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El poder social se construye antes de hacerse visible | Boletín 32 (2026)

No consiste en calles llenas o elecciones ganadas, sino en la capacidad paciente y organizada de la clase trabajadora para convertir la dignidad en el sentido común de la época.

Misheck Masamvu (Zimbabue), Behind Locked Doors Does Not Feel Safe Anymore [Ya no se siente seguro tras puertas cerradas con llave], 2014.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Desde la hambruna de Bengala de 1943 hasta la elección del gobierno del Frente de Izquierda en 1977, el movimiento comunista de Bengala Occidental, en la India, fue consolidando pacientemente su fuerza entre la clase trabajadora, el campesinado, las personas refugiadas, el estudiantado y lxs trabajadorxs de la cultura. A través de campañas por la comida y la tierra, la construcción de poder sindical, la movilización de las personas refugiadas y la resistencia a la represión estatal, la izquierda hizo más que conquistar demandas inmediatas: creó instituciones de lucha, formó generaciones de organizadorxs y desarrolló una cultura política en la que los agravios de distintos sectores del pueblo podían entenderse como parte de una lucha común. La victoria de 1977 no generó repentinamente poder social en las urnas, sino que reveló el poder social que se había construido a lo largo de más de tres décadas.

A veces se confunde la energía popular con el poder social. Cuando un líder político convoca grandes multitudes, una consigna circula velozmente por las redes sociales, una manifestación llena las calles, se dice que un movimiento se ha vuelto poderoso. Estas pueden ser señales de visibilidad, entusiasmo o impulso, pero no son necesariamente prueba de fuerza organizada. Una multitud puede dispersarse, una elección puede perderse y una consigna puede desaparecer tan rápido como llegó. El poder social es algo más profundo: es la capacidad organizada de una clase para actuar en la sociedad, orientar las aspiraciones del pueblo y convertir su comprensión del mundo en parte del sentido común de la época.

Gérard Gabayen (Senegal), Sweet Memories [Dulces recuerdos], 2019.

La clase capitalista posee poder social no solo porque es dueña de fábricas, bancos, minas, plataformas digitales y latifundios, sino también porque ha construido instituciones que transforman sus intereses en los intereses aparentes de la sociedad. Sus medios de comunicación presentan la protección de la riqueza privada como la defensa de la libertad. Sus economistas describen los recortes del gasto público como “responsabilidad fiscal”, sus instituciones educativas enseñan que la competencia es una expresión de la naturaleza humana y sus leyes consideran los derechos de propiedad como más importantes que los derechos a la alimentación, la vivienda y una vida digna. La clase capitalista no necesita convencer a todo el mundo de su visión del mundo: solo necesita que sus supuestos parezcan naturales, fijar los límites de la discusión respetable y asegurar que las alternativas parezcan poco realistas incluso antes de haber sido consideradas. Esto es la hegemonía capitalista: la capacidad de la clase dominante de organizar el consenso en torno a un orden social que sirve a sus intereses mientras aparenta expresar los intereses de la sociedad en su conjunto.

Rigaud Benoit (Haití), Marketplace [Mercado], 1965.

El poder social capitalista no descansa solo en el consenso, sino en la combinación de consenso y coerción: los medios de comunicación y las escuelas, pero también la policía, los tribunales y las cárceles. Por ejemplo, antes que la policía pueda romper una huelga, los periódicos deben retratar a quienes la organizan como personas egoístas. La clase dominante ejerce el poder social convirtiendo su visión del mundo en sentido común, mientras mantiene las instituciones coercitivas listas para defender esa visión cuando el consenso comienza a fracturarse.

