Skip to main content

La economía de Thomas Sankara

El octavo boletín de Panáfrica (2026)

¿Qué exige la liberación cuando la pobreza ha sido diseñada por la historia, la dependencia se vende como desarrollo y la dignidad solo puede ganarse mediante la disciplina colectiva, el poder popular y la autosuficiencia?

El pensamiento económico de Thomas Sankara no puede entenderse únicamente a través de las categorías convencionales utilizadas para analizar las políticas públicas. El crecimiento, los presupuestos, la inflación, los ingresos fiscales y los saldos monetarios importan, pero no son suficientes para explicar la coherencia de la visión que desarrolló e intentó implementar en Burkina Faso entre 1983 y 1987.

Para Sankara, la economía era ante todo un proyecto político, moral y anticolonial: un medio a través del cual un pueblo podía convertirse en dueño de su propio destino. En este sentido, se sitúa en la tradición revolucionaria panafricana de la crítica al neocolonialismo de Kwame Nkrumah, la teoría de la liberación nacional de Amilcar Cabral y los experimentos de desarrollo autosuficiente de Julius Nyerere. Su proyecto tenía sus raíces en la búsqueda de la soberanía, la dignidad, la justicia social y la responsabilidad colectiva, y en la clara comprensión de que la subordinación económica de África no era una condición natural, sino una construcción histórica que podía, y debía, ser deshecha.

Un país empobrecido por la historia

Cuando Sankara llegó al poder, Burkina Faso se encontraba entre las naciones más pobres de la Tierra. Los datos del Banco Mundial para 1983 muestran la magnitud de la crisis. El PIB per cápita se situaba en torno a los 212 dólares estadounidenses, menos de la mitad del promedio del África subsahariana. La economía seguía siendo abrumadoramente rural, con aproximadamente nueve décimas partes de la población dedicada a la agricultura de subsistencia o a la ganadería. La esperanza de vida al nacer era de 48 años; la mortalidad infantil se situaba en 116 muertes por cada 1.000 nacidos vivos, lo que significaba que más de uno de cada nueve niños nacidos vivos no sobrevivía a su primer año. Menos de uno de cada diez adultos sabía leer. La dependencia de la ayuda exterior era considerable y la ayuda oficial al desarrollo neta superó los 181 millones de dólares estadounidenses solo en 1983. En una economía de esta escala, eso representaba una proporción estructuralmente significativa de los recursos públicos.

Muchos observadores concluyeron a partir de estos hechos que el desarrollo de Burkina Faso solo podía lograrse mediante un apoyo externo masivo. Sankara adoptó una postura diferente. No negó la importancia de la cooperación internacional. Lo que rechazaba era la idea de que la dependencia pudiera ser el cimiento de la liberación. Comprendía que la pobreza de su país había sido producida a través de la extracción colonial, unos términos de intercambio deliberadamente desfavorables y un orden económico internacional que transfería valor de la periferia al centro. Hacer de la dependencia externa la base del desarrollo nacional equivaldría, por tanto, a reproducir las mismas relaciones que habían creado el subdesarrollo.

Olga Yaméogo (Burkina Faso), El sol está en tus pies [The Sun is in Your Feet], 2023.

Autosuficiencia y desarrollo endógeno

Para Sankara, el desarrollo sostenible no podía ser importado. Tenía que surgir principalmente de las capacidades del propio pueblo. Tenía que apoyarse en los recursos humanos, la tierra, el conocimiento local, las tradiciones de solidaridad y las energías disponibles dentro del país. Esta convicción formaba el núcleo de lo que puede llamarse una economía de soberanía. Un pueblo solo es verdaderamente libre cuando posee la capacidad suficiente para producir lo que necesita para vivir con dignidad.

