Caminar con las dos piernas: el socialismo de la modernización china
La experiencia china demuestra que la verdadera independencia nacional exige avance tecnológico y realineamiento constante del poder económico y que los mecanismos de mercado pueden orientarse hacia las necesidades humanas y no hacia las ganancias.

El socialismo es el camino que el pueblo chino eligió para acceder a la modernidad. Como afirmó el presidente Xi Jinping en el XX Congreso Nacional del Partido Comunista de China, “la modernización china es una modernización socialista impulsada bajo el liderazgo del Partido Comunista de China” (Wenhua Zongheng, 2025). En China, la “modernización” (现代化) se entiende en oposición dialéctica al “siglo de humillación” (百年国耻), el período de sometimiento imperialista que se extendió desde la Primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta la victoria de la Revolución China en 1949. La modernización china remite a un proceso histórico progresivo arraigado en las condiciones particulares de China y orientado hacia el socialismo. La concepción china de la modernización tiene, por lo tanto, una genealogía distinta a la de la teoría clásica de la modernización, que entiende el desarrollo como una transición lineal desde la sociedad “tradicional” hacia las instituciones económicas, políticas y sociales del Occidente capitalista industrializado.1 La formulación de Xi hace explícita esta orientación socialista. Es esta comprensión de la modernización china como un proceso histórico socialista la que constituye el eje central de este dossier.
El capitalismo llegó a China no en la forma de la industria moderna, sino a través del opio, las cañoneras y los tratados desiguales que anunciaron un siglo de humillación. El capitalismo, en tanto imperialismo, no socializó la producción y el trabajo en el país a escala nacional. Por el contrario, destrozó y atomizó la sociedad china, sosteniendo a la clase terrateniente, a los señores de la guerra y a las élites compradoras vinculadas al capital extranjero. La tarea histórica de la Revolución China fue superar esta humillación y crear un movimiento hacia la razón científica y la dignidad humana que rechazara la subordinación política y la polarización social asociadas al capitalismo. A ese movimiento lo llamamos socialismo. Pero, ¿cómo se podía construir el socialismo en un país pobre?
Al momento de la revolución, China era uno de los países más pobres del planeta. Solo diez países tenían un PIB per cápita más bajo (Prashad y Ross, 2021). No había forma de construir una sociedad sin clases más que socializando la pobreza. Eso no era ninguna solución cuando se necesitaba una industria moderna para proporcionar una vida digna y desarrollar la capacidad material y tecnológica requerida para defender la soberanía nacional frente a la guerra, el bloqueo y las sanciones. Por lo tanto, lxs comunistas de China tenían la doble tarea de transformar las relaciones sociales y desarrollar las fuerzas productivas: las dos piernas del camino revolucionario de China hacia la modernización socialista. La revolución tuvo que avanzar sobre ambas piernas, y el énfasis fue variando entre la transformación social y el desarrollo tecnológico según el momento histórico.
La Revolución China es una de las grandes transformaciones de la era moderna. En menos de un siglo, el país transitó de la humillación de la dominación semicolonial y la pobreza masiva semifeudal a convertirse en una de las principales fuerzas que moldean el mundo contemporáneo. Esta transformación no surgió de las operaciones espontáneas del mercado, de la benevolencia de la clase capitalista ni de la guía de potencias extranjeras. Provino de un prolongado proceso revolucionario liderado por el Partido Comunista de China (PCCh), enraizado en las luchas de la clase trabajadora y el campesinado (Chak y Prashad, 2024). La modernización china se desplegó a lo largo de distintas etapas históricas, cada una de las cuales respondía a las contradicciones heredadas de la etapa anterior e intentaba hacer avanzar las condiciones materiales y sociales del pueblo chino.
Desde 1949, la modernización socialista de China ha pasado por tres etapas principales. La primera, el período de revolución y construcción socialista de 1949 a 1978, se centró en sentar las bases en un país empobrecido e inestable para que las fuerzas productivas pudieran desarrollarse y la soberanía nacional pudiera asegurarse. La segunda, el período de reforma y apertura de 1978 a 2013, se concentró en la industrialización acelerada, el avance tecnológico y la creación de riqueza social. La tercera, la nueva era inaugurada bajo el liderazgo del presidente Xi Jinping en 2013, ha buscado situar el bienestar común y el desarrollo de alta calidad en el centro de la construcción socialista. Estas etapas no están aisladas entre sí, sino que forman un proceso histórico continuo, moldeado por la lógica de la modernización socialista (Longway Foundation, 2023).
Etapa 1: Revolución, estabilidad y los cimientos del desarrollo (1949-1978)
Cuando se fundó la República Popular China en 1949, el país se encontraba entre los más pobres del mundo. Más de un siglo de convulsiones había devastado el tejido social e institucional de China. Esto incluyó la intervención imperialista, las Guerras del Opio y la adicción masiva al opio, los tratados desiguales, el caudillismo militar, la invasión y ocupación japonesa entre 1931 y 1945, además de la guerra civil. La industria moderna estaba subdesarrollada, la agricultura era atrasada, la infraestructura estaba destruida, las tasas de alfabetización eran extremadamente bajas y la esperanza de vida rondaba los 35 años (Banco Mundial, 2024). China enfrentaba no solo el subdesarrollo económico, sino también la fragmentación política y el caos social. La primera tarea de la revolución fue la supervivencia y la estabilización. El gobierno revolucionario tuvo que consolidar la soberanía nacional, desmantelar las estructuras feudales y las redes compradoras que vinculaban a las élites nacionales con el capital extranjero, y sentar las bases institucionales para el desarrollo de largo plazo. Sin esta etapa inicial, ninguna modernización posterior habría sido posible.
