No se puede tragar una aguja, por pequeña que sea: El escultor de la resistencia en Okinawa
El escultor Kinjo Minoru rinde homenaje a los habitantes de Okinawa empujados al suicidio colectivo por el Ejército Imperial Japonés en la cueva de Chibichiri en abril de 1945, durante la Guerra Mundial Antifascista.
Escucha al rapero okinawense Kakumakushaka, a la cantante de jazz okinawense Takako Gibo, y al rapero japonés Kinoko Beats cantar sobre la guerra y la paz desde Okinawa hasta Palestina en japonés, inglés y uchianaguchi (una lengua ryukyuense indígena).
| Ikusa yu nu Nuwati Miruku yu nu Iyarichun Nakuna yuu kuninga Nuchi du Takara |
Cuando termine la guerra Cuando llegue el mundo de miruku (la paz) No repitas esta pena La vida es un tesoro |
| – ryūka okinawense, un poema lírico tradicional, atribuido tradicionalmente al Rey Shō Tai (尚泰), el último rey del Reino Ryukyu. | |
En el sendero forestal que conduce a la cueva de Chibichiri, en el sur de Okinawa, pequeñas figuras de piedra se alzan entre las raíces de los banianos. De la altura de la cadera y solitarias, sus cabezas están ligeramente inclinadas, con las manos juntas en oración. El musgo y los líquenes comienzan a cubrirlas, como si el bosque las absorbiera lentamente. Al salir de la cueva, percibo las figuras con más claridad que al entrar. Parecen estar allí como testigos o guardianes silenciosos, colocadas para recordar a los muertos y advertir a los vivos. Pero ¿de qué nos advierten?
Esculturas de Kinjo Minoru en la cueva de Chibichiri.
El 2 de abril de 1945, un día después de que las fuerzas estadounidenses desembarcaran en Okinawa, aproximadamente 140 civiles, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, se escondieron en esta cueva. Más de 80 de ellos se vieron empujados al suicidio después de que el Ejército Imperial Japonés les dijera que los soldados estadounidenses que se aproximaban eran “demonios rojos” que violarían y torturarían a cualquiera que capturaran. Como súbditos del Emperador Hirohito, rendirse no era una opción: la muerte era preferible a la vergüenza de ser capturados con vida. Sin embargo, en una cueva vecina, todos sobrevivieron porque allí se escondieron dos personas que habían vivido en Hawái y pudieron comunicarse con los soldados estadounidenses. Fue la supresión de la verdad y la difusión de mentiras por parte del ejército japonés lo que acabó con las vidas de quienes estaban en la cueva de Chibichiri. Durante las tres décadas siguientes, ningunx de lxs aldeanxs sobrevivientes habló de esta tragedia, que sigue persiguiendo a la comunidad hasta hoy.
Al caminar desde las cuevas hacia el pueblo cercano de Yomitan, aparece una imponente estatua que se eleva sobre la tranquila calle: una mujer con el brazo derecho extendido hacia el cielo y la cabeza levantada, como si resistiera la violencia que se abate sobre ella. Con el brazo izquierdo, sostiene a cuatro niños pequeños pegados a su cuerpo. A sus pies, aparecen las mismas figuras de piedra solitarias, alineadas de pie entre la grava y las malas hierbas como una procesión. Estas nos conducen por un sendero hasta un patio, donde nos reciben grandes relieves escultóricos y un anciano de barba blanca sentado en una silla de jardín de plástico.
Somos ryukyuenses, nunca japoneses
Entrada al taller de Kinjo Minoru.
Kinjo Minoru (金城実) tiene 86 años. Nacido en 1939 en la pequeña isla de Hamahiga, perdió a su padre en 1944 durante la Segunda Guerra Mundial, o la Guerra Mundial Antifascista, antes de poder conocerlo. Kinjo ha dedicado décadas a construir una obra escultórica monumental que narra las historias estremecedoras de Okinawa antes, durante y después de la Batalla de Okinawa de 1945, una de las campañas más sangrientas de la guerra del Pacífico. Sus obras están hechas de hormigón, yeso y estructura metálica, los mismos materiales de construcción que se utilizan a diario en Henoko para construir otra base militar estadounidense. Kinjo los utiliza para recuperar aquello que esas bases buscan hacer olvidar. Las superficies de su obra son ásperas, porosas y sin pulir, no porque al artista le falte refinamiento, sino porque la historia que transmite su obra sigue siendo inacabada, cruda e impugnada.
