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Boletín Semanal

Construyamos la Nueva Asia de nuestros sueños | Boletín 23 (2026)

El crecimiento económico por sí solo no basta para garantizar una soberanía auténtica en Asia; una plataforma regional de coordinación sigue siendo una necesidad vital para proteger a la región del imperialismo y el neocolonialismo.

Tomioka Tessai (Japón), Blind Men Appraising an Elephant [Ciegos evaluando un elefante], 1921.

Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Institulo Tricontinental de Investigación Social.

El 15 de abril, tuve el gran honor de hablar en el Gedung Merdeka (Salón de la Independencia) en Bandung, Indonesia. No me invadió la nostalgia, sino la urgencia. Bandung no es una pieza de museo, sino un legado político vivo. Las preguntas planteadas en ese salón en 1955, en la reunión de líderes de 29 países africanos y asiáticos, siguen sin resolverse. ¿Pueden las naciones del Sur Global actuar juntas con soberanía y dignidad? ¿Pueden construir instituciones que sirvan a sus pueblos y no al capital global? ¿Pueden crear formas de cooperación más allá de las alianzas militares y la dependencia del mercado? Estas no son solo preguntas históricas. Son las preguntas centrales de nuestro tiempo, y son preguntas que dan forma al trabajo de nuestro instituto.

Estar de nuevo en Bandung y hablar en el Gedung Merdeka es sentir el peso de esa historia inconclusa. El salón mismo transmite el estado de ánimo de las naciones que llegaron allí en 1955, marcadas por el colonialismo, agotadas por la guerra, pero llenas de inmensa esperanza y confianza anticolonial. Tenía en mente el discurso de apertura de Sukarno, su opinión de que lo que unía a los pueblos no eran sus ideologías, sino su “aversión común al colonialismo en cualquiera de sus formas”. Bandung no fue simplemente una conferencia, sino una afirmación de que la historia debía ser reescrita por aquellos a quienes durante mucho tiempo se les había negado el derecho a forjarla.

S. Sudjojono (Indonesia), Kawan-kawan Revolusi [Revolución de camaradas], 1947.

¿Dónde está hoy el espíritu de Bandung? La extravagancia de tal concepto no existe en nuestra época, en la que el Sur Global —aparte del aumento del comercio Sur-Sur y de los procesos institucionales (como a través del BRICS+)— sigue estando fragmentado y desmoralizado. Ha surgido un nuevo estado de ánimo en el Sur Global, una nueva confianza provocada por el deseo de independencia económica frente a las instituciones y los mercados crediticios dominados por el Norte Global. Pero este nuevo estado de ánimo no ha podido superar el temor persistente a los castigos del Norte Global (sanciones y guerra), así como a sus oportunidades (acceso al crédito y a los mercados).

Por lo tanto, nos encontramos ante una realidad compleja y un conjunto de contradicciones. Por un lado, la autoridad moral del Norte Global está en declive y en el Sur Global está surgiendo una conciencia política que favorece la soberanía y la autonomía estratégica. Por otro lado, los países del Sur siguen sintiendo inquietud ante el peligro que representa Estados Unidos, especialmente ahora que este país se muestra agresivo en su proceso de declive. Hay pruebas contundentes del reconocimiento y el rechazo al poder de EE. UU. en el Índice de Percepción de la Democracia de 2026, donde solo cuatro de 97 países y territorios dijeron que estarían a favor de albergar una base militar estadounidense (Israel, Polonia, Corea del Sur y el territorio estadounidense de Puerto Rico). Nadie quiere verse envuelto en los asuntos de Estados Unidos, pero todos son conscientes del peligro absoluto y la decadencia del poder estadounidense, y esto se les ha recordado a través de las recientes acciones de este país en Cuba, Irán, Palestina y Venezuela.

Badri Narayan (India), The Discourse on the Garment [El discurso sobre la prenda], 1997.

El espíritu de Bandung se institucionalizó a través de varias plataformas, siendo la más importante el Movimiento de Países No Alineados (1961). Esta formación global se construyó junto con instituciones regionales para combatir la crisis de la fragmentación poscolonial. Al comprender que la soberanía política era insuficiente como barrera frente a una economía mundial dominada por los Estados del Atlántico Norte y las corporaciones multinacionales, el Movimiento de Países No Alineados propuso instituciones regionales como mecanismos para proteger la soberanía, coordinar el desarrollo y aumentar el poder de negociación del Tercer Mundo. Junto a estas instituciones globales surgió un conjunto de proyectos para desarrollar la solidaridad regional o continental y construir un escudo colectivo contra el imperialismo. Entre estas instituciones se encontraban la Liga Árabe (1945), la Organización de la Unidad Africana – OUA (1963), la Organización de Cooperación Islámica – OCI (1969) y la Comunidad del Caribe – CARICOM (1973).