Uno de los primeros logros del nuevo gobierno fue la reforma agraria. Hacia 1953, se habían confiscado casi 47 millones de hectáreas a la clase terrateniente, con parte de la tierra también requisada a campesinos ricos. Aunque constituían clases rurales distintas, terratenientes y campesinos ricos representaban en conjunto menos del 10% de la población rural, pero habían controlado previamente entre el 70 y el 80% de la tierra cultivable (Tan Rong et al., 2005: 1-21). La tierra fue redistribuida a aproximadamente 300 millones de campesinas y campesinos sin tierra o con poca tierra, lo que equivalió a una redistribución prácticamente universal de la tierra entre la población rural pobre. Esto transformó el campo y quebró el poder de las élites feudales que habían dominado la China rural durante siglos. La reforma agraria no fue meramente una política económica. Fue una revolución social que otorgó dignidad y capacidad de acción política al campesinado. En el lenguaje de la propia revolución, fue un proceso de fanshen (翻身) [dar vuelta el cuerpo o ponerse de pie]. El primer gran logro de la revolución se midió, por lo tanto, no solo en hectáreas redistribuidas, sino en el “ponerse de pie” de cientos de millones de campesinos, quienes se convirtieron en participantes activos del desarrollo nacional (Hinton, 1966). Esta comprensión del desarrollo como redistribución material y transformación humana a la vez ha definido la modernización china desde entonces.
Junto con la redistribución de la tierra, el gobierno avanzó para estabilizar la economía sobre nuevas bases. Mediante el control público de los bienes esenciales y la eliminación de los rentistas feudales, el gobierno quebró las redes especulativas que habían impulsado uno de los episodios de hiperinflación más severos de la era moderna. En abril de 1949, la inflación mensual superó el 5.000%. El renminbi, emitido por primera vez en diciembre de 1948, reemplazó gradualmente a las múltiples monedas entonces en circulación. Hacia inicios de la década de 1950, el gobierno había establecido un sistema monetario nacional estable y unificado (Burdekin y Whited, 2005: 71-89). Esta acción estabilizó los precios y facilitó el intercambio en todo el país, creando las condiciones para una vida económica productiva. El gobierno también dio el paso radical de repudiar las deudas ilegítimas que los regímenes anteriores habían acumulado a través de más de 700 préstamos extranjeros contratados entre 1852 y 1949 (Mi Rucheng, 2024). Todas estas iniciativas contribuyeron a que la sociedad china pudiera empezar de cero y liberar los recursos necesarios para el desarrollo futuro.
El nuevo Estado chino también lanzó campañas masivas de alfabetización y salud pública. Antes de 1949, el analfabetismo estaba generalizado y los servicios médicos eran inaccesibles para la mayoría de la población. Por medio de la movilización masiva, las reformas a la lengua escrita china y la rápida expansión de la infraestructura educativa rural, incluyendo 182.960 salas de lectura rurales hacia 1956, las tasas de alfabetización pasaron de menos del 20% al momento de la revolución de 1949 a 57% hacia 1959 (Tricontinental, 2025a). Asimismo, el programa de los “médicos descalzos”, que inspiró directamente la Declaración de Alma-Ata de 1978 de la Organización Mundial de la Salud sobre atención primaria de salud, extendió la atención médica básica a las aldeas rurales, reduciendo enormemente la mortalidad infantil y la incidencia de enfermedades infecciosas. La esperanza de vida aumentó, como muestran los datos del Banco Mundial, de aproximadamente 35 años en 1949 a más de 73 años en 1978. Este aumento en la esperanza de vida representa por sí solo una de las mayores mejoras en el bienestar humano de la historia moderna. Para 1978, China tenía una población más sana y mejor educada que otros países con niveles de ingreso comparables, una base importante para el rápido desarrollo que siguió.
La industrialización fue el eje central del Primer Plan Quinquenal (1953-1957). Con apoyo parcial de la asistencia técnica de la Unión Soviética, China comenzó a establecer una base de industria pesada a través del programa conocido como los 156 Proyectos. Este abarcó sectores como el carbón, el acero, la energía y la maquinaria, y fue llevado a cabo por empresas estatales. Aunque China seguía siendo pobre, estos proyectos crearon la base industrial necesaria tanto para el desarrollo futuro como para la defensa nacional, al proporcionar los materiales, la maquinaria y la energía imprescindibles para equipar y sostener sus fuerzas armadas. Durante este período, China amplió su capacidad de producción de hierro y acero, con una producción de acero que se cuadruplicó de 1,3 a 5,2 millones de toneladas a lo largo del Primer Plan Quinquenal. El país también construyó sus primeras fábricas de automóviles y tractores, y edificó importantes instalaciones hidroeléctricas y termoeléctricas (Giorcelli y Li, 2022). En conjunto, estos esfuerzos sentaron las bases de un sistema nacional integrado de industria e infraestructura, incluyendo puentes sobre el río Yangtsé y la restauración y expansión de las conexiones ferroviarias hacia zonas remotas del noroeste de China. Las nuevas zonas industriales se construyeron deliberadamente en el interior, en lugar de en los puertos costeros sujetos a tratados de la época colonial. La planificación socialista permitió movilizar los escasos recursos hacia las prioridades nacionales en lugar de orientarla hacia la ganancia privada (Adler, 1957).