Sankara decía: “Produzcamos lo que consumamos y consumamos lo que produzcamos”. Detrás de esta frase se esconde una profunda reflexión sobre la dependencia económica y una ruptura consciente con las estructuras de dependencia que el colonialismo construyó y el neocolonialismo continúa reproduciendo. Cuando un país importa la mayor parte de sus alimentos, bienes de consumo o equipos básicos, se vuelve vulnerable a las decisiones tomadas en otros lugares. Su desarrollo depende entonces de factores fuera de su control: los precios de las materias primas fijados en mercados distantes, las condiciones de crédito determinadas por las instituciones financieras del Norte y las cadenas de suministro diseñadas para servir a los intereses metropolitanos. Por el contrario, una nación capaz de satisfacer una proporción significativa de sus necesidades esenciales fortalece su libertad de acción y comienza a reclamar la soberanía económica que el dominio colonial le negaba.

Agricultura, soberanía alimentaria y autoajuste

Tal visión situaba naturalmente a la agricultura en el centro de la estrategia económica. Para Sankara, la soberanía alimentaria representaba el primer pilar de la independencia nacional. Ningún proyecto de desarrollo podía ser sostenible si la población dependía de fuentes externas para su alimentación. Por lo tanto, la agricultura dejó de ser vista como un sector secundario preocupado meramente por la supervivencia rural. Se convirtió en una actividad estratégica de la que dependían la estabilidad económica, social y política.

Los esfuerzos emprendidos para aumentar la producción agrícola siguieron esta lógica. La producción de cereales aumentó de aproximadamente 1,1 millones a 1,6 millones de toneladas métricas entre 1983 y 1987, elevando la tasa de cobertura alimentaria del 81 por ciento a un pico del 129 por ciento sin importaciones. Por primera vez, Burkina Faso producía más alimentos de los que necesitaba. Los proyectos de riego, en notable medida la expansión del plan del valle de Sourou a partir de 1984, la movilización de los agricultores, las técnicas agrícolas mejoradas y la búsqueda sistemática de la autosuficiencia alimentaria tenían como objetivo reducir la vulnerabilidad nacional. Alimentar a la población se convirtió tanto en un acto de soberanía como en un objetivo económico.

Abdoul Karim Nana (Burkina Faso), Agricultor pensador [Farmer Thinker], 2014.

La reflexión de Sankara fue mucho más allá de la agricultura. Surgió en un contexto internacional marcado por el auge de los Programas de Ajuste Estructural del FMI promovidos en toda África. Presentados como remedios técnicos para el desequilibrio fiscal, estos programas buscaban generalmente reducir los déficits públicos, limitar el gasto estatal, liberalizar sectores de la economía y restablecer los equilibrios macroeconómicos. Sankara reconoció la existencia de desequilibrios económicos. No negó la necesidad de reforma o disciplina fiscal. Pero cuestionó los orígenes de las soluciones propuestas y sus consecuencias sociales.

Fue con este espíritu que desarrolló una forma de autoajuste económico. La idea era sencilla pero ambiciosa: si los sacrificios eran necesarios, debían definirse de manera soberana y dirigirse a fortalecer las capacidades nacionales. Los esfuerzos exigidos a la población debían financiar la educación, la sanidad, la producción agrícola, las infraestructuras y las capacidades locales. No debían limitarse a satisfacer los requisitos contables de los acreedores.

El Estado ejemplar: disciplina y ética política

Sankara también reflexionó sobre el papel del propio Estado. Era imposible pedir sacrificios a la población sin reformar primero las instituciones públicas. El Estado tenía que predicar con el ejemplo. Esta exigencia de conducta ejemplar se convirtió en una de las características más visibles de su gobierno.

Reducir el coste del gobierno no era simplemente una medida presupuestaria. Era un acto político diseñado para restablecer la coherencia entre palabras y hechos. Los líderes tenían que compartir las cargas impuestas a la nación. No podían exigir disciplina a la población mientras se reservaban privilegios costosos para sí mismos. Sankara rechazó el salario presidencial de 2.000 dólares estadounidenses al mes, cobrando en su lugar el sueldo de un oficial del ejército de 450 dólares. Se prohibieron los viajes en avión en primera clase y los chóferes gubernamentales para todos los ministros. La decisión de sustituir los prestigiosos vehículos oficiales, incluidos los Mercedes utilizados por los funcionarios públicos, por vehículos más modestos como el Renault 5 se convirtió en un poderoso símbolo de esta filosofía.

