Más allá de la polaridad: hacia una teoría marxista del orden mundial
Un mapa de los Estados poderosos muestra dónde parece residir el poder, no cómo se produce: relaciones de clase, capital, jerarquía imperial y lucha popular configuran el poder estatal y las relaciones entre Estados.

Collage del Instituto Tricontinental de Investigación Social a partir de una proyección cartográfica Dymaxion y de mapas islámicos, mesoamericanos, etíopes y chinos realizados entre los siglos XII y XVII.
Imágenes procedentes de: Muhammad al-Idrisi, Tabula Rogeriana, 1154, reconstrucción y transcripción de 1929 a cargo de Konrad Miller, vía Wikimedia Commons. Matteo Ricci y Li Zhizao, Kunyu Wanguo Quantu (坤輿萬國全圖), 1602. Biblioteca del Congreso, División de Geografía y Mapas, vía Wikimedia Commons. Código Xólotl, Lámina 1, Tetzcoco, México, c. 1541, vía Wikimedia Commons. Mapa circular de Tigray del Māshafā Aksum (Libro de Aksum), anterior al siglo XVIII. Bibliothèque nationale de France, Colección Antoine d’Abbadie, vía Wikimedia Commons. Justinkunimune, Blank World Map, Dymaxion Projection [Mapa mundial en blanco, proyección Dymaxion], 2023, Wikimedia Commons, CC0 1.0.
Los mapas de este dossier trazan cómo el orden mundial hegemónico ha organizado y representado el mundo; desde la época colonial, el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial y la bipolaridad de la Guerra Fría hasta el capital internacionalizado, la división Norte-Sur y la unipolaridad estadounidense. Más allá de representaciones, destilan los conceptos que las potencias imperiales y coloniales han utilizado para ejercer el poder. Cada gota de tinta es una elección: qué se sitúa en el centro, qué países se ponen arriba, qué distorsiones son aceptables. La portada reúne tradiciones cartográficas con diferentes centros, orientaciones y cosmologías, y plantea una pregunta: más allá de los polos y los bloques, ¿cómo podríamos entender las relaciones sociales desiguales que constituyen el propio orden mundial?
La proyección de Mercator se desarrolló en 1569 para la navegación europea durante el período colonial. Durante la expansión imperialista, se convirtió en la proyección cartográfica estándar, que actualmente se utiliza.
Este mapa, que muestra las esferas de influencia de las “grandes potencias” y sus posesiones, fue creado por H. E. C. Robinson en 1908. Fuente: Biblioteca Nacional de Australia, vía Wikimedia Commons.
El lenguaje de la “unipolaridad” y la “multipolaridad”, es decir, si el poder global se concentra en un solo Estado dominante o se distribuye entre varios Estados importantes, se ha vuelto casi inevitable en los debates políticos. Los responsables políticos de Estados Unidos y de sus aliados han descrito a menudo el sistema internacional posterior a la Guerra Fría como un “orden internacional liberal” cada vez más amenazado por “potencias revisionistas” como China y Rusia. Muchos gobiernos y movimientos del Sur Global, en cambio, celebran lo que consideran el surgimiento de un mundo multipolar en el que Washington ya no puede dictar los términos de la vida internacional. Esta aspiración es comprensible. Todo debilitamiento de la capacidad de Estados Unidos para imponer bloqueos y sanciones unilaterales, organizar golpes de Estado y librar guerras puede abrir espacio político para el desarrollo soberano y para que la lucha de clases avance.
La “multipolaridad” puede funcionar como consigna de resistencia a la primacía estadounidense y ofrecer una descripción aproximada de cómo se distribuyen ciertas formas de poder estatal. Sin embargo, su atractivo político no debe confundirse con capacidad explicativa. El número de Estados poderosos dice poco sobre las relaciones sociales que producen su poder, los intereses de clase organizados en su interior o las jerarquías imperialistas que los conectan. La multipolaridad no proporciona, por sí sola, una explicación marxista del mundo. Cuando se la trata como tal, puede inducirnos a creer que una distribución más amplia del poder estatal es intrínsecamente progresista.1
El expresidente venezolano Hugo Chávez, quien tenía todos los motivos para acoger con agrado un mundo con múltiples centros, estaba tan insatisfecho con el término “multipolaridad” que acuñó el de “pluripolaridad” en contraposición, insistiendo en que lo que importaba no era el número de centros, sino si los sujetos populares eran los agentes de la transformación.2 La necesidad de precisar este contenido político era en sí misma reveladora: el número de polos por sí solo no dice nada sobre las fuerzas de clase ni sobre los sujetos populares que configuran el orden resultante.
Por lo tanto, un análisis marxista debe sustituir la aritmética de los polos por el análisis de una cadena: un sistema de formaciones sociales de desarrollo desigual, constituidas internamente por la lucha de clases y vinculadas entre sí por relaciones de explotación y dependencia. La pregunta no es cuántos polos hay, sino cómo se sostiene la cadena y dónde es más susceptible de romperse.
El problema, entonces, reside en la propia imagen del polo. Esta nos pide imaginar el sistema internacional como un conjunto de Estados soberanos tratados como sus unidades decisivas, cada uno de los cuales posee una cantidad mensurable de poder. Según cómo se distribuya ese poder, el sistema se describe como unipolar, bipolar o multipolar. Este vocabulario nos dice cuántas grandes potencias cuentan como polos geopolíticos. No nos indica qué tipo de orden social reproduce cada Estado, cómo se produce su poder, qué intereses de clase dan forma a ese poder, ni a través de qué relaciones transnacionales se ejerce. Captura una imagen del tablero de ajedrez mientras oculta las relaciones sociales que fabricaron el tablero, esculpieron las piezas y decidieron quién tiene permiso para jugar.
La polaridad se presenta como una forma de medición. Si se mide mediante el producto interno bruto (PIB) a paridad de poder adquisitivo (PPA), que ajusta las diferencias en los niveles de precios entre países, el mundo parece económicamente plural. Ninguna economía por sí sola ejerce algo parecido a la dominación que implica la palabra “unipolaridad”. No obstante, si se mide por el gasto militar y los sistemas de alianzas organizados en torno a él, ese mismo mundo parece mucho más concentrado: en 2022, Estados Unidos representó por sí solo alrededor del 53,5% del gasto militar mundial y el bloque militar liderado por este país concentró el 74,3%. Estados Unidos mantenía, además, al menos 902 bases militares en el extranjero, lo que constituye, sin duda, la red más grande del mundo (Tricontinental, 2024).
