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Cuando los titulares desaparecen, el mundo guarda silencio sobre Gaza | Boletín 31 (2026)

La disminución de la cobertura mediática sobre el genocidio estadounidense-israelí no contribuye a mitigar la violencia. Precisamente porque este sufrimiento no tiene fin la gente del mundo se siente con derecho a hacer la vista gorda.

Laila Shawa (Palestina), Target [Blanco], 2013.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Algunas catástrofes desaparecen porque llegan a su fin. Otras desaparecen porque se prolongan tanto tiempo que el mundo se acostumbra a ellas. Dejan de interrumpir la programación televisiva y los reels de Instagram, así como también dejan de ocupar las portadas de los periódicos. Los mercados financieros retoman sus cálculos habituales, la maquinaria cotidiana de la vida política y económica recupera su ritmo familiar, y se les pide a los diplomáticos que guarden sus carpetas de informes sobre ese tema cansador, pero doloroso. No obstante, la catástrofe permanece intacta: el genocidio del pueblo palestino en Gaza perpetrado por Estados Unidos e Israel no ha desaparecido debido a una nueva paz, sino porque la permanencia del genocidio lo convierte en una noticia que ya no vende.

Hubo un tiempo en que cada explosión en Gaza aparecía al instante en mi celular: imágenes horribles de niñxs rescatadxs de entre los escombros. Personal médico tratando de atender a pacientes mientras el propio hospital era bombardeado. Familias gritando de dolor mientras las bombas israelíes arrasaban con linajes palestinos enteros. Los ataques de Israel continúan mientras las familias huyen de un refugio temporal a otro y lxs niñxs buscan, entre los escombros de concreto, fragmentos de las vidas que alguna vez conocieron. Pero la atención del mundo se ha desplazado hacia otra parte, a medida que el genocidio se ha convertido en rutina. Nos hemos vuelto cómodamente insensibles.

Mohammed Al-Hawajri (Palestina), Death Is Only the End for Some among Us; After them, Others Continue to Live [La muerte solo es el fin para algunos de nosotros. Después de ellos, otros continúan viviendo], 2022.

La magnitud de la muerte y la destrucción es imposible de comprender. El Ministerio de Salud palestino informó que, desde octubre de 2023, la violencia israelí ha asesinado al menos a 73.221 palestinos (la mitad de ellos, mujeres e infancias) y ha dejado 173.654 personas heridas. Hasta febrero de 2026, al menos 21.289 niñas y niños habían sido asesinados y 44.500 heridos en Gaza. Incluso después de que el supuesto alto el fuego entrara en vigor el 11 de octubre de 2025, la violencia israelí ha asesinado a 1.100 palestinxs, entre ellos al menos 260 niñxs, y ha herido a otros 3.546. Esto significa que, en promedio, lxs israelíes han asesinado a cuatro palestinxs por día desde entonces.

Hay momentos en la historia en que las palabras pierden su sentido. No porque se reescriban los diccionarios, ni porque el lenguaje mismo cambie, sino porque el poder político vacía las palabras de las realidades que alguna vez describieron. La palabra “alto el fuego” ha adquirido, cada vez más, esa cualidad desoladora cuando la usan funcionarios israelíes y estadounidenses. Lo que alguna vez se entendió como la suspensión de la violencia, el silenciamiento de las armas y la creación de un espacio político para la paz se ha convertido por completo en otra cosa: un término administrativo para la prolongación del bombardeo, el desplazamiento, el asedio y el control militar en nombre de la paz.

Las estadísticas intentan cuantificar la horrible destrucción, pero los números no pueden capturar la ausencia. Detrás de cada número hay una familia con una historia rota y un niño o niña que siempre recordará un hogar que ya no existe o, en muchos casos, un linaje familiar entero borrado. Estas cifras son ya bastante espantosas por sí solas, como se refleja en los informes del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (UNRWA por su sigla en inglés). Para ellos una donación está pendiente. Cada informe de la ONU se lee menos como un boletín de emergencia y más como un archivo de catástrofe permanente.

Hazem Harb (Palestina), Watermelon (1917) [Sandía (1917)], 2024.

