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El bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, México y la unidad latinoamericana

A 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá, analizamos el desafío de la unidad, el constante sabotaje imperialista de EE. UU. y la urgente necesidad de cerrar filas para concretar la emancipación latinoamericana.

Pavel Égüez, La Patria Naciendo de la Ternura, Caracas, Venezuela, 2006.

Estimadxs amigxs:

Saludos de la oficina de Nuestra América del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Este mes de junio celebramos el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, inicio de la unidad y la integración de Nuestra América que buscaba no sólo reafirmar la independencia conquistada en la guerra contra el imperio español, pero también avanzar en un proyecto de profunda transformación social que superara herencias nefastas como la esclavitud y que se convirtiera en un aporte para alcanzar un equilibrio universal donde las relaciones entre naciones se llevaran a cabo sin que el interés de una se impusiera sobre otra. Para comentarnos sobre la importancia de este hito histórico en nuestro presente de lucha, pedimos a Georgette Kuri que, desde México, lugar donde sesionó por última vez el congreso, comparta con nosotros sus reflexiones: 

A 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá convocado por Simón Bolívar, lo reivindicamos como el primer sueño de Nuestra América y como punto de partida de la gran tarea que ha sido, entonces como ahora, concretar la unidad latinoamericana. El peso de Estados Unidos, la ambivalencia de México, los territorios latinoamericanos en la mira neocolonial e imperialista, siguen empedrando el camino de nuestra emancipación. Sin embargo, nuestra agencia revolucionaria y tener claros los obstáculos que nos han acompañado en la historia, son las luces que deberán guiar nuestros pasos.

Alfredo Sinclair (Panama), Mujer Con Cesta De Pescado.

Punto de partida: el Congreso Anfictiónico

Múltiples factores abonaron a que no prosperara la Doctrina Anfictiónica y su proyecto de unidad latinoamericana emprendido por Bolívar: la incidencia externa de Reino Unido y Estados Unidos, la diversidad de posturas de los países hispanoamericanos, la falta de ratificación por parte de los gobiernos, la disputa territorial entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas por la Banda Oriental, la invasión de Perú a Bolivia, la abstención de Chile, la embrionaria República Federal de Centroamérica, la insistencia de México para detentar la sede de la Asamblea y definirla como transitoria.

No obstante, conviene reconocer que el traslado de sede a la Asamblea de Tacubaya en la Ciudad de México devino en su disolución en 1828. Su apoyo más bien a la Liga Americana, centrada en la defensa militar conjunta frente a posibles tentativas de reconquista europea, reflejó la preocupación de México por limitar una supuesta concentración de poder en otros territorios hispanoamericanos que amenazara la integridad de las nacientes naciones. Ese papel de mediador para la contención de hegemonías en el continente dejó precedentes para la posterior anexión de territorio mexicano a Estados Unidos, tanto por el aislamiento en el que vivió ese proceso como por el tipo de relación que se estableció entre ambos países.

Por su parte y más allá de México, Estados Unidos siempre aprovechó las sesiones del Congreso Anfictiónico para hacerse de relaciones comerciales con los países hispanoamericanos, revelando su mero interés expansionista y escalando del bilateralismo a la disputa por el proyecto de unidad continental. Se alió con Reino Unido y procuró acuerdos con Brasil, incluso usando como artificio el distanciamiento y la rivalidad de algunos países hispanoamericanos con ese Imperio, haciendo gala de la antiquísima y modernísima premisa de divide y vencerás.

Además, la proclamación de la Doctrina Monroe en 1823 inauguró formalmente la política de intervención de Estados Unidos en nuestro continente, utilizando desde sus cuerpos diplomáticos como agentes de injerencia para el endeudamiento externo y la dependencia financiera de nuestros países, hasta las múltiples acciones abiertas de invasiones, bloqueos, ocupaciones y anexiones territoriales durante todo el siglo XIX. En 1898 llegó al punto de convocar una Unión Aduanera y la I Conferencia Panamericana, evidenciando su rol activo de sabotaje a la unidad latinoamericana e intento de apropiación del proyecto de integración bolivariana. El siglo XX atestiguó el camuflaje del panamericanismo al interamericanismo, la militarización del imperialismo yanqui y sus políticas de intervención abierta.

José Clemente Orozco (Mexico), Pueblo mexicano, 1929.

Horizonte revolucionario y convicción latinoamericanista

Dado el papel de México en la Anfictionía de 1826, corresponde recordar también otros hechos en la historia para equilibrar la balanza. Consolidadas las independencias, México se posicionó como vanguardia insurgente contra los regímenes oligárquicos instalados en nuestros países, mediante la irrupción de las masas populares campesinas y obreras que empuñaron la primera gran revolución de nuestros tiempos.