Por iniciativa del primer presidente de Ghana, Kwame Nkrumah, la OUA surgió para construir una federación política continental contra los estragos del capital extranjero. La OUA se convirtió principalmente en un organismo diplomático comprometido con la solidaridad anticolonial, el apoyo a los movimientos de liberación y la defensa de la integridad territorial. Su sucesora, la Unión Africana (UA), nació en el pantano neoliberal y promovió la integración continental a través de políticas procapitalistas como la Agenda 2063.

En 2008, mientras la Unión Africana sucumbía al atractivo de estas políticas, se creó la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) con el fin de establecer una coordinación política independiente de Washington. A diferencia de otros bloques centrados en el comercio, la UNASUR hizo hincapié en la integración de las infraestructuras, la cooperación sanitaria regional, la coordinación en materia de defensa y la mediación diplomática. El surgimiento de la marea furiosa en los últimos años ha debilitado a la UNASUR de la misma manera en que la deuda ha debilitado a los gobiernos de África y ha mermado el potencial de la UA.

Asia, por su parte, no logró construir ni siquiera el esqueleto de un proyecto regional.

Ali Iman (Pakistán), Farmers [Agricultores], 1956.

En Asia, el sueño de la unidad continental se había visto envenenado por el militarismo japonés, que marchó por todo el continente bajo la bandera del panasianismo y el lema de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental. Tokio hablaba del lenguaje de la liberación asiática del colonialismo occidental, pero su ejército solo trajo brutalidad. Tras la Guerra Mundial Antifascista (comúnmente conocida como Segunda Guerra Mundial), la idea de la unidad continental parecía peligrosa para muchos Estados recién independizados, que temían que el regionalismo pudiera simplemente enmascarar ambiciones de poder dominante.

Sin embargo, la aspiración a la unidad asiática no desapareció. En marzo de 1947, mientras el Imperio Británico avanzaba tambaleante hacia su salida de la India, el líder indio Jawaharlal Nehru convocó la Conferencia de Relaciones Asiáticas en Nueva Delhi. Los delegados de toda Asia vibraban con la energía del anticolonialismo, centrados como estaban en su solidaridad con Indonesia contra la reimposición del imperialismo holandés. En 1952, la Conferencia de Paz de Asia-Pacífico en Pekín, China, reunió a 470 delegados de casi 50 países —no jefes de Estado, sino sindicalistas, escritores y organizaciones de mujeres— para oponerse a la guerra de Corea, la proliferación nuclear y la remilitarización de Japón. La aspiración a la unidad asiática fue siempre más que una maniobra diplomática: era una tradición popular antiimperialista viva.

La historia se interpuso con dureza. Los conflictos entre Estados y la densa arquitectura de las alianzas militares estadounidenses fracturaron el continente. El regionalismo asiático surgió con cautela y de manera desigual. Las primeras plataformas no auguraban nada bueno para el proceso. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) —fundada en 1967 por Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia— nació a la sombra de la guerra de Estados Unidos contra Vietnam y tenía una orientación anticomunista. En la actualidad es, en gran medida, un organismo comercial. Lo mismo podría decirse del Banco Asiático de Desarrollo, que surgió de las demandas de financiación para el desarrollo dentro de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Asia y el Lejano Oriente (ahora llamada Comisión Económica y Social de las Naciones Unidas para Asia y el Pacífico), pero que pronto se convirtió en otro instrumento de la política neoliberal bajo el dominio del Tesoro de Estados Unidos.

La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) —fundada en 2001 por China, Kazajistán, Kirguistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán— reflejó otra corriente histórica: la lenta construcción de un orden que ya no se articula en torno al Atlántico Norte, sino a Asia, que es el centro de gravedad emergente de la economía mundial. Aunque la OCS, que comenzó como una organización de seguridad, tuvo un éxito limitado en regionalizar la seguridad y expulsar las bases extranjeras de la región, ahora está evolucionando hacia una plataforma para construir un sistema comercial y financiero alternativo. Desde los cinturones de manufactura de alta calidad de China y Vietnam hasta los corredores tecnológicos de India y Corea del Sur, el continente se ha convertido en el principal motor del crecimiento global. Sin embargo, esta transformación económica sigue estando políticamente fragmentada. Las rivalidades entre Estados, las disputas fronterizas, el nacionalismo competitivo, las alianzas militares y la presencia continua de potencias extrarregionales fracturan el continente precisamente en el momento en que la historia exige una mayor coordinación.

