Lula y las terribles realidades de una época contrarrevolucionaria | Boletín 45 (2026)
Este octubre, millones de trabajadorxs brasileños se movilizaron para derrotar a la extrema derecha. La tarea fundamental comienza ahora: fortalecer los movimientos de masas y forjar una política económica soberana que desarrolle las fuerzas productivas de Brasil.
Cândido Portinari (Brasil), Morro [Cerro], 1933.
Queridas amigas y amigos,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Luiz Inácio Lula da Silva, conocido como Lula, se ha postulado a la presidencia de Brasil ocho veces desde 1989. Ha ganado la presidencia en cuatro ocasiones (2002, 2006, 2022 y 2026), la más reciente a los 80 años. A lo largo de toda su trayectoria política, desde su elección para la dirección del sindicato metalúrgico de São Bernardo do Campo y Diadema en 1969 hasta esta última victoria, Brasil ha estado bajo una dictadura militar (1964-1985) o bajo un orden democrático en el que las viejas clases dominantes y sus aliados en Washington han conservado la ventaja. Esta correlación de fuerzas ha limitado los logros que Lula ha podido alcanzar en sus gobiernos.
Bora Lula [Vamos, Lula] fue la consigna de esta elección. Pero ¿hacia dónde? La clase trabajadora y el campesinado de Brasil, la población de sus barrios periféricos y los movimientos por la tierra y la vivienda inundaron las calles antes de la segunda vuelta para impedir el regreso de la extrema derecha, representada por Flávio Bolsonaro, y para hacer valer sus propias reivindicaciones. Sin embargo, tras tres presidencias anteriores de Lula, estos límites no son abstractos. El solo hecho de llegar al gobierno no puede disolver el poder del sector financiero, llevar a cabo la reforma agraria, acabar con el trabajo precario ni desmantelar las instituciones mediante las cuales los sectores adinerados ejercen su autoridad. La victoria de Lula protege los logros democráticos y sociales, ganados con tanto esfuerzo, frente a la extrema derecha, pero no cambia el difícil panorama de esta época de contrarrevolución.
Pietrina Checcacci (Brasil), Dinheiro (Dinero), 1967.
Desde principios de la década de 1990, las fuerzas contrarrevolucionarias han disfrutado de un nuevo grado de predominio mundial durante un período que hemos denominado eufemísticamente “neoliberalismo” o “globalización”. Los ciclos de dictaduras militares y golpes de Estado de décadas anteriores ya habían intentado aplastar a las fuerzas de liberación nacional y del socialismo. Luego, la crisis de la deuda de la década de 1980 y la destrucción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) alteraron de manera decisiva la correlación de fuerzas internacional, lo que permitió que esta ofensiva contrarrevolucionaria se consolidara. El imperialismo, hasta entonces contenido en parte por la Unión Soviética, adquirió mayor libertad para castigar a los gobiernos que desafiaban su autoridad. Los nombres dados a este período: neoliberalismo y globalización, describen aspectos importantes de sus políticas y de su integración económica, pero pueden ocultar su sustancia política. La contrarrevolución, como concepto, describe la reversión organizada de las conquistas obtenidas mediante las luchas socialistas, de la clase trabajadora y de liberación nacional, y deja en claro qué fuerzas avanzaron y cuáles se vieron obligadas a retroceder.
La creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 reflejó la ambición de consolidar un orden comercial mundial único. El establecimiento de normas comunes disciplinaba a países con historias y capacidades productivas radicalmente desiguales, favoreciendo a las corporaciones poderosas. Las nuevas restricciones a la propiedad intelectual, por su parte, limitaban el acceso a las tecnologías necesarias para desarrollar las fuerzas productivas. La liberalización de la cuenta de capital se aceleró y el Quinto Protocolo anexo al Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS), de 1997, abrió aún más los mercados financieros a las empresas financieras extranjeras.
A medida que el capital ganaba movilidad, los Estados enfrentaron una presión creciente para competir por la inversión, mientras las reformas neoliberales debilitaban los controles de capital, el control público de las finanzas y la planificación central. Al mismo tiempo, las finanzas transnacionales se expandieron enormemente. BlackRock es un ejemplo de la extraordinaria expansión de la gestión de activos: los activos que administra pasaron de 165.000 millones de dólares en 1999 a 15,5 billones de dólares en septiembre de 2026, lo que representa casi 94 veces el nivel de 1999 en términos nominales. Goldman Sachs muestra de manera similar la expansión de la banca y la gestión de inversiones, con un aumento de los activos totales de aproximadamente 250.000 millones de dólares en 1999 a 1,81 billones de dólares en 2025, es decir, se multiplicaron por 7.
Djanira da Motta e Silva (Brasil), Festa do Divino – Paraty [Fiesta del Divino en Paraty], 1960.