Las críticas tienden a concentrarse únicamente en las dificultades y errores de este período, incluyendo las consecuencias del Gran Salto Adelante (1958-1962) y la agitación asociada a la Revolución Cultural (1966-1976). Estos episodios causaron, sin duda, sufrimiento e inestabilidad política. Sin embargo, es históricamente parcial reducir todo el período a estas tragedias. La importancia más amplia de esta primera etapa reside en el hecho de que China emergió de décadas de humillación como un Estado soberano y unificado, capaz de un desarrollo independiente. Lo notable es que muchos de estos avances se lograron bajo severas restricciones externas y la amenaza constante de guerra. En 1951, la Asamblea General de las Naciones Unidas impuso un embargo sobre bienes estratégicos destinados a China y a la República Popular Democrática de Corea (RPDC o Corea del Norte). Estados Unidos reforzó estas restricciones mediante la Ley de Control de Asistencia Mutua en materia de Defensa de 1951, conocida comúnmente como la Ley Battle.
Estas restricciones y las sanciones estadounidenses más amplias, diseñadas para causar estragos en la economía, continuaron a lo largo de la década de 1960, limitando el suministro de bienes y maquinaria esenciales, restringiendo el ritmo del desarrollo e imponiendo un alto grado de autarquía a la economía (Zhang, 2001). Además, después que las fuerzas lideradas por Estados Unidos invadieran Corea del Norte y avanzaran hacia la frontera china en octubre de 1950, China intervino militarmente en apoyo de Corea del Norte y en defensa de su propia seguridad nacional. Como consecuencia de estas amenazas, China realizó su primera prueba nuclear en 1964 para establecer un escudo frente a los ataques de sus enemigos.
El liderazgo colectivo de la primera generación del PCCh, encabezado por Mao Zedong, debe entenderse en este contexto histórico. La revolución logró lo que reformistas anteriores y gobiernos nacionalistas no pudieron: unificación territorial, independencia política, liquidar las relaciones feudales y crear un Estado comprometido con el bienestar de las masas. El ethos revolucionario fomentó una cultura de sacrificio colectivo y propósito nacional. Incluso lxs economistas del desarrollo occidentales reconocieron posteriormente que las bases del ascenso económico de China se sentaron durante este período socialista, a través de la reforma agraria, la industrialización básica, la educación y la salud pública (Banco Mundial, 1982). El énfasis en la educación universal generó una población disciplinada y cada vez más calificada. La industrialización rural y la gobernanza de base ayudaron a crear una estructura administrativa descentralizada y receptiva. Cuando comenzaron las reformas económicas en 1978, China ya poseía un aparato estatal cohesionado, una fuerza laboral saludable y una capacidad industrial básica.
Etapa 2: Reforma, crecimiento y la creación de riqueza social (1978-2013)
Para 1978, los líderes chinos reconocieron que, aunque el país había logrado soberanía y estabilidad, seguía siendo económicamente subdesarrollado. Las fuerzas productivas eran todavía demasiado débiles para proporcionar bienestar a la población. Además, dado que muchos recursos eran escasos en relación con el tamaño de la población, China necesitaba comerciar con el mundo. Durante este período, Deng Xiaoping, el principal arquitecto de la reforma y apertura, junto con otros líderes reformistas, inició una nueva etapa del desarrollo socialista dirigido a acelerar la industrialización, la modernización tecnológica y el crecimiento económico. Este período suele malinterpretarse en los relatos occidentales como un simple abandono del socialismo en favor del capitalismo o, peor aún, como la adopción del neoliberalismo (Harvey, 2005). La era de reforma representó una adaptación de la estrategia socialista a condiciones históricas concretas. El PCCh mantuvo el control político mientras gradualmente permitía que operaran los mecanismos de mercado y que el capital privado se acumulara. Este proceso fue monitoreado y mediado a través de las estructuras e instituciones del Estado construidas en la primera etapa. El objetivo no era la acumulación privada como fin en sí mismo, sino la rápida expansión de las fuerzas productivas para posibilitar la erradicación de la pobreza (Deng, 1987a).
Deng Xiaoping sostuvo, en su célebre frase, que “la pobreza no es socialismo” (1987b). El Estado revolucionario había asegurado la independencia nacional, pero el socialismo también requería abundancia material. Sin crecimiento económico, China seguiría siendo vulnerable e incapaz de mejorar la vida de su pueblo. Los resultados de esta estrategia fueron extraordinarios. Entre 1978 y 2019, China experimentó una de las transformaciones económicas más rápidas de la historia humana. Más de 765 millones de personas salieron de la pobreza (Banco Mundial et al., 2022). La manufactura se expandió rápidamente, las ciudades se modernizaron y los proyectos de infraestructura transformaron el paisaje físico del país. Las Zonas Económicas Especiales, como Shenzhen, se convirtieron en laboratorios de experimentación industrial. En 1980, Shenzhen era un pequeño pueblo pesquero. En pocas décadas, se transformó en un centro tecnológico global con industrias manufactureras avanzadas. Empresas importantes como Huawei y Tencent se fundaron allí, y hacia 2018 su PIB había superado al de Hong Kong, un centro internacional del capital global (Chan y Leng, 2019). Esta transformación reflejó el uso estratégico del capital y la tecnología extranjeros bajo la guía del Estado.