Vu Cao Đàm (Vietnam), Le Thé (El té), 1930.

Una Unión Asiática podría revivir el horizonte moral que Bandung representó en su momento. El mundo actual sufre de fragmentación y cinismo. La política se ha reducido a la gestión en lugar de a la transformación. Palestina sigue bajo una ocupación brutal. Las guerras, las sanciones y la militarización continúan devastando sociedades en todo el mundo. El cambio climático amenaza a miles de millones de personas, en particular aquellas pobres en las zonas rurales. Mientras tanto, la riqueza se acumula en una concentración extraordinaria y los trabajadores se enfrentan a condiciones precarias. Estos no son problemas nacionales o regionales aislados. Son problemas estructurales producidos por un sistema global que privilegia el lucro por encima de la humanidad. La generación de Bandung creía que se podía construir otro mundo a través de la solidaridad entre los pueblos que luchan contra la dominación. Ese espíritu sigue siendo esencial.

Por lo tanto, una Unión Asiática no es un eslogan utópico, sino una necesidad material. Las economías de Asia ya están profundamente entrelazadas a través del comercio, las cadenas de suministro, la migración, las finanzas, los flujos de energía y los corredores de infraestructura; sin embargo, no existe ningún mecanismo político continental capaz de gestionar estas interconexiones. Sin instituciones para la coordinación regional, la integración económica corre el riesgo de producir únicamente desigualdades más marcadas, una competencia intensificada y conflictos militarizados. El continente requiere instituciones comunes capaces de reducir las tensiones entre Estados mediante la diplomacia, coordinar la planificación industrial y tecnológica, asegurar los sistemas alimentarios y energéticos, gestionar las crisis hídricas y climáticas, y evitar que las potencias externas conviertan las rivalidades asiáticas en zonas permanentes de inestabilidad. Por encima de todo, Asia requiere una voz política colectiva a la altura de su peso económico. Sin una mayor unidad regional, el ascenso de Asia seguirá siendo vulnerable a la fragmentación, los aranceles, las sanciones, la militarización y la manipulación externa.

Pan Yuliang (China), Two Girls Dancing with Fans [Dos niñas bailando con abanicos], 1955.

Cuando me encontraba en el Gedung Merdeka, pensé no solo en los líderes que se reunieron allí en 1955, sino también en las generaciones que les siguieron: aquellas que han luchado por la reforma agraria, la alfabetización, la salud pública, los derechos de lxs trabajadorxs y la dignidad cultural en toda Asia. Muchos de sus sueños se vieron interrumpidos, pero no se extinguieron. Las aspiraciones de Bandung sobreviven porque las condiciones que las generaron siguen existiendo. El colonialismo terminó formalmente, pero la jerarquía persiste en nuevas formas. La dependencia económica sigue arraigada. El poder militar aún da forma a las relaciones internacionales. Sin embargo, la resistencia también continúa. Los pueblos del Sur Global exigen soberanía, igualdad y paz.

En noviembre de 2025, escribí un ensayo para Tricontinental Asia en el que planteaba la pregunta: “¿Es posible Asia?”. Mi respuesta fue que “sería bueno que lxs artistas y lxs intelectuales iniciaran un debate serio sobre un nuevo panasianismo progresista, una visión continental de un nuevo tipo de mundo socialista que vaya más allá de la codicia y se dirija hacia el amplio abanico de la experiencia y las emociones humanas”. El trabajo que estamos realizando en el departamento de Asia de nuestro instituto es un intento de provocar esa conversación y esa visión.

Sigo creyendo que la invitación a imaginar un nuevo panasianismo progresista podría provocar una conversación que la región necesita desesperadamente. Quizás podríamos reunirnos en Indonesia en 2030 para celebrar el 75aniversario de Bandung y lanzar una Unión Asiática. Pero tal reunión solo será posible si los pueblos de Asia continúan resistiéndose a la militarización de su región. Desde Okinawa hasta Filipinas, los movimientos ya están exigiendo la retirada de las bases militares estadounidenses —la condición previa para cualquier cooperación regional significativa.

En la Conferencia de Relaciones Asiáticas de 1947, Nehru concluyó su discurso con un poderoso llamado a la acción y el reconocimiento de un pueblo en movimiento:

Hay una nueva vitalidad y un poderoso impulso creativo en todos los pueblos de Asia. Las masas han despertado y reclaman su patrimonio. Soplan fuertes vientos por toda Asia. No debemos temerlos, sino acogerlos, pues solo con su ayuda podremos construir la nueva Asia de nuestros sueños.

Cordialmente,

Vijay