En gran parte de Europa y América del Norte, los partidos socialdemócratas y liberales se acomodaron cada vez más al giro neoliberal y abandonaron sus compromisos anteriores de ampliar el bienestar social y el poder de la clase trabajadora. Esto significó que las fuerzas situadas más a la izquierda tuvieron que sostener buena parte de la lucha por los derechos democráticos y el bienestar social, aun cuando se veían debilitadas por los ataques directos del imperialismo estadounidense y por la reestructuración de la producción y el crecimiento del trabajo precario a partir de la década de 1980.
Con la destrucción de la URSS, muchos partidos comunistas y de izquierda se disolvieron, cambiaron de rumbo o entraron en un fuerte declive. Los movimientos armados se vieron debilitados por ofensivas militares sostenidas (los maoístas de la India) o entraron en un largo proceso de desmovilización (las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP) de Colombia y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) de Turquía. Sin duda, hubo varios avances importantes en este período, como el fin del régimen del apartheid en Sudáfrica en 1994, el inicio del proceso bolivariano en Venezuela en 1998 y el fin de la monarquía de Nepal en 2008. No obstante, en cada uno de estos casos, las transformaciones nacional-democráticas se produjeron mientras las relaciones de propiedad capitalistas sobrevivían en gran medida. El proceso bolivariano fue el que más lejos llegó. Transformó el orden político, incluso mediante la construcción de instituciones comunales socialistas, pero no superó la dependencia de Venezuela de las exportaciones de petróleo crudo.
En estas condiciones, los programas prácticos de buena parte de la izquierda se desarrollaron en torno a tres ejes interconectados: la defensa de las instituciones democráticas, la defensa y ampliación del bienestar social y la construcción de instituciones multilaterales que pudieran ensanchar el margen para el desarrollo soberano. La experiencia de Brasil bajo Lula debe leerse dentro de este contexto más amplio.
Tarsila do Amaral (Brasil), O Vendedor de Frutas [El vendedor de frutas], 1925.
Democracia. En 1975, Lula fue elegido presidente de su sindicato y pronto se convirtió en una figura destacada en la lucha del movimiento obrero contra la dictadura militar. Hoy se olvida que la ola de huelgas entre 1978 y 1980 y la fundación del Partido de los Trabajadores (PT) en 1980, en la que Lula desempeñó un papel protagónico, contribuyeron a debilitar la dictadura y a acelerar la lucha por la redemocratización. Estas luchas formaron parte de un movimiento de oposición mucho más amplio que finalmente puso fin al régimen militar en 1985. La movilización de la clase trabajadora, junto con las luchas campesinas que confluirían a nivel nacional en el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), fundado en 1984, amplió la lucha por el derecho a organizar sindicatos, publicar periódicos, construir partidos políticos y presentarse a elecciones.
En toda América Latina, la extrema derecha y sus aliados han utilizado diversos instrumentos contra la izquierda para revertir las conquistas democráticas. Entre ellos se encuentran desde el lawfare —que incluye el juicio político de 2016 de Dilma Rousseff en Brasil y la reciente detención de la excandidata presidencial ecuatoriana Luisa González— hasta la intervención militar directa, como el ataque de Estados Unidos contra Venezuela en enero de 2026 y secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera combatiente y diputada a la Asamblea Nacional Cilia Flores.
La reelección de Lula preserva conquistas democráticas logradas con mucho esfuerzo, pero por sí sola no amplía la participación popular entre una elección y otra. El MST y otras organizaciones de masas, junto con grupos juveniles e iniciativas digitales como el canal de WhatsApp Exército do Lula [Ejército de Lula], que llegó a sumar más de diez millones de personas suscritas, cumplieron un papel activo en la movilización del electorado durante la campaña, principalmente antes de la segunda vuelta. En los próximos años, los sindicatos, las organizaciones barriales, los movimientos campesinos y los movimientos de la población pobre de las ciudades tendrán que ganar fuerza social para que los procedimientos democráticos sean menos vulnerables al dinero, la manipulación y la intimidación organizada. También deben encabezar la batalla de ideas y de emociones en terrenos donde las fuerzas de ultraderecha han construido bastiones, como las redes sociales y las comunidades religiosas.
Bienestar social. En sus tres mandatos anteriores, Lula ha luchado por ampliar el bienestar social mediante la salud, las pensiones, la educación, la vivienda y el apoyo a los ingresos. El organismo de estadística de Brasil, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), informó que la pobreza se redujo del 27,3% en 2023 al 23,1% en 2024, una proporción de la población que sigue siendo inaceptablemente alta, pero que constituye el tercer descenso anual consecutivo. Detrás de esos porcentajes hay personas que pueden adquirir lo necesario, niñas y niños con mayor seguridad y hogares que recuperan cierta dignidad. La redistribución que no transforma el poder económico ni desarrolla las fuerzas productivas es necesaria, pero limitada.
