Las raíces del capitalismo: la esclavitud y el comercio del azúcar
El mundo capitalista moderno se construyó no solo a partir de bancos y fábricas, sino también a través de plantaciones, puertos y barcos que convirtieron el azúcar y a los seres humanos esclavizados en fuentes de ganancia global.

Prólogo
Hay cierto consuelo en las historias que los imperios cuentan sobre sí mismos. Son historias de ingenio, de descubrimiento, del avance constante de la razón y la ciencia. En ellas, el capitalismo aparece casi como una inevitabilidad, como el florecimiento natural del progreso humano en Europa occidental, impulsado por la innovación tecnológica y la llamada Ilustración. Lo que estos relatos omiten no es accesorio, sino fundamental: la violencia que forjó el mundo moderno.
Las raíces del capitalismo: la esclavitud y el comercio del azúcar, de Prabir Purkayastha, es una intervención en esta amnesia cultivada. Insiste en que miremos directamente el registro histórico y reconozcamos que el capitalismo no surgió del despliegue apacible de los mercados y las máquinas, sino de la brutal reorganización del mundo mediante la conquista, la esclavización y la extracción. Buena parte de este estudio fue escrito en pedazos de papel que iban y venían durante los 225 días de encarcelamiento de Prabir Purkayastha en la cárcel central de Rohini, en Delhi (India) y que discutíamos con quienes lo visitábamos. Nos obliga a repensar qué queremos decir cuando hablamos de los orígenes del capitalismo y a preguntarnos: ¿de quién es la historia que se cuenta?, ¿qué sufrimiento se oculta? y ¿cuál fue el costo?
En el corazón de este estudio está el azúcar, no solo como mercancía, sino como relación social. El azúcar fue una de las primeras mercancías verdaderamente mundiales, que unía continentes en circuitos de producción, intercambio y finanzas. Su cultivo exigió vastas extensiones de tierra, enajenadas mediante el genocidio en las Américas, e inmensas cantidades de trabajo, aportadas por la trata transatlántica de personas africanas esclavizadas1. El azúcar, en este sentido, no solo se producía: su producción era posible gracias a un sistema que trataba a los propios seres humanos como mercancías.
Lo que Purkayastha demuestra con claridad es que la plantación no era una institución arcaica ni precapitalista. Al contrario, fue uno de los primeros espacios de organización capitalista moderna. Allí vemos la integración de la agricultura y la industria, la contabilidad minuciosa de costos y ganancias, el cálculo de la productividad laboral y la despiadada lógica del reemplazo. Las personas esclavizadas quedaban reducidas a unidades de capital, y sus vidas se medían según su precio de mercado. La plantación, como señaló Sidney Mintz, era a la vez campo y fábrica. Las inmensas ganancias generadas por la esclavitud y la agricultura de plantación no fueron periféricas para el desarrollo europeo: fueron centrales. La producción de azúcar, la trata de personas esclavizadas y las industrias asociadas (transporte marítimo, seguros, refinado y finanzas) formaron un sistema interconectado que alimentó la acumulación de capital a escala global. La riqueza generada en el Caribe y las Américas fluyó hacia las ciudades europeas y financió el crecimiento de industrias e instituciones financieras. Las refinerías de azúcar de Londres, Bristol y Liverpool estuvieron entre los primeros centros de trabajo industriales. Procesaban el azúcar crudo producido con trabajo esclavo y lo transformaban en mercancías para el consumo masivo y la reexportación por todo el mundo.
Hablar del capitalismo sin aludir a la esclavitud es, por tanto, contar solo la mitad de la historia. Es aceptar un relato que limpia el pasado y oculta la violencia estructural sobre la que se edificó el mundo moderno. La obra de Purkayastha se inscribe en una larga tradición de pensamiento radical, de Eric Williams a Walter Rodney, que ha buscado restituir esta historia ausente. Pero además hace avanzar la discusión al centrarse de cerca en el azúcar como clave para comprender las dinámicas más amplias del desarrollo capitalista. Lo que emerge es una imagen del capitalismo no como un simple sistema económico, sino como un proyecto global de dominación que implicó la reorganización de la tierra, el trabajo y los recursos a lo largo de los continentes; la destrucción de las sociedades existentes; y la creación de nuevas jerarquías de raza y de poder. La interdependencia entre el azúcar y las personas esclavizadas como mercancías lo ilustra con nitidez: no se puede comprender el uno sin las otras. Esta historia no es solo de interés académico. Los legados de este sistema persisten en las desigualdades que estructuran nuestro mundo actual. La riqueza acumulada mediante la esclavitud y el colonialismo no desapareció: se institucionalizó en los sistemas financieros, las relaciones de propiedad y las divisiones globales del trabajo que siguen moldeando nuestro presente. Comprender los orígenes del capitalismo es, por tanto, entender mejor sus formas contemporáneas y sus injusticias persistentes.
Hay también, en esta obra, un desafío implícito a la forma en que pensamos la resistencia. El sistema que aquí se describe se sostuvo mediante la violencia, pero también fue disputado en cada etapa por las personas esclavizadas que resistieron su cautiverio, por quienes denunciaron la brutalidad de la trata y por los movimientos que buscaron desmantelarlo. Recuperar esta historia no es solo enfrentar los crímenes del pasado, sino también reconocer las luchas que buscaron superarlos.

El poema satírico y antiesclavista de William Cowper “Pity for Poor Africans” [Compasión por los pobres africanos], impreso y distribuido en 1788 por la Sociedad para la Abolición de la Trata de Esclavos y utilizado como parte de su campaña, comienza con una declaración inequívoca:
Confieso que me espanta la compra de esclavizados,
y temo que quienes con ellos trafican son malvados;
cuanto oigo de sus males, torturas y miserias,
casi basta para arrancar piedad de las piedras.Los compadezco mucho, más guardo mi opinión,
pues ¿cómo pasaríamos sin azúcar ni ron?
Sobre todo el azúcar, tan necesaria, ya se ve:
¿qué?, ¿dejar nuestros postres, el café y el té?Además, si lo hacemos, franceses, holandeses y daneses
nos lo agradecerán de corazón, sin duda, con creces:
si no compramos nosotros a esas pobres criaturas, ellos lo harán,
y torturas y gemidos aún más se multiplicarán.
El relato convencional: una visión general
La explicación convencional del ascenso de Occidente, la versión simplista y eurocéntrica de la civilización, sostiene que unos pocos países de Europa occidental llegaron a dominar el mundo gracias a una serie de acontecimientos ocurridos únicamente allí (Wolf, 1982). Según esta visión eurocéntrica, los acontecimientos clave de este período son la Era de los Descubrimientos (de fines del siglo XV al XVII), la Ilustración (de fines del siglo XVII al XVIII) y la Revolución Industrial (de mediados del siglo XVIII a mediados del XIX). Desde esta perspectiva, la Ilustración aceleró el desarrollo científico y tecnológico, y contribuyó a poner en marcha la primera ola de industrialización. Así, el impulso central del progreso en Occidente se presenta como el cambio tecnológico, guiado por la ciencia y la racionalidad capitalista, que se sacudió las cadenas de la producción precapitalista y creó un nuevo sistema económico basado en el trabajo asalariado “libre”. El papel del saqueo, el genocidio y la esclavitud que precedieron y acompañaron a la Revolución Industrial queda borrado de esta historia (Angus, 2023; Berg y Hudson, 2011: 259-281). Si se menciona, aparece a lo sumo como un apéndice desafortunado o un subproducto de esta historia, pero en absoluto como algo central.
Los hechos históricos no respaldan en modo alguno esta explicación mítica del desarrollo capitalista de Occidente. La narrativa convencional también omite tres hechos significativos en la historia del capitalismo: primero, que la economía de plantación en el Caribe y en la América continental (tanto del Norte como del Sur) consolidó el azúcar como una mercancía de producción a gran escala y creó un mercado mundial; segundo, que los cimientos del capital británico eran anteriores a la Revolución Industrial; y tercero, que fue el algodón, producido por personas africanas esclavizadas en el Sur de Estados Unidos, lo que convirtió a este país en una potencia en ascenso y financió la revolución textil de Inglaterra (Baptist, 2014).
No es nuestra intención repetir aquí lo que académicos como C. L. R. James (1938), Eric Williams (1944), Walter Rodney (1970), Joseph Inikori (2009) y muchos otros ya han escrito sobre este tema. En este estudio nos centraremos en un cultivo (la caña de azúcar) y sus productos (como el azúcar, la melaza y el ron) como mercancías para el mercado mundial. El azúcar fue la primera mercancía mundial: creó el mercado capitalista y sentó las bases del sistema financiero global. Estuvo acompañada por una segunda “mercancía”: personas esclavizadas capturadas en África y vendidas en el Caribe y las Américas. El desarrollo del capital británico, holandés y francés, y más tarde del capital estadounidense, es tanto la historia de esta práctica atroz de tratar a los seres humanos como mercancías para el mercado como la del producto de su trabajo.
La idea dominante en la academia y la historiografía occidentales sobre la economía mundial moderna es que sus cimientos se sentaron con la Era de los Descubrimientos: el “descubrimiento” europeo del llamado Nuevo Mundo por figuras como Hernando de Magallanes (1480-1521) y Cristóbal Colón (1451-1506), y el descubrimiento de la ruta marítima a Asia por Vasco da Gama (c. 1460-1524) al rodear África. La Era de los Descubrimientos suele vincularse con la Ilustración, pese a la brutalidad de figuras como Colón y da Gama.2 Luego, según el relato, la Revolución Científica, que acompañó a la Ilustración, condujo a la Revolución Industrial en Gran Bretaña, seguida rápidamente por otras partes de Europa occidental. Fue la expansión de la Revolución Industrial hacia el “Nuevo Mundo”, principalmente hacia América del Norte, con el aumento del trabajo asalariado “libre” y el despojo territorial colonial mediante el genocidio, lo que llevó a los Estados Unidos a convertirse en la principal potencia económica del siglo XX.
En otras palabras, la esclavitud, el genocidio, la expropiación de las tierras de los pueblos indígenas y el saqueo colonial no forman parte de esta imagen edulcorada del desarrollo del capitalismo salvo como aberraciones menores (Beckert, 2015: 83-97). ¿Cómo se “producía”, entonces, el suministro de personas esclavizadas procedentes de África?
El punto de partida de la trata transatlántica suele situarse en el momento en que los mercaderes occidentales –portugueses, británicos, holandeses y franceses– compraban seres humanos esclavizados en los puertos africanos.3 Así como el genocidio de los pueblos indígenas de las Américas y el Caribe se encubre con el falso relato de que sus tierras estaban vacías, a la espera de que los europeos llegaran a reclamarlas, algunos historiadores han sostenido que, dado que la esclavitud ya existía en África, lo único que hicieron los europeos fue aprovechar los mercados de personas esclavizadas ya existentes (Rodney, 1972: 95; Meillassoux, 1991). Este relato ignora la escala de la trata de personas esclavizadas que Occidente introdujo en África, que transformó cualitativamente lo que era en gran medida una esclavitud doméstica en una “producción” a escala industrial de personas esclavizadas destinadas a las plantaciones del otro lado del Atlántico. Claude Meillassoux describe este proceso como la producción de personas esclavizadas en el “vientre de hierro y oro”, es decir, mediante el nexo armas-personas esclavizadas-oro, en el que las armas de fuego y la pólvora se intercambiaban por personas esclavizadas cuya venta generaba ganancias. El “hierro” de esta fórmula alude al uso de las armas de fuego y la pólvora como mercancías de intercambio por personas esclavizadas y como instrumentos de captura, mientras que el “oro” remite a las ganancias y el capital que esta trata generaba. Esto se sustenta en los registros comerciales, que muestran exportaciones sustanciales de pólvora desde Europa hacia África durante este período (Whatley, 2018: 80-104).