Si se mide de una tercera manera, por el control sobre mercados e infraestructuras críticos que funcionan como puntos de atasco estratégico en la producción y el intercambio contemporáneos, el mundo no parece plural ni bipolar, sino cercano al monopolio. Aun así, esta concentración no se corresponde nítidamente con los Estados. Cuatro empresas controlan el 56% del mercado mundial de semillas comerciales y el 61% del mercado de plaguicidas. Una de ellas es Bayer, que absorbió a Monsanto y su cartera de patentes en 2018 (ETC Group y GRAIN, 2025; Howard, 2021). Tres empresas, Eli Lilly, Novo Nordisk y Sanofi, controlan más del 90% del mercado mundial de insulina en valor y alrededor del 95% del mercado en los países de ingresos bajos y medianos (Access to Medicine Foundation, 2022).3Palantir, una sola empresa estadounidense, suministra la plataforma de datos en la que el Ejército de Estados Unidos ejecuta sus operaciones y las autoridades migratorias estadounidenses rastrean a las personas.4
La misma concentración se observa en las finanzas y la energía. El dólar representa más de cuatro quintas partes del financiamiento del comercio mundial, un predominio que excede con creces la participación de Estados Unidos en la producción o el comercio mundiales. Se trata de una forma de dominio monetario que una clasificación basada en el peso económico nacional no puede reflejar.5 En el sector energético, la propiedad de un recurso puede, igualmente, divergir del control sobre los circuitos a través de los cuales llega al mercado. Esta divergencia es visible en los vecinos Venezuela y Guyana. Venezuela es propietaria absoluta de su petróleo desde 1976, pero la agresión estadounidense —ya sea militar, como el bombardeo del 3 de enero de 2026; económica, con más de 1.000 sanciones y otras medidas coercitivas unilaterales, o de otro tipo— sigue determinando las condiciones bajo las que se puede vender el petróleo venezolano a nivel internacional. En la vecina Guyana, el acuerdo de producción compartida de 2016 que rige el bloque de Stabroek, situado mar adentro, restringe la capacidad del gobierno para modificar sus términos sin el consentimiento previo por escrito del consorcio liderado por ExxonMobil (Oficina de Control de Activos Extranjeros [OFAC], s. f.).
Tres formas de medir, tres mundos distintos, una sola realidad. El desacuerdo entre quienes ven unipolaridad y quienes ven multipolaridad no es, por lo tanto, un simple desacuerdo sobre los hechos. Es también un desacuerdo sobre qué relaciones constituyen poder, y es precisamente esta pregunta la que debe resolverse antes de comenzar cualquier recuento, una pregunta que el vocabulario de los polos deja sin respuesta.
La polaridad también hereda lo que suele denominarse una representación westfaliana del poder: un mundo compuesto principalmente por Estados territoriales soberanos tratados como unidades internamente coherentes. Esto oculta cómo los Estados territoriales, los mercados capitalistas, las compañías coloniales privilegiadas y los circuitos transfronterizos de acumulación de capital se desarrollaron conjuntamente. Décadas antes de la Paz de Westfalia de 1648, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602, poseía amplios poderes comerciales y cuasi soberanos, incluida la autoridad para declarar la guerra, celebrar tratados y construir fuertes (Brandon, 2017). Por lo tanto, la historia del sistema mundial capitalista moderno no es una en la que primero aparecieron Estados soberanos plenamente formados y sólo después las corporaciones cruzaron sus fronteras. El poder capitalista combinó formas territoriales, comerciales e imperialistas desde el principio.
La Carta del Atlántico de 1941 estableció una visión angloestadounidense del orden de posguerra, al afirmar el derecho de “todos los pueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual han de vivir”, mientras Gran Bretaña aún gobernaba un vasto imperio colonial.
Mapa creado por MacDonald Gill en 1942. Fuente: Colección de Cartografía Persuasiva P.J. Mode, Biblioteca de la Universidad de Cornell, vía Wikimedia Commons.
La genealogía estadounidense de la polaridad
El vocabulario moderno de la polaridad surgió del mundo institucional y político de la ciencia política estadounidense posterior a 1945. Como veremos, contaba con antecedentes más antiguos en los debates europeos sobre el equilibrio de poder. Sin embargo, fue en Estados Unidos, en medio de la revolución conductista, la teoría de sistemas, la estrategia de la Guerra Fría y la rápida expansión de la investigación universitaria sobre seguridad nacional, donde la “polaridad” pasó a ser tratada como una propiedad formal del sistema internacional. La figura central en la consolidación de la polaridad como teoría de la estructura internacional fue Kenneth Waltz, el principal arquitecto del neorrealismo. En lugar de partir de las características internas de los Estados, el neorrealismo buscó explicar su comportamiento a través de las restricciones de un sistema internacional anárquico y de la distribución de capacidades entre sus principales Estados.
Waltz se basó en el trabajo de Morton Kaplan, cuyo libro Sistema y proceso en la política internacional (1957) contribuyó a traducir la historia diplomática de los equilibrios de poder y las alianzas a modelos abstractos regidos por reglas. Kaplan organizó la política internacional en seis modelos: el de equilibrio de poder, el bipolar flexible, el bipolar rígido, el universal, el jerárquico y el de veto unitario. Le dio así un andamiaje propio de la teoría de sistemas a lo que hasta entonces se había estudiado en gran medida por medio de la historia diplomática. Tanto Kaplan como Waltz estudiaron en la Universidad de Columbia con el especialista en relaciones internacionales William T. R. Fox, quien acuñó el término “superpotencia” en 1944. En un momento en que la ciencia política estadounidense buscaba cada vez más modelar el comportamiento político en términos formales y científicos, Kaplan primero y Waltz después recurrieron a la teoría general de sistemas para analizar la política internacional. Las historias del imperialismo, la revolución y la lucha de clases fueron desplazadas por interacciones abstractas entre unidades formalmente comparables. La clase no tuvo que ser refutada explícitamente: desapareció del propio objeto de estudio.
Waltz dio a este enfoque sistémico su forma neorrealista canónica. En La estabilidad de un orden bipolar y, de manera más sistemática, en Teoría de la política internacional sostuvo que el sistema internacional era anárquico, es decir, que ninguna autoridad central se situaba por encima de los Estados soberanos. Dentro de este sistema, los Estados eran tratados como funcionalmente similares a pesar de las diferencias en sus sistemas políticos y sociales, y se distinguían principalmente por la distribución de capacidades entre ellos (1964; 1979). Los órdenes internos de estos Estados podían diferir profundamente, pero la teoría estructural de Waltz abstraía esas diferencias y sus modelos trascendían la ideología. Estados Unidos y la Unión Soviética podían, por lo tanto, ser tratados como unidades funcionalmente comparables que ocupaban dos polos, y su conflicto podía analizarse principalmente a través de la estructura de la bipolaridad y no del antagonismo entre sus sistemas sociales. Que en cada país la producción estuviera organizada por el capitalismo o por el socialismo se consideraba una diferencia interna, no algo constitutivo del propio sistema internacional. Esta abstracción no era inocente. Convirtió una coyuntura históricamente específica de la Guerra Fría en una teoría general de la política internacional. Dentro de este marco, la revolución anticolonial, los sistemas sociales en competencia, el intercambio desigual y el imperialismo estadounidense quedaron analíticamente subordinados al número y al peso relativo de los Estados más fuertes. El marco resultante reflejaba fielmente las preocupaciones de un establishment de seguridad nacional estadounidense centrado, ante todo, en la estabilidad estratégica y la gestión de la rivalidad.
Durante la Guerra Fría, Waltz sostuvo que la bipolaridad era más estable que la multipolaridad porque las dos superpotencias dependían menos de sus aliados y podían evaluar con mayor precisión las capacidades de la otra. A medida que la URSS se desintegraba, este mismo vocabulario conceptual se reorientó para describir la primacía estadounidense. En su conferencia conmemorativa de Henry M. Jackson de 1990, Charles Krauthammer sostuvo que la aparente pluralidad del poder mundial ocultaba el predominio de una única superpotencia, Estados Unidos (1990/1991). El concepto pronto pasó del comentario político a la investigación académica realista. En su obra La estabilidad de un mundo unipolar, William Wohlforth argumentó que la magnitud del predominio de Estados Unidos dificultaba el contrapeso y hacía menos probable una guerra entre grandes potencias (1999). Ese mismo año, Samuel Huntington describió el orden emergente como “uni-multipolar”: una superpotencia que operaba junto a varias grandes potencias cuya cooperación a menudo requería (1999). Aunque estos autores discrepaban sobre el número de polos y la distribución de capacidades entre ellos, compartían la misma concepción subyacente del sistema internacional: los Estados como unidades comparables cuyas capacidades relativas determinan su estructura.