Durante el período posterior a la dictadura, Brasil ha experimentado una desindustrialización continua junto con niveles de inversión persistentemente bajos, en particular en infraestructura. Sin una base productiva más sólida y sin ingresos públicos crecientes, los programas sociales siguen siendo más vulnerables a las negociaciones fiscales y políticas con los intereses adinerados, en lugar de estar anclados en un crecimiento sostenido de los ingresos y en una base tributaria más amplia. Los tres gobiernos de Lula lograron avances sociales significativos, pero los compromisos políticos que los hicieron posibles también limitaron su alcance y agotaron las alianzas necesarias para luchar por cada palmo de buena voluntad del Estado. La extrema derecha crece dentro de este agotamiento y convierte la humillación de la inseguridad laboral en resentimiento contra las personas migrantes, las mujeres, las minorías y la izquierda. Sin transformar las relaciones sociales que reproducen la inseguridad, sigue siendo difícil proteger y ampliar la dignidad humana. En este terreno complicado de las emociones cotidianas, las explicaciones simplistas y peligrosas de la extrema derecha pueden ganar terreno.
Alfredo Volpi (Brasil), Casario de Itanhaém [Caserío de Itanhaém], fines de la década de 1940.
Multilateralismo. Desde su primer mandato, Lula ha defendido el comercio y la cooperación Sur-Sur como medios para ampliar el espacio soberano del que disponen los países del Sur Global. Brasil no se sumó a Cuba y Venezuela en el proceso de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA) en 2004, pero trabajó con Venezuela para construir la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en 2008, como parte de su compromiso con la integración regional. La formación del BRIC en 2009 reunió a los principales países del Sur en un bloque comercial que desde entonces se ha ampliado y que participa cada vez más en los debates sobre la reforma de la gobernanza mundial. Justo antes de la elección, Brasil se unió a Australia, Barbados, Canadá, la Unión Europea, la India y Kenia como copatrocinador inicial de Partners for Multilateralism [Socios por el Multilateralismo, P4M por su sigla en inglés], una iniciativa para defender y reformar el sistema multilateral.
En conjunto, estas iniciativas reflejan la convicción de Lula de que Brasil debe actuar como puente entre Occidente y el Sur y tener una política externa ativa e altiva [política exterior activa y altiva], lo que significa que no debe limitarse a reaccionar ante las propuestas occidentales, sino contribuir por sí mismo a dar forma a las plataformas multilaterales. Esta cooperación reúne a gobiernos con proyectos de clase distintos y, por ello, no implica en sí misma un programa común de transformación social. Su propósito, más limitado pero importante, es defender el espacio soberano y ampliar el acceso, por ejemplo, al financiamiento para el desarrollo mediante instituciones creadas por países del Sur, como el Nuevo Banco de Desarrollo, presidido actualmente por la expresidenta brasileña Dilma Rousseff.
Estos tres ejes han preservado conquistas indispensables durante esta era de contrarrevolución. Si estos programas defensivos se endurecen hasta convertirse en la totalidad del horizonte político, como suele ocurrir, sus límites se vuelven peligrosos. Las personas no solo necesitan escapar del hambre, sino también comprender por qué la inseguridad sigue regresando y construir la fuerza política necesaria para superar las estructuras que la reproducen. De lo contrario, la frustración puede quedar en manos de fuerzas que prometen una falsa rebeldía mientras fortalecen a quienes poseen la riqueza, que es lo que casi ocurrió en esta reñida elección en Brasil. La contrarrevolución se reproduce, en parte, enseñando a las personas oprimidas que la emancipación es imposible.
Lasar Segall (Brasil), Morro Vermelho [Cerro Rojo], 1926.
La victoria de Lula debe celebrarse como un logro del pueblo trabajador de Brasil, que salió por millones a derrotar a Bolsonaro. Pero ahora debe comenzar el trabajo: fortalecer los movimientos, seguir emancipando a las personas de su sufrimiento y construir una política económica soberana que desarrolle las fuerzas productivas de Brasil. El futuro no puede depender indefinidamente de la extraordinaria capacidad de un solo dirigente para reunir una mayoría. Lo que viene no es solo el próximo Lula, sino una izquierda reconstruida capaz de generar millones de Lulas. Así podríamos ver cambiar la marea y que esta época de contrarrevolución se abra a un nuevo período en el que nuestras expectativas revolucionarias puedan hacerse realidad.
En la antesala de la elección, un gran número de notables artistas de Brasil, como Chico Buarque, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Daniela Mercury, Xamã y Ebony, cantaron Bora Lula como parte de la campaña. Puede que ahora la canción se escuche menos, pero su estribillo debería seguir resonando cada día por las calles de Brasil:
Nosso povo tá na rua
A mudança continua.[Nuestro pueblo está en la calle
El cambio continúa].
Cordialmente,
Vijay