Sin embargo, la hegemonía capitalista nunca es completa mientras las promesas de la sociedad capitalista choquen una y otra vez con las realidades de la vida de la clase trabajadora. En la India, por ejemplo, las recientes protestas encabezadas por la juventud han dejado al descubierto una contradicción aguda: a lxs jóvenes graduadxs se les dice que la educación garantiza empleo, pero lo que espera a muchxs tras egresar es el desempleo y el trabajo precario. Tales contradicciones crean la posibilidad de un nuevo sentido común, pero el sufrimiento no produce automáticamente conciencia socialista. La inseguridad puede dar lugar a la solidaridad, o puede usarse para persuadir a las masas de culpar a las personas migrantes, las castas oprimidas, las minorías religiosas o racializadas, las mujeres u otrxs trabajadorxs. La crisis de una vieja hegemonía puede abrir el camino a la izquierda, a través de la organización y la lucha, o puede abrir el camino a la extrema derecha, a través del miedo, el resentimiento y la búsqueda de chivos expiatorios. Las condiciones no hablan por sí solas: deben ser interpretadas, y la disputa por su interpretación es parte de la lucha por el poder social. Pero la interpretación no se forma en abstracto. Se forja en la actividad colectiva.

Sujeewa Kumari (Sri Lanka), The Time Map [El mapa del tiempo], 2018.

Las luchas campesinas por el control de la tierra desafían la santidad de los derechos de propiedad, mientras que las luchas de las mujeres muestran que la dominación en el hogar no es un asunto privado, sino parte de la organización social del poder. Toda lucha seria contiene un proceso de formación: el pueblo aprende quién está con él, quién se le opone y qué instituciones se declaran neutrales mientras defienden el orden existente. Descubre en sí mismo y en lxs demás capacidades que la sociedad capitalista le enseña a subestimar. Por eso el poder social no puede construirse solo mediante la comunicación. Los afiches, los periódicos, los videos y las campañas en redes sociales son importantes, pero no pueden sustituir a la organización. Las personas no cambian su comprensión del mundo por el mero hecho de encontrarse con el argumento correcto. La conciencia cambia mediante la participación en la actividad colectiva.

La movilización reúne a la gente en torno a un acontecimiento. La organización la mantiene unida y desarrolla su capacidad de lucha sostenida. La movilización puede expresar la rabia. La organización transforma la rabia en memoria, disciplina, dirección y estrategia. El poder social emerge cuando la energía popular se convierte en capacidad organizada. Se construye a través de los sindicatos, las asociaciones campesinas, las organizaciones de mujeres, los comités barriales, las escuelas de formación política, las instituciones culturales, los medios de comunicación comunitarios y los partidos revolucionarios. Estas instituciones preservan las lecciones de una lucha y las llevan a la siguiente. Mediante el trabajo paciente de construir tales organizaciones, el poder social va formando las capacidades que requiere una nueva sociedad.

Daouda Ba (Senegal), Désordre Urbain XI [Desorden urbano XI], 2021.

La fragmentación de la clase trabajadora es una de las fortalezas del capital. La clase trabajadora está dispersa entre fábricas y campos, oficinas y escuelas, hogares y mercados informales. Quienes trabajan, siendo esenciales para la producción y la reproducción social, ven que a menudo se les niegan sus derechos políticos y que su aporte a la sociedad es frecuentemente menospreciado. El capital convierte esa dispersión y ese menosprecio en división: a lxs trabajadorxs del sector formal se les dice que teman a lxs trabajadorxs informales; a la ciudadanía, que tema a las personas migrantes; a lxs trabajadorxs urbanxs, que desdeñen al campesinado; y a los hombres, que traten la emancipación de las mujeres como una amenaza. Las diferencias religiosas, raciales, étnicas, de casta y lingüísticas se convierten en líneas permanentes de división política. La tarea de la organización socialista no es fingir que esas diferencias no existen, ni exigir que cada lucha se disuelva en una unidad de clase abstracta. Es construir unidad mostrando cómo las distintas formas de opresión están atadas a un mismo orden social.

En nuestra tradición, la construcción de esa unidad se llama la creación de un “bloque histórico”: una alianza de fuerzas sociales unida no solo por un acuerdo temporal, sino por un proyecto político común. Un bloque así debe estar arraigado en la clase trabajadora y responder a las aspiraciones de todas las personas cuyas vidas son deformadas por el capital, el imperialismo, el patriarcado, el racismo, la opresión de casta y la destrucción de la naturaleza. Un programa político no puede ser una lista de verificación en la que a cada grupo social se le asigna una demanda separada. Debe ofrecer una explicación coherente de la crisis y una dirección creíble para la sociedad, mostrando cómo la salud pública, la reforma agraria, el empleo digno, la liberación de las mujeres, la reparación ecológica y la soberanía nacional pertenecen a un proyecto común. La clase dominante dice que la sociedad debe organizarse en torno a la libertad del capital. Un bloque histórico socialista debe insistir en que la sociedad se organice en torno a la dignidad del trabajo y la reproducción de la vida. Así es como el poder social se vuelve hegemónico: no mediante una estrategia comunicacional, sino a través de la construcción de dirección política, por la organización y la lucha.