Uno de los resultados de esta trata impulsada por la violencia, al igual que el genocidio en las Américas, fue una catástrofe demográfica. Mientras que la población de Asia y Europa creció un 300% o más entre los siglos XVII y XIX, en marcado contraste, la población africana se mantuvo casi igual y en muchas regiones disminuyó.4 Esto fue consecuencia de la violencia ejercida sobre las estructuras sociales existentes y de la destrucción de las economías locales mediante la captura y venta forzadas de seres humanos. El impacto de la esclavitud sobre la población africana suele pasarse por alto cuando se considera únicamente el número de personas esclavizadas transportadas a las Américas y el Caribe, estimado en al menos diez millones. Sin embargo, como escribe Walter Rodney, esta cifra se refiere solo a las personas que desembarcaron en las Américas y el Caribe. No toma en cuenta la actividad de los traficantes ilegales ni la cantidad de personas africanas que murieron al cruzar el Atlántico y durante el proceso de su “adquisición”, o secuestro, en sus lugares de origen. En conjunto, estas pérdidas sugieren que el número total de personas africanas capturadas para la trata transatlántica –tanto quienes sobrevivieron hasta llegar a las Américas como quienes murieron durante la captura, las marchas, la detención y el Pasaje del Medio– fue considerablemente mayor, probablemente en un rango de 14 a 20 millones (1972: 96). No fue sino hasta la abolición de la esclavitud cuando la población y la economía del continente comenzaron a recuperarse, y un crecimiento más sostenido no se produjo hasta que los países africanos alcanzaron la independencia.
Esta devastación en África fue intrínseca al auge de la producción de azúcar en las plantaciones de trabajo esclavo de las Américas y el Caribe. Comercializada a escala global desde el siglo XVI en adelante, el azúcar sustentó el crecimiento del colonialismo europeo y el desarrollo del mercado mundial de mercancías. De hecho, fue para expandir la producción de azúcar que se estableció el brutal y complejo sistema nuevo para adquirir y comerciar con personas africanas esclavizadas, distinto del sistema preexistente, que consistía en gran medida en la esclavitud doméstica (Rodney, 1972: 60; Inikori, 1982: 24-25). Juntos, el azúcar y las personas esclavizadas se convirtieron en mercancías emparejadas, y los circuitos de producción, crédito y comercio construidos en torno a ellos contribuyeron a sentar las bases del capitalismo moderno. Esta dinámica se aprecia con especial claridad en el complejo de plantación del Caribe5 que resultó central para el desarrollo capitalista de Gran Bretaña y constituye una dimensión de lo que Sven Beckert y Seth Rockman llaman “el capitalismo de la esclavitud” (Williams, 1944; Mintz, 1985; Eltis y Richardson, 1997; Eltis y Richardson, 2015; Beckert, 2015).
Impulsados por el comercio extremadamente lucrativo de personas esclavizadas, los productos derivados de la caña de azúcar (azúcar, melaza y ron) estuvieron entre las primeras mercancías producidas para los mercados mundiales. Antes de que la producción de algodón se convirtiera en el emblema tanto de la Revolución Industrial como de los horrores de la esclavitud en el Sur de Estados Unidos, el azúcar fue el eje de un sistema transatlántico de extracción e intercambio de trabajo, que vinculaba la producción de plantación con el comercio a larga distancia y la reexportación. Desde el siglo XVI hasta la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, el azúcar y sus subproductos circularon a través de mercados entrelazados y generaron ganancias en el transporte marítimo, los seguros, el almacenamiento y las finanzas, a medida que las mercancías se exportaban, refinaban y reexportaban.
El relato dominante del comercio triangular, el intercambio a tres bandas de personas esclavizadas, materias primas y bienes manufacturados entre Europa, África y el “Nuevo Mundo”, suele pasar por alto otras mercancías esenciales para este sistema, entre ellas los textiles y el salitre (nitrato de potasio, un ingrediente clave de la pólvora).6 Por ejemplo, durante buena parte de los siglos XVIII y XIX (1750-1850, según Kazuo Kobayashi), los textiles producidos en la India fueron enviados por las Compañías de las Indias Orientales británica y francesa a la costa occidental de África, donde eran intercambiados por personas esclavizadas (2019). De manera similar, los europeos usaban el salitre exportado desde la India para fabricar pólvora, que luego intercambiaban por personas africanas esclavizadas. En sus evaluaciones de la importancia del comercio triangular, Ronald Findlay y Kazuo Kobayashi sostienen que, en el tercer cuarto del siglo XVIII, un porcentaje significativo de las exportaciones británicas a África eran reexportaciones desde la India, no bienes manufacturados europeos.7 Fue el botín colonial de la India, los ingresos por tierras extraídos del campesinado indio, lo que financió la “exportación” de textiles y salitre desde la India (Patnaik y Moyo, 2011).
Los economistas políticos como Adam Smith, por ejemplo, ven este período o bien como mercantilista y, por ende, ineficiente, o bien como una fuente de acumulación originaria: un precursor de la acumulación capitalista que le siguió. Sin embargo, Marx deja en claro que esta “supuesta acumulación originaria” fue expropiación, no acumulación (Angus, 2023). Fue saqueo, lisa y llanamente, no ahorro ni la formación de un fondo de emergencia.
En la producción de azúcar, la esclavitud y sus procesos de trabajo asociados fueron una fuente importante tanto de expropiación como de acumulación de capital. Esta forma de acumulación de capital, arraigada en las plantaciones, sentó las bases de la Revolución Industrial. Resulta engañoso afirmar que el impacto del colonialismo sobre las colonias (en términos de desindustrialización y drenaje de riqueza, por ejemplo) fue un fenómeno separado de la economía de las plantaciones basada en el trabajo esclavo, y de la dinámica más amplia del “Nuevo Mundo”, o que estos factores no fueron importantes para determinar el desarrollo del capitalismo en las metrópolis. Tal afirmación oscurece los cimientos coloniales del capitalismo moderno (Inikori, 1992: 151-157; Inikori, 2002).
A continuación, consideremos cómo se desarrolló el sistema de plantación para producir azúcar, principalmente por medio del trabajo esclavo. Esto exige rastrear el desarrollo del cultivo y el comercio del azúcar en la región mediterránea como precursor del desarrollo de la producción basada en las plantaciones en el mundo atlántico. ¿Cómo moldearon la producción, la exportación y la reexportación de azúcar el capital financiero europeo y el desarrollo industrial? Dado que la producción de azúcar se basaba en el trabajo esclavo, para responder a esta pregunta debemos examinar las dinámicas de la esclavitud y la producción de azúcar en la economía azucarera americano-caribeña, con mayor énfasis en el sistema de plantación caribeño bajo dominio holandés, francés y británico. Esta discusión ilustra que tanto el azúcar como las personas africanas esclavizadas, producidas y vendidas como productos de mercado, fueron cruciales para la expansión mundial del capitalismo temprano y sus estructuras de producción.
La producción de azúcar en el Mediterráneo: de la agricultura campesina al capitalismo de plantación
Antes de las Cruzadas, Europa Occidental (salvo su élite) no conocía el azúcar.8 Luego ocurrieron dos transformaciones. Primero, el uso del azúcar, importado del Mediterráneo oriental, siguió aumentando, incluso después de que las Cruzadas no lograran conquistar la “Tierra Santa”. Segundo, el cultivo del azúcar se expandió hacia el oeste, desde el Mediterráneo oriental hacia el Mediterráneo occidental y la Península Ibérica: en primer lugar a islas mediterráneas como Sicilia, Chipre, Rodas y Creta; luego a partes de la Península Ibérica y el norte de África; y más tarde a islas atlánticas como Madeira y las Canarias. Esta geografía estuvo determinada en parte por el clima: la caña de azúcar requiere una temporada de crecimiento larga y cálida, y un período de maduración y cosecha fresco, pero sin heladas. Las heladas pueden matar la caña y dañar sus raíces, lo que significó que el cultivo se limitara en gran medida a las zonas más cálidas del Mediterráneo, el sur de la península ibérica, el norte de África y las islas atlánticas, en lugar del norte y gran parte del oeste de Europa.
A diferencia de la agricultura de base campesina de las llanuras costeras del Mediterráneo oriental y meridional, la agricultura en Europa occidental se basaba en una combinación de trabajo campesino y la corvea (el trabajo no remunerado que los campesinos estaban obligados a realizar en las tierras del señorío feudal, o en las tierras de reserva señorial). En las islas mediterráneas de Sicilia, Chipre, Rodas y Creta, asentar o importar campesinado de Italia o Grecia no era una opción viable, porque la peste negra (1347-1351) había reducido drásticamente la oferta de trabajo campesino en Europa y el Mediterráneo. En su lugar, los gobernantes de Europa occidental de estas islas importaron personas esclavizadas del norte de África para sustituir el trabajo “libre” que proporcionaba la corvea en Europa occidental.9 Esto tuvo una enorme relevancia: la producción de azúcar se transformó de la producción mayormente campesina del mundo árabe a la economía de plantación “moderna” basada en la esclavitud en el Caribe.
Otra característica importante de las plantaciones en las islas del Mediterráneo fue la inversión de capital de las grandes familias mercantiles de Venecia y Génova: fue en estas islas donde comenzó el matrimonio entre el capital mercantil y la esclavitud moderna. Portugal extendió este modelo de plantación azucarera basada en la esclavitud desde las islas atlánticas más cercanas a la península ibérica —Madeira, las Canarias y las Azores— hasta Cabo Verde, frente a la costa de África occidental, y más tarde a Santo Tomé, en el Golfo de Guinea (cerca de la actual Ghana). El paso final en la transformación de la agricultura campesina a las plantaciones azucareras basadas en la esclavitud tuvo lugar en Santo Tomé. Los dueños de las plantaciones, por lo general de la aristocracia, obtenían tierras del rey portugués, capital de Venecia o Génova y personas esclavizadas de África. Los portugueses transportaron este sistema a Brasil. Desde allí, se extendió al Caribe y más tarde a partes de América del Norte.
¿Introdujeron estas islas del Mediterráneo y del Atlántico algún cambio tecnológico importante en la producción de azúcar? Según Ulbe Bosma, la respuesta es no. El error inicial que cometieron los historiadores fue oscurecer la similitud tecnológica de las técnicas de molienda y procesamiento del azúcar en el Mediterráneo oriental y occidental, la Península Ibérica, las islas del Atlántico y, finalmente, el “Nuevo Mundo” (2023:349). En su extraordinaria obra The World of Sugar [El mundo del azúcar], Bosma resume este recorrido:
Los productores de azúcar viajaron desde Egipto y Siria hasta Chipre y Sicilia, desde donde sus conocimientos y destrezas pasaron a Valencia y llegaron a Madeira. Los maestros azucareros portugueses aprendieron su arte de los musulmanes de Andalucía, que la gobernaron durante 800 años, y lo llevaron a Madeira y las Canarias.10
El modelo de plantación que se trasplantaría a las Américas prácticamente sin cambios, sobre todo a Brasil y el Caribe, comenzó en Santo Tomé. La caña cultivada en las Américas y el Caribe provenía de las islas del Atlántico, donde a su vez había sido introducida desde el Levante y Egipto. En cuanto al cultivo de la caña de azúcar, hubo pocos cambios importantes. El modelo siguió basándose en la técnica largamente establecida de dejar parte del tallo de la caña en el suelo tras la cosecha para que produjera una nueva cosecha (un proceso conocido como reproducción vegetativa, o “soca”, que aún se utiliza hoy). Incluso cuando se plantaban nuevos cultivos, los brotes de los tallos viejos seguían creciendo.
Las islas del Mediterráneo remodelaron la relación existente entre el campesinado productor de caña de azúcar y quienes participaban en los procesos secundarios y terciarios de moler la caña, producir azúcar a partir del jugo y comerciar con el azúcar. En el nuevo modelo de plantación, la producción de caña de azúcar se integró con los procesos de molienda, cocción y refinación en un solo sitio. Esto creó el nuevo “flujo de trabajo” de emplear trabajo esclavo a lo largo de todo el proceso, desde el cultivo de la caña de azúcar hasta el producto final, ya fuera azúcar morena o azúcar blanca cristalina, que se refinaba en Europa.