A lo largo del período de reforma, el Estado conservó un rol central. A diferencia de las economías neoliberales, donde el capital privado domina al Estado y los mercados incentivan las ganancias especulativas de corto plazo, las reformas chinas preservaron la propiedad pública en sectores estratégicos como la banca, la energía, las telecomunicaciones y el transporte. Esto permitió una planificación a largo plazo e impidió que el capital privado capturara los monopolios naturales y extrajera rentas de ellos. En cambio, el Estado lideró un proceso de construcción de mercado en el cual el capital privado fue dirigido hacia objetivos determinados políticamente y sometido a una intensa presión competitiva, que obligó a las empresas a mejorar su producción y ampliar su capacidad industrial. El control sobre el sistema financiero, en particular la asignación de crédito, dio al Estado un mecanismo clave para orientar la inversión. El mercado fue tratado como un instrumento y no como un principio absoluto (Meng Jie y Zhang Zibin, 2025).
Este período se caracterizó por importantes inversiones y avances en ciencia y tecnología. Jiang Zemin, quien se desempeñó como ministro de la industria electrónica entre 1983 y 1985 y posteriormente como presidente entre 1993 y 2003, supervisó desarrollos estratégicos en el ámbito de la electrónica y la tecnología de la información que ayudaron a sentar las bases para avances posteriores en semiconductores, informática e inteligencia artificial (Jiang, 2010). Cuando China ingresó a la Organización Mundial del Comercio en 2001, su base industrial nacional ya era lo suficientemente dinámica como para atraer volúmenes significativos de capital extranjero, y sus bienes eran lo suficientemente competitivos como para dominar el mercado mundial. China ya había comenzado a desplazarse de la producción intensiva en mano de obra hacia una manufactura e innovación cada vez más avanzadas. El tren de alta velocidad, los sistemas de energía renovable, la infraestructura de telecomunicaciones y las plataformas digitales se desarrollaron a gran escala. China inauguró su primera línea de tren de alta velocidad para pasajeros en 2007. En 2012, había construido más de 10.000 km de vías de alta velocidad prácticamente desde cero, la red más extensa del mundo (Brilliant Maps, 2026). A principios del siglo XXI, China no era simplemente “la fábrica del mundo”, sino una potencia tecnológica emergente.
Al mismo tiempo, esta etapa generó nuevas contradicciones. El crecimiento acelerado produjo desigualdades regionales significativas, corrupción y disparidades entre zonas urbanas y rurales. Los salarios no se mantuvieron al ritmo del aumento de la productividad. Las regiones costeras progresaron más rápido que las provincias del interior. La riqueza privada creció y la estratificación social se hizo cada vez más evidente. La degradación ambiental también se convirtió en una preocupación seria. No obstante, los propios líderes chinos reconocían cada vez más estas contradicciones. Bajo el mandato de Hu Jintao, secretario general del PCCh entre 2002 y 2012, el partido comenzó a responder más directamente a las contradicciones generadas por el crecimiento acelerado, incluyendo el descontento laboral, la desigualdad regional y la degradación ambiental. En la década de 2000 se elevaron los niveles del salario mínimo y se reforzaron las protecciones laborales, mientras que los costos ecológicos de la rápida industrialización hicieron que las cuestiones ambientales cobraran mayor importancia en la agenda política. Este viraje se reflejó en la Concepción Científica del Desarrollo, introducida en 2003 e incorporada a la Constitución del PCCh en 2007, que abogaba por un desarrollo centrado en las personas, integral, equilibrado y sostenible (Chen y Luo, 2009: 54-67).
Los logros de la segunda etapa son innegables. China se convirtió en la mayor economía industrial del mundo, mejoró drásticamente los estándares de vida y construyó las capacidades tecnológicas necesarias para un desarrollo soberano. Ningún otro país ha logrado un desarrollo a esta escala en un período tan breve. Tampoco ningún país ha logrado sostener tasas de crecimiento de dos dígitos sin caer eventualmente en una recesión paralizante. Es importante destacar que China evitó el destino que sufrieron muchas sociedades postsocialistas tras el colapso de la Unión Soviética. En lugar de someterse a una terapia de choque, desmantelar el Estado y rendirse a la privatización oligárquica, China conservó el rol dirigente del PCCh y preservó la propiedad pública sobre los sectores estratégicos de la economía: la banca, la energía, las telecomunicaciones y el transporte. Esta continuidad permitió al país mantener la coherencia nacional y la planificación de largo plazo (Weber, 2021). En definitiva, el período de reforma nunca se presentó como la forma final del socialismo. Se entendió como una etapa necesaria en el desarrollo de la capacidad productiva.
Etapa 3: Prosperidad común, civilización ecológica y desarrollo de alta calidad (2013-presente)
Hacia 2013, China había cumplido en gran medida las tareas históricas asociadas al desarrollo de las fuerzas productivas. El país poseía infraestructura avanzada, sofisticación tecnológica y una riqueza nacional sustancial. Comenzaron a surgir nuevas preguntas. ¿Cómo debía distribuirse esta riqueza y a qué propósito social debía servir el desarrollo? ¿Cómo pueden armonizarse las fuerzas productivas y el imperativo de crecimiento con los límites ecológicos? ¿Cuál es el lugar y el rol de la cultura tradicional china en un mundo tecnológicamente avanzado y atomizado? ¿Cuál es el lugar de China en un orden mundial convulsionado y cuál es su relación con el Sur Global? Estas no son preguntas fáciles y ninguna tiene una respuesta tajante. La tercera etapa de la modernización china ha buscado abordarlas.
