Por Marisa Fournier[1]

 

Nunca imaginamos que la revolución tecnológica y el avance del teletrabajo se iban a implantar de un modo tan brutal y despiadado en nuestras vidas. De pronto una parte importante de la población se encuentra recluida en sus casas, otras tantas encerradas en instituciones sin poder relacionarse con otras personas que no sean las que están trabajando en esos espacios. Nosotras sabemos, siempre lo supimos, que el encierro no es salida. ¿Casi una obviedad no? La época que nos toca vivir genera movimientos simultáneos, congruentes y contradictorios. Todo al mismo tiempo. Con una simultaneidad que maravilla y a la vez espanta.

La pandemia, la aparición del COVID-2019 y su rápida propagación a nivel mundial, puso en evidencia la fragilidad de vida humana. Junto con ello reveló, por lo menos tres cosas: a) que somos co e interdependientes –en tanto la ralentización de la multiplicación del COVID exige el compromiso de todes–;  b) que el trabajo de cuidado es, sin dudas, el más importante para la reproducción de la vida humana. Salud, educación y alimentación son tres de los eslabones nodales que hoy están en el centro de la escena pública (junto con “seguridad” y recolección de residuos) y c) que la solidaridad y la cooperación son modalidades relacionales eficaces para la preservación de la vida. Pareciera que, por lo menos en este corto lapso de tiempo se comienza a percibir a nivel social general que la reproducción de la vida propia y de otres no es un dato, algo que sucede y punto, sino que es el producto de una serie de actividades que se pueden conceptualizar como trabajo de cuidado, trabajo que implica conocimientos específicos, que requiere de insumos, que consume tiempo y que porta una ética específica, cargada de valoraciones, afectaciones emocionales y procesos subjetivizantes. En cierto sentido, la pandemia, obligó a revaluar, por lo menos en los planos simbólico y político, la centralidad de los cuidados y de la consideración del bienestar como una cuestión común en la que la existencia del otro es condición para la existencia propia.

En un andarivel diferente, pero del mismo tenor planetario, promediando el 2019 recibimos otra sacudida difícil de procesar y cuyo abordaje es urgente y estratégico. Me refiero a los incendios simultáneos en toda la línea del Ecuador que pusieron de relieve la irracionalidad de la razón moderna individualizante e instrumental propia del pensamiento económico ortodoxo[2].  Las imágenes de miles de hectáreas verdes en llamas, de animales huyendo, o de animales muertos, de comunidades originarias denunciando que el fuego es consecuencia del avasallamiento empresarial y de la complicidad estatal en relación al saqueo producto de intereses económicos muy concentrados que intervienen sobre la tierra, sobre las comunidades, sobre los minerales y sobre el agua.

No faltaron las voces científicas haciendo eje en los cambios climáticos y el calentamiento atmosférico, entre otras tantas enunciaciones que intentaron explicar el horror. En este acontecimiento, también de escala global, quedó claro que el desprecio por la naturaleza y la biodiversidad tiene consecuencias letales para la humanidad en su conjunto. El planeta crujió y tuvimos que escucharlo. Ecofeminsitas tales como Vandana Shiva (India), Wangari Maathai (Kenia) y Mary Daly  (EEUU) desde hace décadas vienen planteando la intrínseca articulación entre patriarcado, violencia hacia las mujeres, guerras, antropocentrismo, capitalismo y degradación ambiental como parte de un mismo modelo de desarrollo en el que la vida no importa. Otras teóricas feministas también anuncian la existencia de una crisis internacional de reproducción de la vida, sólo que enfatizan la dimensión de los cuidados. Para ellas, dicha crisis tiene raíces demográficas, socio laborales, culturales, políticas y económicas.  En sus miradas la desigual distribución de la renta, del tiempo y la riqueza deja al desamparo a importantes contingentes humanos.

Hay una contradicción intrínseca entre capital y vida.  La mercantilización de los cuerpos y de la tierra, junto con la emergencia de subjetividades egoístas, maximizadoras, competitivas y obsesionadas por la ganancia atentan contra la sostenibilidad humana. Hinkelammert (2001) sintetizó lo inconducente del capitalismo en la imagen de una persona (hombre) que corta la rama de un árbol en la que esa misma persona (hombre) está sentada.