Así funcionaba el flujo en las plantaciones de azúcar: durante la temporada de molienda, la caña madura debía cortarse y molerse, y el jugo debía concentrarse antes de cristalizar en azúcar (véase el diagrama 1). Una vez extraído el jugo al moler la caña, se hervía en una serie de grandes tinas o calderas que requerían una gran cantidad de combustible para concentrar el jugo en un jarabe espeso, que luego se enfriaba en conos de barro invertidos. Esto permitía su separación en panes de azúcar y melaza. También se adoptaron procesos de cristalización, o de refinado adicional, para producir cristales de azúcar en lugar de panes.
Diagrama 1. El régimen de trabajo de la producción de azúcar.
El azúcar cruza el Atlántico: el complejo de plantación y la trata
Cuando la producción azucarera se expandió desde el Mediterráneo hacia las islas del Atlántico, Brasil y el Caribe entre los siglos XV y XVII, las técnicas centrales de procesamiento permanecieron relativamente sin cambios, pero la creciente escala de las operaciones de plantación y la expansión de los circuitos de exportación y reexportación transformaron gradualmente los patrones tanto de producción como de comercio. Este sistema de producción y comercio de mercancías, arraigado en la esclavitud, el cultivo de azúcar y los ciclos mundiales de exportación y reexportación, contribuyó a sentar las bases de la economía capitalista moderna. Como veremos, la “innovación” clave consistió en cómo extraer la máxima producción al mínimo costo de las personas esclavizadas antes de que pudieran ser “reemplazadas”, es decir, generar suficiente excedente del trabajo esclavo para cubrir tanto las ganancias como los costos de reemplazo.
Fue la promesa de inmensas ganancias lo que impulsó a los portugueses a llevar el monocultivo del azúcar desde la región mediterránea, primero a las islas atlánticas frente a la Península Ibérica y África occidental en el siglo XV. La incursión portuguesa en la producción de azúcar con trabajo esclavo tuvo lugar en las islas de Madeira, las Azores, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe (Greenfield, 1979: 85-119). Hacia fines del siglo XVI y comienzos del XVII, el sistema colonial de plantación basado en la esclavitud surgió en Brasil bajo la égida de los portugueses. De 1624 a 1654, los holandeses obtuvieron el control de las plantaciones portuguesas en el norte de Brasil y aprendieron las técnicas de la producción azucarera de plantación, mientras controlaron el territorio. Durante este período, y tras su expulsión por los portugueses, el capital y la pericia holandesa ayudaron a difundir la producción de azúcar hacia sus colonias del Caribe. En el siglo XVII, los británicos y franceses aprendieron de la práctica holandesa e introdujeron el azúcar en sus colonias.
La producción de azúcar en el Caribe supuso una concentración de capital y una intensificación del trabajo esclavo sin parangón en ningún otro monocultivo de una sola región. Las plantaciones de algodón del Sur de Estados Unidos usaron más tarde un modelo similar de trabajo esclavo, pero este surgió al menos 150 años después.
Sidney Mintz, que ha escrito extensamente sobre el azúcar como mercancía y sobre la economía de plantación, sostiene que la producción de azúcar fue profundamente industrial y “moderna” en cuanto al proceso de trabajo, la productividad del capital y los sistemas de gestión empleados (1985). La producción de azúcar era esencialmente industrial y capitalista por naturaleza, salvo que trataba a los seres humanos como capital fijo, es decir, como máquinas, y, por tanto, como reemplazables.
Producción de azúcar en el Caribe, siglos XVII-XIX
Las islas del Caribe: plantaciones, azúcar y personas esclavizadas
Para rastrear cómo se expandieron las plantaciones azucareras y cómo se organizó la trata de personas esclavizadas entre imperios rivales, esbozaremos el cambiante control colonial de territorios clave del Caribe. Las cinco principales potencias coloniales en el Caribe fueron España, Portugal, los Países Bajos, Francia e Inglaterra. Los primeros colonizadores fueron los españoles, que se apoderaron de Jamaica, Trinidad, Puerto Rico y La Española entre la década de 1490 y comienzos del siglo XVII. Inglaterra reclamó Barbados en 1625 y comenzó su colonización en 1627. En 1655, Inglaterra le arrebató Jamaica a España. Francia estableció colonias en Guadalupe (1635) y Martinica (1635) y, en virtud del Tratado de Rijswijk (1697), obtuvo el tercio occidental de La Española, que rebautizó como Saint-Domingue (el actual Haití). En la cercana costa de las Guayanas, los holandeses establecieron colonias, entre ellas Esequibo, desde 1616; Surinam, que adquirieron más tarde, pasó a conocerse como Guayana Holandesa. Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, Gran Bretaña y Francia se habían convertido en la principal presencia colonial en el Caribe.
Pero el azúcar no llegó primero a las Américas a través del Caribe. Llegó a través de Brasil, donde los portugueses importaron el modelo de Santo Tomé de producción de azúcar basada en la esclavitud a las regiones de Pernambuco y Bahía (Coben, 2015: 142-162). Estas regiones tenían un clima adecuado para producir azúcar y tierras que no estaban densamente boscosas y podían despejarse para desarrollar plantaciones de azúcar. Los portugueses necesitaban presencia sobre el terreno para reforzar su reclamo sobre una tierra que, por lo demás, no era más que una línea trazada en un mapa en el tristemente célebre Tratado de Tordesillas (1494), de modo que otorgaron concesiones de tierras a colonos que luego labrarían la tierra con trabajo esclavo. A diferencia de las plantaciones del Caribe, las parcelas de tierra en estas regiones de Brasil eran más pequeñas. Tanto en Brasil como en el Caribe, la producción de azúcar dependió en gran medida de personas africanas esclavizadas, junto con el trabajo de algunas indígenas.
La ventaja de las tierras “gratuitas” que la Corona portuguesa concedía a colonos y hacendados en Brasil, tras la violencia genocida empleada contra los indígenas, era que las plantaciones podían ampliarse sin ningún límite físico significativo. La desventaja de este sistema era que no ofrecía ningún incentivo para mejorar el cultivo. Resultaba más barato ampliar las tierras de plantación que esforzarse por mejorar los rendimientos o la eficiencia de la producción de azúcar, sujeto, por supuesto, a la disponibilidad de personas africanas esclavizadas. En las plantaciones insulares, en cambio, la tierra imponía un límite físico. Por ejemplo, en Barbados, una isla relativamente diminuta y con muy pocos bosques, los hacendados tuvieron que adoptar diversas prácticas para adaptarse a estas limitaciones, como emplear el bagazo (los tallos secos de la caña tras la molienda) a modo de combustible para hervir el jugo y producir azúcar, junto con diversas prácticas para preservar la fertilidad del suelo.11
En Brasil, por el contrario, había tierra en abundancia. Esto posibilitó métodos que agotan la productividad del suelo, ya que el cultivo podía desplazarse a nuevos campos, y una deforestación impulsada por la expansión. Aunque los holandeses, franceses y británicos sí mejoraron ciertas prácticas —por ejemplo, al introducir molinos más eficientes y estrategias de uso del combustible, y al optimizar la logística de las plantaciones—, también tenían una ventaja importante sobre los portugueses: el acceso a poderosas redes de financiamiento mercantil, seguros y refinación en Europa, capaces de financiar la producción, asegurar los cargamentos, refinar el azúcar y comercializarla a gran escala. Mientras los comerciantes de las ciudades italianas antes habían proporcionado capital y comercialización para el azúcar del Mediterráneo, los portugueses no contaban con una comunidad financiera semejante, pues habían expulsado a los judíos sefardíes y a los árabes que antaño desempeñaban ese papel, entre otras cosas mediante las expulsiones de la Península Ibérica bajo el rey Manuel I en 1496. Incluso durante la guerra que los Países Bajos históricos (los actuales Países Bajos y Bélgica) libraron contra la España de los Habsburgo (cuyo rey había sido declarado por el Papa cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico), Amberes y Ámsterdam siguieron siendo las ciudades que refinaban el azúcar para el mercado europeo.
Los holandeses ocuparon el corazón de la economía azucarera de Brasil, Pernambuco, entre 1630 y 1654, cuando los portugueses recuperaron el control. En ese período, los mercaderes holandeses desarrollaron vínculos comerciales con los hacendados portugueses y canalizaron el azúcar brasileño hacia las refinerías de Amberes y Ámsterdam. Esto continuó después de que los portugueses recuperaran la posesión de Pernambuco y Bahía. Sin embargo, los holandeses se apoderaron de algo más que las plantaciones de azúcar: también les arrebataron a los portugueses el comercio de personas esclavizadas y, en 1637, tomaron el castillo de Elmina (en la actual Ghana), un importante centro de compra, confinamiento y embarque de personas africanas esclavizadas.
Los holandeses, que combatían al rey español y se consideraban “más ilustrados”, tenían pocos reparos en entrar en el comercio de personas esclavizadas. Aparecen en las crónicas del azúcar tanto como quienes llevaron las plantaciones de azúcar al Caribe como en calidad de grandes transportistas de personas africanas esclavizadas desde la costa africana hasta las Américas. El modelo de plantación azucarera que los holandeses llevaron a Guyana y a las islas del Caribe fue luego adoptado por los hacendados británicos en Barbados y los hacendados franceses en Saint-Domingue y Martinica. Los holandeses actuaron no solo en función de sus intereses estatales como República Holandesa, sino también como expertos que podían ser contratados por hacendados de otras potencias coloniales.
Los holandeses, franceses y británicos unieron el capital a la práctica de la esclavitud en las plantaciones de azúcar y a la moderna división del trabajo. Cultivaban la caña de azúcar, la procesaban hasta la etapa del pan moreno en las colonias con trabajo esclavo y la transportaban para su procesamiento final, hasta convertirla en azúcar blanco y más refinado, en las ciudades europeas. Los capitalistas británicos, franceses y holandeses ganaban dinero vendiendo azúcar a la clase trabajadora y a la clase media de sus países de origen, y lo convirtieron en un producto de consumo masivo. También lo reexportaban al mercado mundial, con lo que consolidaron el azúcar como una mercancía mundial.
El modelo de plantación para la producción de azúcar, surgido en el Mediterráneo de fines del siglo XV, se adaptó a la organización capitalista de la producción y al comercio colonial en el “Nuevo Mundo”, en particular en las islas del Caribe. La producción capitalista de azúcar se consolidó en las plantaciones tanto mediante el cultivo de la caña de azúcar como a través de la organización de su procesamiento para convertirla en azúcar. En la base tanto de la producción de caña de azúcar como de su conversión en azúcar estaba el trabajo esclavo: un matrimonio impío del capital con la esclavitud atlántica. Esto difería de la producción de azúcar en gran parte de Asia y África, donde el campesinado cultivaba la caña y los pequeños dueños de molinos la molían y convertían el jugo en azúcar.
La producción de azúcar en las plantaciones
La producción de caña de azúcar en las plantaciones coloniales era brutal e intensiva en mano de obra, y se apoyaba en una combinación de oficios especializados y labores de campo, organizada mediante lo que se conocía como el “sistema de cuadrillas”. Bajo este sistema, se hacía trabajar a las personas esclavizadas en cuadrillas supervisadas durante jornadas largas e ininterrumpidas. Contrariamente, el “sistema de tareas”, más común en las regiones productoras de arroz e índigo, como las zonas costeras de Carolina del Sur y Georgia, asignaba una cuota diaria de trabajo, tras la cual podía quedar algo de tiempo, dentro de estrictas restricciones coercitivas, para otras actividades (Cartwright, 2021; Pargas y Roşu, 2017). Los hacendados adoptaron diversos métodos para aumentar la rentabilidad de la economía azucarera basada en el trabajo esclavo, desde la preparación de los campos para el cultivo hasta el riego y la siembra, el corte y la cosecha de la caña, su transporte a los sitios de molienda, su procesamiento, y la producción y refinado del azúcar.