La igualdad y el bienestar común han resurgido como principios socialistas centrales bajo el liderazgo de Xi Jinping. En primer lugar, el Estado chino ha puesto un énfasis creciente en las dimensiones sociales del desarrollo, más allá del crecimiento por sí solo. Uno de los logros más significativos de esta etapa fue la campaña para eliminar la pobreza extrema. Lanzada en 2013, la campaña de Alivio Focalizado de la Pobreza (精准扶贫) buscó identificar y abordar los focos remanentes de pobreza extrema que la etapa anterior de desarrollo no había logrado eliminar. Sus objetivos se resumieron como “un ingreso, dos seguridades y tres garantías”: un ingreso mínimo, seguridad de tener alimentación y vestimenta adecuadas, y garantía de educación obligatoria, salud básica y vivienda segura. La campaña movilizó a más de tres millones de cuadros del partido junto con instituciones estatales y gobiernos locales, y amplió la infraestructura y los servicios públicos en zonas rurales empobrecidas, incluyendo el acceso a agua potable y electricidad. Más de 9,6 millones de personas que vivían en zonas con condiciones ambientales adversas recibieron viviendas mejoradas, infraestructura, servicios públicos y acceso al empleo en comunidades de reasentamiento. En febrero de 2021, el gobierno chino anunció que había erradicado la pobreza absoluta conforme a su estándar nacional multidimensional (Oficina de Información del Consejo de Estado de la República Popular China, 2021; Tricontinental, 2021). La campaña formó parte de un esfuerzo más amplio para fortalecer los servicios públicos y la protección social, incluyendo el sistema de pensiones. En lugar de depender únicamente de los resultados del mercado, el Estado intervino directamente para mejorar las condiciones de vida en las comunidades más pobres, con los cuadros del partido desempeñando un rol protagónico y demostrando la capacidad continua de la organización socialista. Esto refleja la concepción china del desarrollo: una centrada en el bienestar colectivo.
En segundo lugar, el concepto de prosperidad común también ha implicado medidas para prevenir concentraciones extremas de riqueza. Desde fines de 2020, el gobierno chino intensificó la aplicación de normas antimonopolio en toda la economía de plataformas, apuntando a los abusos de posición dominante en el mercado, los acuerdos de exclusividad y las fusiones y adquisiciones que no habían pasado por las revisiones gubernamentales requeridas. Alibaba, Tencent y Bilibili estuvieron entre las grandes empresas tecnológicas investigadas o sancionadas. Alibaba recibió una multa récord de 18.200 millones de yuanes (aproximadamente 2.800 millones de dólares) (Huo Li y Liu Hiu, 2021). Estas medidas buscaron frenar la concentración de mercado y someter el poder de las grandes empresas tecnológicas a una mayor regulación pública.
El gobierno también ha impuesto restricciones generalizadas a las empresas de clases particulares para reducir la desigualdad en la educación y la carga financiera que estas prácticas imponen a las familias (Hao Shengnan, 2021). En respuesta a la aparición de una posible burbuja inmobiliaria, el eslogan del presidente Xi Jinping de que “las casas son para vivir, no para especular” señaló un giro hacia una mayor regulación del mercado inmobiliario (Xi Jinping, 2022a). El Estado también ha utilizado su control sobre el sistema financiero para restringir el crédito al sector inmobiliario y canalizarlo hacia industrias estratégicas de alta tecnología, algo que los sistemas capitalistas del Norte Global no han podido hacer desde la Tercera Gran Depresión (2007-2008). Estas políticas señalan la voluntad y la capacidad política de subordinar el capital a objetivos sociales y de desarrollo más amplios.
Esta evolución refleja una importante comprensión teórica. El socialismo no puede medirse únicamente por las tasas de crecimiento económico o los logros tecnológicos, por muy impresionantes que estos sean. El indicador decisivo es la relación entre el desarrollo productivo y el bien social encarnado en el concepto de prosperidad común. La modernización económica adquiere significado socialista solo en la medida en que expande las capacidades materiales, culturales y democráticas del propio pueblo. El fortalecimiento continuo de la educación pública, la salud, la infraestructura, la investigación científica, la planificación ecológica y la renovación cultural representa, por lo tanto, un esfuerzo por asegurar que los extraordinarios avances productivos de las décadas anteriores sirvan cada vez más a objetivos sociales más amplios.
En tercer lugar, la sostenibilidad ambiental se ha convertido en una prioridad importante. Las primeras etapas de la industrialización a menudo se basaban en prácticas ambientalmente destructivas. En realidad, la deslocalización de industrias contaminantes a China implicó que el país cargara con la mayor parte del peso de los costos ecológicos asociados al consumo del Norte Global. En la etapa actual, sin embargo, China ha invertido fuertemente en energía renovable y vehículos eléctricos (VE), y es hoy líder mundial en energía solar y eólica, así como en producción de VE. A mediados de 2024, China concentraba dos tercios de toda la capacidad solar y eólica a gran escala en construcción en el mundo. También produjo más de 10 millones de VE en 2024 (Aiqun Yu et al., 2024; Agencia Internacional de Energía, 2025). El cambio que se ha producido desde la grave contaminación urbana de hace una década, descrito ampliamente como un “apocalipsis del aire”, hacia la meta de “civilización ecológica” ilustra la magnitud de este cambio de política (Feng Kaidong y Chen Junting, 2024). El concepto de “civilización ecológica” y el eslogan de que “las aguas cristalinas y las montañas verdes son tan valiosas como las montañas de oro y plata” se han integrado al discurso oficial de planificación como parte de la modernización socialista, señalando la intención de China de enfrentar la contaminación y el cambio climático (Ju Li, 2020). Este compromiso ha tomado forma concreta en esfuerzos a gran escala para rehabilitar entornos devastados por la contaminación industrial. Un ejemplo es la restauración del lago Erhai, en la provincia de Yunnan, mediante la coordinación de residentes, cuadros del partido, y los gobiernos local y central (Xiong Jie y Tings Chak, 2024).