La fragilidad a la que estamos expuestxs es tributaria de una variedad de factores propios de los procesos de expoliación material y colonialismo cultural entre los que me interesa destacar: a) la implantación de la ganancia y la acumulación como criterios rectores de lo que se considera economía exitosa; b) La múltiple alienación humana: de las personas entre sí, respecto de si mismas, en su relación con la naturaleza, en su relación con el tiempo propio y con los productos de su trabajo; c) la concepción de que “lo productivo” se circunscribe a aquello que tiene un precio de venta en el mercado; d) el cis sexismo hetero patriarcal como forma organización social y de subalternización todo lo que no sea “varón, blanco, de clase media y europeo” y/o familia heterosexual reducida con cabeza masculina ; y e) el desprecio o desvalorización por todo aquello que no se presenta como técnicamente viable o económicamente factible o, dicho en otros términos, aquello que roza el terreno de los sueños, de los deseos utópicos (como si no fueran, justamente, las utopías aquello que nos mantiene en movimiento vital).

 

Ideas para seguir pensando en formas alternativas de reproducción de la vida desde los cuidados y la Economía Social (ES)

Paradas en la búsqueda de pistas o indicios que muestren formas alternativas de reproducción de la vida, desde la lógica de la Economía Social nos animamos a introducir a las organizaciones comunitarias de cuidado infanto-juvenil como actores relevantes para la reproducción de la vida actual e intergeneracional.

Ello implica  revisar el sesgo económico-productivista que predomina en este campo de la ES. Este sesgo se evidencia muy fuertemente en las políticas estatales dedicadas a la promoción del sector y en los propios actores que se auto reconocen como parte de este campo en Argentina.

Exige también revisar la perspectiva hegemónica que asocia nutrición, contención afectiva y educación como acciones de asistencia o de promoción social. Desde la perspectiva de la economía de cuidado educar, alimentar y sostener afectivamente son tareas productivas generadoras de valor que debieran ser concebidas como tales tanto en las políticas dirigidas a la promoción de la ES como en los otros actores que pujan por la creación de una alternativa al orden económico vigente.

En el marco de un sistema capitalista colonial que desprestigia y desconoce las tareas de cuidado, que tiende a la privatización de la vida, que promueve subjetividades individualistas y egoístas, incluir a las organizaciones comunitarias de cuidado infantil y concebir que las tareas ligadas a nutrición, recreación y educación de niños, niñas y jóvenes no son asistenciales constituye un desafío teórico y una apuesta política. Para ello se requiere, además, integrar los sentidos y las orientaciones que las mujeres organizadas de sectores populares le dan a la tarea que realizan. En este punto es muy notable el impacto que tiene la colectivización de los cuidados en las propias trabajadoras. Tal como analizamos en otros trabajos no significa lo mismo cuidar dentro de la casa (propia o ajena / de manera remunerada o no remunerada) que hacerlo en instituciones destinadas para ese fin. Tampoco da igual hacerlo en instituciones privadas, estatales o comunitarias.

Sacar los cuidados de la esfera familiar, desfamiliarlos para colectivizarlos genera notables niveles de reposicionamiento positivo en las mujeres de sectores populares cuyas opciones de despliegue personal son muy limitadas. Esta cuestión tensiona algunos postulados del feminismo en tanto que, desde una impronta maternalista centrada en cuidar, estas mujeres avanzan en la politización de los cuidados y en la lucha por el reconocimiento de las tareas que realizan como trabajo. Se trata de un fenómeno contradictorio en el que el avance sobre la autonomía personal se asienta sobre tareas estereotipadas de género. El proceso de organización comunitaria- o de asociatividad- alrededor de los cuidados produce transformaciones notables en la vida de las mujeres, una creciente politización de ellas mismas y de los temas sobre los que intervienen, sacando a los cuidados de la esfera doméstica y poniéndolos en un plano más público y común. De este modo el cuidado deja de ser asumido como algo que está en la “naturaleza” de las mujeres, que debe ser realizado de forma gratuita y sólo por ellas.  Como vimos, la colectivización tiene la potencialidad de agenciar expericnias de cuidado colectivo en las que los varones estén incluidos. El surgmiento de WACHXS podría estar indicando un camino a profundizar.

El fenómeno de asociatividad femenina y popular alrededor de los cuidados –de las personas, de los territorios, de la naturaleza, de la reproducción más inmediata de la vida– se repite en otros países de Latinoamérica y ha sido una de las fuentes de organización popular de mujeres. Asociarse para cuidar colectivamente fuera de sus hogares genera transformaciones muy importantes en sus biografías, redefine las nociones más tradicionales de lo que se concibe como trabajo, posiciona a las mujeres de sectores populares en un espacio de lucha por el reconocimiento público de las tareas que realizan y libera de tiempo dedicado al cuidado a otras mujeres de sus entornos más cercanos.  Procesos que se encuentran atravesados por contradicciones y tensiones.