En el cultivo de la caña de azúcar, tanto en el Caribe como en Luisiana, se prefería el sistema de cuadrillas por la naturaleza de las plantaciones azucareras. Sidney Mintz explica en qué sentido la producción en las plantaciones de azúcar era singular: “Se trataba, por supuesto, de empresas agrícolas, pero, dado que buena parte del procesamiento industrial de la caña se realizaba también en las plantaciones, tiene sentido ver las plantaciones como una síntesis de campo y fábrica” (1985: 83). Tanto la producción agrícola como el procesamiento inicial de la cosecha hasta convertirla en “producto industrial” se realizaban en la propia plantación. En consecuencia, las mismas personas esclavizadas eran asignadas a distintas tareas a lo largo del ciclo de producción, desde plantar y cuidar la caña de azúcar hasta cosecharla, molerla para extraer el jugo y hervir ese jugo hasta obtener azúcar moreno y melaza. Esto difiere del sistema en las plantaciones de algodón, donde el cultivo solo se procesaba en parte in situ y luego se enviaba a las fábricas textiles, sobre todo en Gran Bretaña y más tarde en Nueva Inglaterra, para su manufactura posterior.
Aunque arraigado en la esclavitud, el sistema de cuadrillas extraía excedente mediante formas de cálculo que se asemejan a la gestión capitalista moderna. Las personas esclavizadas eran concebidas como activos de capital, y su mantenimiento se calculaba para minimizar los costos de subsistencia teniendo en cuenta, a la vez, su reemplazo. Se llevaban libros de contabilidad detallados de las plantaciones, que se compilaban en informes, muy parecidos a las hojas de cálculo actuales, con los que los dueños, a menudo en la lejana Gran Bretaña, podían examinar el rendimiento financiero de su inversión. Los estudios de tiempos y movimientos, tan apreciados por los modelos tayloristas de gestión fabril, estuvieron precedidos por estudios similares en las plantaciones trabajadas con trabajo esclavo en el Caribe y, más tarde, en el Sur anterior a la guerra de Secesión (Rosenthal, 2018). El valor de reemplazo de las personas africanas esclavizadas estaba determinado por el mercado: si su precio subía, aumentaba la necesidad de mantenerlas con vida. Si el precio bajaba, se incrementaba la intensidad de su explotación, y con ella el riesgo de muerte. Por eso, los cálculos del administrador de la plantación sobre la vida útil tomaban en cuenta el precio de reemplazo de una nueva persona esclavizada y estaban tan determinados por el mercado como las consideraciones del capital moderno en la actualidad.
En la práctica, el sistema de cuadrillas dividía a las personas esclavizadas según la edad y la capacidad física. La primera “cuadrilla” estaba compuesta por hombres y mujeres jóvenes, a finales de la adolescencia, que realizaban el trabajo físicamente más agotador durante 10 a 12 años, tras lo cual eran relegados a la segunda cuadrilla. Después de unos 20 años en la segunda cuadrilla, una persona que para entonces tenía cerca de 40 años, si sobrevivía, estaría exhausta y pasaría a integrar, junto con otras personas ancianas y niños pequeños, la tercera cuadrilla (conocida también como “cuadrilla de la hierba”), que desyerbaba los cultivos y recogía hierba para alimentar a los animales (Cartwright, 2021).
A comienzos del verano, la primera y la segunda cuadrilla preparaban los campos para la siembra despejándolos, quemándolos y removiendo la tierra con azadas. Las cuadrillas también debían construir y mantener las redes de riego. Luego, a fines del verano y comienzos del otoño, la primera cuadrilla plantaba la caña de azúcar, a menudo mediante el extenuante “ahoyado” (cane-holing): cavar a mano los hoyos de siembra por todo el campo. Se esperaba que una persona esclavizada de la primera cuadrilla cavara entre 60 y 100 hoyos al día, con dos plantas de caña sembradas en cada uno. Las personas esclavizadas de la primera y la segunda cuadrilla llevaban luego sobre la cabeza enormes y pesados cestos de estiércol animal hasta los hoyos y lo colocaban alrededor de cada planta. Un hectárea de plantas de caña de azúcar requería hasta 3 toneladas de estiércol.
Una vez cosechada, cinco o seis meses después de la siembra en el caso de las plantaciones más fértiles, la caña debía procesarse con rapidez para evitar que disminuyera su contenido de azúcar. Por eso, durante la temporada de zafra, cuando se trituraba y hervía la caña, las personas esclavizadas en los molinos y las casas de calderas trabajaban turnos de 18 a 20 horas, seis días a la semana. En Brasil, la observancia religiosa exigía formalmente que los ingenios12 suspendieran el trabajo los domingos y días festivos. No obstante, esta exigencia no se cumplía de manera generalizada. A menudo se obligaba a las personas esclavizadas a seguir trabajando los domingos y los días festivos. Quedaban tan exhaustas que “tan soñoliento como un ingenio” se convirtió en un dicho extendido, y perder miembros por las máquinas se volvió rutinario (Schwartz, 2011: 177). Otras actividades importantes incluían transportar la caña a los molinos, acarrear la pesada madera para los hornos con que se hervía el jugo, y enviar a los puertos el azúcar y otros productos, incluido el ron.
En el Caribe, los domingos no eran días de descanso para las personas esclavizadas. Los pasaban trabajando sus propias parcelas, conocidas como “parcelas de subsistencia”. Sin los alimentos que cultivaban en estas pequeñas parcelas, habrían sucumbido a la dieta sumamente deficiente que proporcionaba la cocina de la plantación. William Taylor, un crítico de la esclavitud, testimonió que, si una persona esclavizada dedicaba “todos los domingos al descanso, no podría mantenerse a sí misma ni a su familia trabajando los 26 días [al mes] que la ley le permitía” (Schwartz, 2011; Sheridan, 1985: 166).
Cada año, un plantador compraba en África personas esclavizadas recién importadas para reemplazar a las que habían muerto. Un plantador de Barbados llamado Edward Littleton calculó que un plantador de azúcar que poseyera 100 personas esclavizadas y las pusiera a cultivar y procesar caña de azúcar las mataría a todas en 19 años. Bosma, citando al clérigo anglicano reverendo Robert Robertson, calculó que dos quintas partes de las personas esclavizadas recién llegadas morirían en el plazo de un año desde su llegada (Cartwright, 2021; Bosma, 2023: 38).
Hay suficientes pruebas para demostrar que la tasa de mortalidad entre las personas esclavizadas en las plantaciones de azúcar era más alta que la de otras plantaciones de trabajo esclavo, ya fueran de algodón, café o tabaco (Bosma, 2023: 63). La esclavitud desincentivaba reemplazar el trabajo por máquinas tanto en las plantaciones de algodón como en las de azúcar, donde las condiciones de vida eran brutales. Aun así, la población esclavizada en las plantaciones de algodón aumentó a pesar de ello (mientras que en las plantaciones de azúcar de Luisiana disminuyó).
Esto se debe en parte a los múltiples procesos de producción integrados en el cultivo de la caña de azúcar, en los que la molienda, la concentración del jugo de la caña y la cristalización del azúcar implicaban trabajo esclavo. Otra razón era la mala alimentación de las personas esclavizadas, ya que los dueños sopesaban el costo de alimentarlas frente a su costo de reemplazo: el costo de comprar nuevas personas esclavizadas. Con la prohibición de la trata de personas esclavizadas a comienzos del siglo XIX, las plantaciones de algodón consideraban a los niños nacidos en la esclavitud como un “producto” económico, es decir, como una forma de reproducir internamente su fuerza de trabajo y su propiedad. Las plantaciones de azúcar de Luisiana buscaban el mismo resultado, pero, como la mortalidad allí era tan alta, los nacimientos no compensaban las muertes (Aronson y Budhos, 2017).
Se requerían equipos no solo para moler la caña de azúcar, sino también para procesarla, y todos ellos debían construirse, operarse y mantenerse con regularidad. Las primeras plantaciones usaban prensas manuales para extraer el jugo de la caña, pero con el tiempo se reemplazaron por prensas de tres cilindros más eficientes, impulsadas por animales y, más tarde, por el viento o, más comúnmente, por el agua. Por eso, las plantaciones solían establecerse cerca de ríos o arroyos para aprovechar la energía hidráulica.13 El viento o el agua movían grandes rodillos a través de los cuales las personas esclavizadas introducían la caña en los molinos. Era un trabajo peligroso, pues estas personas esclavizadas a menudo estaban exhaustas y, a veces, no soltaban la caña a tiempo y sus brazos eran arrastrados hacia los rodillos. Cuando esto ocurría, se usaba un hacha para cortar el brazo triturado. En algunas plantaciones azucareras, los hombres y las mujeres con un solo brazo eran una imagen habitual.14
La proximidad a los puertos y ríos era esencial, ya que reducía el costo de transportar el azúcar y otros productos de la plantación. Según el tamaño de la plantación, los ingenios necesitaban entre 60 y 200 personas trabajando, la mayoría de ellas esclavizadas, para funcionar (Cartwright, 2021). El pico de demanda de trabajo durante la temporada de zafra determinaba la cantidad de personas esclavizadas que se necesitaban en una plantación.
Las personas esclavizadas también cargaban con la agotadora tarea de recoger la madera necesaria para alimentar los hornos de la refinería. En la mayoría de las plantaciones caribeñas, la leña estaba disponible con facilidad. La excepción era Barbados, que tenía una disponibilidad limitada de madera. Allí, el bagazo, el residuo fibroso que quedaba tras moler la caña de azúcar, se usaba como combustible, una práctica muy probablemente importada de Egipto.
Quienes tenían las habilidades para operar y mantener la maquinaria de los ingenios azucareros eran muy solicitados. Algunos trabajadores calificados de los molinos provenían de la fuerza de trabajo esclavizada, pero solo su supervisor principal, el “maestro azucarero”, gozaba de un salario generoso. Con el tiempo, a medida que evolucionaban las poblaciones de las colonias, personas locales mestizas de ascendencia europea, así como personas libertas y, a veces, incluso esclavizadas, con las habilidades técnicas requeridas, fueron puestas a trabajar en estos puestos en la mayoría de las plantaciones caribeñas.
Las mujeres esclavizadas tenían que realizar trabajos extenuantes en los campos, algunas con sus hijos recién nacidos a la espalda. También sufrían una desnutrición extrema, que provocaba altas tasas de aborto espontáneo y de mortalidad infantil. La temporada de zafra era la peor. La caña en pie debía cortarse y procesarse con rapidez, lo que significaba que las personas africanas esclavizadas eran sometidas a una explotación aún más intensa. Cortar la caña, llevarla a los trapiches, triturarla para extraer el jugo y hervirla debía hacerse de manera simultánea: las personas esclavizadas apenas tenían tiempo de comer (Bosma, 2023: 57). Las mujeres participaban plenamente en la molienda de la caña junto con los hombres, donde perder la concentración significaba arriesgar desde los dedos hasta un brazo, o la vida, en el trapiche.
Podemos identificar las siguientes características de la tecnología empleada para sostener las plantaciones de azúcar basadas en la esclavitud:
- La introducción de máquinas, como los molinos de viento, los molinos de agua y las máquinas de vapor, a menudo intensificaba la explotación de las personas esclavizadas.
- La tecnología podía ahorrar trabajo o conducir a una explotación más intensa del trabajo, ya que las mejoras tecnológicas estaban determinadas por las relaciones sociales.
- Las personas esclavizadas eran vistas como prescindibles, ya frecuentemente a los hacendados les resultaba más barato reemplazar a quienes morían que mantenerlas con vida. Las plantaciones de azúcar a menudo tenían que adquirir nuevas personas esclavizadas porque las brutales exigencias de la producción de azúcar mataban a las y los trabajadores a un ritmo muy alto. A diferencia de las plantaciones de algodón y tabaco, donde el procesamiento estaba menos integrado en el trabajo de la plantación, las fincas azucareras requerían que el cultivo se procesara in situ casi de inmediato tras la recolección (Aronson y Budhos, 2017).