Carlos Mérida (México), Fiesta de pájaros, 1959.

La clase dominante ofrece una interpretación emocional del mundo. Le dice a la clase trabajadora que sus vecinxs son peligrosxs, que las personas extranjeras le están robando el futuro, que la pobreza es vergonzosa y que la acción colectiva es inútil. Cultiva el resentimiento e impide, al mismo tiempo, que ese resentimiento se convierta en una comprensión del sistema, dirigiendo la rabia legítima hacia quienes tienen todavía menos poder. Este es el terreno emocional sobre el que se organiza la extrema derecha actual. Ofrece pertenencia a quienes se sienten abandonadxs, orgullo a quienes han sido humilladxs y certeza a quienes viven vidas precarizadas. Sus explicaciones son falsas, pero el dolor al que habla es real.

Una política socialista que responda solo con estadísticas seguirá siendo débil. Debe ofrecer dignidad, compañía, coraje y esperanza, no como consignas vacías, sino como experiencias creadas por medio de la organización. La cultura es central en este trabajo: las canciones, la poesía, el teatro, las artes visuales y los rituales colectivos preservan la memoria histórica y ofrecen imágenes de un futuro que todavía no puede describirse por completo en documentos de política pública. La cultura revolucionaria no solo enseña al pueblo a qué oponerse, sino también en qué busca convertirse. El poder social requiere una batalla de ideas porque la clase dominante presenta su dominación como sentido común. También requiere una batalla de emociones porque el sentido común no se sostiene solo con argumentos, sino también con miedo, deseo, vergüenza y esperanza.

Zwe Mon (Myanmar), Sin título, 2013.

El poder social es indispensable, pero no suficiente. Un movimiento puede crear organizaciones populares fuertes mientras la clase capitalista sigue controlando la inversión, la producción y el aparato coercitivo del Estado. Por eso el proyecto socialista debe desarrollar una estrategia para traducir el poder social en poder gubernamental y para transformar el propio Estado. No obstante, las victorias electorales no deben confundirse con la culminación de ese proceso. Un partido de izquierda puede formar gobierno mientras los bancos, las corporaciones, la alta burocracia, la judicatura, la oficialidad militar y los monopolios mediáticos permanecen bajo la influencia del viejo bloque dominante. Por ello un gobierno de izquierda debe fortalecer la organización independiente del pueblo. Las organizaciones populares no deben convertirse en defensoras pasivas de ministrxs afines. El poder social es lo que permite que un proyecto sobreviva más allá de un gobierno, una elección o una generación de dirigentes.

Existe la tendencia a ver la política solo en el momento de la cosecha: quién ganó la elección, quién formó gobierno, qué ley se aprobó y qué palacio se ocupó. Pero nada se cosecha sin un trabajo previo, largo y en gran medida invisible. Se seleccionan y se siembran las semillas, se repara el suelo, se acarrea el agua y se protege a las plantas jóvenes del calor y las enfermedades. Casi todo ese trabajo se olvida cuando por fin se recogen los frutos. Sin embargo, la construcción del poder social es ese trabajo paciente: ocurre cuando un militante imparte una clase de formación política tras una larga jornada, cuando una organizadora sindical visita a un trabajador que teme ser despedido, cuando las mujeres crean un comité contra la violencia, cuando el campesinado estudia la estructura de la deuda agrícola y cuando lxs jóvenes forman un grupo cultural en un barrio abandonado por el Estado. Ninguna de esas acciones transforma la sociedad por sí sola, pero juntas crean un pueblo capaz de transformarla.

Lo que le falta al pueblo no es capacidad, sino los medios organizados para reconocerla, combinarla y ejercerla. El poder social comienza cuando el pueblo deja de verse a sí mismo como quien solo padece la historia y comprende que puede hacerla.

Cordialmente,

Vijay