A medida que el predominio de Estados Unidos se ha erosionado en algunos ámbitos mientras permanece firme en otros, el lenguaje de la polaridad ha vuelto al centro del debate. Las categorías heredadas de Kaplan y Waltz se utilizan ahora para preguntarse si China, Rusia, India, Brasil y otros Estados constituyen polos independientes. El debate suele girar en torno a indicadores como el PIB, el gasto militar, la población, la capacidad tecnológica y el alcance diplomático. Sin embargo, “multipolaridad” se usa a menudo menos para identificar una estructura coherente del poder mundial que para describir el declive relativo del poder estadounidense. Lo que a menudo queda sin cuestionar en estas descripciones sucesivas, la bipolaridad, el momento unipolar y ahora la multipolaridad, es el supuesto de que los Estados territoriales son los contenedores básicos del poder y que el orden mundial puede entenderse jerarquizándolos.
Los límites de este enfoque se hacen más evidentes cuando intentamos interpretar la guerra en Ucrania, la expansión de los BRICS+ o las distintas posiciones y políticas de China, Rusia, India y Brasil. Estos Estados no pueden ser tratados como unidades equivalentes solo porque se resisten a determinadas iniciativas estadounidenses, negocian con ellas u operan al margen de ellas. Sus bloques gobernantes, formas de propiedad, relaciones con las finanzas internacionales, presiones populares y posiciones dentro de la cadena imperialista difieren marcadamente. Esas diferencias ayudan a explicar por qué gobiernos que cooperan en el marco de los BRICS+ u otra institución multilateral pueden divergir notablemente en otras cuestiones, y por qué un mismo Estado puede resistir la presión estadounidense en política exterior mientras reproduce la explotación a nivel nacional y las relaciones de dependencia a nivel internacional.
Además, juzgado por sus propios criterios, el historial predictivo de este marco después de la Guerra Fría ha sido, en el mejor de los casos, desigual. El realismo estructural nunca fue meramente descriptivo: sus defensores lo utilizaron para hacer predicciones concretas sobre cómo se desarrollaría el orden posterior a la Guerra Fría. En 1993, Waltz sostuvo que las presiones del equilibrio de poder empujarían a Alemania y Japón hacia la condición plena de grandes potencias, incluida la adquisición de armas nucleares (1993).6 Partiendo de premisas realistas similares, John Mearsheimer sostuvo en 1990 que, si las fuerzas estadounidenses y soviéticas se retiraban de Europa y el sistema de alianzas de la Guerra Fría se disolvía, Europa volvería a un orden multipolar más propenso a la inestabilidad (1990). Ninguna de las dos predicciones se cumplió. Alemania y Japón no adquirieron armas nucleares. Estados Unidos mantuvo su presencia militar en Europa. La OTAN se expandió.
Una explicación marxista de esta secuencia de acontecimientos apunta, en cambio, a relaciones que el realismo estructural deja en gran medida de lado. En Alemania y Japón, las fracciones de clase dominantes se integraron en circuitos de acumulación centrados en Estados Unidos, mientras que sus aparatos estatales se reestructuraron dentro del orden más amplio liderado por Estados Unidos (McCormack, 2007; Lundestad, 1998). Esta estructura no dejó de determinar los resultados. La estructura nunca fue la que describió Waltz.
La obra de Mearsheimer ilustra tanto la fortaleza como los límites de esta tradición. Su rechazo al lenguaje de la “promoción de la democracia”, utilizado para justificar la expansión de la OTAN hacia el este, puede iluminar las presiones estratégicas que rodean la guerra en Ucrania con mayor claridad que los relatos enmarcados principalmente en términos de valores liberales. Con todo, al tratar a las grandes potencias principalmente como Estados en busca de seguridad y funcionalmente similares, el realismo no puede explicar adecuadamente las fuerzas de clase que dan forma a la política rusa, ucraniana, europea y estadounidense. Tampoco puede explicar los intereses materiales organizados a través de la energía, las finanzas, la producción de armas y las relaciones de propiedad, ni las estructuras imperiales desiguales en las que se toman las decisiones estratégicas. Una crítica de la ideología liberal es necesaria, pero sin un análisis social de los Estados y las fuerzas de clase involucrados permanece incompleta.
Paradójicamente, el discurso que hoy anuncia el fin del predominio estadounidense sigue arraigado en un marco conceptual desarrollado dentro de la academia de seguridad nacional de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Las relaciones sociales y de clase que contribuyeron a dar forma al orden posterior a la Guerra Fría son precisamente las que este marco tiende a no registrar.
Este mapa representa los dos bloques antagónicos de la Guerra Fría y la lógica geopolítica de la bipolaridad.
Robert M. Chapin, Two Worlds 1950 [Dos mundos, 1950], 1950.
Fuente: Time, 2 de enero de 1950, vía la Colección de Cartografía Persuasiva P.J. Mode, Biblioteca de la Universidad de Cornell, vía Wikimedia Commons.
El modelo westfaliano y el mercado mundial
La teoría de la polaridad se basa en lo que a menudo se denomina una representación westfaliana del orden internacional: un mundo compuesto por Estados territorialmente delimitados, cada uno soberano dentro de sus fronteras y formalmente igual a los demás, que interactúan en ausencia de cualquier autoridad superior. El término remite a la Paz de Westfalia, los acuerdos concluidos en Münster y Osnabrück en 1648 que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años —un conflicto devastador en Europa Central marcado por divisiones religiosas, rivalidad dinástica y luchas por la autoridad política dentro del Sacro Imperio Romano Germánico— y que más tarde fueron tratados en la teoría de las relaciones internacionales como el nacimiento del sistema moderno de Estados soberanos. Ahora bien, los tratados de Münster y Osnabrück de 1648 no inventaron de repente la soberanía ni produjeron una separación nítida entre jerarquía interna y anarquía internacional. Más bien, dirimieron la guerra dentro de un orden dinástico e imperial estratificado, en el que la autoridad política permanecía superpuesta, desigual y socialmente heterogénea. Por eso, los historiadores y los especialistas en relaciones internacionales han cuestionado el “mito westfaliano”, la idea de que los acuerdos de 1648 crearon el sistema moderno de Estados soberanos (Teschke, 2003). La importancia de Westfalia reside menos en lo que los tratados crearon de inmediato que en lo que más tarde llegaron a simbolizar en la teoría internacional: el supuesto nacimiento de un mundo compuesto por Estados soberanos territorialmente delimitados.
Para Waltz, Westfalia sirvió como un límite histórico útil. En Teoría de la política internacional, sostuvo que, desde Westfalia en adelante, no más de ocho grandes Estados habían competido al mismo tiempo por el dominio del sistema mundial. Waltz recurrió a este ejemplo europeo temprano para demostrar el problema estructural de la multipolaridad, dejando en buena medida de lado las personalidades de cada gobernante y los detalles de las maniobras diplomáticas.