Tras ser cosechada, la caña de azúcar se pasaba por rodillos hacia un trapiche (dispositivo de molienda) para extraer su jugo. Este líquido se hervía luego en grandes calderas y, mediante un proceso llamado curado, se separaba en melaza y azúcar cristalizado. La mezcla resultante se vertía en grandes ollas o moldes de barro, donde se endurecía hasta formar panes de azúcar con forma de cono.
Muchos consumidores en Europa llegaron a preferir el azúcar blanco al azúcar moreno que se forma de manera natural. Para crear un producto más blanco, se colocaba una mezcla espesa de arcilla y agua sobre la parte ancha de un molde de azúcar con forma de cono, a medida que la melaza goteaba hacia afuera. El agua bajaba desde la arcilla, atravesaba el cono y lavaba la melaza u otros materiales del azúcar. Una vez completamente escurridos, los panes de azúcar se retiraban de los moldes, se secaban en rejillas en una sala amplia, se recortaban hasta darles su forma final y se envolvían en papel. El procesamiento final para blanquear el azúcar se llevaba a cabo en localidades británicas o holandesas. Los consumidores europeos percibían el azúcar blanco como más puro y deseable, sobre todo a medida que el discurso racial vinculaba cada vez más la blancura con el valor durante la consolidación de la esclavitud moderna en las plantaciones.15 En una planta azucarera moderna, el azúcar se “blanquea” para quitarle su tono pardusco natural.
¿Por qué el paso final del refinado no se realizaba en las plantaciones ni en el Caribe británico? La respuesta reside en gran medida en la política colonial británica. La política tributaria, en particular después de que la India se convirtiera en colonia británica, ayudó a eliminar cualquier incentivo para refinar más azúcar en el Caribe. Como señala Bosma, los altos aranceles sobre el azúcar refinado penalizaban la modernización tecnológica y hacían de la exportación de mascabado la opción más rentable (Bosma, 2023: 111).
La industria azucarera se adaptó a la demanda generalizada de muchos tipos de azúcar. El azúcar se vendía a los consumidores en todas las etapas de refinado, incluidos el mascabado, el azúcar blanco refinado y el doblemente refinado. Cuanta más refinación requería el azúcar, más caro se volvía. En el siglo XVII, la melaza, subproducto del azúcar, también se volvió rentable: no solo era un edulcorante, sino un ingrediente del ron, un licor cada vez más popular.
Se produjeron innovaciones tanto en el cultivo de la caña de azúcar como en los métodos empleados para procesarla y convertirla en azúcar, entre ellas la aplicación de la energía de vapor y el uso de mejores cilindros (como el molino horizontal de dos rodillos), que se adaptaron además con barras de hierro salientes para aumentar la capacidad de molienda, así como tachos al vacío, centrífugas y evaporación de múltiple efecto, de doble a quíntuple.16 También hubo avances importantes en los sistemas de transporte que vinculaban el cultivo con el procesamiento. Entre ellos el uso de rieles móviles y fijos, a menudo impulsados por motores de vapor, además de cintas transportadoras. Hubo asimismo varias modificaciones en el ámbito agrícola, como el desarrollo de nuevas variedades de caña, la modificación de las distancias de siembra y de los arados, la mejora del drenaje y el riego, y la aplicación de estiércol y fertilizantes (Oostindie y Boomgaard, 1989: 3-22).
Los tachos al vacío, recipientes sellados que se usaban para hervir y concentrar el jugo o el jarabe de caña a temperaturas más bajas reduciendo la presión del aire, se desarrollaron primero en Gran Bretaña para refinar el azúcar de caña en bruto importado, y solo más tarde se adoptaron de manera más amplia en la producción colonial de azúcar de caña. Entretanto, la producción de azúcar de remolacha en Europa, sobre todo en Francia, se expandió después de que los bloqueos británicos cortaran el acceso al azúcar de caña en bruto de las Indias Occidentales. En las plantaciones de las Indias Occidentales trabajadas con trabajo esclavo, los hacendados tenían muy pocos incentivos para introducir ese equipamiento intensivo en capital: ampliar las plantaciones con más personas esclavizadas era la opción a la vez “más barata” y “más eficiente” para el capital, entendida la eficiencia bajo el capitalismo como la eficiencia del dinero para generar un producto requerido, no la eficiencia del proceso en sí.
En el Caribe, dado que la tierra era “gratis” —consecuencia de la violencia genocida contra la población indígena— y el trabajo esclavo era barato, no había incentivo para mejorar la eficiencia de la producción de azúcar. La única excepción era mejorar la eficiencia de la molienda, ya que, de lo contrario, la caña no podía procesarse dentro de la breve temporada de maduración. Por eso, a comienzos del siglo XIX se introdujeron mejores molinos: de tracción eólica en Barbados y de vapor en la Guayana Británica (la actual Guyana) y Jamaica. Esto ayuda a explicar las distintas trayectorias de los tachos al vacío y las centrífugas. Aunque los tachos al vacío se abrieron paso en Java, Indonesia, durante este período, no se consideraban necesarios en las plantaciones de trabajo esclavo ni del Caribe británico ni de Luisiana. La política tributaria colonial británica lo reforzaba: el azúcar refinado pagaba aranceles más altos que el azúcar en bruto, lo que hacía menos rentable seguir refinando en el Caribe (Bosma, 2023: 101-107). Las centrífugas, en cambio, redujeron el tiempo necesario para separar la melaza del azúcar, de meses en los conos de barro a unas pocas horas. Introducidas en la década de 1830, se convirtieron rápidamente en práctica habitual incluso en las plantaciones de trabajo esclavo (Bosma, 2023: 111).
La tecnología importaba, pero por sí sola no explica la rentabilidad del azúcar del Caribe. Para entender esa rentabilidad, debemos pasar de la maquinaria de la plantación al sistema colonial en su conjunto: los mercados interrelacionados del azúcar y las personas esclavizadas, la organización del refinado y la reexportación en Europa, y las políticas que vinculaban las colonias a la “metrópoli”.
Esclavitud y azúcar: mercados, exportaciones, reexportaciones y ganancias
Sidney Mintz sostuvo que la producción de azúcar, aunque se basaba en el trabajo esclavo, era profundamente industrial y moderna, y que los hacendados y los propietarios de personas esclavizadas empleaban métodos capitalistas modernos para organizar la producción, medir la productividad y calcular las ganancias (1985). Hacia los siglos XVI y XVII, el azúcar se había convertido en una de las mercancías más importantes y rentables del “Nuevo Mundo”.
Había tres mercados distintos para el azúcar del Caribe. En un principio, solo se producía para el mercado internacional, centrado en la “metrópoli” europea. Más tarde, se desarrollaron mercados locales y regionales en el Caribe y sus alrededores. Los mercados locales eran pequeños, autónomos y por lo general estaban ubicados en el interior, mientras que los mercados regionales giraban en torno a grandes ciudades como Lima y Ciudad de México, así como ciudades de toda Nueva Inglaterra. El mercado internacional del azúcar del Caribe era el más competitivo, con el mercado de refinado y reexportación radicado en Lisboa, Amberes, Ámsterdam y varias localidades de Inglaterra y Francia.
En un principio, con Brasil bajo dominio portugués como principal productor de azúcar en bruto de las Américas, Lisboa se erigió en el mayor mercado para reexportar azúcar en bruto a los centros de refinado, y así se mantuvo durante mucho tiempo. Desde Lisboa, los holandeses transportaban el azúcar primero a Amberes y Ámsterdam para refinarlo y luego al mercado mundial. Amberes albergó la mayor refinería de azúcar del siglo XVI, pero, hacia el siglo XVII, había perdido la batalla del azúcar, primero frente a Ámsterdam y luego frente a varias localidades de Inglaterra. Hacia el siglo XVIII, las refinerías de azúcar proliferaron en Gran Bretaña, desde Plymouth hasta Glasgow y desde Londres hasta Liverpool. Estas refinerías usaban grandes calderas de cobre al aire libre y una gran cantidad de carbón para generar calor, y fueron precursoras de las fábricas de la Revolución Industrial. Estuvieron entre los primeros centros de trabajo de tipo fabril en Gran Bretaña y constituían un vínculo directo entre el azúcar de la esclavitud y la gran divergencia entre Asia y Europa.
Las fábricas azucareras de Gran Bretaña existían mucho antes que las fábricas textiles asociadas con la Revolución Industrial. No es de extrañar que también fueran centros importantes del comercio de personas esclavizadas. Durante la gran peste de 1665, varias refinerías de azúcar se trasladaron de Londres, entonces asolada por la peste, a otros puertos ingleses. Los barcos de las Indias Occidentales que transportaban azúcar usaban los muelles de otros puertos de Inglaterra para evitar el contagio. Esto contribuyó a expandir el refinado de azúcar por toda Gran Bretaña. Esta expansión ayudó a ampliar el acceso al azúcar refinado más allá del consumo de las élites.
Aunque a quienes refinaban azúcar se los llamaba panaderos, el proceso de “horneado” del azúcar implicaba lo que hoy se consideraría trabajo de fábrica. El término inglés factory [fábrica] aludía en su origen a un lugar de actividad comercial ligado a la labor del agente17 de un comerciante –el factor–, como un puesto comercial o un centro de acopio, incluidos los sitios donde se compraban y vendían personas esclavizadas. Solo más tarde pasó a designar un lugar de manufactura. El refinado de azúcar ya tenía las características asociadas a la industria: espacios de trabajo concentrados, procesamiento intensivo en calor, equipos especializados y trabajo disciplinado. Sin embargo, como era inseparable de la esclavitud, rara vez aparece como punto de partida de la Revolución Industrial en el propio relato histórico de Europa.
La escala y la dirección de las exportaciones de azúcar del Caribe muestran cuán estrechamente ligadas estaban las plantaciones a la industria de refinado británica. Los datos de David Eltis sobre Barbados entre 1665 y 1701 muestran que los productos del azúcar representaron el 91,2% de las exportaciones totales de la isla en 1665-1666, el 91,6% en 1688 y 1690-1691, y el 95,6% en 1699-1701. También calcula que, entre 1682 y 1701, Gran Bretaña fue el destino de más del 95% de las exportaciones de azúcar de Jamaica (Eltis, 1995: 642, 644). Impulsado en parte por su combinación con el té y el café, el consumo de azúcar en Gran Bretaña aumentó considerablemente a lo largo del siglo XVIII, mientras que la reexportación de azúcar refinado a las Américas, incluido el Caribe, resultó muy rentable. Las tasas arancelarias variables ofrecían el nivel de protección necesario para sostener el funcionamiento de numerosas refinerías de azúcar en ciudades como Bristol, Glasgow y Londres. Esto significaba que la política colonial funcionaba de modo que la producción de azúcar refinado en Gran Bretaña quedaba protegida por aranceles más altos frente a las importaciones de azúcar refinado, mientras que no se brindaba tal protección para el refinado de azúcar en las colonias del Caribe. Tras su conquista de la India, por ejemplo, Gran Bretaña añadió un arancel adicional del 25% para proteger a sus refinerías y a sus plantaciones de azúcar del Caribe de la competencia de la India (Bosma, 2010: 58).