En cuarto lugar, China ha buscado ir más allá del alivio de la pobreza y reducir la brecha entre el campo y la ciudad a través de su proyecto de revitalización rural, entre otras vías mediante la transferencia de tecnología y recursos hacia zonas rurales (Lu Xingyu, 2024). Esto representa un retorno al imperativo marxista y socialista de larga data de abolir la distinción entre el campo y la ciudad (Engels, 1935). También refleja un retorno a las raíces revolucionarias del PCCh en las masas rurales que constituyeron la columna vertebral de la Revolución China. La revitalización rural no es, por lo tanto, únicamente una estrategia de reducción de la pobreza, sino un intento de reducir la brecha urbano-rural y construir formas de desarrollo menos dependientes del consumismo y la atomización social asociados a la urbanización acelerada. Al fortalecer la infraestructura rural, los servicios públicos, las industrias locales y la restauración ecológica, el proyecto busca convertir al campo en un sitio de desarrollo socialista moderno, en lugar de un reservorio de mano de obra desplazada para las ciudades.
Durante esta tercera etapa, el papel de China en la comunidad internacional también ha evolucionado. Proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI por su sigla en inglés), iniciada en 2013, reflejan los esfuerzos por reconfigurar el desarrollo global mediante la inversión en infraestructura y la cooperación Sur-Sur. El dominio del país sobre las fuerzas productivas también lo ha convertido en un socio esencial en la industrialización de África. Por ejemplo, el Ferrocarril Addis Abeba-Yibuti conecta a Etiopía sin salida al mar con el puerto de Yibuti y fomenta el comercio regional, mientras que el Ferrocarril de vía estándar de Kenia ha reducido significativamente los costos de transporte. Esto contrasta con el historial del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuyas políticas han perpetuado el subdesarrollo en el continente.2 Mientras lxs críticxs occidentales suelen interpretar estas iniciativas a través del lente de la rivalidad geopolítica, muchos gobiernos de Asia, África y América Latina ven a China como un socio alternativo frente a las estructuras desiguales históricamente dominadas por las potencias occidentales. China también ha propuesto tres marcos amplios para la cooperación internacional: la Iniciativa de Desarrollo Global, que apoya proyectos de desarrollo y fortalecimiento de capacidades; la Iniciativa de Seguridad Global, que establece principios y áreas para la cooperación en seguridad; y la Iniciativa de Civilización Global, que promueve el diálogo y el intercambio entre civilizaciones. En conjunto, representan esfuerzos por ofrecer una alternativa a la polarización de la globalización neoliberal y a la hipocresía del orden mundial liberal de posguerra. Su éxito depende de que los países participantes del Sur Global definan sus prioridades e implementación de acuerdo con sus propias necesidades y agendas (Yang Ping, 2025).
El significado de la experiencia china para el Sur Global no radica en su replicabilidad, sino en lo que revela sobre las precondiciones estructurales para el desarrollo soberano (Tricontinental, 2022). El modelo chino presupone un Estado unificado con la capacidad de dirigir sectores estratégicos, planificar a lo largo de generaciones y subordinar el capital a prioridades nacionales de largo plazo: capacidades que no son técnicas, sino políticas, que se basan en una ruptura revolucionaria que reconfiguró fundamentalmente la relación entre Estado, clase y mercado. Allí donde otras naciones del Sur Global han articulado visiones comparables, como el argumento de Kwame Nkrumah a favor de una unión política continental africana en 1963, los intentos de implementarlas han sido reiteradamente frustrados por condiciones que China ha superado en gran medida: soberanía fragmentada, deuda externa y condicionalidad, dependencia de las exportaciones de materias primas, y sectores estratégicos poseídos y controlados por capital extranjero. La trayectoria de China no ofrece un modelo listo para usar. Plantea una pregunta: ¿qué transformaciones políticas e institucionales necesitarían otros países para ejercer un control estratégico similar sobre su propio desarrollo?
Igualmente significativa ha sido la determinación de China de alcanzar la autosuficiencia tecnológica en un momento en que Estados Unidos y sus aliados han intensificado los intentos de contener su desarrollo mediante controles de exportación, sanciones, restricciones al acceso a tecnologías de semiconductores y una presencia militar en expansión en el este de Asia (Tricontinental, 2026c). Estas medidas no han hecho más que reforzar la convicción del partido de que la soberanía científica y tecnológica se ha vuelto inseparable de la soberanía nacional. La inversión en manufactura avanzada, inteligencia artificial, energía renovable, aeroespacial, biotecnología y tecnologías cuánticas se entiende, por lo tanto, no simplemente como política económica, sino como un componente esencial del desarrollo socialista bajo condiciones de una presión hiperimperialista intensificada.3
El significado de esta tercera etapa radica en su intento de sintetizar la modernización económica con la ética socialista. China posee ahora una base productiva sustancial. El desafío consiste en asegurar que esta continúe transformando las relaciones sociales y sirviendo al bienestar colectivo, y no solo a la acumulación privada. Esto representa un retorno a las preocupaciones socialistas fundacionales en nuevas condiciones históricas.