Una segunda vía para pensar la multipolaridad surgió del estudio de Henry Kissinger sobre el Congreso de Viena. Su tesis doctoral de Harvard de 1954, reelaborada y publicada en 1957 como Un mundo restaurado, examinó cómo Castlereagh y Metternich recurrieron a la legitimidad, la moderación y el equilibrio para estabilizar el arreglo posnapoleónico (1957). Kissinger se preguntó cómo la diplomacia podría gestionar un orden multipolar. Waltz se preguntó cómo el número y las capacidades relativas de las grandes potencias condicionaban la diplomacia independientemente de quién las gobernara. En conjunto, estos enfoques establecieron las dos concepciones estadounidenses dominantes de la multipolaridad: una centrada en la gestión diplomática y la otra en la estructura sistémica.
En ambas explicaciones del orden interestatal, las relaciones económicas quedan subordinadas a las relaciones entre Estados soberanos. Lo que se pierde de vista es el desarrollo histórico del capital mercantil, industrial y financiero; la formación de mercados nacionales e internacionales; y las instituciones jurídicas y políticas que rigen el comercio, la propiedad, el trabajo y la inversión. Waltz reconoció que las grandes corporaciones “y otros actores no estatales son difíciles de regular y pueden rivalizar en influencia con algunos Estados” (1979: 94). Aun cuando la “importancia” de los actores no estatales es “obvia”, argumentó, ello no vuelve obsoleta la “concepción estadocéntrica de la política internacional”. La cuestión, entonces, no es si Waltz reconoció a los actores no estatales, sino si estos pueden ser tratados como fuerzas secundarias que operan dentro de un sistema cuya estructura básica ya está definida por los Estados. Desde un punto de vista marxista, no pueden: las capacidades atribuidas a los Estados son a su vez producidas mediante relaciones de propiedad, producción, finanzas, imperio y lucha de clases, que traspasan las fronteras territoriales.
Para los marxistas, esta omisión importa porque los Estados territoriales modernos no se desarrollaron primero como unidades políticas cerradas para solo después incorporarse a las relaciones económicas capitalistas. El sistema estatal moderno y el mercado mundial capitalista se desarrollaron en conjunto. La consolidación de la soberanía europea estuvo ligada a la esclavitud, el despojo y el dominio colonial en el exterior.7 La igualdad formal de los Estados soberanos en el derecho internacional ha coexistido durante mucho tiempo con una profunda jerarquía material en todo el sistema mundial: colonias privadas de soberanía, Estados deudores formalmente independientes, territorios ocupados, protectorados y Estados cuyo margen de acción política se ve limitado por acreedores, normas comerciales, sanciones y amenazas militares. La soberanía territorial moderna misma se forjó a lo largo de siglos mediante la guerra, la conquista colonial, las relaciones de propiedad capitalistas y la lucha de clases.
La metáfora del polo convierte estas relaciones en atributos de Estados individuales. El poder financiero aparece como algo que posee Estados Unidos, en lugar de un conjunto de relaciones que se reproducen a través del papel internacional del dólar, los bancos centrales y comerciales, los contratos de deuda, los sistemas de pago, la contabilidad corporativa y las restricciones que estos acuerdos imponen a otros Estados. La producción contemporánea se organiza mediante cadenas de valor mundiales en las que el control corporativo, la manufactura, la logística, los datos, la propiedad intelectual y la ubicación de las ganancias están geográficamente dispersos. Una corporación puede poseer pocas fábricas y, sin embargo, controlar a miles de proveedores mediante normas, patentes, contratos de compra y plataformas digitales. Lxs trabajadorxs de todo el Sur Global pueden integrarse en las mismas redes de producción transnacionales y permanecer divididos por fronteras, regímenes salariales, controles migratorios y una exposición diferencial a los daños ambientales. Las empresas líderes y los propietarios financieros tienden a acaparar una parte desproporcionada de valor y de ganancias, mientras que los proveedores, lxs trabajadorxs y los Estados asumen gran parte del riesgo.
Un marco de polaridad no tiene forma convincente de captar este tipo de poder. Si una empresa tecnológica con sede en Estados Unidos organiza la producción en Asia oriental, extrae datos a escala mundial, mantiene la propiedad intelectual en una jurisdicción, registra utilidades en otra, depende de minerales de África y de América Latina y se apoya en los tribunales, la diplomacia, los controles de exportación y la protección militar de Estados Unidos, ¿a qué polo pertenece su poder? Calificarla simplemente de “estadounidense” pasa por alto la organización transnacional de la acumulación. Tratarla como “sin Estado” ignora los sistemas jurídicos y coercitivos respaldados por el Estado que hacen exigibles sus derechos de propiedad. El argumento marxista, por lo tanto, no es que las corporaciones hayan reemplazado a los Estados. El capital necesita Estados que definan y hagan valer los derechos de propiedad, disciplinen la mano de obra, absorban las pérdidas, construyan infraestructura, vigilen las fronteras y defiendan el acceso a mercados y recursos. Las multinacionales operan más allá de las fronteras, pero siguen dependiendo de la autoridad territorial. Explotan las diferencias entre los regímenes fiscales, laborales y regulatorios nacionales, a la vez que se apoyan en poderosos Estados de origen y negocian con los Estados anfitriones. La relación no es ni un mundo de bolas de billar soberanas ni un imperio de corporaciones sin fronteras. Es una unidad diferenciada de Estados y capitales, formas distintas de poder que son, no obstante, profundamente interdependientes.8
Esta comprensión relacional del poder tiene raíces profundas en las teorías marxistas del imperialismo. La teoría del imperialismo de Vladimir Lenin ya apunta más allá de un simple mapa de grandes potencias. Lenin definió el imperialismo mediante cinco características interrelacionadas: la concentración de la producción y del capital en monopolios; la fusión del capital bancario con el industrial en el capital financiero; la importancia creciente de la exportación de capital; la formación de asociaciones capitalistas monopolistas internacionales; y el reparto territorial del mundo entre las principales potencias capitalistas. Para Lenin, el reparto del mundo entre las grandes potencias importaba no simplemente porque existieran varios Estados poderosos, sino porque ese reparto estaba ligado a la acumulación capitalista y al desarrollo desigual. Una teoría contemporánea debe extender esta perspectiva a la producción mundial, las finanzas centradas en el dólar, los monopolios digitales, la expansión de la extracción hacia nuevas fronteras ecológicas y la arquitectura legal de la propiedad intelectual y la inversión, en lugar de replegarse a contar polos.
En el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, en 1920, los debates sobre las Tesis sobre la cuestión nacional y colonial, que incluyeron el borrador de tesis de Lenin y las tesis complementarias presentadas por el revolucionario indio M. N. Roy, se preguntaron cómo debían los comunistas distinguir las naciones oprimidas de las opresoras, analizar la composición de clase de los movimientos anticoloniales, relacionar a las y los trabajadores y campesinos con la burguesía nacional y combinar las alianzas temporales con la independencia política del proletariado. En este marco, las relaciones interestatales, la liberación nacional y la lucha de clases interna formaban partes interconectadas de un único problema estratégico.