Esto formaba parte de la política colonial británica más amplia según la cual las colonias solo podían producir materias primas para la “potencia colonial”, y los bienes terminados solo se fabricaban en el centro colonial. La famosa directriz era que en las colonias no debía fabricarse ni un clavo (una excepción, curiosamente dado el ejemplo, era el hierro, porque enviar mineral de hierro a Inglaterra era voluminoso y, por tanto, costoso). En otras palabras, la política británica consistía en garantizar que la producción industrial no se desarrollara en las colonias, para que estas siguieran dependiendo de la metrópoli. En cambio, las colonias debían proporcionar materias primas o productos para facilitar las industrias de Gran Bretaña.18
Eltis y otros sostienen que las economías de plantación impulsadas por la esclavitud se expandieron a tasas equiparables a las de la Gran Bretaña y los Estados Unidos en plena industrialización, pese a sus fundamentos contrastantes (Eltis et al., 2005: 673-700). El comparar los precios del azúcar y de las personas esclavizadas, para calcular la productividad media de una persona esclavizada, demuestra que la producción de azúcar con trabajo esclavo era muy rentable. El análisis se realizó a partir de registros de aproximadamente 230.000 personas africanas esclavizadas transportadas a las Américas entre 1674 y 1807, alrededor del 6% del número total de personas esclavizadas desembarcadas en las Américas mediante travesías transatlánticas durante esa época.19 Para evaluar los cambios tanto en la demanda de trabajo esclavo como en la productividad total de los factores en la agricultura caribeña basada en la esclavitud a partir de 1674, los investigadores combinaron estimaciones de las poblaciones esclavizadas y las cifras de importación con datos sobre los precios de venta de las personas esclavizadas.20 Junto con esto, el aumento del precio del azúcar produjo un incremento considerable en la demanda de trabajo esclavo, lo que hizo el comercio de personas esclavizadas cada vez más lucrativo.
En Jamaica, por ejemplo, el crecimiento de la población esclavizada estuvo estrechamente correlacionado con el éxito de la producción de azúcar. Entre la década de 1720 y 1788, la población esclavizada en las cinco principales parroquias productoras de azúcar aumentó más de seis veces.21 Esta expansión fue impulsada por el aumento de la producción de azúcar y las altas ganancias que obtenían los hacendados y comerciantes, sobre todo en zonas recién colonizadas como la costa noroeste, y el número de personas africanas esclavizadas transportadas a Jamaica alcanzó su punto máximo en los prósperos primeros años de la década de 1790.
Los debates posteriores en torno a la tesis de Eric Williams a menudo redujeron su argumento más amplio a una pregunta específica: si la riqueza obtenida mediante el comercio de personas esclavizadas y el sistema de plantación se reinvirtió en las fábricas de algodón de Lancashire y otras industrias centrales de la Revolución Industrial.
Incluso cuando los estudiosos reconocen el sustancial crecimiento de la producción de las economías de plantación, a menudo se contrasta con argumentos según los cuales los sistemas basados en el trabajo esclavo experimentaron mejoras de productividad escasas o nulas a largo plazo, que la esclavitud y la agricultura de plantación tenían perspectivas de futuro sombrías, y que la decisión de Gran Bretaña de poner fin a la trata de personas esclavizadas se debió a la recesión económica de la industria azucarera.22 El impulso detrás de este argumento parece ser una necesidad ideológica de demostrar que el capitalismo con trabajo asalariado “libre” es una forma de producción más eficiente que la esclavitud. Según esta lógica, hay que refutar la idea de que la esclavitud de plantación funcionaba conforme a una economía capitalista “sólida”, con las personas esclavizadas tratadas como máquinas.
Findlay se apoya en la tesis de Williams al citar al historiador económico Stanley Engerman, quien calculó que, en 1770, cerca del 40% del capital utilizado para la expansión comercial e industrial de Gran Bretaña provenía de las ganancias de la trata de personas esclavizadas (Findlay, 1990: 25). Las ganancias combinadas del comercio de personas esclavizadas y del azúcar constituían hasta el 5% del ingreso nacional británico. Sin embargo, esta cifra subestima enormemente el total de ganancias que Gran Bretaña usurpó a partir de la trata de personas esclavizadas y del comercio de azúcar. A ello hay que sumar las ganancias del refinado del azúcar y de su reexportación desde Gran Bretaña al mercado mundial. Otra forma de evaluar los rendimientos es comparar las ganancias en las plantaciones azucareras con las de la metrópoli. Las inversiones en las colonias eran de cuatro a siete veces más rentables que las de Inglaterra (Bosma, 2023: 69).
En un estudio reciente sobre la importancia de la esclavitud y la agricultura de plantación para la economía británica, Klas Rönnbäck calcula el valor agregado total generado por la producción y el comercio de azúcar de Gran Bretaña. Este enfoque de valor agregado capta el excedente apropiado en cada etapa de la cadena de valor del azúcar, desde su cultivo en las plantaciones caribeñas hasta el refinado, la reexportación y la venta final del azúcar en Gran Bretaña. Sobre esta base, Rönnbäck estima que el valor agregado total a la economía británica aumentó drásticamente de 500.000 libras23 durante la primera década del siglo XVIII a 5.500.000 libras un siglo después. El valor de este comercio también dependía de lo que los economistas llaman “bienes intermedios”: en este caso, las personas africanas esclavizadas transportadas desde África hasta el Caribe y tratadas como insumos en la producción de azúcar.
El enfoque de Rönnbäck muestra que el excedente apropiado por los hacendados jamaicanos que poseían personas esclavizadas pasó del 40% de los costos de subsistencia en 1750 al 100% en 1790, lo que significa que, para el final de este período, el excedente que extraían equivalía a lo que gastaban en la subsistencia de las personas esclavizadas. Al observar las tendencias de los precios de las distintas calidades de azúcar durante el mismo período, Rönnbäck muestra también que había una diferencia de cuatro veces entre el precio del azúcar mascabado en Jamaica y el del azúcar refinado en Inglaterra, completamente desproporcionada respecto del costo de transporte y refinado. Esto indica que el diferencial de precios era muy probablemente consecuencia de una forma de precios de transferencia, es decir, la fijación de precios internos para desplazar ganancias entre las colonias e Inglaterra. En pocas palabras, había un enorme margen sobre el azúcar refinado, lo que permitía a los refinadores británicos retener las ganancias de la producción de azúcar en Gran Bretaña. Esto se aprecia en los altos aranceles de importación sobre el azúcar terminado, que afectaban las importaciones de azúcar de la India a Gran Bretaña, y en los bajos aranceles de importación sobre el azúcar en bruto de las plantaciones, que desincentivaban el refinado en las colonias.
Findlay también ha demostrado que las innovaciones en las técnicas de producción y la tecnología aumentaron considerablemente la producción en las plantaciones (1990). Entre ellas se cuentan el desarrollo de nuevas variedades de caña de azúcar con mayores rendimientos, como la variedad Otaheite, introducida desde las islas del Pacífico (como Tahití) a fines del siglo XVIII, junto con avances en la tecnología de molienda, una mejor gestión del agua y una tendencia creciente hacia la especialización agrícola. En algunas partes del Caribe, las colonias azucareras se orientaron cada vez más hacia el monocultivo, y dependían de alimentos importados en lugar de cultivarlos localmente. En general, la infraestructura también mejoró en muchas de las colonias que dependían del trabajo esclavo, lo que facilitó y agilizó el traslado de los bienes de exportación a los puertos. Estas mejoras también favorecieron el desarrollo de sistemas financieros que ampliaron el acceso al crédito para los propietarios de plantaciones. Así, muchas de las características asociadas a la expansión capitalista y al aumento de la productividad ya estaban presentes en el sistema de plantación azucarera basado en la esclavitud.
Estos aumentos de productividad se tradujeron en altos rendimientos no solo para los hacendados, sino también para Gran Bretaña. De 1713 a 1775, los ingresos brutos de los hacendados caribeños por las exportaciones de azúcar a Gran Bretaña aumentaron en un factor de 3,2, impulsados por la creciente demanda de azúcar en Inglaterra y por la rentable reexportación de azúcar refinado a otras partes del mundo, lo que dio al azúcar del Caribe un mercado enorme (Richardson, 1987: 747). Para 1774, el azúcar en bruto representaba una quinta parte de todas las importaciones británicas, superando por amplio margen a todos los demás bienes importados. En el mismo período, la producción de azúcar en las Américas pasó de aproximadamente 50.000 toneladas en 1700 a alrededor de 200.000 toneladas hacia el final de la Revolución estadounidense. Entre 1700 y 1800, las importaciones británicas de azúcar aumentaron siete veces, de 430.000 quintales (unas 21.845 toneladas métricas) a 3 millones de quintales (unas 152.407 toneladas métricas), lo que ayudó a convertir a Gran Bretaña en un centro importante, si no el centro, del comercio mundial de azúcar (Morgan, 1993: 184-185).
La trata de personas esclavizadas y el auge de la construcción naval en Gran Bretaña
La mayor parte del azúcar importado a Gran Bretaña provenía de plantaciones caribeñas en las que trabajaban personas esclavizadas. A medida que estas plantaciones se expandieron considerablemente entre los siglos XVII y XIX, requirieron un número creciente de personas esclavizadas. Portugal y Gran Bretaña concentraron cerca del 70% de todas las personas africanas esclavizadas transportadas a las Américas. Entre 1640 y 1807, los barcos británicos transportaron por la fuerza a unos 3,1 millones de personas de África, de las cuales alrededor de 2,7 millones sobrevivieron a la travesía atlántica y fueron llevadas a las colonias británicas del Caribe, América del Norte, América del Sur y otros lugares (The National Archives, s/f). Los principales centros del comercio de personas esclavizadas en Gran Bretaña eran Glasgow, Bristol, Manchester y Londres. Todas estas ciudades eran también importantes centros de construcción naval, ya que la demanda de barcos para transportar personas esclavizadas fue la principal fuerza motriz de la industria naviera de Gran Bretaña.
Una dimensión importante en cuanto a la naturaleza lucrativa y fundamentalmente capitalista del comercio de personas esclavizadas, y del sistema de producción bajo la esclavitud, es lo que los economistas denominan los mercados internos de personas esclavizadas. Es decir, el comercio interno de personas esclavizadas dentro de las colonias o dentro de las Américas. Al igual que la exportación y la reexportación de azúcar, este comercio se organizaba en etapas diferenciadas, cada una moldeada por cálculos de ganancia. Los puertos marítimos no solo eran importantes como destinos de las personas esclavizadas, sino también como centros comerciales donde estas se compraban, vendían y revendían como cualquier otra mercancía. Así, la rentabilidad del sistema de trabajo esclavo provenía no solo de la producción de las plantaciones, sino también de estas transacciones sucesivas de personas esclavizadas.
Kingston, en Jamaica, es un caso ilustrativo. El comercio de personas esclavizadas transformó la ciudad de un simple puerto en un centro neurálgico de “procesamiento”, donde las personas cautivas se desembarcaban inicialmente para luego ser vendidas y distribuidas por toda la isla. Se entendía ampliamente que, para los comerciantes británicos que buscaban fortuna en ultramar, intercambiar mercancías por personas africanas esclavizadas y, después, venderlas en las Américas ofrecía mejores perspectivas financieras que las inversiones más seguras en su país. Con base en un precio medio estimado de 30 libras por persona esclavizada durante el siglo XVIII, el valor total de la población esclavizada podría haber alcanzado casi 25 millones de libras, una cantidad que coincidía estrechamente con la riqueza total registrada de Jamaica en 1774 (Burnard y Morgan, 2001: 209). Una dinámica similar existía en las plantaciones de algodón de los Estados Unidos. Como muestran los datos bancarios, el valor de la plantación se fijaba según el número de personas esclavizadas que trabajaban en ella. Los dueños de las plantaciones obtenían préstamos y capital de los bancos ofreciendo a las personas esclavizadas como garantía.
Para reducir la posibilidad de un desastre financiero una vez desembarcadas las personas africanas esclavizadas, los comerciantes británicos empleaban a los llamados “factores” (agentes mercantiles que gestionaban la venta y distribución de las personas esclavizadas). Uno de esos factores en la Jamaica del siglo XVIII fue Thomas Hibbert, cuya familia era prominente en la industria del algodón. Llegó a Kingston, Jamaica, en 1734, estableció un negocio especializado en la venta de personas esclavizadas y más tarde cofundó la firma comercial de las Indias Occidentales Hibbert, Purrier and Horton, con sede en Londres. Entre 1764 y 1774, la operación de Hibbert gestionó la carga de 61 barcos y participó en la venta de 16.254 personas africanas esclavizadas (Burnard y Morgan, 2001: 213).