El objetivo no era simplemente ahorrar dinero. Era afirmar que ningún desarrollo sostenible es posible cuando las élites viven en condiciones completamente desconectadas de las de la mayoría. En muchos países, los coches oficiales simbolizan estatus y privilegio. Sankara los convirtió en símbolos de austeridad, responsabilidad y ética política.

Esta política de reducción de privilegios se extendió a otras áreas y buscó redirigir los recursos públicos hacia las necesidades colectivas. Cada gasto innecesario representaba recursos que de otro modo podrían dedicarse a escuelas, centros de salud, presas, proyectos agrícolas o infraestructuras públicas. El Programa Popular de Desarrollo, lanzado en octubre de 1984, formalizó esta lógica. La financiación provino en parte del Esfuerzo Popular de Inversión, que deducía entre el cinco y el doce por ciento de los salarios mensuales de los funcionarios públicos para el desarrollo nacional. La gestión de las finanzas públicas se convirtió así en un ejercicio de responsabilidad nacional.

Dentro de este marco, la economía nunca pudo separarse de la moral pública. La lucha contra el desperdicio, la corrupción y los privilegios contribuyó directamente a la eficacia económica. Una administración disciplinada y creíble estaba en mejores condiciones de movilizar a los ciudadanos en torno a un proyecto colectivo. La confianza misma se convirtió en un recurso económico tan importante como el capital financiero.

Christophe Sawadogo (Burkina Faso), El filósofo, la gallina y su huevo [The Philosopher, the Chicken, and His Egg], 2024.

El pueblo como principal riqueza de la nación

Esta filosofía se basaba en una convicción fundamental: la principal riqueza de una nación no es el dinero, sino su pueblo. Una población que está organizada, educada, movilizada y consciente de sus responsabilidades posee un extraordinario poder transformador. Por el contrario, incluso unos recursos financieros abundantes pueden desperdiciarse si no van acompañados de una visión clara y una movilización colectiva.

Para Sankara, el desarrollo no era, por tanto, una mera cuestión de inversión o tecnología. Era, sobre todo, un proceso de emancipación. Exigía que los ciudadanos se convirtieran en participantes activos en la configuración de su propio futuro en lugar de ser receptores pasivos de políticas diseñadas en otros lugares. La participación popular se convirtió en uno de los cimientos de su proyecto económico, institucionalizado a través de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), los comités de barrio y de centro de trabajo de masas que se extendían desde los centros urbanos hasta las aldeas rurales. El cambio de nombre del país en agosto de 1984, de Alto Volta a Burkina Faso, que significa “Patria de los Hombres íntegros”, codificó esta convicción directamente en la identidad nacional.

Surgió así una concepción del desarrollo profundamente diferente de los enfoques que reducen la economía a indicadores estadísticos. El objetivo no era simplemente aumentar la riqueza nacional. Era construir una sociedad capaz de decidir su futuro libremente, satisfacer sus necesidades esenciales y preservar su dignidad en un mundo marcado por relaciones de poder desiguales. Desde esta perspectiva, la soberanía económica no era un fin en sí mismo. Era el medio a través del cual un pueblo podía ejercer plenamente su libertad.

Neb Noma Desiré Ouedraogo (Burkina Faso), Educación familiar [Family Education], 2014.

Las mujeres, el trabajo y el desarrollo nacional

Entre las dimensiones más notables del pensamiento económico de Sankara se encontraba su análisis del papel de la mujer en la sociedad. Creía que ningún país podía lograr un desarrollo duradero excluyendo a la mitad de su población de la participación plena en la vida económica, social y política. Las mujeres ya desempeñaban un papel fundamental en la agricultura, el comercio, el bienestar familiar y los sistemas económicos locales. Tanto en las zonas rurales como urbanas, contribuían significativamente a la producción y a la vida comunitaria. Sin embargo, sus contribuciones eran frecuentemente infravaloradas, al tiempo que a menudo carecían de igual acceso a la educación, los recursos, los puestos de toma de decisiones y las oportunidades económicas.

