La Larga Marcha a sus noventa años: soberanía y poder dual
Años antes de la victoria de 1949, los comunistas chinos construyeron en las montañas de Ruijin un Estado desde abajo –con su banco, moneda, escuelas y funcionarios revocables–: lecciones necesarias para el Sur Global.
Shen Yaoyi (China), El Ejército Rojo conquista el Puente Luding del álbum La cinta roja sobre la tierra, 1993.
Queridxs amigxs:
Saludos desde el escritorio de Tricontinental Asia.
Este mes, hace noventa años, llegó a su fin la Larga Marcha. El 22 de octubre de 1936, en Huining y Jiangtaibao, en la meseta donde Gansu se encuentra con Shaanxi, se unieron el Primer, el Segundo y el Cuarto Ejércitos de Frente del Ejército Rojo. Había llegado la última de las columnas. Tras dos años de combates y caminatas –recorriendo más de nueve mil kilómetros, dieciocho cordilleras y veinticuatro ríos, perseguidos desde el aire y por cientos de miles de tropas enemigas–, la revolución china llegó a Yan’an. Los comunistas habían viajado desde el sur de Jiangxi hasta el norte de Shaanxi, convirtiendo aquel polvoriento pueblo de diez mil habitantes en la nueva sede de la resistencia.
Lo que llegó al norte no fue solo un ejército. De los 86.000 que partieron del Área Soviética Central en 1934, unos 8.000 llegaron al final del camino: “una odisea sin parangón en los tiempos modernos”, dijo el periodista estadounidense Edgar Snow en Estrella roja sobre China. Sin embargo, quienes marchaban llevaban consigo algo que ningún cerco podía destruir: la experiencia de la República Soviética China, establecida en Ruijin, Jiangxi, en 1931; una experiencia de construir poder antes de tomar el poder, un Estado formado desde abajo.
Yang Yanping (China), Combate en un lugar tras otro, en ruta, 1977.
Nunca olvides a quienes cavaron el pozo
Mucho antes de que los comunistas chinos gobernaran desde Beijing, aprendieron a gobernar en las zonas rurales. En noviembre de 1931, 610 delegados de las bases revolucionarias, de unidades del Ejército Rojo y de organizaciones de obreros y campesinos se reunieron en Yeping, Ruijin, y fundaron la República Soviética China, el primer gobierno democrático de obreros y campesinos de China a nivel nacional. Su constitución provisional confería el poder a los obreros, los campesinos y los soldados del Ejército Rojo, extendía el derecho al voto a partir de los dieciséis años sin distinción de sexo, y promulgaba leyes agrarias, laborales y matrimoniales que convertían las grandes cuestiones de la vida aldeana en asuntos de derecho público: quién cultivaría la tierra, si una mujer podía elegir a su marido, si el hijo o la hija de una familia pobre podía ir a la escuela.
La república era el poder dual en la práctica: un Estado alternativo que crecía dentro del territorio de un orden viejo y hostil, con su propio ejército, su propia ley y su propio dinero. Su Banco Nacional abrió en febrero de 1932 con cinco empleados y comenzó a emitir la moneda propia de la república, con el rostro de Lenin en el billete de un yuan.
Cuando el bloqueo del Kuomintang (KMT) dejó a la base sin sal, medicinas y tela, una Oficina de Comercio Exterior intercambió arroz y tungsteno por aquello sin lo cual el pueblo no podía vivir. Una agencia de noticias fundada junto con la república imprimía China Roja, que para 1934 tenía una circulación de más de cuarenta mil ejemplares. En enero de 1934, 3.052 “escuelas Lenin” tenían matriculados a 89.710 niños y niñas –cerca de la mitad de la población en edad escolar de la base– en aulas improvisadas en salones ancestrales.
En las elecciones se publicaban las listas de candidatos y se permitía la revocación; en un municipio, los electores destituyeron a un candidato que se había quedado con tierras buenas para sí mismo y a otro que no pudo dar cuenta de fondos donados. Los cuadros se formaban en el método que llegaría a definir la revolución: la línea de masas, es decir, aprender del pueblo, concentrar su experiencia en políticas y devolverlas al pueblo mediante la organización y la acción.
En el pueblo de Shazhouba, Mao Zedong solía sentarse bajo el viejo alcanfor frente a su residencia y conversar con los aldeanos sobre su vida cotidiana. A través de estas conversaciones, Mao supo que obtenían el agua para beber y cocinar de estanques fangosos que también usaba el ganado. Mao investigó posibles fuentes de agua junto con cuadros y soldados, defendió la excavación de un pozo –superando los temores supersticiosos locales– y asumió la responsabilidad de iniciar la obra. Ese pozo sigue en pie, con una lápida de piedra detrás que dice: “Al beber agua, nunca olvides a quienes cavaron el pozo”.
La Larga Marcha fue una retirada estratégica, después de que los comunistas comprendieran que ya no podían resistir el Quinto Cerco del KMT, pero no fue una retirada hacia la nada. Llevaban consigo la experiencia de la república –sus leyes, su moneda, sus escuelas y su método– a través de China. Fue también durante la reunión de Zunyi, en enero de 1935 –en plena Larga Marcha–, cuando el liderazgo de Mao sobre el Partido Comunista de China se estableció en la práctica.
Qian Songyan (China), El Ejército Rojo no teme las penurias de una marcha distante, s/f.
Tres formas de poder
Aquí, en Tricontinental: Instituto de Investigación Social, hemos estado discutiendo distintas formas de poder como preparación para un próximo dossier. El poder social es la capacidad organizada del pueblo para actuar en conjunto y moldear el sentido común. El poder gubernamental es la capacidad de acceder a las instituciones de gobierno y utilizarlas. El poder sistémico es la capacidad de transformar el carácter de clase del Estado y poner los medios de producción y el excedente social bajo autoridad democrática. Estas distinciones importan porque una victoria electoral no es una revolución, y un movimiento social es difícil de sostener sin construir instituciones.
