luego en los años ´90 la forma “Consenso de Washington” de las reformas neoliberales impusieron nuevos umbrales de deuda; estos últimos años asistimos a un fuerte relanzamiento de la colonización financiera sobre nuestros países, combinada con situaciones de pobreza y despojo de recursos cada vez más intensivas.

Esta colonización financiera derramada en términos de deuda doméstica tomó como territorio de conquista a las poblaciones más empobrecidas y precarizadas. Esto se vincula a su vez, en términos retroactivos, con el modo en que se han conectado los subsidios sociales con la bancarización masiva, en un proceso que lleva más de una década en la región. En Argentina este fenómeno tomó una forma particular en los últimos años: según  un estudio de 2019 del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)[2] sobre el endeudamiento de los hogares pobres, la cantidad de créditos pedidos por (y otorgados a) las beneficiarias de AUH (Asignación Universal por Hijo) llegó al 92 por ciento de las asignaciones existentes.

Vemos así cómo, cuando la relación de deuda se derrama hacia abajo, se difunden los efectos de la deuda tomada por los estados a modo de cascada. Es decir, los despojos y privatizaciones a los que obliga el endeudamiento estatal se traducen como endeudamiento compulsivo hacia los sectores subalternos, que pasan a acceder a bienes y servicios a través de la mediación de la deuda. Esto tiene el efecto tanto de modificar la relación entre ingreso y deuda, como también entre deuda y acceso a derechos.

En esta clave, subrayamos la importancia de conectar la deuda externa y la deuda doméstica para dar cuenta del circuito completo de la deuda. Y aún más: es esta cartografía específica la que nos permite ver sobre qué cuerpos, economías y territorios esa deuda se produce. Esta es la metodología feminista que venimos desplegando, que va de las finanzas a los cuerpos. ¿A quiénes se endeuda? ¿Cómo? ¿Con qué tasas de interés? ¿Qué tipo de trabajo, remunerado y no remunerado, caracteriza a la población más endeudada? Estas fueron algunas preguntas que en los últimos años hemos desarrollado, tanto en términos de acción política como de producción de conocimiento e información.

 

La producción de nuevas deudas

En los meses que llevamos de aislamiento social obligatorio se constata el aumento acelerado de pobreza y situaciones de precariedad generalizada y, en consecuencia, el incremento de deudas en los hogares, aún si el gobierno otorgó un ingreso de emergencia (IFE) que alcanzó alrededor de nueve millones de personas. La disminución de ingresos para la gran parte de la población que no tiene empleo asalariado fijo, el recorte de sueldos incluso para quienes sí lo tienen, y los despidos (aún si están prohibidos por ley) forman parte del paisaje de pauperización en velocidad.

En simultáneo, se produce una superexplotación de ciertos trabajos: los trabajos domésticos, barriales, campesinos, que hoy son los más precarizados y a la vez visibilizados en su rol “esencial” para enfrentar la crisis. Son estos trabajos también los que aseguran la logística popular que debe responder a las urgencias cotidianas: de la emergencia alimentaria a la sanitaria, pasando por las violencias de género. Mientras, los delivery por plataformas aseguran logísticas baratas y precarias de reparto para que un sector de la población pueda cumplir con el aislamiento.

Entendemos que estamos en un momento en que la disputa sobre los modos de trabajo es fundamental: se pretende forzar la constitución de una nueva clase servil [3] que provea servicios para cierta otra clase de trabajadorxs híperproductivxs (quienes son hoy foco de la reconfiguración vía teletrabajo), disciplinando a sectores subalternos que vienen luchando por el reconocimiento y remuneración justamente de esas tareas históricamente devaluadas y mal pagas. Aquí la clave feminista para leer este conflicto es fundamental.

A su vez, a mayor precarización del trabajo, sobre todo en ciertos sectores, vemos un engranaje concomitante de aumento y diversificación del endeudamiento. En esta línea, es fundamental subrayar el carácter feminizado de las economías precarizadas que son hoy objeto predilecto de endeudamiento. Lo feminizado tiene una doble acepción. Por un lado, cuantitativa: por la mayoritaria presencia de mujeres, lesbianas, travestis y trans en el rol de “jefas de hogar”, es decir, principal sostén familiar (en familias que son familias ampliadas, ensambladas y también implosionadas). Por el otro, cualitativa: en relación al tipo de tareas que se realizan y que tienen que ver también en términos mayoritarios con labores de cuidados comunitarios, de provisión de alimentos, de seguridad y de limpieza barrial, y de modo extenso de producción de infraestructura de servicios básicos para la reproducción de la vida.