Para Sankara, esto era tanto injusto como económicamente irracional. Una nación que limita el potencial de las mujeres debilita sus propias perspectivas de desarrollo. La discriminación no solo perjudica a las directamente afectadas; reduce la productividad, la creatividad y el poder colectivo de la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, la emancipación de la mujer no era una cuestión social secundaria separada de la economía. Era un componente central de la estrategia de desarrollo nacional.

Seydou Cisse (Burkina Faso), Mujer libertad [Woman Freedom], 2014.

Su gobierno actuó en consecuencia con esta convicción. Un nuevo código de familia abolió el precio de la novia y estableció el derecho de la viuda a heredar, desafiando los mecanismos legales a través de los cuales las mujeres eran excluidas de la propiedad y de la vida económica. El 22 de septiembre de 1984, Sankara proclamó el Día de la Solidaridad con las Amas de Casa, en el que se exigía a los hombres acudir al mercado, trabajar la parcela familiar y preparar las comidas. Al visibilizar el trabajo doméstico no remunerado en la vida pública, la revolución insistió en que el hogar no estaba fuera de la economía. Era uno de los lugares donde se organizaban la reproducción social, el trabajo y el poder.

Esta perspectiva resulta hoy llamativamente moderna. La investigación económica contemporánea demuestra sistemáticamente que educar a las niñas, ampliar el acceso de las mujeres al empleo y aumentar su participación en la toma de decisiones contribuyen significativamente al crecimiento económico, la reducción de la pobreza, las mejoras en la salud pública y la estabilidad social. Sankara entendió esto no como una perspectiva tecnocrática, sino como un principio revolucionario: el desarrollo no puede construirse con medio pueblo.

La deuda y el orden económico internacional

La crítica de Sankara al endeudamiento formaba parte de un análisis mucho más amplio de las relaciones económicas internacionales y de la posición de África dentro de la economía global. En su intervención en la cumbre de la Organización de la Unidad Africana en Adís Abeba en julio de 1987, apenas unos meses antes de su asesinato, pronunció una de las condenas más intransigentes del sistema de deuda jamás articulada por un jefe de Estado africano: “La deuda es una reconquista de África hábilmente gestionada, destinada a someter su crecimiento y desarrollo a través de reglas extranjeras. Así, cada uno de nosotros se convierte en un esclavo financiero, es decir, en un verdadero esclavo de aquellos que fueron lo suficientemente traicioneros como para ponernos dinero en las manos cuando sabían que no podíamos usarlo sabiamente”.

Hizo un llamado a un frente unido de países africanos deudores. Ningún país por sí solo podía resistir lo que requería una acción continental colectiva. Para Sankara, la deuda no podía verse meramente como un mecanismo financiero a través del cual un Estado obtiene recursos adicionales para financiar el desarrollo. Era también una relación de poder. Cuando un país se vuelve altamente dependiente de los acreedores, su capacidad para definir sus propias prioridades económicas y sociales disminuye gradualmente. Las decisiones nacionales pasan a estar cada vez más configuradas por limitaciones externas que no se corresponden con las necesidades de la población.

Abdoul Karim Ouedraogo (Akowilson) (Burkina Faso), Movimiento [Movement], 2014.

Esta reflexión surgió de las transformaciones que afectaron a muchos países africanos durante las décadas de 1970 y 1980. El deterioro estructural de los términos de intercambio de África, un rasgo de larga data del orden económico internacional que transfería valor de los exportadores de materias primas a los importadores industriales, dificultó cada vez más la diversificación y la inversión nacional. Ante la caída de los precios de las materias primas, los crecientes déficits y el endurecimiento de las restricciones externas, muchos Estados recurrieron al endeudamiento. Estos préstamos a menudo financiaron infraestructuras, importaciones y proyectos de desarrollo, pero también crearon obligaciones que se volvieron más gravosas a medida que las condiciones económicas se deterioraban. Los países quedaron atrapados en un ciclo en el que se requería un nuevo endeudamiento simplemente para pagar la deuda existente.