¿Qué sentido tiene la indignación cuando no parece acarrear ningún costo político por la violación total del derecho internacional por parte de Israel? Más allá de las ruinas de Gaza, el mapa de Palestina continúa reescribiéndose en la Cisjordania ocupada y Jerusalén Este. No pasa un día sin informes de confiscaciones de tierras y expansión de colonias, demoliciones de viviendas palestinas y ataques violentos por parte de colonos, y la fragmentación constante del territorio palestino. Ir Amim (Ciudad de los Pueblos), una organización de defensa pública y jurídica de Jerusalén, informó que las autoridades de planificación israelíes votaron a favor de demoler 800 viviendas del barrio palestino de Umm Lison, en Jerusalén Este ocupada, y construir 450 viviendas para colonos ilegales, como parte de una política más amplia de expulsión y anexión. Mientras Gaza es devastada por una fuerza militar abrumadora, Jerusalén Este y Cisjordania están siendo transformadas mediante la anexión burocrática, pretextos legalistas, asentamientos permanentes y la brutalidad infligida a la población palestina a través de la detención administrativa y la demolición de viviendas. Estos ataques contra el Territorio Palestino Ocupado son expresiones de un mismo proyecto: el genocidio del pueblo palestino y el despojo de sus tierras en nombre de la construcción de un supuesto “Gran Israel”.

Mientras grupos como Ir Amim continúan documentando, meticulosamente, la expansión de colonias y el despojo, la decadencia moral en la sociedad israelí se ha propagado con una nueva intensidad. En 2014, la columnista de Haaretz Carolina Landsmann escribió con claridad que el régimen militar israelí sobre el pueblo palestino no es un mecanismo oculto operado únicamente por el ejército, sino “el proyecto más grande y visible, con una participación más amplia que cualquier otra iniciativa en Israel”. En otras palabras, la ocupación se sostiene no solo por su presencia militar, sino también por las instituciones, los recursos, los hábitos y la participación cotidiana de la propia sociedad israelí.

Más de una década después, Landsmann volvió sobre la cuestión de la transformación interna de la sociedad israelí, al sostener, en una columna del 10 de julio de 2026, que el lenguaje de la identidad “israelí” ha sido desplazado, cada vez más, por la identidad “sionista” y, por lo tanto, por una identidad sionista-militar. Si bien la identidad israelí ha estado ligada al sionismo desde su origen, este giro es significativo porque indica que incluso la posibilidad limitada de una identidad cívica, una que no estuviera organizada enteramente en torno a la ocupación, la militarización y la supremacía judía, ha sido empujada aún más fuera de la vista.

Las consecuencias psicológicas de este orden social son visibles dentro de la sociedad israelí. Como mostró un informe reciente del Centro Israelí para las Adicciones y la Salud Mental, uno de cada cuatro israelíes ha recurrido a drogas duras para hacer frente a la tensión psicosocial producida por esta sociedad sionista-militar y su genocidio contra el pueblo palestino. Estos datos nunca deben usarse para crear una falsa equivalencia entre quienes ocupan y quienes son ocupados, ni deben distraer de la devastación incomparable infligida a lxs palestinxs. Sin embargo, revelan algo importante: una sociedad organizada en torno a la militarización permanente no puede permanecer indemne ante la violencia que ella misma inflige. El miedo, el trauma, la adicción, el daño moral y el aislamiento se han entretejido en la vida cotidiana en Israel.

Hani Zurob (Palestina), Marble’s War #05 [La guerra de las canicas #05], 2007.

Mis amigas y amigos de Palestina en Gaza, mientras tanto, me cuentan que ya han sobrevivido bombardeos antes y que están seguros de que podrán reconstruir sus hogares. Lo que resulta más difícil de reconstruir, dicen, es la confianza del pueblo palestino en su vida política colectiva y la esperanza de que esta conduzca a un futuro mejor. La educación interrumpida, las enfermedades sin tratar, el desplazamiento repetido, el hambre generalizada y la pérdida de redes familiares dejan cicatrices que se extienden mucho más allá de los muros de concreto. Lo mismo ocurre con la violencia psicológica infligida sobre los niños y niñas de Gaza, casi todos los cuales, según estimaciones de la UNICEF, necesitarán apoyo en salud mental y psicosocial durante décadas.

Los edificios pueden reconstruirse, pero el pueblo de Gaza necesita la reconstrucción no solo del lugar, sino del propio tiempo histórico: el tiempo necesario para aprender, sanar, hacer duelo, organizarse e imaginar un futuro. Para recuperar ese futuro, también tendrán que reconstruir la confianza y los instrumentos políticos mediante los cuales la esperanza colectiva se convierta en poder colectivo.