El camino por delante
El socialismo de la modernización china no puede entenderse como una simple progresión lineal. Es un proceso histórico moldeado por condiciones materiales cambiantes y adaptaciones estratégicas. Aun así, a lo largo de sus distintas etapas persiste una continuidad central: el intento de coordinar la transformación de las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas para construir una sociedad socialista.
Karl Marx y Friedrich Engels entendían el socialismo como un proceso histórico, y no como un modelo predefinido para imponer desde arriba (1998). Avanzar de una etapa de desarrollo a otra requiere confrontar y resolver contradicciones, pero este no es un proceso mecánico ni economicista. Tampoco es necesariamente lineal: puede comprender un ciclo de avances exploratorios y retrocesos tácticos. Es un proceso experimental que requiere una dirección consciente guiada por la teoría, puesta a prueba en la práctica frente a condiciones concretas, y arraigada en las experiencias y luchas de la clase trabajadora y del campesinado (Li Tuo, 2025).
A diferencia de los partidos electorales convencionales, cuya actividad en las democracias burguesas se limita en gran medida a disputar elecciones o administrar instituciones existentes, el PCCh se ha concebido sistemáticamente a sí mismo como el organizador de un proyecto histórico cuyo horizonte se extiende a lo largo de generaciones. Su legitimidad se ha basado no solo en sus compromisos ideológicos, sino también en su capacidad demostrada para identificar las contradicciones históricas cambiantes y formular estrategias capaces de resolverlas de manera que mejoren la vida de la mayoría de la población.
Queda por ver cuáles serán los próximos pasos. Dentro de la modernización china, se ha buscado una democracia sustantiva tanto a través de mejoras en los niveles de vida como de una gobernanza consultiva y receptiva, lo que el PCCh denomina “democracia popular de todo el proceso”. Este sistema combina la democracia electoral y la consultiva, y amplía la participación a través de elecciones, consultas, toma de decisiones, gestión y supervisión, incluso mediante los congresos populares, los órganos consultivos políticos y el autogobierno de base. En conjunto, estos desarrollos sociales y políticos forman parte del proceso hacia la meta centenaria de China de convertirse en un país socialista moderno para 2049 (Wang Hui, 2024; Amin, 2013).
Sin embargo, el camino por delante no es ilimitado. En su XIX Congreso Nacional, en 2017, el PCCh trazó una ruta de dos etapas: alcanzar la modernización socialista básica para 2035 y convertir a China en un país socialista moderno para el centenario de la República Popular en 2049. Esta ruta se reafirmó en el XX Congreso Nacional en 2022. La meta intermedia para 2035 no es una aspiración vaga, sino un programa concreto: elevar sustancialmente el PIB per cápita hasta el de un país desarrollado de nivel medio (lo que equivaldría a aproximadamente el doble de la cifra actual); fortalecer la autosuficiencia y la capacidad en ciencia y tecnología; garantizar el acceso equitativo a los servicios públicos básicos; y asegurar una reducción constante de las emisiones de carbono (Xi Jinping, 2017; Xi Jinping, 2022b).
El 15º Plan Quinquenal (2026-2030), adoptado por la Asamblea Popular Nacional el 12 de marzo de 2026, es el primero de los dos planes quinquenales restantes que conducen al objetivo de 2035. El PCCh ha descrito el período 2026-2030 como un “eslabón crucial” en el camino hacia el logro de la modernización socialista básica para 2035 (Green y Park, 2026; Xinhua, 2026).
Este plan marca un giro dialéctico del desarrollo extensivo al intensivo: de un crecimiento impulsado principalmente por la expansión de insumos a un crecimiento impulsado cada vez más por la productividad, la innovación y la eficiencia. Durante gran parte de la era de reforma, el extraordinario crecimiento de China fue impulsado por la acumulación de insumos: una gran oferta de mano de obra relativamente barata que se desplazaba del campo a la industria, inversiones fijas a gran escala en infraestructura y capacidad manufacturera, y una integración cada vez más profunda en los mercados de exportación globales. Ese modelo, que sacó de la pobreza a cientos de millones de personas y construyó la base material de la China contemporánea, ha alcanzado sus límites históricos. Los costos laborales han aumentado, muchas de las principales redes de infraestructura del país ya están sustancialmente desarrolladas, y el acceso a algunas tecnologías y mercados se ha restringido deliberadamente mediante controles liderados por Estados Unidos y la desconexión de las cadenas de suministro.
El 15º Plan Quinquenal registra esta transición de manera estructural. La meta principal de crecimiento se ha reducido a entre 4,5 y 5% anual, por debajo del 5% por primera vez desde 1991, mientras que se exige que el gasto en investigación y desarrollo (I+D) crezca a más del 7% anual. La señal es explícita: el volumen de producción ya no es la única medida del desarrollo. Su calidad y contenido tecnológico también son cruciales. El hecho de que esta meta de crecimiento más baja represente una decisión estratégica y no un fracaso económico es en sí mismo históricamente significativo. Ningún país en desarrollo importante ha subordinado voluntariamente sus metas de crecimiento del PIB a indicadores de calidad a esta escala.