En el Caribe, los factores radicados en las ciudades portuarias no solo comerciaban con personas esclavizadas como mercancías. También las compraban y retenían, las evaluaban y clasificaban, gestionaban el “acondicionamiento”, el proceso de restablecer su salud tras la brutal travesía oceánica, y organizaban su venta y reventa para maximizar su precio. El factoraje era un negocio especializado y arriesgado, porque las ganancias dependían de sincronizar las ventas con la demanda de los hacendados, de conceder y cobrar crédito, y de gestionar la enfermedad y la muerte en cautiverio, todo ello conservando bajos los costos de manutención.
Las economías de escala hacían que buena parte del comercio de personas esclavizadas se concentrara en relativamente pocas manos y estuviera dominada por un pequeño número de casas mercantiles. Entre el 28 de septiembre de 1751 y el 27 de mayo de 1752, 31 barcos que transportaban personas esclavizadas llegaron a Jamaica con 7.123 personas africanas esclavizadas que habían sobrevivido a la travesía atlántica. Estos cautivos fueron entregados a 9 firmas de factoraje, pero su comercio de venta estaba muy concentrado: 3 firmas gestionaron el 83% de esas llegadas (Burnard y Morgan, 2001: 212). Los factores estaban ansiosos por vender a las personas esclavizadas con rapidez y al precio más alto posible, ya que las demoras significaban mayores gastos de alimentación y mantenimiento. Por ello, procuraban sincronizar las ventas con los períodos de fuerte interés de los compradores y con los momentos en que se podía asegurar el pago completo sin demora. El momento más favorable para vender personas esclavizadas solía ser al comienzo de la zafra y a lo largo de esta, cuando la demanda de los hacendados era mayor.
Como otras mercancías, el comercio de personas esclavizadas incluía una dimensión minorista, con lotes o patios mercantiles que operaban en paralelo con las ventas al por mayor realizadas directamente desde los barcos. Entre su llegada y su puesta a trabajar, la mayoría de las personas esclavizadas pasaban un tiempo en las ciudades portuarias como propiedad de comerciantes (los factores del comercio de personas esclavizadas), que las aclimataban a la esclavitud y a las islas específicas a las que habían sido llevadas. El comprador inicial también era responsable de tratar a las personas enfermas con el fin de revenderlas con ganancia. El desplazamiento de las personas africanas esclavizadas, desde el desembarco en los puertos hasta los patios de retención en las ciudades y, con el tiempo, hacia los pueblos o las plantaciones, intensificaba su sufrimiento, sobre todo por la frecuente y a menudo irreversible separación de los miembros de la familia.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII, el mercado de personas esclavizadas cambió de varias maneras: una proporción creciente de personas cautivas se vendía a través de asociaciones mercantiles en lugar de directamente por los capitanes de los barcos. Las personas esclavizadas eran retenidas frecuentemente durante períodos más largos en las ciudades portuarias o en los patios de factoraje antes de ser vendidas. Las ventas se alejaron cada vez más del antiguo sistema de scramble24, un método brutal en el que los compradores se abalanzaban para reclamar a las personas esclavizadas a precios preestablecidos, hacia transacciones más negociadas (Radburn, 2015: 243-286). Hacia finales del siglo XVIII, como señalan Trevor Burnard y Kenneth Morgan:
Las personas esclavizadas no se vendían ni por subasta ni por scramble, sino mediante cuidadosas negociaciones entre compradores astutos, experimentados y bien informados, y vendedores bien enterados que evaluaban con detenimiento los riesgos que debían asumir para obtener las ganancias que los habían impulsado a entrar en el negocio. El mercado de personas esclavizadas era competitivo, complejo y sofisticado: una institución muy moderna que se ocupaba de un comercio antiquísimo y particularmente siniestro (2001: 224).
A medida que la demanda de personas esclavizadas se expandió por el mundo atlántico, los precios subieron considerablemente. Tanto los factores como los Estados de África implicados en la exportación de personas esclavizadas fijaban los precios en respuesta a la demanda siempre creciente. El precio de las personas esclavizadas se cotizaba frente a las mercancías exportadas a África, entre ellas armas, pólvora y textiles de algodón de la India. Eltis y Jennings mostraron que, entre 1701 y 1750, el valor de los términos de intercambio brutos de Gran Bretaña con África —que miden el valor relativo de las exportaciones británicas a África frente a las exportaciones africanas a Gran Bretaña— aumentó de un índice base de 100 a 112, antes de caer abruptamente a 40 en 1800. Según Eltis y Jennings, mientras a comienzos del siglo XVIII una sola persona esclavizada podía intercambiarse por apenas dos mosquetes, hacia finales de siglo esa cifra había ascendido a al menos 15 (1988: 936-959). Estas cifras sugieren que las ganancias compensaban con creces el aumento de los precios de las personas esclavizadas.
Esta misma lógica aparece también en la obra de Ronald Findlay. Sostiene que las armas de fuego, una importación clave en África en este período, podrían considerarse un “insumo” en la “producción” de personas esclavizadas, es decir, el intercambio de personas esclavizadas por armas de fuego estaba moldeado por cálculos económicos rigurosos (1990). A medida que los Estados de África comenzaron a enfrentar deseconomías de escala (el acceso decreciente a cautivos debido a la brutalidad implicada en las incursiones para capturar personas esclavizadas y a la destrucción de las sociedades que atacaban), el precio de las personas esclavizadas subió. Para quienes las suministraban, la creciente demanda de personas esclavizadas generaba precios más altos y mayores ganancias, a pesar de la brutalidad de su captura. El punto que se quiere subrayar aquí es que el mercado de personas esclavizadas, tanto en el lado de la demanda como en el de la oferta, se caracterizaba por claros cálculos económicos capitalistas. Por tanto, el comercio de personas esclavizadas solo puede describirse como “primitivo” en su brutalidad, dada la “sofisticación” de su economía.
Colonialismo, trata, azúcar y sistema financiero
Como hemos discutido, el auge del capitalismo moderno está intrínsecamente ligado a las economías de plantación basadas en el trabajo esclavo, y las plantaciones azucareras figuran entre las más importantes por su impacto en la economía mundial. En las secciones anteriores, discutimos la naturaleza de la economía azucarera que surgió en el Nuevo Mundo. Aquí nos centraremos en las dinámicas globales más amplias del ascenso de Europa occidental y su surgimiento como motor del capitalismo mundial.
Se han propuesto muchas teorías para explicar este ascenso de Occidente y el declive del resto. La mayoría de los teóricos eurocéntricos han sostenido que el capitalismo como sistema-mundo comenzó en Europa occidental y que su integración de la ciencia en la producción fue la fuerza dinámica que le permitió conquistar el mundo. Dentro de la tradición marxista, la teoría de los sistemas-mundo de Immanuel Wallerstein y la teoría de la dependencia de Andre Gunder Frank han sido influyentes, aunque ambas se apartan de los enfoques marxistas que subrayan la centralidad del Estado en el desarrollo del capitalismo, incluida su fase imperial.
En este estudio no nos centramos directamente en ese debate. Más bien, subrayamos que la configuración actual del poder y el surgimiento del capitalismo moderno se remontan al menos a unos 500 años atrás. Tres puntos son centrales aquí:
- El auge del capital mercantil, el poderío naval, las armas y la pólvora solo importa en relación con el poder estatal y su uso en el comercio y la expansión colonial.
- Los encuentros entre el núcleo de Europa occidental y los otros tres continentes (las Américas, África y Asia) fueron profundamente distintos, sobre todo entre 1500 y 1800, cuando un puñado de países de Europa occidental emergió como las principales potencias imperiales. En las Américas, este encuentro fue primordialmente genocida: se destruyeron civilizaciones y estructuras sociales enteras. Las Américas también suministraron la plata, en particular de Bolivia y México, que financió el comercio de Europa occidental con Asia, especialmente con la India y China, las mayores economías de Asia en aquel momento.
- La trata de personas esclavizadas procedentes del África subsahariana proporcionó a las potencias imperiales occidentales no solo mano de obra para las colonias, sino también una “mercancía” que contribuyó al auge del capital en Gran Bretaña, los Países Bajos y Francia. Las personas esclavizadas eran llevadas a las Américas y el Caribe para producir cultivos de plantación, de los cuales el azúcar era a la vez el más importante y la primera mercancía mundial. Si añadimos la plata como una forma de dinero-mercancía, entonces el papel del trabajo esclavo en las minas de plata y las plantaciones de las Américas convierte la trata de personas esclavizadas en un pilar central del auge del capitalismo moderno.
El surgimiento de un sistema financiero capitalista fue intrínseco a la trata de personas esclavizadas, a sus vínculos con las potencias coloniales emergentes y al auge del azúcar como mercancía mundial. Un instrumento que vinculó la trata de personas esclavizadas con el crecimiento del sistema financiero fue el asiento, una licencia de la Corona española que autorizaba a los comerciantes a participar en la venta de personas africanas esclavizadas a las colonias españolas. Emitido por primera vez en 1513, el asiento se concedió, hasta 1595, a un individuo o grupo de cualquier nacionalidad un contrato para importar un número determinado de personas esclavizadas a cambio del pago de una regalía. Para España, los principales destinos de las personas esclavizadas eran inicialmente las minas de plata de Bolivia y México. Los asientos se otorgaron más tarde a sociedades anónimas extranjeras: primero a empresas portuguesas; luego, en 1685, a las holandesas; en 1702, a las francesas; y de 1713 a 1739, a la Compañía Británica de los Mares del Sur. Esta se asoció con la Real Compañía Africana, propiedad de la Corona británica. La obtención del asiento permitió a Gran Bretaña dominar la trata de personas esclavizadas desde la década de 1740 en adelante (Newman, 2026).
El asiento fue uno de los elementos para el ascenso de una moneda de reserva mundial. España también introdujo una moneda común llamada real de a ocho a mediados del siglo XVI. Conocida también como peso de ocho o dólar de plata español, esta moneda era esencialmente dinero-mercancía y llegó a aceptarse en transacciones comerciales en toda Asia, las Américas y buena parte de Europa. El comercio internacional entre los siglos XV y XVIII se realizaba en gran medida en plata, lo que hacía que el dólar español fuera demandado en todo el mundo. A través del sistema del asiento, la Corona española ayudó a organizar el suministro de trabajo esclavo a sus colonias americanas, sobre todo a las zonas mineras de plata como las de Potosí, en Bolivia. La plata extraída allí se acuñaba luego en reales de a ocho, que se convirtieron en un medio de intercambio internacional ampliamente aceptado. Fue la plata española la que expandió significativamente el mercado mundial de mercancías. España usó esta plata para comerciar con China a través de la ruta de los galeones de Manila, la ruta comercial transpacífica que unía Acapulco, en la América española, con Manila, en las Filipinas españolas, así como a través de otros países europeos que comerciaban con Asia occidental y meridional. Como escriben Dennis O. Flynn y Arturo Giráldez: “El producto individual más responsable del nacimiento del comercio mundial fue la plata” que sustentó el comercio mundial de mercancías y permitió a Europa, y a España en particular, acceder a los mercados de China, las Indias Orientales y la India (Flynn y Giráldez, 2010).
La plata extraída de la América española, especialmente de México y Potosí (Bolivia), representó el 80% del suministro mundial de plata entre 1494 y 1850. El dólar de plata español era principalmente dinero-mercancía, con un valor equivalente a su peso en plata. La libra esterlina británica y el dólar estadounidense eran, y son, principalmente monedas de reserva más que dinero-mercancía. Dado que el costo de producir plata era bajo en comparación con su valor de mercado, y que había depósitos de plata muy grandes en Potosí, la plata española funcionaba del mismo modo en que lo harían después la libra británica o el dólar estadounidense (Quinn y Roberds, 2016: 63-103).