Una lectura feminista del problema financiero, tal como lo venimos desarrollando[4] confronta la dinámica abstracta de las finanzas en su relación con la vida cotidiana, con las formas de la violencia en los hogares y en los diversos territorios y con las modalidades actuales de explotación del trabajo. Queremos puntualizar aquí las nuevas formas de endeudamiento que se están produciendo en la crisis, a partir de un trabajo de encuestas y entrevistas que realizamos más otras fuentes que estamos revisando.

 

Vivienda

Uno de los centros del conflicto actual es la vivienda. A partir del imperativo #QuedateEnCasa se ha revelado la dificultad de lo que esto significa en el contexto actual y, en particular, con el aumento de violencia de género que se registra en condiciones de confinamiento. Hacinamiento, barrios enteros sin agua, y alquileres que se vuelven impagables. Esto, por supuesto, intensifica los efectos de lo que Raquel Rolnik[5] llama “colonización financiera del suelo y la vivienda” para nombrar el proceso de financiarización del acceso a la vivienda.

En relación a la situación de lxs inquilinxs, según una encuesta realizada por la Federación de Inquilinos[6], más del 60% de quienes alquilan se endeudaron de alguna manera (entre quienes lo harán con préstamos bancarios y no bancarios y quienes lo harán con familiares o amigues) frente a la imposibilidad de pagar el alquiler del mes mayo.

Hoy, entonces, la deuda por razón de la vivienda expresa lo que denominamos violencia propietaria. Esto se concreta en el abuso directo de dueños e inmobiliarias que aprovechan la situación crítica para amenazar, amedrentar, no renovar contratos o directamente desalojar a inquilinxs. Esta es una situación que se agrava aún más cuando se trata de mujeres con hijxs, lesbianas, travestis y trans, traduciéndose en formas directas de violencia de género. Sabemos que para muchxs, la deuda es la antesala del desalojo y, a la vez, la manera de aplazarlo, de postergarlo.

Pero esa violencia propietaria también se recrudece en el mercado inmobiliario informal, cuando las casas son habitaciones de hotel o cuartos alquilados en una villa o casas compartidas en asentamientos, donde en general no hay contrato ni recibo de pago de por medio, pero los costos y el ajuste inflacionario de los montos son iguales o mayores a los que implica el alquiler de un departamento pequeño.

Estas deudas, además, pretenden confiscar desde ahora ingresos a futuro: sean sueldos prometidos para el fin de la pandemia, subsidios o, más directamente, obligan a la toma de nuevas deudas con circuitos familiares e informales. Esto también se convierte en un botín para las financieras que están comprando deuda para más adelante ejecutar las propiedades. Lo cual, a su vez, plantea una analogía con un circuito global de fondos de inversión que en varios países del mundo hoy están haciendo grandes negocios con los desahucios y desalojos.

No es casual que los barrios que hoy son noticia por el aumento exponencial de los contagios sean las villas de la ciudad de Buenos Aires, donde la crisis habitacional es una prioridad de la agenda política de sus habitantes.

 

Conectividad

Otra de las fuentes de nuevas deudas que relevamos es con los teléfonos celulares. Esto se debe a la intensificación del uso de los teléfonos para acceder a internet y, por tanto, canal de conexión obligatorio con la escolaridad de lxs hijxs. Hacer las tareas escolares hoy requiere para muchxs un uso enorme de datos que se compran casi a diario. De esta manera, la cuenta del celular alcanza cifras récord en un momento que, como señalábamos, se caracteriza por la pérdida de ingresos.

Así, la situación es directamente de despojo. Por un lado, constatamos que muchas beneficiarias de subsidios de emergencia (IFE, por sus siglas) lanzados por el gobierno se ven obligadas a destinar buena parte de ese ingreso a pagar las tarifas de las empresas telefónicas. Por otro, vemos una realidad que se caracteriza por una mediación privada para el acceso a la educación pública.