Sankara temía que la riqueza producida por los pueblos africanos sirviera principalmente para pagar a los acreedores en lugar de mejorar las condiciones de vida. Un país que dedica una proporción cada vez mayor de sus recursos al servicio de la deuda reduce su capacidad para invertir en educación, sanidad, agricultura, infraestructura y actividad productiva. La deuda deja entonces de ser una herramienta de desarrollo para convertirse en un obstáculo para este.

Su análisis también estaba vinculado a la responsabilidad histórica. Las dificultades económicas que afrontaban muchas naciones africanas no podían entenderse al margen de la historia colonial, las relaciones comerciales desiguales y las estructuras económicas heredadas de décadas de dominación extranjera. Los pueblos africanos no debían ser considerados como los únicos responsables de circunstancias producidas a través de siglos de extracción.

Flore Kaboré (Burkina Faso), Educación [Education], 2014.

Reforma interna: trabajo, salud y las condiciones del desarrollo

Sin embargo, el pensamiento de Sankara nunca se limitó a criticar la desigualdad internacional. Se fundamentaba igualmente en una fuerte exigencia de responsabilidad interna. La soberanía económica requería una gestión disciplinada de los recursos nacionales. No bastaba con denunciar la dominación externa; los países también debían combatir la ineficacia, el despilfarro, la corrupción y las prácticas que debilitaban su potencial de desarrollo.

Esta doble exigencia explica su determinación de promover una cultura de responsabilidad económica. Se esperaba que ciudadanos, agricultores, trabajadores, funcionarios, empresarios y líderes políticos contribuyeran al esfuerzo colectivo. El desarrollo no se concebía como una asistencia concedida a poblaciones pasivas. Se planteaba como una empresa común que exigía la participación de todos.

Dentro de este marco, el trabajo ocupaba un lugar central. El trabajo no era meramente un medio para producir riqueza; era también una contribución a la construcción de la nación. Cada actividad productiva reforzaba la autonomía del país y reducía su dependencia. El desarrollo se convirtió así en un proceso basado en la movilización de la energía humana en lugar de en la expectativa de soluciones venidas del extranjero.

Esta confianza en las capacidades del pueblo llevó a Sankara a otorgar un gran énfasis a la educación. Una nación que desea controlar su destino debe ser capaz de formar a sus propios profesores, ingenieros, médicos, agrónomos, técnicos, científicos y empresarios. La educación era una inversión estratégica destinada a aumentar la competencia nacional y reducir la dependencia de la experiencia externa.

La misma lógica se aplicaba a la sanidad. Una población debilitada por la enfermedad no puede contribuir plenamente al desarrollo económico. Las campañas de vacunación, la medicina preventiva, las infraestructuras sanitarias y las iniciativas de salud pública no se consideraban meras políticas sociales. Eran inversiones en la capacidad humana, que fortalecían las capacidades productivas y creativas de la nación. Organizado a través de la red de CDR en lugar de la administración de salud convencional, el Comando de Vacunación, de noviembre a diciembre de 1984, elevó la cobertura nacional de vacunación infantil de aproximadamente el 17 por ciento al 77 por ciento en quince días. Demostró que la movilización, y no el capital, era a menudo el factor limitante.

Para Sankara, la verdadera riqueza residía en el conocimiento, la organización, la creatividad, la disciplina y la determinación colectiva. Un país pobre en capital pero rico en recursos humanos poseía un enorme potencial de transformación. Por el contrario, una nación dotada de recursos financieros pero carente de organización y visión podía dilapidar fácilmente sus oportunidades.

Kader Kaboré (Burkina Faso), ‘Las esteras’ [‘The Mats’] (serie), 2021.