China tenía una fuerte demanda de plata, que recibía en grandes cantidades al exportar seda y té a los países europeos. Al mismo tiempo, China importaba textiles de algodón de la India, que financiaba con la plata que fluía desde Europa. Tras la victoria británica en la Batalla de Plassey en 1757, Gran Bretaña ya no tuvo que enviar plata a la India para pagar los textiles importados. En cambio, financió esos bienes con los impuestos sobre la tierra recaudados de los campesinos indios, lo que invirtió efectivamente el anterior flujo de plata de Gran Bretaña a la India. Sin embargo, el déficit de Gran Bretaña con China continuó, ya que sus cuantiosas importaciones de bienes chinos seguían pagándose con plata. Ese flujo solo se invirtió más tarde, cuando Gran Bretaña comenzó a vender a los chinos opio cultivado por la fuerza en la India, un comercio también impulsado a punta de fusil durante las guerras del Opio de 1839 a 1860.
Al dejar España de dominar la trata atlántica de personas esclavizadas, el florín holandés se convirtió en la moneda de reserva del mundo atlántico en el siglo XVII.25 El casi monopolio de Ámsterdam sobre el refinado de azúcar en Europa, primero con azúcar de Brasil y más tarde con azúcar del Saint-Domingue francés (el actual Haití) y su papel central en la trata transatlántica de personas esclavizadas –con hasta el 20% de la trata de personas esclavizadas hacia las Américas y el Caribe– se consolidaron después de que los holandeses aseguraran el asiento en 1675, con Elmina, en la actual Ghana, como un centro importante. En otras palabras, el florín holandés ascendió a esta posición porque los Países Bajos controlaban una parte importante del comercio mundial de dos grandes mercancías: las personas esclavizadas y el azúcar, y las islas azucareras del Caribe y Brasil las que impulsaban la demanda de ambas mercancías.
Más tarde, la Real Compañía Africana y Gran Bretaña les arrebataron a los holandeses la trata de personas esclavizadas en el Atlántico y se convirtieron en los principales proveedores de azúcar. Con la expansión de las plantaciones de azúcar del Caribe británico y la creciente participación de Gran Bretaña en la trata de personas esclavizadas, la libra esterlina británica emergió como la moneda de reserva mundial y Londres se convirtió en el principal centro financiero del mundo.
Los orígenes del sistema financiero mundial residieron no solo en el azúcar y la esclavitud, sino también en la manera en que el asiento vinculó la trata de personas esclavizadas con la extracción de plata y el comercio asiático. Los asientos expandieron la trata de personas esclavizadas y el suministro de plata española al mercado mundial, y crearon un sistema financiero mundial que entrelazó la trata de personas esclavizadas en África, la extracción de plata en las Américas y el comercio con Asia, en particular con China, la India y el Sudeste Asiático.
Hemos considerado algunas de las implicaciones para el comercio mundial de los dos grandes “mercancías” que llegaron a definir el naciente mercado mundial desde el siglo XVI en adelante: las personas esclavizadas y el azúcar. Este período también vio un gran aumento de la circulación de oro y plata, extraídos en las Américas bajo el dominio español. Fue la sed de oro y plata la que impulsó el imperio de España en las Américas. No nos hemos centrado en el genocidio cometido por los españoles y otros países europeos, ni en su destrucción de los sistemas de producción existentes, ya que esa historia exige un tratamiento más detallado del que es posible aquí. En cambio, nos hemos centrado en el impacto de la trata de personas esclavizadas, el azúcar y el surgimiento de las monedas de reserva: el florín holandés en los siglos XVII y XVIII, seguido de la libra esterlina británica. Estos desarrollos fueron anteriores a la Revolución Industrial y muestran la vacuidad de la tesis de que fue el liderazgo de Occidente en la Revolución Industrial lo que creó su hegemonía sobre el mundo. Examinar un arco más largo de la historia muestra que el ascenso de Occidente se basó, en realidad, en el genocidio, la esclavitud y el saqueo colonial. El sistema financiero moderno debe entenderse como inseparable del genocidio en las Américas, la trata de personas esclavizadas y el sistema de plantación construido sobre el trabajo esclavo por las grandes potencias europeas.
Notas
1 En este estudio empleamos el término persona (s) esclavizada (s) en lugar de esclavo/a. Este último puede leerse como una identidad fija y, así, normalizar una condición impuesta mediante la violencia, ocultando la captura, la mercantilización y la deshumanización de millones de personas africanas sometidas a trabajo forzado para construir la riqueza de los imperios europeos. El primero, en cambio, conlleva la comprensión de que la esclavitud no definía a las personas esclavizadas, sino que era una condición de su sometimiento. Describe lo que se les hizo a las personas y, de ese modo, restituye su humanidad y pone de relieve las estructuras de colonialismo, racismo y capitalismo que produjeron esas condiciones. El lenguaje no es neutral: o refuerza el poder o lo resiste.
2 En su Historia de las Indias (1561; publicada en 1875), Bartolomé de las Casas, un misionero que navegó con Colón en su tercer viaje, describe a Colón como un asesino y un violador. Subrahmanyam (1997) relata los actos de pillaje y matanza masiva de Vasco da Gama.
3 Para los fines de este estudio, definimos la esclavitud en sentido estricto como propiedad enajenable. Otras formas de trabajo forzado, como los sistemas de encomienda y mita impuestos a las comunidades indígenas bajo el dominio colonial español, quedan fuera del alcance de esta discusión, aunque forman parte de una historia conexa de genocidio y trabajo coercitivo en las Américas (Reséndez, 2016).
4 Nuestros cálculos se basan en las cifras de población de A. M. Carr-Saunders, John D. Durand y Patrick Manning (1936; 1967: 136-159; 2014: 131-149)
5 Véanse, por ejemplo, Eric Williams, Sidney Mintz, David Richardson y David Eltis sobre el complejo de plantación del Caribe y su papel en el desarrollo capitalista de Gran Bretaña.
6 El salitre representaba el 75% de la composición de la pólvora, y el 75% del costo de la pólvora correspondía al salitre. La región de Bengala, en la India, era la mayor proveedora y productora de salitre de la más alta calidad, que constituía más del 90% del consumo europeo de salitre para producir pólvora destinada a la guerra y el comercio (East India Company, 1793 (1976); Whatley, 2018: 80-104)
7 Findlay cita datos de Eltis y Jennings que muestran que “los textiles constituían el 56% de las importaciones africanas en la década de 1780”, mientras que “las armas y la pólvora [representaban] el 8%, cifra que ascendió a casi el 15% hacia la década de 1820” (1990; 1988: 939-959; Kobayashi, 2019).
8 Existe una conocida anécdota sobre el rey Enrique III de Inglaterra, quien, en 1226, estaba dispuesto a pagar lo que hoy equivaldría a unos US$ 450 por tres libras de azúcar (Aronson y Budhos, 2017: 24).
9 Galloway comenta que la corvea era mucho más importante en Creta y Chipre que en los países musulmanes, donde la tierra dominical, es decir, la tierra poseída y trabajada directamente para el gobernante o el señor, era mucho más extensa (1977: 177-194).
10 Si bien en todos estos lugares se empleó trabajo servil y prestaciones de corvea en los cañaverales, no se empleó trabajo esclavo. Bosma escribe: “Solo en Santo Tomé, la isla deshabitada frente a la costa de África occidental, se utilizó trabajo africano esclavo en las plantaciones azucareras del siglo XVI de un modo comparable al de las Américas” (2023: 28-29). Por otra parte, Bosma menciona una rebelión del siglo IX, durante el califato abasí, de miles de personas africanas orientales esclavizadas que trabajaban en los cañaverales del delta del Éufrates. El caso abasí del siglo IX puede entenderse como una excepción que confirma la regla. Sugiere que la esclavitud de plantación era más difícil de estabilizar allí donde las personas esclavizadas tenían algún conocimiento de la geografía circundante, de posibles rutas de escape o de la cercanía de las comunidades de las que habían sido arrancadas. En cambio, el sistema de plantaciones del Atlántico intensificó el poder coercitivo de la esclavitud al transportar a las personas africanas esclavizadas a través del océano hacia las islas del Atlántico, el Caribe y las Américas, donde el terreno desconocido y la separación forzada de su hogar hacían mucho más difíciles la fuga y la revuelta sostenida.
11 La práctica de usar bagazo era habitual en Egipto durante el período mameluco (1250-1517), cuando los bosques habían menguado considerablemente y estaban protegidos por el Estado.
12 El término ingenio designa tanto el molino como las personas esclavizadas que trabajan en él.
13 Como escribió Bosma en The World of Sugar (página 53): “Hacia 1670, unos 400 pares de aspas movían los rodillos trituradores de Barbados, lo que permitía prescindir en gran medida de la extensa cría de ganado, para la cual la isla tenía poco espacio. Los molinos de viento sobrevivirían a la Revolución Industrial, que vio extenderse por todo el planeta los trituradores de caña impulsados por vapor. Todavía en vísperas de la Primera Guerra Mundial, 219 haciendas azucareras de Barbados seguían funcionando con energía eólica”.
14 Una ilustración de The Illustrated London News (9 de junio de 1849, vol. 14, p. 388) muestra a mujeres y hombres introduciendo caña en un molino de azúcar de rodillos verticales, con un cuchillo cañero o machete en primer plano (Aronson y Budhos, 2017: 388).
15 Sobre cómo el azúcar blanco se convirtió en un símbolo aglutinador de la política de la “Australia Blanca”, véase Stefanie Affeldt (2014).
16 El molino horizontal de dos rodillos surgió en el oeste de la India en los siglos XIII y XIV. Se ha sugerido que los portugueses introdujeron esta tecnología, cuya capacidad de molienda era el doble que la del antiguo molino trappeto, en el “Nuevo Mundo”, pero Bosma considera más probable que llegara al Caribe por una ruta indirecta, desde el oeste de la India hasta Madeira y de allí, vía las Canarias, hasta La Española (Bosma, 2023:45).
17 N. de la t. Esa labor se denominaba factoría o factoraje en español.
18 Las colonias americanas, por ejemplo, estaban obligadas a vender ciertos productos, “enumerados” por ley, solo a comerciantes británicos. Entre estos productos estaban el azúcar, el tabaco, el algodón y el índigo. Había algunos productos que a los colonos no se les permitía comerciar ni siquiera entre ellos o con regiones vecinas. Para una breve ilustración de las restricciones coloniales en el otro extremo del mundo véase Mukherjee, 2010: 73-82.
19 Las estimaciones de las poblaciones esclavizadas y de las importaciones de personas esclavizadas se combinan con los precios a los que se vendían las personas esclavizadas para estimar los cambios en la demanda de trabajo esclavo y la variación de la productividad total de los factores en la agricultura de trabajo esclavo, para todo el Caribe, a partir de 1674 (Eltis et al., 2005: 676).
20 Al analizar el aumento de la productividad en las plantaciones de algodón del Sur anterior a la Guerra Civil, Edward E. Baptist señala que incrementos similares en dichas plantaciones se basaron casi por completo en una explotación más intensa de la mano de obra esclava (2014).
21 Entre 1734 y 1788, la población esclavizada aumentó un 206% en aquellas parroquias en las que el 65% o más de todas las personas esclavizadas se empleaban en la producción de azúcar, frente al 46% en los interiores de Kingston y St. Jago de la Vega, donde la producción de azúcar era relativamente poco importante, (Ryden, 2001: 504-507).
22 Un argumento al estilo de Adam Smith que hoy en día muy pocos defenderían.
23 Todos los valores monetarios están en libras esterlinas, salvo indicación en contrario.
24 N. de la t. Scramble quiere decir rebatiña, revuelo, disputa.
25 A diferencia de las otras dos monedas de reserva que surgieron más tarde, la libra esterlina británica y el dólar estadounidense, el florín no estaba respaldado por el Estado holandés, sino por el Banco de Ámsterdam. Como Ámsterdam era el principal centro comercial de Europa occidental, se lo reconocía dentro de las potencias emergentes de Europa occidental como una moneda de reserva, aunque los comerciantes del resto del mundo solo aceptaban oro o plata.
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