Ruijin y Yan’an muestran las tres formas construidas a la vez, como un solo proceso, en las condiciones más hostiles. El poder social se construyó mediante más de diez mil cooperativas, organizaciones de mujeres, clases de alfabetización que enseñaron a escribir a los campesinos y una educación política que formó cuadros. El poder gubernamental se construyó mediante los congresos soviéticos, la constitución y los comisariados de tierra, trabajo, finanzas y educación, instituciones que rendían cuentas a la base de masas. El poder sistémico se construyó mediante una redistribución de la tierra que abolió la propiedad terrateniente, una jornada de ocho horas con igual salario y un banco que puso las finanzas bajo autoridad revolucionaria.
En las bases de apoyo, la organización social, la autoridad armada, la administración, la reforma agraria y las nuevas instituciones políticas se desarrollaron conjuntamente en territorios disputados con el viejo orden. Este es el poder dual como estrategia, en la que el poder se entiende como un proceso y cada institución se mide según si la gente común gana cada vez más capacidad para dar forma a su propia vida.
¿Por qué debería el Sur Global estudiar Ruijin, noventa años después?
Para la mayor parte del Sur Global, el Estado que heredamos es una construcción colonial: sus fronteras, sus sistemas tributarios y sus instituciones coercitivas fueron construidas para la extracción. La independencia formal no disolvió economías organizadas en torno a las materias primas, las finanzas extranjeras y la deuda. La soberanía se ve limitada a diario por el Fondo Monetario Internacional, las sanciones, el dólar estadounidense y acuerdos comerciales negociados en salas a las que no entramos.
La soberanía es, por tanto, un terreno real de lucha y una condición previa de cualquier programa transformador. Pero la soberanía es necesaria y no suficiente: recuperar la bandera sin transformar las relaciones de producción puede simplemente sustituir una élite compradora por una nacional. La lucha antiimperialista y la lucha de clases deben verse como dos dimensiones de un mismo proceso.
Ruijin es valioso porque muestra ambas tareas realizadas en un solo movimiento, bajo asedio. Al mismo tiempo, nos enseña que aprender de la experiencia de otros –ya sea de Moscú o de cualquier experiencia revolucionaria– nunca debe convertirse en una copia mecánica. “Sin investigación no hay derecho a hablar”, escribió Mao tras su estudio del condado de Xunwu en 1930; un argumento contra el culto a los libros que es también un argumento a favor del derecho y la necesidad de cada pueblo de pensar por sí mismo, a partir de sus propias condiciones.
Zhang Renyuan (China), El Ejército Rojo en marcha, 1976.
La cuna de la Revolución
La culminación de la Larga Marcha se conmemora en China no como una retirada, sino como una fundación: desde Yan’an, la revolución se convirtió en el cuartel general de la resistencia nacional, abriendo el camino a la fundación de la República Popular China (RPC) el 1 de octubre de 1949. Los soldados cansados y curtidos que llegaron a Yan’an hace noventa años pasaron –en poco más de una década– a movilizar a decenas de millones de campesinos, construir un partido de 1,2 millones de militantes y un ejército de un millón de soldados, y producir las instituciones y el pensamiento que gobernarían China.
Ese hilo es también una obligación material. La remota región que fue la cuna de la revolución –la antigua Área Soviética Central– estuvo entre las últimas de China en recibir carreteras, industria y servicios públicos confiables. Se dice que los dirigentes de la primera generación, de Mao a Zhou Enlai, siempre lamentaron no haber podido regresar nunca a Ruijin después de la revolución. En junio de 2012, el Consejo de Estado hizo de la revitalización de la región una responsabilidad nacional, emparejando ministerios centrales con condados concretos y renovando casas de adobe.
En Huawu, una aldea de la zona de Yeping en Ruijin, diecisiete pinos representan a diecisiete hombres que partieron para unirse al Ejército Rojo y nunca regresaron. Durante décadas, sus familias vivieron en la pobreza a la vista de esos árboles. Para el décimo aniversario de la política de 2012, la totalidad de los 1,95 millones de personas registradas como pobres en la prefectura de Ganzhou había salido de la pobreza, incluidas las familias de Huawu. La aldea recibe hoy decenas de miles de visitantes al año, entre ellos académicos de África, Asia y América Latina que llegan mediante programas de estudio a Gannan, una base de investigación de campo del Foro Académico del Sur Global.
“La República Popular nació aquí”, dice la inscripción del museo conmemorativo de Ruijin. La RPC no ha olvidado de dónde viene.
La culminación de la Larga Marcha es un hecho de la historia mundial que el Sur Global guarda en su memoria: un ejército andrajoso llegó al norte llevando consigo la experiencia del doble poder, y a partir de esos comienzos se construyó un mundo nuevo.
El poder para construir un mundo nuevo no está guardado en parlamentos ni palacios; es la capacidad creciente de la gente común para dar forma a su trabajo, gobernar sus comunidades, exigir cuentas a sus dirigentes y decidir su futuro compartido. Dondequiera que esa capacidad se esté construyendo hoy –en las aldeas de Gannan, en los sindicatos y cooperativas de Asia, en cada movimiento que rechaza los límites del viejo orden–, la Larga Marcha sigue en marcha.
Cordialmente,
Tings Chak y Grace Cao
Tings es co-coordinadora para Asia de Tricontinental: Instituto de Investigación Social y editora de Wenhua Zongheng, y Grace es gerente de proyectos de Wenhua Zongheng e intérprete de chino e inglés.