En la galería al aire libre de su taller, aparecen paneles en relieve de aproximadamente un piso de altura. Figuras casi de tamaño natural de civiles, soldados, madres y niños emergen de la pared en alto relieve, inclinándose hacia el espectador como si quisieran contar su historia. Son una metáfora material de lo que Kinjo entiende como la condición de su pueblo: insertos dentro de una historia que no eligieron, empujando contra ella, aún sin librarse.
Kinjo guía personalmente el recorrido a través de los paneles, señalando con su bastón de madera y narrando cada escena.
Kinjo Minoru con su arte grabado en la cueva de Chibichiri.
“¿Por qué una madre mataría a su propia hija?”, pregunta Kinjo, de pie frente a un panel donde los cuerpos de mujeres y niños están tan entrelazados que es imposible distinguir quién protege a quién y quién mata a quién. “¿Por qué un hermano mataría a su hermano menor? Deberías hacerte esa pregunta. ¿Por qué ocurre solo aquí en Okinawa y no en el Japón continental?”.
Su respuesta apunta a la raíz colonial. Durante más de 500 años, el Reino Ryukyu gobernó estas islas como un Estado independiente con sus propias lenguas, culturas, religiones y relaciones diplomáticas, comerciando por todo el Este y Sudeste Asiático, manteniendo lazos tributarios con China y desarrollando una civilización distinta a la de Japón. En 1879, el gobierno Meiji anexó forzosamente el reino, depone a su último rey Shō Tai y convierte las islas en la Prefectura de Okinawa, el territorio más meridional, más pobre y prescindible de un imperio en rápida industrialización. Lo que siguió fue una sistemática represión cultural diseñada para borrar la identidad ryukyuense y producir súbditos imperiales leales.
El gobierno Meiji instaló un nuevo gobernador, Matsuda Michiyuki y trajo educadores del Japón continental para transformar las escuelas de Okinawa en instrumentos de asimilación imperial. No obstante, el gobierno Meiji se negó a establecer universidades en Okinawa a pesar de haberlas instituido en todas las demás prefecturas. “¿Por qué?”, pregunta Kinjo. “Para controlarnos”. Los suicidios masivos de Chibichiri no son aberraciones: son el resultado lógico de una educación colonial que dedicó décadas a enseñar a los okinawenses a morir por un emperador que nunca los trató como iguales. “Somos ryukyuenses, dice Kinjo con desafío. Nunca seremos japoneses”.
A pesar de esta terrible historia, algunos políticos japoneses afirman hoy que no hubo coerción militar detrás de los suicidios masivos en Okinawa, mientras otros niegan las atrocidades bélicas de Japón, incluida la Masacre de Nankín que acabó con 300.000 vidas chinas en apenas unas semanas. Las esculturas de Kinjo se erigen como memoria y refutación material. Una historia áspera y pesada que se resiste a ser suavizada.
Una isla que no puede ser tragada
Detalle de la obra de Kinjo Minoru.
Hoy, Okinawa representa solo el 0,6% del territorio de Japón, pero alberga aproximadamente el 70% de todas las instalaciones militares estadounidenses en el país. Al ver la prefectura de primera mano, uno se da cuenta rápidamente de que no se trata de bases aisladas. Es una ocupación militar permanente de la vida cotidiana. Las vallas cortan los litorales, los aviones de combate rompen las barreras del sonido y comunidades enteras quedan encerradas por infraestructuras construidas para la guerra.
La misma isla, sacrificada como campo de batalla en 1945, se prepara nuevamente como primera línea, con China presentada como el “demonio” en una Nueva Guerra Fría. Hay nuevos despliegues de misiles, se elaboran planes de evacuación, se realizan ejercicios militares conjuntos entre Estados Unidos y Japón, y en el pueblo okinawense de Henoko se construye actualmente una nueva base militar estadounidense. Todo ello a pesar de tres décadas de oposición mayoritaria de la población okinawense, expresada a través de referendos y protestas diarias lideradas por personas adultas mayores de las comunidades afectadas y articuladas en movimientos de base como No More Battle of Okinawa [No más batalla de Okinawa], que acogió la visita de Tricontinental.
A pesar de los valientes ejemplos de resistencia, Kinjo observa esta ocupación con la impaciencia de alguien que ha visto demasiada paciencia. “El pueblo okinawense es demasiado tranquilo, demasiado amable”, dice durante nuestra visita. “Debería estar más enojado. Si [los militares de Estados Unidos y de Japón] quieren usar Okinawa, deberían tratarnos como seres humanos”. Pero no pierde la esperanza. “[Mientras] yo viva, puede ser difícil, pero la próxima generación, estoy seguro de que se levantará en resistencia”.