Industrialización y soberanía de producción

La preocupación de Sankara por la soberanía se extendía a la estructura misma de la producción. Observó, tal como Nkrumah había argumentado dos décadas antes en su análisis del neocolonialismo, que muchos países africanos exportaban materias primas y luego importaban productos terminados a precios mucho más altos. Este patrón estructural mantenía la creación de valor fuera de África y restringía las oportunidades de empleo cualificado y desarrollo tecnológico.

Por lo tanto, el desarrollo exigía no solo producir más, sino transformar más. Un país capaz de procesar sus productos agrícolas, minerales y recursos naturales retiene una mayor parte del valor generado por su economía. La transformación local crea empleo, desarrolla experiencia técnica y fortalece la independencia económica. Este imperativo de industrialización africana sigue siendo hoy tan urgente como lo era en 1987 y continúa animando los debates económicos panafricanos en todo el continente.

El sector textil ofrece uno de los ejemplos más claros de esta estrategia. La promoción por parte de Sankara del Faso Dan Fani, el tejido de algodón tejido a mano de Burkina Faso, no fue meramente un gesto cultural. Formaba parte de una política económica deliberada. Al alentar la producción y el consumo de tela tejida localmente, buscaba apoyar a los productores nacionales, crear empleo y mantener la riqueza circulando dentro de la economía nacional.

La prenda se convirtió así en un símbolo de soberanía económica. Demostró que las opciones de consumo tienen consecuencias económicas y que el desarrollo nacional puede fortalecerse cuando se valoran y apoyan los productos locales. Sankara no rechazaba el comercio internacional. Más bien, cuestionaba cómo el comercio y los hábitos de consumo afectan al desarrollo nacional. Cada producto importado representaba riqueza que salía del país, mientras que cada producto producido localmente contribuía a la actividad económica nacional. Su objetivo no era el aislamiento, sino el equilibrio. El comercio internacional podía ser beneficioso cuando fomentaba un intercambio mutuamente ventajoso. Se volvía peligroso cuando creaba una dependencia excesiva o impedía el surgimiento de capacidades productivas nacionales.

Talato Michel Zangre (Burkina Faso), Encuentro de ideas [Meeting of Ideas], 2014.

El desarrollo como emancipación

A través de sus reflexiones sobre la deuda, el autoajuste, la educación, la sanidad, la transformación local, la emancipación de la mujer y la soberanía de producción, Thomas Sankara desarrolló una visión integral del desarrollo. La economía dejó de ser una colección de mecanismos financieros para convertirse en un proyecto de sociedad destinado a expandir la libertad, fortalecer la soberanía y permitir que cada individuo participe plenamente en la construcción del bien común.

Esta ambición explica por qué su pensamiento sigue inspirando debates décadas después de su muerte. Sus ideas no se limitan a un período histórico particular. Ofrecen un marco más amplio para comprender la relación entre producción, justicia, independencia, dignidad y desarrollo humano. La originalidad de la economía de Sankara radica no solo en sus políticas particulares, sino en su filosofía subyacente: el desarrollo debe servir a la emancipación humana, la soberanía nacional y la dignidad colectiva en lugar de a la mera expansión de las estadísticas económicas.

Para el África actual, esta lección sigue siendo urgente. La deuda, la dependencia, la austeridad, el extractivismo y los modelos de desarrollo importados continúan marcando las vidas de millones de personas. La respuesta de Sankara no fue ni la resignación ni la caridad. Fue la organización. Fue la producción. Fue la disciplina. Fue la moral pública. Fue la liberación de la mujer. Fue la soberanía alimentaria. Fue la solidaridad continental. Fue la insistencia en que el propio pueblo es la mayor fuerza productiva de la historia.

Estudiar la economía de Thomas Sankara, por tanto, no es mirar hacia atrás con nostalgia. Es recuperar un método vivo para las luchas que tenemos por delante: producir lo que necesitamos, organizar lo que tenemos, rechazar las cadenas de la deuda, disciplinar al Estado, liberar a las mujeres, confiar en el pueblo y construir la soberanía desde abajo.

 

Con afecto,

Ferdinand