La obra de Mao Zedong Sobre la guerra prolongada (1938) ofrece un ejemplo magistral de este método en el contexto de la guerra de resistencia de China contra Japón. El análisis de Mao partía de la correlación concreta de fuerzas: las condiciones sociales y políticas y la vasta geografía de China, las fortalezas y debilidades militares y económicas de Japón y la cambiante situación internacional. La revolución vietnamita, asimismo, derrotó al colonialismo francés y al imperialismo estadounidense combinando un análisis de las clases internas, las contradicciones sociales y políticas dentro de Estados Unidos y las posibilidades creadas por las relaciones y las divisiones entre Estados con distintos sistemas sociales y alineamientos políticos. La diplomacia revolucionaria de Cuba —desde la defensa de su soberanía hasta su actividad internacionalista— ha demostrado reiteradamente esa misma capacidad de operar en el marco de las contradicciones interestatales sin reducir la política a las relaciones entre Estados.
Este mapa se creó en 1956 como parte de una campaña publicitaria de un importante banco estadounidense para mostrar su expansión en el extranjero, especialmente en América Latina, África y Asia, destacando los circuitos financieros internacionales y la acumulación de capital.
Fuente: Tomado de un anuncio del First National City Bank de Nueva York en el artículo “How Bankers ‘on the Scene’ Make the Difference Overseas” [“Cómo los banqueros ‘en el terreno’ marcan la diferencia en el extranjero”], de la colección de Cartografía Persuasiva P.J. Mode, Biblioteca de la Universidad de Cornell, vía Wikimedia Commons.
Los Estados, el capital internacionalizado y la cadena imperialista
Nicos Poulantzas desarrolló la teoría del imperialismo de Lenin en una dirección particularmente útil para comprender la relación entre los Estados nacionales y el capital internacionalizado. Aunque Poulantzas no elaboró una teoría de la geopolítica como campo separado, sus escritos sobre el Estado capitalista, las clases sociales y la internacionalización del capital aportan elementos importantes para una teoría de ese tipo. En Estado, poder y socialismo, describió el Estado como una “condensación material específica de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase” (1978: 129). Para Poulantzas, el Estado no se sitúa por fuera de la lucha de clases: la correlación de fuerzas entre las clases y los sectores en competencia dentro de ellas se materializa en sus instituciones y políticas. El Estado no es ni un actor neutral ni simplemente el instrumento de una clase capitalista unificada. El propio capital está dividido en fracciones en competencia, como el capital industrial, el comercial y el financiero, cuyos intereses no siempre coinciden. En consecuencia, el Estado posee un grado de “autonomía relativa” respecto de cualquiera de esas fracciones, lo que le permite organizar lo que Poulantzas llamó un “bloque en el poder”: la alianza de clases dominantes y fracciones de clase cuyos intereses en competencia se mantienen cohesionados bajo la dirección de una fracción hegemónica. Por lo tanto, la política exterior no debe entenderse ni como una expresión automática de los intereses capitalistas ni como la búsqueda de un interés nacional atemporal. Está moldeada por la cambiante correlación de fuerzas de clase expresada a través del Estado.
En Las clases sociales en el capitalismo actual (1975), Poulantzas aplicó este enfoque a la internacionalización del capital. La expansión de las corporaciones multinacionales, sostenía, no abolió los Estados nacionales ni generó un único Estado capitalista sin fronteras. El capital internacional todavía debía reproducirse dentro de formaciones sociales concretas y a través de los Estados nacionales, que garantizan la propiedad, regulan el trabajo, proveen infraestructura, gestionan las crisis y organizan el consenso político. Por lo tanto, la internacionalización del capital no ocurre por fuera o por encima de los Estados nacionales, sino a través de cambios dentro de ellos. El capital extranjero se integra en la producción nacional, en las alianzas de la clase dominante, en las instituciones administrativas y en las estrategias estatales. Así, las relaciones imperialistas se reproducen no solo mediante la presión externa entre Estados, sino también a través de las relaciones de clase y las instituciones internas de los Estados que conectan.
Poulantzas desarrolló la categoría de “burguesía interna” para describir a las fracciones de la burguesía doméstica cuya acumulación seguía teniendo base nacional, pero se había entrelazado con el capital extranjero. En la Europa de la posguerra, argumentó, sectores importantes de la burguesía no eran ni capitalistas nacionales autónomos ni agentes pasivos de Estados Unidos. Su capital permanecía arraigado en sus propias formaciones sociales, pero su reproducción se había entrelazado con las corporaciones estadounidenses y con los circuitos internacionales de acumulación dominados por el capital estadounidense. Estas burguesías podían negociar con el capital estadounidense y a veces entrar en conflicto con él, a la vez que permanecían estructuralmente dependientes del orden imperial más amplio. En consecuencia, la jerarquía imperial se reproducía no solo mediante la presión ejercida por un Estado sobre otro, sino también dentro de los propios bloques en el poder de los Estados subordinados.9
Esto nos lleva de vuelta a la concepción leninista de la cadena imperialista, ahora entendida a través de la teoría del Estado de Poulantzas. Sus eslabones no son Estados soberanos idénticos que se distinguen solo por cuánto poder poseen. Cada eslabón es una formación social con su propia combinación de clases, instituciones, luchas políticas y formas de dependencia. La cadena se caracteriza por un desarrollo desigual: los Estados ocupan posiciones diferentes dentro de la producción mundial, las finanzas, el poder militar y el control tecnológico. Pero esas posiciones no pueden ser determinadas clasificando a los Estados únicamente según sus capacidades nacionales, porque las relaciones imperialistas también atraviesan la estructura de clases interna de cada Estado.
En consecuencia, un análisis al estilo de Poulantzas plantearía preguntas que la teoría de la polaridad no formula. ¿Qué fracciones de clase constituyen el bloque en el poder de un Estado? ¿Qué fracción ejerce la hegemonía dentro de él? ¿Cómo se inserta el capital extranjero en la producción nacional y en las instituciones estatales? ¿Qué corporaciones dependen de qué Estados para proteger su propiedad, sus mercados, sus tecnologías y sus cadenas de suministro? ¿Cómo alteran las luchas populares la correlación de fuerzas dentro del Estado? Estas preguntas no hacen irrelevante el conflicto interestatal, sino que explican su contenido social.
La Línea Brandt de 1980, superpuesta a una proyección de Gall-Peters, representa la división entre un Norte más rico e industrializado y un Sur más pobre, en gran parte antiguamente colonizado.
Fuente: Portada de North-South: A Programme for Survival [Norte-Sur: un programa para la supervivencia], informe de la Comisión Independiente sobre Cuestiones del Desarrollo Internacional, presidida por Willy Brandt, Pan Books, 1980.
Poulantzas nos ayuda a superar la falsa disyuntiva entre un mundo de bolas de billar soberanas y un imperio sin fronteras de corporaciones multinacionales. El capital está internacionalizado, pero el poder político sigue organizándose de manera desigual a través de una pluralidad de Estados nacionales. Los Estados se constituyen a nivel nacional, pero sus relaciones de clase internas también están moldeadas por el capital internacional y la jerarquía imperial. La geopolítica no es un concurso autónomo entre Estados territoriales, sino la organización internacional del poder de clase a través de un sistema diferenciado de Estados. Esto también nos ayuda a comprender el poder de las corporaciones transnacionales. Las cadenas de suministro mundiales y las finanzas internacionales permiten que las grandes empresas monopolistas operen atravesando jurisdicciones, pero su existencia y expansión dependen de manera decisiva de los Estados. Los monopolios digitales y tecnológicos estadounidenses dependen de la investigación pública, la contratación pública, los subsidios, los tribunales, las patentes, los controles de exportación, la presión diplomática, los sistemas de inteligencia y el poder militar. Del mismo modo, otros capitales monopolistas dependen de los Estados en los que están anclados su propiedad y su mando estratégico. En la etapa imperialista, la integración del Estado y el capital monopolista no termina cuando las finanzas cruzan las fronteras. Se reproduce internacionalmente a través de un sistema desigual en el que el capital opera más allá de las fronteras nacionales al tiempo que conserva relaciones privilegiadas con determinados aparatos estatales.