“Okinawa es pequeña, dice Kinjo. Pero no se puede tragar una aguja”.
De las cuevas de Okinawa a los búnkers de Chongqing
Obra de Kinjo Minoru que representa el bombardeo de Chongqing.
Uno de los paneles en el taller de Kinjo merece especial atención: se realizó en colaboración con artistas de Chongqing, China, que viajaron a Okinawa para trabajar junto a él. Durante la Guerra Mundial Antifascista, el ejército japonés sometió a Chongqing a años de bombardeos estratégicos, particularmente entre 1938 y 1943, matando a miles y obligando a la población a refugiarse en cuevas y búnkers excavados en las laderas de la ciudad. Dos pueblos en lados opuestos de una misma guerra imperial, ambos refugiados en cuevas, crean arte juntos ocho décadas después.
La relevancia se profundiza cuando Kinjo comparte una historia notable que conecta las historias de resistencia de ambos pueblos. En octubre de 1962, en pleno apogeo de la Crisis de Octubre (conocida en Occidente como la Crisis de los Misiles en Cuba), las tripulaciones de la Fuerza Aérea estadounidense en Okinawa reciben órdenes de lanzar 32 misiles de crucero Mace B armados con armas nucleares contra objetivos en toda Asia, incluido Beijing, donde vivo. Los oficiales encargados del lanzamiento en tierra cuestionaron la orden y se negaron a ejecutarla. Que hoy artistas de Chongqing y un escultor de Okinawa construyan algo juntos −manos que moldean el mismo hormigón, tallando la misma historia desde dos lados− no es sólo simbólico. Es un rechazo vivo a la guerra que casi los destruye y a la Nueva Guerra Fría que amenaza con hacerlo de nuevo.
No llores, estudia tu propia historia
Obra de Kinjo Minoru sobre la Batalla de Okinawa.
Los padres de Kinjo se casaron a los 18 años. Tras la muerte de su padre en la guerra, su madre nunca se volvió a casar. Lloraba cada año el 23 de junio, el Día de Conmemoración de Okinawa. Un año, Kinjo le dijo: “No llores. No estoy triste de que mi padre haya muerto. Era una época así. Todo el mundo sufrió. Uno de cada cuatro murió en la guerra de Okinawa. Este no es un día para llorar. Es un día para estudiar tu propia historia: la historia okinawense”.
Esto es lo que Kinjo Minoru ha hecho con su vida. Transformar el duelo y la ira en escultura, plasmar las formas de los muertos en el hormigón para que los vivos no puedan fingir que nunca estuvieron allí. Su taller no es una galería burguesa. Las esculturas están al aire libre, resistiendo la intemperie como la propia isla, visitadas por estudiantes, invitados internacionales y viejos amigos que vienen a ver su trabajo y escuchar sus historias.
Pero la pregunta ya no es solo sobre 1945. Kinjo ve claramente lo que está sucediendo ahora. El 70% de los jóvenes de Okinawa, señala, no saben lo que Japón hizo en Asia durante la guerra, en China, en Corea, en el Sudeste Asiático. “Quizás no apoyarían al primer ministro”, dice, “y los medios hablan de China como una amenaza”. La misma maquinaria que una vez convenció a madres okinawenses de matar a sus propios hijos −educación militarizada, miedo fabricado y supresión del conocimiento histórico− se reensambla hoy en torno a la “amenaza” de China. Okinawa, una vez más, se prepara como zona de sacrificio. Pero okinawenses como Kinjo siguen recordando y resistiendo.
| Tinsagu nu hana ya, chimasaki ni sumiti Uya nu yushi gutu ya, chimu ni sumiri |
La flor del bálsamo tiñe las puntas de los dedos Las enseñanzas de los padres tiñen el corazón |
| – Tinsagu nu Hana (てぃんさぐぬ花, Flores de bálsamo), canción folclórica okinawense. | |
Cordialmente,
Tings Chak
Directora de Arte del Instituto Tricontinental de Investigación Social
PD: Acompáñanos el 30 de abril, en el 51 aniversario del Día de la Liberación de Vietnam, a un seminario web para lanzar “Bases fuera de Asia!”, la campaña de la Asamblea Internacional de los Pueblos contra el militarismo estadounidense en la región.