La Revolución Mexicana pautó la reforma agraria y los derechos de las clases trabajadoras como principales demandas sociales, cuyo eco resonó en los movimientos sufragistas de mujeres a lo largo y ancho del continente, en los Movimientos de Liberación Nacional centroamericanos, en las disertaciones en Perú de José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre, en la Primavera guatemalteca, en la Revolución Cubana, en las múltiples y diversas organizaciones guerrilleras -incluso en los Partidos Comunistas-, en la Revolución Sandinista, en el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra, en el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y en la Revolución Bolivariana, que puso broche de oro al rebelde y largo siglo XX latinoamericano.

En este efervescente periodo, México tuvo la oportunidad de ser ejemplo de transformaciones sociales y estatales profundas: educación socialista, movimientos culturales de alcance regional como el muralismo, asamblea constituyente, expropiación petrolera y otros paradigmas propios de diplomacia, solidaridad y soberanía. También tuvo la convicción política de mantener una relación estrecha con la Cuba socialista y de recibir a grandes contingentes del exilio latinoamericano que produjeron las dictaduras militares entre las décadas 1960-1980. Hoy día continúa acogiendo víctimas de persecución política y alojando receptivamente a quienes lo eligen como lugar para vivir.

Con la instalación del neoliberalismo en México a fines de los ochenta, arrancó un proceso de discontinuidad – o distanciamiento, por momentos – de sus esfuerzos por la unidad latinoamericana que irremediablemente se diversificaron y desplegaron en múltiples dimensiones. Aun así, en la década de 1990 México fungió como mediador en los diferentes procesos de paz en Centroamérica, así como en la resolución de conflictos internos en Colombia y Venezuela ya en el presente siglo. Valga este recuento para comprender la compleja ambivalencia que México ha tenido en su relación con Nuestra América, signada también por la vecindad con Estados Unidos, su dependencia económica, los cuarenta millones de personas de origen mexicano que viven en aquel país y por su ubicación geográfica en la parte norte del continente.

Por todo ello, hoy cobra especial valor reivindicar desde México los ideales de unidad e integración legados en la doctrina anfictiónica y movilizados en este siglo XXI por la geopolítica bolivariana de la Venezuela revolucionaria.

Arte Urbano, por Eva Bracamontes (Mexico). Más información: Utopix.

Romper para siempre las cadenas imperialistas y neocoloniales

Importa recordar la hipótesis de que la Anfictionía se disolvió porque desaparecieron los intentos de reconquista como amenaza común. Aunque esta idea ha sido generalmente descartada, importa porque nos remite a la sensación de estar fuera de peligro que se ha repetido en la historia latinoamericana y de la cual no terminamos de aprender la lección. Primero, porque las amenazas de conquista neocolonial e imperialista nunca desaparecieron. Segundo, porque es justo cuando hace buen tiempo que debemos aprovechar y avanzar a paso firme.

El siglo XXI ha sido escenario de avances progresistas en América Latina y el Caribe empujados por nuestras sociedades desde gobiernos populares. Hemos retomado la unidad latinoamericana como horizonte, siendo la geopolítica bolivariana – inspirada también en el internacionalismo solidario de Cuba – el proyecto que más cerca ha estado de hacer ese sueño realidad. Ahora como antes, es el imperialismo estadounidense el mayor opositor dispuesto a cualquier atrocidad con tal de impedirlo, y lo estamos constatando.

Este 2026 inició con la declaración de guerra por parte de Estados Unidos a nuestros pueblos latinoamericanos, estando en primera fila las hermanas repúblicas de Cuba y Venezuela por ser las apuestas más radicales y mejor logradas rumbo a nuestra liberación. La amenaza imperialista y neocolonial está más activa que nunca y nadie estamos a salvo. De hecho, son pocos los gobiernos progresistas que resisten la embestida imperial junto con todos nuestros pueblos, sobre todo los más oprimidos por las derechas ultraliberales y autoritarias.

Conviene recordar que parte del yugo colonial es un continente atomizado en repúblicas, más relacionadas con las metrópolis occidentales que entre territorios hermanos con una misma historia, identidad y cultura. También habrá que deshacernos de las heredadas jerarquías territoriales entre imperios, virreinatos y capitanías, así como de las rivalidades y suspicacias intrínsecas a la modernidad occidental, que son útiles a su geopolítica de guerra.

Es preciso defender la geopolítica de paz y el equilibrio del universo que Bolívar nos propuso como alternativa para la vida. En la ardua tarea de concretar la unidad latinoamericana, hay que romper para siempre las cadenas imperialistas y neocoloniales. Y, sobre todo, asumir el compromiso de que es en los momentos de mayor amenaza cuando hay que cerrar filas y radicalizar posturas.

Saludos cordiales,

Georgette Kuri,

Tacubaya-Mixcoac, Ciudad de México