Por lo tanto, el desgaste de ciertas formas de poder soberano bajo la presión de las finanzas internacionales no debe confundirse con la desaparición del Estado. Incluso un Estado capitalista subordinado sigue siendo un aparato central por medio del cual las clases dominantes organizan la explotación, aseguran la propiedad, disciplinan a la fuerza de trabajo, gestionan el conflicto social y reproducen su poder. La integración en la cadena imperialista cambia la correlación de fuerzas dentro del Estado y puede obligar a su bloque gobernante a ceder margen de acción política, pero también convierte la lucha contra la subordinación imperialista en parte de la lucha de clases dentro de ese Estado. En consecuencia, la relación entre el poder de clase y la soberanía nacional es concreta, no abstracta. La soberanía ejercida por una clase capitalista dominante no es soberanía popular. Sin embargo, romper o aflojar los mecanismos del mando imperial puede ampliar el terreno sobre el que luchan la clase trabajadora y otras fuerzas populares.
Este mapa, creado por el gobierno de Estados Unidos, divide el mundo en las “áreas de responsabilidad” geográficas asignadas a los mandos militares estadounidenses.
Fuente: Agencia Nacional de Imágenes y Cartografía de los Estados Unidos, The World with Commanders’ Areas of Responsibility [El mundo con las áreas de responsabilidad de los comandantes], 1999, vía la División de Geografía y Mapas de la Biblioteca del Congreso y Wikimedia Commons.
Un orden mundial contradictorio
Ni la unipolaridad ni la multipolaridad captan adecuadamente el orden mundial actual. El predominio estadounidense se ha erosionado, pero no ha desaparecido por completo. Estados Unidos sigue siendo el país con el mayor gasto militar del mundo, se sitúa en el centro de un sistema inigualable de alianzas y bases militares en el extranjero y se beneficia del papel central del dólar en las reservas, el comercio, la deuda y los pagos (Tricontinental, 2024). Su poder es institucional y relacional, no una mera suma de recursos nacionales. Al mismo tiempo, China se ha convertido en un importante centro industrial y tecnológico. Rusia conserva formidables capacidades militares y vastos recursos naturales. Los Estados de Asia, África y América Latina han ampliado su margen de maniobra. La expansión de los BRICS+ refleja demandas reales de representación, de financiamiento para el desarrollo y de liberación de la tutela occidental en el Sur Global.
No obstante, estas tendencias no suman varios polos equivalentes. El mando militar, la capacidad industrial, las finanzas, la energía, la tecnología, los recursos naturales y la legitimidad política se distribuyen según patrones diferentes. Un Estado puede estar militarmente protegido por Estados Unidos, industrialmente vinculado a China, ser dependiente de la energía del Golfo, estar expuesto a acreedores privados y responder a un movimiento popular interno, todo a la vez. La interdependencia no abole la jerarquía, y la rivalidad no pone fin a la integración.
El capital estadounidense y el capital chino pueden competir en el terreno tecnológico mientras las empresas de ambos países siguen conectadas a través de la producción y los mercados. La industria de los semiconductores ilustra esta geografía estratificada: la propiedad intelectual, el diseño de chips, la fabricación, la litografía (la tecnología especializada utilizada para imprimir circuitos microscópicos en los chips), la extracción de minerales, el ensamblaje y los mercados finales se concentran en territorios distintos y están controlados por combinaciones diferentes de corporaciones y Estados. Ninguna clasificación nacional individual capta esta estructura, aunque el poder estatal sigue siendo decisivo a través de subsidios, controles de exportación, sanciones, infraestructura y alianzas militares. Las sanciones y las llamadas políticas de “reducción de riesgos”, diseñadas para reducir la dependencia estratégica de las economías rivales, alteran o redirigen algunos circuitos económicos, mientras que las finanzas y el intercambio de mercancías básicas mantienen unidos a otros. A la par, la crisis climática, el trabajo de cuidados, la migración y la reproducción social generan presiones materiales que ningún balance de las grandes potencias mide.
Estas diferentes distribuciones de poder no surgieron de manera independiente unas de otras: se reconfiguraron a través de una transformación interconectada del capitalismo mundial. A partir de la década de 1970, el capital con base en Estados Unidos reubicó cada vez más la producción intensiva en mano de obra en el extranjero, al tiempo que conservaba o fortalecía el control sobre funciones como el diseño, la propiedad intelectual, los estándares, las marcas, las finanzas y las infraestructuras jurídicas y coercitivas que las sostenían.
La industrialización de varias economías de Asia Oriental y Sudoriental alineadas con Estados Unidos, entre ellas, los “tigres asiáticos” además de Malasia, Tailandia y otras, y la financiarización de las economías norteamericana y británica fueron dos aspectos de un mismo proceso. Lo que en un registro aparece como declive estadounidense (la pérdida de empleo manufacturero) y en otro como un poder estructural estadounidense persistente (el dólar, las instituciones jurídicas y financieras, los controles de exportación y las bases militares) puede entenderse así como resultados relacionados de una misma reestructuración. A medida que el control estratégico sobre la producción se separaba cada vez más de la ubicación física de la manufactura, comenzaron a surgir grandes conflictos no solo por el territorio, sino también en los puntos donde se ejerce ese control, como los controles a la exportación de litografía y diseño de chips, las sanciones a los sistemas de pago, la aplicación extraterritorial de la legislación nacional y las disputas sobre estándares técnicos y datos. Una clasificación de las grandes potencias difícilmente puede captar estos conflictos, porque convierte en atributos de Estados individuales las relaciones que los producen.
Una teoría marxista de la geopolítica no debería partir del número de Estados poderosos, sino de la totalidad de las relaciones sociales capitalistas históricamente desarrolladas. Preguntaría cómo se produce, se apropia y se transfiere la plusvalía; cómo se organizan la propiedad y el control a lo largo de las cadenas mercantiles; cómo las finanzas disciplinan a los Estados y a los hogares; cómo la raza, la casta, el género y la ciudadanía segmentan a la clase trabajadora mundial; y cómo los costos ecológicos se desplazan hacia las regiones dominadas. Examinaría la correlación de fuerzas cambiante dentro de cada Estado, situaría a ese Estado dentro de las relaciones desiguales de la cadena imperialista y rastrearía cómo determinados bloques de capital permanecen anclados nacionalmente mientras acumulan transnacionalmente. Analizaría cómo las instituciones estatales persiguen las condiciones para la acumulación, la legitimidad política y la seguridad en distintas circunstancias históricas.
Aplicado al orden mundial actual, este método se niega a tratar a China, Rusia, India o Brasil como social o políticamente equivalentes por el solo hecho de participar en los BRICS+ o de favorecer un orden menos dominado por Estados Unidos. Más bien, pregunta en cada caso cómo surgió históricamente cada Estado, qué clases y fracciones de clase conforman su bloque en el poder, cómo las diferentes formas de propiedad y de planificación configuran la acumulación, cómo las luchas obreras y campesinas la constriñen, cómo se relaciona el capital nacional con las finanzas internacionales y si sus acciones externas reproducen o debilitan la jerarquía imperial. Solo un análisis así puede explicar por qué los Estados se alinean en algunos ámbitos y divergen en otros, en lugar de inferir su política a partir de su posición en un mapa geopolítico.