A su vez, cada una de estas situaciones “nuevas” de endeudamiento ratifica y amplifica en la situación de crisis actual que cada deuda se paga con más deuda. De este modo, se conforman verdaderas “canastas” de deuda, que se van refinanciando entre sí, combinando diversas tasas de interés, formas de amenaza por incumplimiento y distintos cronogramas de vencimiento. Si Michael Denning[7] habla del trabajador actual como un “recolector de ingresos” que ya no puede garantizar su reproducción a través de un salario único y estable, podemos hablar de unx “recolectora de deudas” como una profundización del despojo y la precarización de la fuerza de trabajo contemporánea.

 

El circuito completo: ¿quién pagará la crisis?

Este diagnóstico que empieza relevando la multiplicación de las deudas privadas en la crisis y los trabajos y territorios que explota, nos permite trazar, a la vez, los dilemas políticos del momento. Por un lado, constatamos cómo gran parte del ingreso de emergencia otorgado por el gobierno nacional (IFE) y los ingresos por subsidios y salarios, son absorbidos por los bancos, supermercados, empresas de telecomunicación, empresas de plataformas y por pago de deudas. Y, por otro, que las formas de la precarización laboral que vemos acelerarse expresan las disputas al interior de la crisis. En este sentido, otra de nuestras hipótesis de trabajo en curso se vuelve relevante: el espacio doméstico se vuelve laboratorio político del capital (Cavallero y Gago 2020). De modo más directo, nos preguntarnos cómo el capital aprovechará la situación de crisis para reconfigurar las formas de trabajo, los modos de consumo, los parámetros de ingreso y las relaciones sexo-genéricas. Más concretamente: ¿estamos ante una reestructuración de las relaciones de clase que toma como escena principal el ámbito de la reproducción?

Sin dudas, hay sectores para los cuales el momento actual no sólo no significa una detención de sus actividades debido a “la cuarentena”, sino que representa más bien una oportunidad para acelerar su propia lógica de ganancias, en un contrapunto evidente con el no reconocimiento salarial a las mujeres, lesbianas, travestis y trans que están sosteniendo la emergencia en los barrios. Es urgente entonces avanzar en iniciativas que confrontan concretamente con la capacidad de extracción de rentas de esos sectores: desde una regulación de los contratos de alquiler a la provisión de la conectividad de forma gratuita en los barrios; pasando por reformas tributarias capaces de gravar las grandes fortunas o de incrementar los impuestos a los bancos así como el cuestionamiento de las concentraciones empresariales en la producción de alimentos[8] y medicamentos. Aquí se juega una concepción sobre el trabajo, sobre quiénes producen valor y sobre qué modos de vida merecen ser asistidos, cuidados y rentados y también de dónde saldrán esos recursos si apuntamos a una reorganización global del trabajo.


Referencias:

[1] Integrantes del GIIF- Grupo de Investigación e Intervención Feminista. Autoras del libro Una lectura feminista de la deuda. ¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos (Rosa Luxemburgo, 2019).

[2] https://centrocepa.com.ar/informes/230-los-impactos-del-ajuste-economico-en-las-politicas-de-ninez-y-adolescencia-2016-2019.html

[3] Ver: Sassen, Saskia; Contrageografías de la globalización. Género y ciudadanía en los circuitos transfronterizos, Madrid, Traficantes de sueños, 2003.

[4] Cavallero, Luci y Gago, Verónica; “Deuda, vivienda y trabajo: Una agenda feminista para la pospandemia”, Revista Anfibia, 2020.

[5] Rolnik, Raquel; La guerra de los lugares. La colonización de la tierra y la vivienda en la era de las finanzas, Santiago de Chile, LOM, 2017.

[6]https://www.inquilinosagrupados.com.ar/la-situacion-de-los-as-inquilinos-as-se-ve-agravada-mes-a-mes-por-los-efectos-economicos-de-la-pandemia/

[7] Denning, Michael; “Vida sin salario”, New Left Review, Madrid, 2011.

[8] La reciente comunicación del gobierno argentino del proyecto de expropiación de una de las empresas  exportadoras de alimentos más importantes de Argentina (Vicentín) puede leerse en ese sentido.

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