En Argentina existen agrupamientos y movimientos sociales y políticos que están abordando esta cuestión. Las desigualdades de género y de los cuidados forman parte, por ejemplo,  de la agenda de cuestiones de la Confederación de Trabajadoras y Trabajadores de la Economía Popular (CTEP).  La fuerte participación de mujeres en dicho espacio, la creación de una comisión de géneros y la creciente politización de las mujeres,  dentro y fuera de la CTEP, dio lugar al planteo de la necesidad de atender institucionalmente los cuidados de les hijes de las trabajadoras. Fue así que en algunos Polos Productivos[3] impulsados por la CETEP se crearon los Espacios para la Primera Infancia (EPis). Ello no sólo generó ingresos –provenientes del Salario Social Complementario- para las compañeras que se encargan de su gestión y que debieron capacitarse en temas de primera infancia,  sino que también permitió liberar tiempo dedicado al cuidado de congéneres de la Confederación ue se inscriben en  otras áreas del Polo productivo (huerta, criadero de pollos, emprendimiento textil, talleres culturales, etc). La experiencia de los EPIs insertos en Polos Productivos es un buen modelo de articulación en mínima escala entre actividades y sectores de la ES que se anudan alrededor de los cuidados comunitarios. Por ejemplo, en la experiencia del Polo Productivo de la CTEP San Isidro, la alimentación del EPI se realiza con la producción dela huerta y del criadero de pollos, el arreglo y mantenimiento de la infraestructura con las y los trabajadorxs de los talleres de oficio, la indumentaria de las educadoras y de les niñes fue producida por el taller textil. (Fournier, et al, 2019)

Siguiendo esta línea de pensamiento, resulta por lo menos tentador pensar en la inclusión de organizaciones comunitarias de cuidado en tramas de valor territoriales tal como las entiende Mercedes Caracciolo: “La trama de valor está constituida por un conjunto de emprendimientos que se articulan entre pares –horizontalmente-, con sus proveedores de insumos y compradores –verticalmente- y con los servicios de apoyo técnico (nuevas tecnologías que aprovechen el trabajo) y financiero -en diagonal- y sobre una base o piso común – el territorio- para generar mayor valor agregado económico, por trabajador/a, por emprendimiento y por lo tanto también para el territorio” (Caracciolo, M.2010)

Quizás en cada uno de los puntos o nudos de la trama puedan encontrarse otros actores y actrices de la Economía Social.

Se trata de una serie de hipótesis, de elucubraciones bien intencionadas totalmente posibles de ser aplicadas y llevadas a ensayos de políticas. Finalmente, la inclusión de la perspectiva de género requiere atender a la revisión y desarticulación tanto de los vectores materiales generadores de desigualdad sexual como a las configuraciones subjetivas que los sostienen.


Referencias:

[1] Investigadora-Docente, Área Política Social, Instituto del Conurbano Directora de la Diplomatura en Géneros Políticas y Participación de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Correo: [email protected]

Una parte de este texto integra el artículo “Cuando lo que importa es la vida en común: Intersecciones entre Economía social, cuidados comunitarios y feminismo” escrito para el Seminario “El cuidado comunitario en tiempos de pandemia… y más allá” e integra la publicación del mismo nombre editada por la Asociación Lola Mora (https://asociacionlolamora.org.ar/) y la Red de Género y Comercio Argentina (https://generoycomercio.net/ ) en junio de 2020.

[2]Me refiero a los principios paradigmáticos de la Economía neoclásica u ortodoxa

[3] La Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) es una organización gremial en la que se agrupan trabajadoras y trabajadores de la de la economía popular y sus familias. Se propone como una herramienta reivindicativa para el reconocimiento de la economía popular. Está integrada por Movimientos sociales de alcance nacional tales como el Evita, La poderosa, Patria Grande, La Dignidad, Mov. Campesino Indígena, de Trabajadores excluidos, Seamos Libres, y Los Pibes. Los Polos productivos son espacios territoriales impulsados por la CTEP en los que se desarrollan una multiplicidad de actividades que varían en cada “polo” de acuerdo a las características del lugar, a los liderazgos, a la posibilidad de acceso a recursos, etc.  Suele desarrollarse huertas orgánicas, criaderos de pollo, escuelas de oficio, farmacias comunitarias, ferias, actividades culturales y, más recientemente, la creación de UPIs, Unidades de Primera Infancia.

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