Una teoría semejante también distinguiría entre luchas y proyectos políticos que con demasiada frecuencia se agrupan en la categoría de “competencia entre grandes potencias”. Entre ellos se encuentran los conflictos entre fracciones de capital, los proyectos de desarrollo soberano, los experimentos socialistas, los movimientos de liberación nacional y las luchas contra las corporaciones transnacionales libradas por trabajadores, campesinos, mujeres, pueblos indígenas y otros sectores afectados. Su contenido político no puede deducirse de si se oponen a Washington, ni toda afirmación de soberanía puede tratarse como emancipadora.
Las preguntas pertinentes son concretas: ¿debilita un proyecto los mecanismos de dominación imperial? ¿Amplía el control popular sobre la producción y la riqueza social? ¿Reduce la dependencia y la jerarquía, o reproduce la explotación bajo una nueva bandera? Un Estado puede aumentar su autonomía estratégica sin transformar sus relaciones internas de explotación. A la inversa, un mayor control soberano sobre las finanzas, los recursos, la tecnología o la infraestructura puede crear condiciones para que las fuerzas populares impulsen transformaciones más profundas. Ninguno de los dos resultados puede deducirse únicamente de la oposición de un Estado a Estados Unidos.
Por eso, las luchas por la soberanía nacional no pueden descartarse como distracciones de la lucha de clases. En los Estados subordinados dentro del sistema imperialista, el control sobre las finanzas, los recursos, los alimentos, la tecnología, la infraestructura y la política exterior puede ser indispensable para cualquier programa popular. Un aflojamiento de los eslabones de la cadena imperialista puede ser valioso incluso cuando lo inicia un Estado capitalista, porque puede debilitar las restricciones externas y alterar las condiciones de la lucha interna. Sin embargo, su significado político depende de qué fuerzas de clase lo conduzcan, de quién obtenga el control sobre las capacidades soberanas que se recuperen y de si la organización popular puede convertir la autonomía estatal en transformación social.
La multipolaridad, entonces, tiene un significado político limitado pero real. Un orden interestatal menos concentrado puede dificultar la coerción unilateral y abrir resquicios para el Sur Global. Esos resquicios pueden favorecer los proyectos de liberación nacional y hacer avanzar las luchas de clases dentro de los Estados capitalistas. No obstante, la alineación con otros Estados contra la primacía estadounidense no altera el carácter de clase de un Estado ni abole su orden social explotador. No existe un camino automático que conduzca de la existencia de varios centros de poder estatal a la igualdad entre los pueblos. Un mundo de potencias capitalistas en competencia puede seguir siendo profundamente imperial, explotador y ecológicamente catastrófico.
La tarea no consiste en elegir el número correcto de polos. La imagen de una balanza trata el poder como un conjunto de pesos comparables cuya distribución puede reorganizarse. Una cadena, en cambio, está compuesta de relaciones desiguales y entrelazadas. No se transforma simplemente reordenando sus eslabones, sino rompiendo las relaciones que los unen en los puntos donde esas relaciones son más débiles. La pregunta decisiva no es, por lo tanto, dónde es más fuerte un Estado, sino dónde son más vulnerables a la ruptura las relaciones imperialistas.
Para los marxistas, el horizonte no puede ser únicamente un mejor equilibrio entre los Estados dominantes. Debe ser el poder internacional de los pueblos trabajadores: soberanía popular contra el imperialismo, cooperación contra la rivalidad de suma cero, propiedad social contra el monopolio, reparación ecológica contra la acumulación sin fin e internacionalismo arraigado en la lucha popular.
La ONU aprobó por 164 votos contra 1 la promoción de proyecciones de áreas equivalentes (en rojo), que representan con mayor precisión el tamaño relativo de los continentes, cuestionando distorsiones como el agrandamiento de las masas continentales del norte que presenta la proyección de Mercator (mostradas en azul). El único voto en contra fue el de Estados Unidos.
Comparación de las proyecciones de Mercator y Equal Earth realizada por el Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Notas
1 No existe un canon establecido para la geopolítica marxista. Los textos clásicos a los que nos referimos incluyen El imperialismo y la economía mundial, de Nikolai Bukharin, escrito en gran parte en 1915 y completado en 1917, y El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Vladimir Lenin, escrito en 1916 y publicado por primera vez en 1917. El Manifiesto comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels, es fundacional, al igual que gran parte de El capital, t. I (1867), de Marx. También hemos utilizado Las clases sociales en el capitalismo actual y Estado, poder y socialismo, de Nicos Poulantzas, así como The Empire of Civil Society: A Critique of the Realist Theory of International Relations, de Justin Rosenberg.
2 Sobre la distinción entre la formulación pluripolar de Chávez y la concepción más común de la multipolaridad, véase Federico Fuentes y Claudio Katz, Geopolítica, el sistema imperial y antiimperialismo socialista: entrevista con Claudio Katz, y de Claudio Katz, Integración, soberanía y socialismo en América Latina (2023; 2023). Katz distingue la pluripolaridad socialista de la multipolaridad por dos rasgos: un programa radical de transición anticapitalista y el papel central asignado a los sujetos populares en la realización de esa transformación. En cambio, la visión multipolar que critica supone que el cambio progresista puede surgir únicamente de modificaciones en el equilibrio entre potencias o gobiernos.
3 Producen el 83% de la insulina vendida en los países de ingresos bajos y medianos (PIBM). El estudio de la Fundación abarca 108 PIBM que albergan a más del 80% de la población mundial.
4 En julio de 2025, el Ejército de Estados Unidos consolidó 75 contratos existentes con Palantir, 15 contratos principales y 60 contratos relacionados, en un único acuerdo empresarial con un tope de 10.000 millones de dólares a lo largo de 10 años. El tope representa el valor potencial máximo del acuerdo y no una obligación de gastar el monto total. En mayo de 2024, Palantir USG recibió un contrato de 480 millones de dólares para el Maven Smart System. En mayo de 2025, el Departamento de Defensa de Estados Unidos aumentó el tope del contrato en 795 millones de dólares, hasta aproximadamente 1.275 millones de dólares. En abril de 2025, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) modificó un contrato existente con Palantir en aproximadamente 30 millones de dólares para desarrollar nuevas capacidades conocidas como Immigration Lifecycle Operating System (ImmigrationOS) (Departamento del Ejército de Estados Unidos, 2026; Departamento de Defensa de Estados Unidos, 2024, 2025; Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, 2025).
5 A partir de la base de datos de SWIFT, el Banco de Pagos Internacionales (BPI), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Reserva Federal de Estados Unidos, el dossier señala que los datos sobre las monedas utilizadas en la facturación comercial y las finanzas internacionales son escasos y se publican con mayor retraso que otros datos del comercio. Asimismo, informa que el dólar se utiliza en más del 80% de las transacciones de financiamiento comercial procesadas a través de SWIFT (Tricontinental, 2026a).
6 Waltz retomó esta predicción sin abandonar sus premisas (2000).
7 Para más información sobre este tema, véase Tricontinental (2026b).
8 Para comprender algo de esta complejidad, véase el libro clásico de Stephen Hymer, The Multinational Corporation: A Radical Approach (1979), y trabajos más recientes como los de John Smith (2016), Intan Suwandi (2019) e Intan Suwandi y John Bellamy Foster (2016).