En un intento por clausurar el futuro del pueblo palestino, Israel también ataca su pasado. El feroz asalto sobre Gaza, junto con la campaña continua de desplazamiento en Jerusalén Este y Cisjordania, va acompañado de la destrucción sistemática de la memoria. La violencia israelí ataca, quirúrgicamente, archivos, cementerios, fotografías familiares, galerías, bibliotecas, registros municipales, museos, hitos del barrio y teatros. La violencia contra estas instituciones busca borrar los fundamentos materiales a través de los cuales un pueblo se recuerda a sí mismo, permitiendo que la negación histórica se convierta en hecho consumado. Están las personas muertas y heridas, pero también está la terrible violencia infligida sobre la conciencia palestina.

Mohammed Joha (Palestina), A Man and a Tree [Un hombre y un árbol], 2003.

Quizás esta sea una de las razones por las que la conversación internacional sobre Gaza se ha vuelto más silenciosa. No porque la violencia haya disminuido en absoluto, sino porque sus implicaciones son demasiado terribles para que el mundo las enfrente con honestidad. Enfrentar esta violencia significa reconocer el colapso absoluto de un orden moral que todavía dice hablar en el lenguaje de los derechos humanos. Significaría formular preguntas incómodas sobre la venta y transferencia de armas, la protección diplomática, la censura mediática, las alianzas militares y el valor desigual asignado a diferentes vidas humanas. Debido a esa incomodidad, algunos nombres desaparecen antes de que sus tumbas se hayan asentado, mientras otros quedan grabados en la memoria pública. La destrucción cae en el olvido antes de que llegue a perturbar las conversaciones en las cenas, ahogada por el sonido de los cubiertos abriéndose paso entre los mejores cortes de carne.

Las y los escritores y artistas no pueden despejar los escombros con la eficiencia de equipos de rescate entrenados, ni liderar la reconstrucción de hospitales y escuelas. Pero sí podemos negarnos al silencio e insistir en que la historia se mide no solo por tratados y campañas militares, sino también por las canciones de cuna interrumpidas, los poemas dejados sin terminar y las voces que continúan cantando entre las ruinas. El Instituto Tricontinental de Investigación Social ha sido muy claro, desde nuestra fundación hace una década, en que la violencia sistemática infligida sobre el pueblo palestino y la amnesia sobre esa violencia son inaceptables, y que nunca permitiremos que el olvido se vuelva normal.

Maisara Baroud (Palestina), I’m Still Alive [Todavía estoy vivx], 2024.

Ver el nuevo video musical de nuestros amigos Roger Waters y la aclamada cantante palestina Mona Miari nos recuerda esta negativa. Su canción Comfortably Numb Re-imagined [“Cómodamente anestesiado” reimaginada] no pretende que la música pueda superar la catástrofe, sino que se propone una tarea más discreta: impedir que el sufrimiento de Gaza se vuelva ordinario. En un mundo que está siendo entrenado para mirar hacia otro lado, su canción nos pide seguir mirando e insistir en el recuerdo como base de la lucha por un mundo mejor. Toda formación imperialista busca no solo la obediencia, sino también el olvido. Comfortably Numb Re-imagined, cuyas ganancias se destinan al Palestine Children’s Relief Fund [Fondo de Ayuda a los Niños de Palestina], ofrece la persistencia frágil, pero indispensable, de la solidaridad humana y una negativa a dejar que las historias de las víctimas desaparezcan de nuestra imaginación moral.

En el centro de la canción está Hind’s Lullaby [El arrullo de Hind], un segmento escrito por Mona Miari en honor a Hind Rajab, una niña palestina de seis años asesinada en Gaza mientras suplicaba que los rescatistas llegaran hasta ella. El arrullo convierte ese recuerdo insoportable en una promesa de liberación:

أسمع صوت ملاكٍ
يناديني باسمي
أحرار باقين
أحرار.. باقيين
لو من الأرض للسما.. طالعين
لابد ان تتحرّر فلسطين
Escucho la voz de un ángel
que me llama por mi nombre
Libres… y persistentes
Libres… y persistentes
Si desde la tierra al cielo…ascendemos
Palestina debe liberarse

Cordialmente,

Vijay