El marco teórico central de esta transición es el concepto de “nuevas fuerzas productivas de calidad”, articulado por primera vez por Xi Jinping durante una visita de inspección a la provincia de Heilongjiang en septiembre de 2023. Se estableció como una prioridad política importante durante las “dos sesiones” anuales de China en marzo de 2024 (las reuniones de la Asamblea Popular Nacional, el órgano legislativo nacional, y de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, el máximo órgano asesor político del país). Al aplicar un énfasis cualitativo a la categoría marxista de las fuerzas productivas, el concepto se refiere a una productividad avanzada, liberada de los patrones tradicionales de crecimiento y caracterizada por alta tecnología, alta eficiencia y alta calidad. En la práctica, esto significa fomentar una nueva generación de industrias estratégicas —inteligencia artificial, biotecnología, manufactura avanzada, nuevos materiales, tecnología cuántica, energía de hidrógeno y aeroespacial— mientras se moderniza simultáneamente a las industrias tradicionales mediante la digitalización y la transformación verde.
Bajo el 15º Plan Quinquenal, se prevé que la participación de la economía digital en el PIB aumente del 10,5% en 2025 al 12,5% para 2030, mientras que la capacidad de producción de grano debe alcanzar aproximadamente 725 millones de toneladas, la capacidad total de producción energética debe incrementarse en 13%, y la participación de la energía no fósil en el consumo debe subir de 21,7% a 25% (República Popular China, Asamblea Popular Nacional, 2026).
Un giro dialéctico crucial opera en la respuesta de China a la contención tecnológica liderada por Estados Unidos. Los controles de exportación, las restricciones a los semiconductores y las presiones sobre las cadenas de suministro que Washington ha impuesto desde 2018 y endurecido en 2025 fueron diseñados para frenar el avance tecnológico de China. Sin embargo, su efecto ha sido el opuesto: al cerrar el acceso a la tecnología extranjera de punta, Estados Unidos ha obligado a China a invertir con extraordinaria urgencia precisamente en las capacidades que buscaba negarle al país. La meta del 15º Plan Quinquenal de al menos 7% de crecimiento promedio anual en gasto en I+D y su énfasis en lograr avances en semiconductores, software industrial y materiales avanzados pueden, por lo tanto, entenderse en parte como una respuesta productiva interna a la contención externa. La presión externa se ha internalizado como un motor de autosuficiencia, transformando un obstáculo en un acelerador.
Al mismo tiempo, el plan intenta resolver una contradicción estructural acumulada a lo largo de la era de reforma: la desproporción entre la extraordinaria capacidad productiva de China y la relativa debilidad del consumo doméstico como motor del crecimiento. La estrategia de “doble circulación”, propuesta por primera vez en 2020 e incorporada al 14º Plan Quinquenal (2021-2025), toma al mercado doméstico como el pilar de la economía, buscando a la vez que la circulación nacional e internacional se refuercen mutuamente. Esto no es un mero ajuste técnico. Reorienta la relación entre la producción y la reproducción social, las condiciones y servicios que sostienen a la clase trabajadora y a los hogares; así como la relación entre la economía nacional y el mercado mundial. Mientras que el modelo impulsado por las exportaciones de la segunda etapa requería que China se insertara en la división internacional del trabajo en términos parcialmente fijados desde el exterior, el modelo de doble circulación busca hacer de la demanda interna el motor principal del crecimiento económico. El aumento de los salarios, la ampliación de los servicios públicos y un estrato de ingresos medios más amplio son condiciones tanto para una demanda interna más sólida como para la prosperidad común. De este modo, la estrategia vincula las dimensiones distributiva y macroeconómica del desarrollo socialista.
En un momento en que gran parte del Sur Global busca nuevas rutas de industrialización, desarrollo tecnológico y soberanía económica, la experiencia de China ha reabierto preguntas que muchas personas creían resueltas para siempre tras la destrucción de la Unión Soviética.4 Ha demostrado que la planificación sigue siendo posible, que la inversión pública puede transformar sociedades, que el liderazgo tecnológico no tiene por qué seguir siendo monopolio del Norte Global, y que el futuro no tiene por qué pertenecer exclusivamente al capital financiero.5
La modernización china representa un camino distinto en la historia mundial. Rechaza tanto la dependencia colonial como la ortodoxia neoliberal. Es un proyecto socialista que camina con las dos piernas: la transformación de las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Este proyecto ha avanzado a través de diferentes etapas históricas, manteniendo siempre como objetivo central la soberanía nacional y la dignidad humana. Independientemente de las contradicciones que aún persistan, la Revolución China se erige como uno de los procesos emancipatorios más trascendentales de la era moderna.
Notas
1 El texto clásico es el de W. W. Rostow (1960). La mejor crítica contemporánea del libro es la de Paul Baran y Eric Hobsbawm (1961).
2 Para más información sobre las relaciones entre China y África, véase Instituto Tricontinental de Investigación social, 2023 y Grieve Chelwa, 2023.
3 Para más información sobre el Hiperimperialismo, véase Instituto Tricontinental de Investigación Social, 2024a; Instituto Tricontinental de Investigación Social, 2024b; Vijay Prashad, 2026.
4 Para más información sobre este tema, véase Instituto Tricontinental de Investigación Social, 2026b.
5 Para más información sobre el concepto de futuro, véase Instituto Tricontinental de Investigación Social, 2026a.
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