9 La aplicación del marco de Poulantzas a Brasil muestra que su categoría de “burguesía interna” también es válida más allá del contexto europeo en el que la desarrolló. Véase Tatiana Berringer, Brazilian Bourgeoisie and Foreign Policy (2024) y Armando Boito, Reform and Political Crisis in Brazil: Class Conflicts in Workers’ Party Governments and the Rise of Bolsonaro Neo-fascism (2023).
Referencias bibliográficas
Access to Medicine Foundation. Report on Diabetes Care: What Are Pharma Companies Doing to Expand Access to Insulin – And How Can Efforts Be Scaled Up? Londres: Access to Medicine Foundation, octubre de 2022. https://accesstomedicinefoundation.org/resource/what-are-pharma-companies-doing-to-expand-access-to-insulin-and-how-can-efforts-be-scaled-up
Berringer, Tatiana. Brazilian Bourgeoisie and Foreign Policy. Chicago: Haymarket Books, 2024.
Boito, Armando. Reform and Political Crisis in Brazil: Class Conflicts in Workers’ Party Governments and the Rise of Bolsonaro Neo-fascism. Chicago: Haymarket Books, 2023.
Brandon, Pepijn. War, Capital, and the Dutch State, 1588–1795. Chicago: Haymarket Books, 2017.
Bukharin, Nikolai. El imperialismo y la economía mundial. Trad. de Luis F. Bustamante y José Aricó. Córdoba: Cuadernos de Pasado y Presente, (1917) 1971.
Departamento de Defensa de Estados Unidos. “Contracts for May 29, 2024”. 29 de mayo de 2024. https://www.defense.gov/News/Contracts/Contract/Article/3790490/
______. “Contracts for May 21, 2025”. 21 de mayo de 2025. https://www.defense.gov/News/Contracts/Contract/Article/4194643/
Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). “Investigative Case Management – Additional Capabilities”. SAM.gov, 17 de abril de 2025. https://sam.gov/opp/f71acee6010c423db4902446a59a690c/view
Departamento del Ejército de Estados Unidos. “Award ID W519TC25D0039: Consolidated Enterprise Agreement for Palantir USG Inc’s Commercial Solutions”. USAspending.gov. (2026). https://www.usaspending.gov/award/CONT_IDV_W519TC25D0039_9700
ETC Group y GRAIN. “Los diez gigantes de los agronegocios: la concentración corporativa en la alimentación y en la agricultura”. GRAIN, 7 de julio de 2025. https://grain.org/es/article/7288-los-diez-gigantes-de-los-agronegocios-la-concentracion-corporativa-en-la-alimentacion-y-en-la-agricultura
Fox, William T. R. Las superpotencias. México: Fondo de Cultura Económica, 1944.
Fuentes, Federico y Claudio Katz. “Geopolítica, el sistema imperial y antiimperialismo socialista: entrevista con Claudio Katz”. La Haine, 2023. https://katz.lahaine.org/b2-img/Geopoliticstheimperialsystemandsocialist.pdf
Howard, Philip H. Concentration and Power in the Food System: Who Controls What We Eat? Ed. rev. Londres: Bloomsbury Academic, 2021.
Huntington, Samuel. “The Lonely Superpower”. Foreign Affairs, marzo-abril de 1999. https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/1999-03-01/lonely-superpower
Hymer, Stephen. The Multinational Corporation: A Radical Approach. Cambridge: Cambridge University Press, 1979.
Instituto Tricontinental de Investigación Social. Hiperimperialismo: una nueva etapa decadente y peligrosa. Estudios sobre dilemas contemporáneos n° 4, 23 de enero de 2024. https://thetricontinental.org/es/estudios-sobre-dilemas-contemporaneos-4-hiper-imperialismo/
______. La arquitectura del poder: el dólar, la financiarización y la lucha por la soberanía. Dossier n° 102, 7 de julio de 2026a. https://thetricontinental.org/es/dossier-desdolarizacion/
______. Las raíces del capitalismo: la esclavitud y el comercio del azúcar. Estudios sobre materialismo histórico n° 1, 18 de agosto de 2026b. https://thetricontinental.org/es/azucar-y-esclavitud/
Kaplan, Morton. System and Process in International Politics. Nueva York: John Wiley, 1957.
Katz, Claudio. “Integración, soberanía y socialismo en América Latina”. CADTM, 27 de abril de 2023. https://www.cadtm.org/Integracion-soberania-y-socialismo-en-America-Latina
Kissinger, Henry. Un mundo restaurado. La política del conservadurismo en una época revolucionaria. México: Fondo de Cultura Económica, (1957) 1973.
Krauthammer, Charles. “The Unipolar Moment”. Foreign Affairs, vol. 70, n° 1, 1990/1991.
Lenin, Vladimir. El imperialismo, fase superior del capitalismo. México: Siglo XXI Editores, (1917).
Lundestad, Geri. “Empire” by Integration: The United States and European Integration, 1945–1997. Oxford: Oxford University Press, 1998.
Marx, Karl. El capital. Crítica de la economía política, t. I. Trad. de Wenceslao Roces. México: Fondo de Cultura Económica, (1867) 1946.
Marx, Karl y Friedrich Engels. Manifiesto comunista. México: Siglo XXI Editores, (1848).
McCormack, Gavan. Client State: Japan in the American Embrace. Londres: Verso, 2007.
Mearsheimer, John. “Back to the Future: Instability in Europe after the Cold War”. International Security, vol. 15, n° 1, 1990.
Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), Departamento del Tesoro de Estados Unidos. “Venezuela-Related Sanctions”. https://ofac.treasury.gov/sanctions-programs-and-country-information/venezuela-related-sanctions
Poulantzas, Nicos. Classes in Contemporary Capitalism. Londres: New Left Books, 1975.
______. State, Power, Socialism. Londres: New Left Books, 1978.
Rosenberg, Justin. The Empire of Civil Society: A Critique of the Realist Theory of International Relations. Londres: Verso, 1994.
Smith, John. Imperialism in the Twenty-First Century: Globalization, Super-Exploitation, and Capitalism’s Final Crisis. Nueva York: Monthly Review Press, 2016.
Suwandi, Intan. Value Chains: The New Economic Imperialism. Nueva York: Monthly Review Press, 2019.
Suwandi, Intan y John Bellamy Foster. “Multinational Corporations and the Globalization of Monopoly Capital: From the 1960s to the Present”. Monthly Review, vol. 68, n° 3, 2016.
Teschke, Benno. The Myth of 1648: Class, Geopolitics, and the Making of Modern International Relations. Londres: Verso, 2003.
Waltz, Kenneth. “La estabilidad de un mundo bipolar”. En: Kahhat, Farid (comp.). El poder y las relaciones internacionales. Ensayos escogidos de Kenneth N. Waltz. Trad. de Atenea Acevedo. México D. F.: CIDE, (1964) 2005.
______. Teoría de la política internacional. Trad. de Mirta Rosenberg. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, (1979) 1988.
______. “The Emerging Structure of International Politics”. International Security, vol. 18, n° 2, 1993.
______. “El realismo estructural después de la Guerra Fría”. En: Kahhat, Farid (comp.). El poder y las relaciones internacionales. Ensayos escogidos de Kenneth N. Waltz. Trad. de Atenea Acevedo. México D. F.: CIDE, (2000) 2005.
Wohlforth, William. “The Stability of a Unipolar World”. International Security, vol. 24, n° 1, 1999.